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Con un poco de
sentido común...
Gershon
Baskin y Nader el Khatib, respectivamente, Director del Centro Israel/Palestina de
Investigación e Información, y Director de WEDO, una organización
de desarrollo de recursos hídricos con sede en Belén. |

Agricultores del Valle de Jiftlik, cerca de Naplusa, organizan un nuevo regadío.

Cisjordania
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“El
agua, si se la sabe escuchar, si se aprende su lengua, permitirá el conocimiento
de todos los seres y de todas las cosas.”
Yves
Thériault,
escritor canadiense
(1915-1983)
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Es mucho más sencillo
y más barato importar
una tonelada de fruta
que el agua necesaria
para producirla. |
Pese
al cierre de las fronteras y a los enfrentamientos armados, los expertos israelíes
y palestinos siguen reuniéndose para concertar un acuerdo sobre el reparto
del agua.
Pese a la escalada de
violencia entre israelíes y palestinos, la colaboración entre las dos
partes se mantiene en un solo aspecto: el agua. En febrero, seis meses después
de iniciarse la segunda Intifada, Israel y la Autoridad Palestina formularon un llamamiento
común a mantener las infraestructuras de distribución y evacuación
del agua al margen del ciclo de destrucción. Por una razón muy sencilla:
las redes correspondientes están íntimamente entrelazadas.
El Comité Mixto Israelo-Palestino sobre el Agua, creado en el marco de los
acuerdos de Oslo, es tal vez la única estructura conjunta que ha sobrevivido
a los últimos doce meses de conflicto, y pese al cierre de las fronteras y
las balas, se reúne regularmente para abastecer de agua a Cisjordania, donde,
tras dos años de sequía, numerosos pozos y fuentes se han secado. Las
deliberaciones y las medidas adoptadas por el comité son de orden práctico,
como reparar cañerías o suministrar cloro. Se ha descartado la perforación
de los nuevos pozos prometidos en Oslo, que los palestinos necesitan con urgencia.
Un año de violencias ha puesto fin a las discusiones oficiales sobre la redistribución
del agua y el reconocimiento de la soberanía palestina sobre los recursos
naturales. Para el gobierno israelí, cuanto atañe al agua no es ya
una cuestión técnica, sino un aspecto esencial de la seguridad nacional.
Según los extremistas, la existencia misma del país depende del control
(militar y político) de los Territorios Palestinos, en particular Cisjordania,
que abastece 25% de las necesidades de agua de Israel.
Uso
razonable y equitativo
Esta
obsesión por la seguridad no es nueva. Incluso antes de la segunda Intifada,
los problemas medioambientales eran presentados como amenazas, y se hablaba de “seguridad
del agua” y de “seguridad alimentaria”. En la prensa occidental no han faltado los
artículos que insisten en que el agua será fatal para la paz. Pero
lo cierto es que los hidrólogos e ingenieros civiles de ambas partes nunca
han cejado en sus esfuerzos por concertar acuerdos a largo plazo. A continuación
exponemos a grandes rasgos el plan que deseamos aplicar.
Empecemos por recordar ciertos hechos. Los palestinos disponen de unos 85 m3 de agua
por persona y año para atender todas sus necesidades (domésticas, industriales
y agrícolas). Los israelíes consumen anualmente una media de 447 m3.
En Cisjordania, 25% de la población carece de agua corriente, pese a la relativa
riqueza de la región en napas freáticas gracias al “acuífero
montañoso”, de cuyo caudal Israel bombea aproximadamente 85%. Éste
es el punto esencial del conflicto.
El “acuífero montañoso” consta en realidad de tres acuíferos,
al este, al noroeste y al oeste de la montaña. Los medios de comunicación
suelen afirmar que el primero es una bomba política, pero la solución
en este caso es sencilla. Los palestinos pueden invocar legítimamente una
soberanía absoluta sobre él, ya que está íntegramente
situado en su territorio. Al instalar bombas de agua después de 1967, Israel
violó abiertamente las reglas internacionales sobre ocupación militar.
Por lo demás, renunciar a ese acuífero no representa demasiado, ya
que es, en cantidad y en calidad, el más pobre de los tres.
Lo demás no está tan claro, como puede verse con el acuífero
del oeste, el mayor de los tres. Aproximadamente 80% de su cuenca de alimentación
–la zona en que la lluvia y las corrientes de agua se vierten en el acuífero–
se encuentra en Palestina, pero el agua fluye naturalmente bajo tierra hasta Israel,
y es allí donde se bombea la mayor parte.
Los palestinos afirman que el agua les pertenece puesto que procede de su territorio.
Los israelíes invocan un principio fundamental de derecho internacional: el
uso histórico, ya que fueron los primeros en utilizarlo hace 80 años,
por concesión del Mandato Británico a un adjudicatario judío.
Es necesario reconocer la soberanía de las dos partes sobre los recursos naturales,
pero el derecho internacional y el sentido común nos incitan a definir un
uso “razonable y equitativo” del agua. ¿Cómo llegar a un acuerdo correcto?
No es posible cuantificar el derecho al agua, sólo calcular la necesidad.
Todos –palestinos e israelíes– deberían disponer como mínimo
de 100 m3 al año, para usos domésticos e industriales. Ello implica
que Israel encauce hacia Palestina entre 100 y 200 millones de m3 anuales. Es evidente
que ningún gobierno está dispuesto a renunciar a controlar un recurso
tan valioso como el agua, pero es posible evaluar la compensación de otro
modo: en dólares y centavos.
El agua es dinero. Se estima que un metro cúbico vale en Israel 20 centavos
de dólar. El agua en litigio representa pues de 20 a 40 millones de dólares
al año (0,05% del PIB israelí). Un conflicto por esa suma no merece
la pena.
El valor económico del agua no es algo nuevo en Oriente Medio. Hace años
que los Estados a los que les hace falta compran “agua virtual”. Importar tomates
y naranjas, por ejemplo, es como comprar agua barata y biodegradable. Es mucho más
sencillo y más barato importar una tonelada de fruta que el agua necesaria
para producirla.
Queremos ampliar ese comercio. Los agricultores israelíes ya no pueden ganarse
la vida alimentando a su país, que se ha acostumbrado a vivir al estilo occidental.
No así los palestinos. Tanto Israel como la Autoridad Palestina asignan actualmente
a la agricultura 80% de sus respectivos recursos hídricos. En Israel, los
agricultores representan 3% de la población activa y contribuyen con un 3%
al PIB. En Gaza y en Cisjordania, un tercio de la población activa depende
de la agricultura y su participación en el PIB es también un tercio,
aproximadamente. Así pues, no es de extrañar que Israel adquiera la
totalidad del excedente de las granjas de Cisjordania y Gaza, que cubren la doceava
parte de las necesidades de frutas y verduras frescas del país. Proponemos
que ambas partes utilicen esta situación en su beneficio, y también
en el de su vecina, Jordania.
En los 10 a 15 próximos años, los tres países deben ponerse
de acuerdo para aumentar el volumen de agua de riego en Palestina y Jordania. Hay
varias opciones para encontrar más agua en el valle mismo del Jordán:
redistribuir las del “acuífero montañoso” y del Jordán, recolectar
las aguas pluviales, tratar las aguas servidas, mejorar las infraestructuras (los
escapes de las cañerías provocan pérdidas de 40% del agua en
algunos municipios palestinos). También es posible que se abran fuentes exteriores:
Líbano podría vender el agua del Litani, que se almacenaría
en el lago Tiberíades; el nuevo “Embalse de la Unidad”, que construyen Jordania
y Siria, ofrece también posibilidades.
Ventajas
para todos
Todos
saldrán ganado. En Palestina y Jordania, agobiadas por el desempleo, se producirá
un aumento de los empleos agrícolas. También conseguirán un
mercado para sus cosechas y, al cultivar más tierras, los campesinos palestinos
contribuirán a la creación de nuevos asentamientos. No estamos diciendo
que, a largo plazo, Palestina deba basar su economía en la agricultura. Ningún
país de Medio Oriente puede permitírselo, ni financiera ni ecológicamente.
Pero tras decenios de ocupación, no se puede pretender que los palestinos
quemen etapas.
Por mucho que Israel se aferre culturalmente al sueño de “hacer florecer el
desierto”, no le quedará más remedio que reducir su agricultura. Al
asignar más agua a los palestinos y a Jordania, no sólo ganaría
una fuente de frutas y verduras baratas, sino mercados para su industria de punta,
que vendería tecnologías de riego y semillas, abonos y pesticidas.
Por último, la comunidad internacional podría “recompensar” este plan
regional creando un fondo internacional de investigación y desarrollo sobre
la desalinización del agua, pues ésta es nuestra opción más
probable a corto plazo.
Está previsto que en los 20 a 30 próximos años se dupliquen
las poblaciones israelí y palestina, debido a la inmigración de sus
diásporas respectivas, en particular con el reconocimiento oficial de un Estado
palestino. Cada gota de agua dulce será necesaria para cubrir las necesidades.
La salvación vendrá de la desalinización. Ese procedimiento
cuesta hoy unos 65 centavos de dólar por metro cúbico, lo que resulta
demasiado caro, sobre todo para la agricultura (en Oriente Medio, un metro cúbico
de agua de riego reporta sólo un beneficio económico que fluctúa
entre 50 centavos y un dólar). Pero de todos modos es menos caro que comprar
agua a la potencia hidráulica regional, Turquía, que se ha ofrecido
a construir un “acueducto de la paz” para suministrar su oro azul a 95 centavos de
dólar el metro cúbico.
Tal vez se estime que nuestra propuesta es un intento ingenuo de negar la escalada
de la violencia. Pero, dada la situación, sería absurdo e incluso criminal
suspender nuestros trabajos. En un futuro próximo, los técnicos de
ambas partes y otros se reunirán informalmente fuera de la región para
proseguir el debate y mejorar el proyecto. Contrariamente a ciertas ideas preconcebidas,
en Oriente Medio el agua no es una fuente de guerra, sino de ingenio. |
Cisjordania
deshidratada
Según
un informe del B’Tselem, un centro israelí para los Derechos Humanos en los
Territorios Palestinos, publicado en julio de 2001.
En Cisjordania, 218 pueblos –donde viven unas 200.000 personas– no están conectados
a ninguna red de agua corriente, por lo que prácticamente en cada patio hay
un aljibe donde las familias guardan el agua recogida del tejado de la casa. Pero
la población sólo puede abastecerse de este modo durante el período
de lluvias, entre noviembre y marzo.
En los meses de verano, y a veces también en invierno, a la gente no le queda
más remedio que comprar agua a vendedores que poseen sus propias cisternas.
Incluso las aldeas que tienen agua corriente recurren a estos comerciantes para paliar
la escasez del suministro durante los meses sin lluvia. A su vez, los dueños
de las cisternas compran la mayor parte del agua a las redes municipales palestinas
de distribución y el resto a los asentamientos israelíes o recurren
a los pozos privados de los agricultores palestinos (que no están sometidos
a ningún control de calidad).
Este mercado del agua carece de toda regulación, y sólo las “fuerzas
del mercado” fijan los precios. Mientras un hogar conectado a una red de distribución
de agua paga aproximadamente un dólar por metro cúbico1, un vendedor
cobrará entre 3,50 y 9,50 dólares por el mismo volumen de agua. Esta
carga financiera agobia a muchas familias, que han perdido su principal fuente de
ingresos desde la Intifada. Según el B’Tselem, algunos habitantes de los pueblos
no pueden ya comprar agua a los vendedores. En verano, mujeres y niños atravesaron
las líneas militares y cortaron las carreteras para llenar botellas y cubos
con agua de los manantiales vecinos.
En Cisjordania hay 114 manantiales, que se utilizan fundamentalmente para el riego.
Los más caudalosos se encuentran en los distritos de Naplusa y Jericó
(52 manantiales). Los demás suelen tener un caudal bastante escaso, sobre
todo a causa de la sequía actual.
Por ejemplo el de Auja, al norte de Jericó, se ha secado en los últimos
tres años. Pese a la disminución de las aguas de lluvia, un pozo israelí
sigue bombeando el acuífero que alimenta el manantial en beneficio de los
asentamientos israelíes, con resultados catastróficos para la agricultura
en Auja, que depende de ese manantial para regar.
La Autoridad Palestina no controla la calidad del agua, pese al riesgo de contaminación
por las aguas servidas de las ciudades y pueblos vecinos, así como de los
asentamientos y las zonas industriales israelíes. La fuente misma de un manantial
puede estar en peligro en la medida en que los pesticidas y abonos penetran en el
suelo.
1. Un
informe de la Oficina Central de Estadísticas palestina establece que en el
primer trimestre de 2001 el ingreso medio de un hogar en los Territorios Palestinos
disminuyó 48%, el desempleo aumentó de 11% antes de la Intifada a 38%,
y el porcentaje de familias que vive en la pobreza subió a 64%, frente a 21%
hace un año. |
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