Altos
funcionarios de las Naciones Unidas y Jefes de Estado han expresado sus temores de
que estallen guerras por el agua como las que se han desencadenado por el petróleo.
Pero lo cierto es que ninguna fuerza militar en el mundo ha logrado “capturar” una
cuenca fluvial y que la única guerra por el agua propiamente dicha tuvo lugar
hace 4.500 años (p.
18-19).
“Por su naturaleza, el agua está hecha para apagar los incendios, no para
provocarlos”, afirma el jordano Munther Haddadin, que negoció uno de los acuerdos
sobre el agua más memorables jamás suscritos (p. 22).
En Oriente Medio, a las naciones sedientas no les queda más remedio que cooperar.
Pese al derramamiento de sangre entre israelíes y palestinos, ambas partes
se reúnen regularmente para asegurar el abastecimiento de agua en Cisjordania,
y prosiguen las conversaciones informales sobre un plan para compartir los recursos
de la región (p.
23-25).
Del Danubio (p.
26-27)
al Nilo (p.
30-31),
son muchos los ríos caudalosos que fueron utilizados como instrumentos de
la guerra fría. Sin embargo hoy en día, a medida que países
como Egipto y Etiopía, o las repúblicas de Asia Central, se sacuden
ese legado, lo cierto es que van aprendiendo a confiar unas en otras y a intercambiar
los beneficios económicos del agua, como la energía hidroeléctrica
o el abastecimiento necesario para el riego. Con sólo estudiar un acuífero
o un río, Estados como Namibia y Botswana (p. 34-36),
o la India y Bangladesh (p.
32-33),
están superando sus mutuas suspicacias. La “hidrodiplomacia” no tiene fórmulas
mágicas, pero, paulatinamente, juristas, técnicos y personas vinculadas
al agua están constituyendo una nueva alianza. Juntos, buscan medios para
compartir el único recurso natural irremplazable. |