
Una de las controvertidas presas turcas en Mesopotamia.
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“Impidamos
que una sola gota de agua que caiga en la tierra llegue al mar sin haber servido
a la gente.”
Parakrama
Bahu I,
rey de Sri Lanka.
(1153-1186)
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“El
agua será el móvil de las guerras del siglo XXI”. Esta sombría
predicción es refutada por el geógrafo estadounidense Aaron Wolf*,
quien analiza los incidentes sobre el agua que han jalonado la historia.
Cuando
habla del agua, la prensa siempre evoca el espectro de conflictos pasados y futuros
causados por ella. Usted ha analizado todos los acuerdos e incidentes internacionales
relativos al agua. ¿De cuándo data el último conflicto entre
dos Estados provocado por el agua?
El único caso conocido de una verdadera guerra por ese motivo se remonta a
4.500 años. Opuso a dos ciudades de Mesopotamia a propósito del Tigris
y el Éufrates, en el sur del actual Irak. Desde entonces el agua ha envenenado
las relaciones internacionales, pero también se observa a menudo que Estados
hostiles —como la India y Pakistán o israelíes y palestinos— resuelven
los conflictos suscitados por el agua a la vez que siguen luchando encarnizadamente
en otros terrenos.
También he examinado todos los incidentes que han opuesto a dos Estados en
el último medio siglo acerca de las 261 cuencas fluviales existentes en el
mundo. De un total de 1.800 casos, dos tercios tenían que ver con la cooperación,
como la realización de investigaciones científicas conjuntas o la firma
de más de 150 tratados relativos al agua.
En cuanto a los aspectos negativos, 80% consistieron en amenazas verbales y posturas
adoptadas por jefes de Estado, dirigidas probablemente a su propio electorado. En
1979, Anuar el Sadat declaraba, refiriéndose al Nilo, que “el agua era el
único aspecto que podría llevar a Egipto a entrar de nuevo en guerra”.
Al parecer, el rey Hussein de Jordania dijo lo mismo en 1990, refiriéndose
al Jordán. Sin embargo, en los últimos 50 años sólo se
ha combatido por el agua en 37 casos, de los cuales 27 han opuesto a Israel y Siria
a propósito del Jordán y del Yarmuk.
Pero hay quien defiende que las tensiones que provoca la creciente escasez de
agua impiden estudiar el pasado para predecir el futuro.
Los casos más graves parecen ser el del Tigris y el Éufrates y
el del Jordán. Los países limítrofes que padecen sequía
tienen medios para desviar el agua de sus vecinos, lo que entraña una terrible
enemistad entre ellos. Sin embargo, todos han logrado concertar acuerdos.
Los Estados han ido a la guerra por el petróleo, ¿por qué
no por el agua?
Estratégicamente, las guerras por el agua no tienen sentido. Luchando
con el vecino no se incrementan las reservas de agua, a menos que uno pueda apoderarse
de la cuenca hidrográfica del otro y despoblarla sin correr el riesgo de terribles
represalias.
Pero el agua ha sido utilizada como arma y objetivo de guerra.
Se trata de otro problema, que existe desde siempre. Durante la guerra del Golfo,
Irak destruyó casi todas las plantas de desalinización de Kuwait y
la coalición aliada dirigió sus ataques contra el sistema sanitario
y de abastecimiento de agua de Bagdad. Antes de la intervención de la OTAN
en Kosovo, en 1999, los ingenieros serbios cerraron el sistema de distribución
de agua de Pristina.
Sin embargo, hay que distinguir entre el agua como fuente de conflicto, como recurso
y como arma de guerra.
¿De dónde viene entonces el rumor de una guerra del agua?
En parte del periodo posterior a la guerra fría, cuando los ejércitos
occidentales empezaron a preguntarse: ¿ahora qué hacemos? La preocupación
por la “seguridad medioambiental” nació en aquella época. Hacia 1992,
numerosos politólogos empezaron a sostener que la escasez de recursos iba
a conducir a una guerra. Y, claro, cuando se es consciente de la importancia de los
ecosistemas, es tentador considerar al agua como una fuente de conflicto.
Usted afirma en cambio que el agua, por su naturaleza misma, incita a los Estados
a cooperar. ¿Qué ejemplos podría citar?
Los acuerdos de Oslo entre israelíes y palestinos nacieron de conversaciones
privadas que mantuvieron en Zurich responsables del agua de la región, en
1990. Fueron ellos quienes pusieron en contacto a sus respectivos responsables políticos
e inspiraron el proceso que condujo a los acuerdos.
Ese tipo de encadenamientos es frecuente, pues el agua conduce necesariamente a tratar
otros aspectos. Varios Estados ribereños del Nilo empezaron por celebrar conversaciones
sobre el agua y ahora están elaborando un acuerdo que abarca, entre otros
temas, la red de carreteras y la infraestructura eléctrica (ver páginas
30-31).
Usted sostiene que el peligro mayor no es la escasez de agua, sino el intento
de un país de dominar una vía fluvial internacional. A menudo surgen
conflictos relacionados con proyectos de construcción de presas. Pero por
lo general dichos proyectos requieren la participación de organismos como
el Banco Mundial. ¿No podrían esas organizaciones tomar mayores medidas
para impedir que surjan problemas?
Lo que usted sugiere ya se ha hecho. Pero como la mayor parte de la inversión
procede del sector privado, los criterios de los bancos de desarrollo ya no se tienen
en cuenta. Turquía, por ejemplo, ha reasignado fondos privados y públicos
a la financiación de un proyecto muy controvertido, bautizado GAP, que contempla
la construcción de 22 presas y 19 centrales eléctricas sobre el Tigris,
el Éufrates y sus afluentes. Lo mismo sucede en la India con la presa de Narmada,
y en China, con el proyecto de las Tres Gargantas.
La cuenca del Tigris y el Éufrates suele ser considerada un polvorín.
¿Qué podría impedir que Turquía, tal vez el Estado más
poderoso de la región, favorezca sus propios intereses en perjuicio de Irak
y de Siria?
Muchos comparten ese temor, pero es muy significativo que cuando en 1991 los países
occidentales pidieron a Turquía que interrumpiera el curso del Éufrates
hacia Irak, el gobierno turco respondió: “Pueden ustedes utilizar nuestro
espacio aéreo y nuestras bases para bombardear Irak, pero no vamos a privar
a ese país de agua.”
Desde los años setenta, entre Turquía, Siria e Irak existe un acuerdo
tácito, que la primera, aunque construya las presas, sigue respetando. Más
allá de la polémica, Siria e Irak reconocen la utilidad de las presas,
que regulan el caudal del río y prolongan la temporada agrícola. Por
su parte, Turquía quiere ser mirada como un vecino leal en primer lugar porque
es miembro de la Otan, pero también por consideraciones internas y porque
intenta ingresar en la Unión Europea. Lo difícil es convertir un acuerdo
tácito en explícito.
Los expertos sostienen que una cuenca fluvial debe ser administrada conjuntamente,
pero la negociación de tratados multilaterales sobre el agua es un auténtico
rompecabezas. ¿Cuáles le parecen más eficaces, los acuerdos
multilaterales o los bilaterales?
Cuanto mayor es el número de participantes, más difícil resulta
entenderse, sobre todo si está en juego la soberanía de un país.
Veamos el caso del Jordán: existe un acuerdo entre Siria y Jordania, otro
entre Jordania e Israel, y uno más entre Israel y los palestinos –o sea, una
serie de acuerdos bilaterales para una cuenca multilateral bastante bien administrada,
aunque los palestinos terminen por reivindicar y probablemente por obtener derechos
de agua más amplios.
Algunos economistas son partidarios de crear un mercado internacional del agua
para evitar conflictos. Pero en ese caso, cabe citar el enfrentamiento que opone
Estados Unidos a Canadá, que exige a esta última que venda sus recursos
de agua en el marco del Tratado de Libre Comercio, lo que Canadá rechaza.
¿Tratar el agua como un recurso económico puede resolver algo?
Los economistas pueden destacar y cuantificar los beneficios que ofrece el agua,
como la energía hidroeléctrica. Por ejemplo, Estados Unidos y Canadá
suscribieron un acuerdo en virtud del cual el primero dispone de presas de control
de las crecidas en territorio canadiense. A cambio, Canadá recibe un pago
por el servicio que brinda. Suele ser más fácil y más justo
repartir esos beneficios que el agua misma.
Los economistas nos recuerdan también la necesidad de recuperar los costos
de distribución, de tratamiento, de almacenamiento del agua, etc. A menudo
tenemos que pensar en términos de mercado —comprar y vender agua como un producto—
aunque en la práctica nunca se haya actuado así a nivel internacional.
Por mi parte, dado el apego emocional, estético y religioso que siento por
el agua, me resisto a considerarla una simple mercancía.
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Director del proyecto de base de datos Transboundary Freshwater Dispute (Conflictos
transfronterizos sobre el agua, http://www.terra.geo.orst.edu) y
profesor de la Universidad de Oregón, Estados Unidos. |