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La improbable guerra del aguaUna escasez creciente|Con un poco de sentido común…|Historia de dos presas|Aguas turbulentas en Asia Central|Aplacar las iras del Nilo|Asia meridional: el reparto de los colosos|Los secretos subterráneos del Kalahari|Negociar con la naturaleza: la próxima etapa|

Cifras claves

El agua que apaga el fuego

Amy Otchet , periodista del Correo de la UNESCO.
photo
El Jordán, un río de codiciadas aguas.









Cifras claves

Cuenca del Jordán

Longitud: 322 km.
Nacimiento: Monte Hermon.
Desembocadura: Mar Muerto.
Países: Israel, Jordania, Líbano, Territorios Palestinos y Siria.

Cuenca del Yarmuk

Longitud: 80 km.
Nacimiento: Frontera entre Jordania y Siria.
Desembocadura: Confluencia con el río Jordán.
Países: Israel, Jordania y Siria.

Datos de primera mano sobre el pacto entre Israel y Jordania, uno de los acuerdos sobre el agua más importantes de la historia.

Distrajo la atención de las patrullas israelíes de la otra ribera del Yarmuk estacionando su “Caprice 1979” de color púrpura mucho más arriba, y recorrió despacio por la orilla jordana del río la distancia que lo separaba de un enorme eucalipto, donde lo esperaban una docena de hombres provistos de sogas, picos y palas que, sin decir apenas palabra, lo bajaron seis metros hasta el borde del agua antes de seguirlo uno a uno.
“Dame ese pico”, ordenó al jefe del grupo. “En nombre de Dios, el Misericordioso y el Compasivo”, exclamó en voz baja, antes de clavárselo profundamente al “enemigo”, un banco de arena de 20 metros de anchura que desviaba hacia Israel parte del caudal del Jordán. El banco se había ido formando naturalmente, pero las circunstancias políticas impedían eliminarlo. Esto sucedía en 1984, diez años antes de que los dos Estados firmaran un tratado de paz con uno de los acuerdos en materia de reparto de aguas más famoso del mundo.
“Cada vez que me acuerdo, me muero de risa”, dice Munther Haddadin, ex ministro jordano del ramo. El ingeniero civil aficionado al derecho internacional que es Haddadin propone otras enseñanzas más sutiles, aunque no menos arduas, aprendidas durante la elaboración del histórico tratado con Israel.
“La clave está en convertir todo el asunto en un juego de sumas positivo, de manera que las dos partes se estimen ganadoras”, sostiene. Así, “una concesión fundamental por nuestra parte fue el reconocimiento de Israel. Tenía que dar seguridades a los israelíes y al mismo tiempo jugar con esa carta en la manga.”
Según explica Haddadin, todos los Estados que atraviesa el río Jordán habían determinado su parte legítima de agua en un plan formulado en 1955 con ayuda de un diplomático estadounidense, pero las decisiones técnicas no se convirtieron en un acuerdo político porque éste habría dado lugar al reconocimiento tácito del Estado de Israel por parte del mundo árabe. Después de que Egipto rompiera en 1979 este tabú, Israel deseaba proseguir el proceso de paz y se dirigió a Jordania. Hasta cierto punto, el agua sirvió de puente en las discusiones entre ambos Estados, ya que Jordania, asolada por la sequía, estaba perdiendo parte del caudal del río Yarmuk en beneficio de Siria e Israel.
Al principio Haddadin mantenía los contactos al mínimo, debatiendo exclusivamente, bajo los auspicios de la Organización de Supervisión de la Tregua de las Naciones Unidas (UNTSO), problemas técnicos inmediatos. Protegidos por escolta militar, Haddadin y su homólogo israelí se encontraban en medio del río, con el agua por la rodilla. Después tomaron la costumbre de apilar sacos de arena para poder dialogar en una improvisada mesa de picnic en el Yarmuk, pero el proceso oficial de paz no se inició hasta 1991.
“No hay que darse nunca por vencido”, aconseja Haddadin. Cuando los israelíes rechazaban sus peticiones de más agua, él volvía a la carga con argumentos económicos. “Ya veremos quién puede permitirse aumentar el abastecimiento a costa de elevar el agua con bombas o desalarla”, decía para poner de relieve la diferencia entre la renta per capita de uno y otro país. “¿Se creen ustedes que van a poder vivir en paz mientras sus vecinos se mueren de hambre?” En los tres años que llevó la preparación del acuerdo, Haddadin se forjó una reputación de negociador inflexible y de persona exaltada, capaz de las más inesperadas explosiones, hecho que hoy califica, riéndose, de “truco” para desestabilizar al interlocutor. Sin embargo, insiste en que no basta concluir un tratado, sino que, además, hay que “venderlo”. Con todas las precauciones, comunicó a sus colegas que el río del que tomaba su nombre el país no era de ellos y que tendrían que compartir las aguas de la cuenca del Jordán. Pese a los ataques personales que le valió su actitud (entre ellos, falsos rumores de que su esposa era judía), en 1994 Haddadin asistió con orgullo a la firma del tratado de paz con su anexo sobre las aguas, y más tarde fue nombrado ministro de Aguas y Regadío.

El precio del éxito
No obstante, Haddadin tuvo que pagar el precio de su gloria en 1998 al enturbiarse el agua de los grifos en los barrios occidentales de Ammán por mal funcionamiento de una planta de tratamiento, incapaz de hacer frente a la proliferación de algas. El agua contaminada no representaba una amenaza seria para la salud, pero generó una mezcla perniciosa de nacionalismo y miedo en cuanto los medios de comunicación difundieron el bulo de una tentativa israelí de envenenamiento. “El pánico fue organizado en la propia Jordania con la intención de derrocar al gobierno”, afirma Haddadin, que decidió dimitir de su cargo.
Desde entonces se ha dedicado a dejar constancia de los hechos en un nuevo libro1. En él destaca el papel que tuvo, aunque sus auténticos protagonistas son los ríos Yarmuk y Jordán. Según sus propios términos, “el agua, por definición, sirve para apagar el fuego, no para encenderlo.”


1. Diplomacy on the Jordan-International Conflict and Peaceful Resolution (Kluwer Academic Publishers, octubre de 2001).

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