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Jerusalén
con los ojos de la fe
Fotos
de un grupo de estudiantes, texto de Sari Nusseibeh. Las fotos seleccionadas corresponden
a un proyecto
estudiantil
de la universidad Al-Quds de Jerusalén, de la cual Sari Nusseibeh es presidente.
Después
de la visión de Jerusalén expuesta por André Chouraqui en El
Correo del mes pasado, Sari Nusseibeh, miembro de la familia depositaria desde
hace siglos de las llaves de la iglesia del Santo Sepulcro, un lugar sagrado de la
Cristiandad, relata un cuento infantil que no ha perdido nada de su profunda resonancia. |
A veces, cuando me preguntan
cómo llegó mi familia –una familia musulmana cuyo apellido procede
de Nussaibah, una compañera de armas del Profeta en Medina– a tener en su
poder las llaves del Santo Sepulcro, sonrío con indulgencia y respondo: “Bueno,
hay varias tradiciones en mi familia sobre el particular, antes les voy a contar
un cuento…”
Y empiezo un relato en el que se mezclan realidad y ficción y que quedó
grabado en mi subconsciente desde mi más tierna infancia. Para mí,
ésta es la esencia de la identidad de Jerusalén: un bello mosaico de
historias procedentes de un pasado nebuloso, fruto de sucesos reales o supuestos,
y que constituye la fibra del corazón y el alma de sus habitantes.
Una de mis narraciones preferidas y que para mí resume la relación
mágica entre el Hombre y la Ciudad, es la de la entrada del califa Umar en
Jerusalén en 638. Es una historia que quedó en lo más profundo
de mi conciencia infantil, y que ha resonado año tras año en mis oídos
y en mi mente, pero que se ha ido decantando e infundiéndome una moral específica;
que, por su asociación con el origen del Islam en la ciudad, es fundamental
para mi propia identidad como habitante musulmán de Jerusalén.
Según me contaron, el califa todopoderoso del Islam, espantado ante la perspectiva
de entrar en esa ciudad santa, sólo accedió a presentarse a sus puertas
sin armas. Dejó atrás a sus valientes soldados victoriosos, y, acompañado
sólo por un servidor y un animal de carga, se acercó a pie a la ciudad,
pacíficamente. Allí fue recibido cordialmente por el patriarca cristiano
que le custodiaba, el obispo Sofronio. Cuenta la historia que durante el trayecto
hacia la ciudad (y éste es para mí un aspecto fundamental), el califa
y su criado se turnaron para montar el único camello.
Lo que ocurrió a continuación forma en buena medida parte de la Historia.
Pero para mí, el misterio de Jerusalén aparece ya en este relato. Veo
ante mí inmediatamente los perfiles morales de un dibujo cósmico, que
traza y equilibra la relación entre el Hombre y la Ciudad, entre la Tierra
y el Cielo: En un extremo se yergue el Conquistador, el Jefe Supremo de los Hombres.
Pero es muy pequeño. Su sumisión es total. Su humildad y su entrega,
absolutas. En el otro extremo se levanta la Ciudad Dorada, pero “conquistada”; majestuosa
por sus dimensiones; imperial por su forma. Sus muros celestes son totalmente inexpugnables,
salvo para los piadosos, que entran con mansedumbre y humildad. No es una ciudad
de piedra más, que se puede sojuzgar y conquistar por la fuerza. Es el penúltimo
escalón terrenal del viaje de los humildes y los piadosos hacia su Creador.
Contemplo este dibujo asustado y maravillado. No veo en él nada del esplendor
y de la gloria de los guerreros de la tierra. Ni los detalles de la sangre, el combate
y el saqueo. Hay una ausencia apacible de la fuerza y la violencia humanas. No hay
más que la supremacía divina de la Ciudad, que ilumina el camino hacia
Dios.
Un crisol de relatos morales
Vuelvo a considerar, para entenderla mejor, la actitud del califa y de su criado.
Me basta un segundo para captar el otro gran mensaje, el otro valor universal de
este relato de mi infancia: la igualdad y la fraternidad entre los hombres. Independientemente
de sus respectivas situaciones en la Tierra, el califa y su criado son iguales ante
Dios. Y, como lo son, es natural que compartan sus bienes terrenales. No se trata
para nada de los emperadores romanos en sus carros de oro, rodeados y protegidos
por soldados y servidores, ni de Cleopatra o un faraón transportados regiamente
a hombros de apuestos nubios pertenecientes a una raza inferior, para celebrar las
poderosas victorias del Hombre. No, es un humilde servidor de Dios, que desea piadosamente
ser recibido por Él.
Jerusalén –sus piedras y sus habitantes– es un crisol de relatos morales de
ese tipo, donde se entrecruzan el tiempo y el espacio, la piedra y el alma, la realidad
y los sueños. Al pisar las antiguas calles empedradas por la Historia, es
imposible no oír los latidos del propio corazón, no captar los ruidos,
imágenes y olores del presente hasta su punto de contacto con los del pasado.
Hoy, quizás se vea a los soldados con sus armas pavonearse por las calles.
Tal vez se vea la angustia, el dolor o el sufrimiento. Quizás se sientan la
intolerancia, el prejuicio o la buena conciencia injustificada. Pero se logrará
pasar a través de esas y otras imágenes de convulsiones humanas, ya
vengan del presente o de otros periodos sombríos de la historia de la ciudad,
y ver Jerusalén con su identidad real y celeste, como una ciudad de unión
y de piedad. Y, al contemplar esa Jerusalén eterna con los ojos de la fe,
se consiguen borrar las diferencias y los desequilibrios, destilar en la propia identidad
los sufrimientos, los relatos, la historia de los demás pueblos. Pues, ¿qué
es un habitante de Jerusalén sino un ser humano completo, despojado de los
prejuicios, del racismo y del fanatismo, purificado para ser recibido por Dios?
Quisiera creer que, a pesar de las turbulencias del presente, Jerusalén puede
aún eliminar las diferencias entre los hombres y reinar majestuosa; y que
es posible que judíos, cristianos y musulmanes consigan que cumpla su destino
de instaurar la paz entre las naciones. Y estoy seguro de que, para realizar ese
sueño, el secreto se encuentra en el cuento de mi infancia, el de Umar. Que
los hombres que se arriesguen a penetrar en Jerusalén para responder al llamado
de Dios se traten como iguales, y que estén dispuestos a compartir sus medios
terrenales de acceso a lo divino. |
No
es una ciudad de piedra más. Es el penúltimo escalón terrenal
del viaje de los humildes y los piadosos hacia su Creador.
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En
busca de lo intemporal
Ninguno de
los estudiantes de arquitectura, literatura o arqueología de la Universidad
Al-Quds de Jerusalén había practicado la fotografía como “escritura”
antes de participar en el curso del fotógrafo francés Luc Chéry*.
El tema “Jerusalén, mi ciudad”, los llevó a recorrer callejuelas y
mercados, equipados de cámaras descartables, en busca de un ángulo
subjetivo, intemporal. El resultado fueron 35 fotos (de entre las cuales se escogieron
las que ilustran este artículo) que serán expuestas en Jerusalén,
Ramalá, Gaza, Naplusa y varias capitales de la región.
* Organizado
en asociación por el Servicio Cultural del Consulado General de Francia, la
Fundación de Arte Contemporáneo Al-Ma’mal y el Centro de Estudios sobre
Jerusalén.
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