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La improbable guerra del aguaUna escasez creciente|El agua que apaga el fuego|Con un poco de sentido común…|Historia de dos presas|Aplacar las iras del Nilo|Asia meridional: el reparto de los colosos|Los secretos subterráneos del Kalahari|Negociar con la naturaleza: la próxima etapa|
Aguas turbulentas en Asia Central

René Cagnat, autor, entre otras obras, de Le milieu des empires (Laffont, París, 1981), La rumeur des steppes (Payot, París, 1999) y del libro de fotografías Visions d’un familier des steppes, de próxima publicación en Francia.
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Un barco varado en el Mar de Aral, Kazajstán.










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Asia Central






























“A escala cósmica, el agua es más rara que el oro.”

Hubert Reeves,
astrofísico canadiense. (1932-)

La geografía, el legado soviético y el crecimiento demográfico obligan a los cinco países de Asia Central a establecer una estrecha cooperación en una región en la que el agua sigue siendo un arma.

Cuando en enero de 2001, en Bichkek (capital de Kirguistán), me quedé sin gas como todos los inviernos, eché pestes contra los uzbekos por haber cerrado el grifo en el peor momento: una vez más, me iba a congelar durante semanas. Pero ignoraba que, ese año, los kirguises estaban dispuestos a reaccionar eficazmente utilizando, como nunca en el pasado, el “arma del agua” contra sus vecinos.
¿Qué hicieron? Se contentaron con abrir las compuertas de la presa de Tohktogul, que abastece de agua a los uzbekos, así como a los kazakos, por intermedio del río Syrdaria. Su argumento era que debían suministrar agua a sus centrales hidroeléctricas para que éstas fabricaran corriente en lugar del gas que faltaba. De hecho, los kirguises no se pararon en barras: el agua arrastró diques hasta la llanura uzbeka de Fergana, donde en la estación fría no suele llegar en tanta cantidad. Al llegar más al norte y no poder transcurrir normalmente por el río, ya lleno debido al deshielo, el agua fue desviada, como cada invierno hacia la depresión de Aidarkul, junto con el agua denominada “de las centrales”.
Este fenónemo, que se repite hace treinta años, es cada vez un poco más inquietante: el consumo intensivo de energía hidroeléctrica en invierno vierte gran cantidad de agua desperdiciada más abajo de la centrales. Por consiguiente, en esa depresión, allí donde sólo había un desierto, se forma un lago totalmente inútil de 200 km de largo por 30 de ancho, que contiene 16 km3 de agua que debería haber llegado al Mar de Aral, que tanto la necesita1.
Este año, la inundación de “agua contra gas” fue más masiva que nunca. Se prolongó durante dos semanas, provocando sólo algunas quejas de parte de los uzbekos. Pero los kirguises precisaron entonces, pérfidos, que la cantidad de agua que tenían que arrojar era tal que a partir del verano ya no podrían garantizar el suministro. La respuesta de Tashkent (capital de Uzbekistán) no se hizo esperar: cinco días después, ambos países entablaban negociaciones. Y diez días más tarde, tenía yo gas en mi cocina.

Guerra al despilfarro
Hubo nutridos comentarios en la prensa. El tono general era pesimista. Hasta que, ¡oh sorpresa!, el 12 de julio se anunció que el problema del agua estaba resuelto. Los viceprimeros ministros de Kazajstán, Kirguistán y Uzbekistán firmaron un acuerdo sobre “el empleo racional del agua y de los recursos energéticos”. Aunque la duración de ese “esquema de entendimiento” se limite a un año y pese a que sus autores sean ministros exclusivamente técnicos, lo cierto es que consagra, a nivel multilateral, intercambios que hasta entonces se concluían, año tras año, sólo en un plano bilateral: a cambio de la electricidad y el agua kirguises, los kazakos suministrarán carbón (400.000 toneladas) y los uzbekos gas en una cantidad no divulgada.
Pero el vuelco fundamental sólo se produjo unos días más tarde. Promulgada el 29 de julio en Bichkek, la ley sobre la “utilización intergubernamental de los recursos hídricos, de las presas y construcciones relacionadas con la economía de las aguas” hizo entrar a toda la región en una nueva era. Se inspira en la Declaración de Dublín, adoptada en 1992, que establece entre otras cosas que “el agua tiene un valor económico en todos sus diversos usos en competencia a los que se destina y debería reconocérsele como un bien económico”. En lo sucesivo, aunque los kirguises tengan peso suficiente para obligar a sus vecinos a aplicar esa regla, estos últimos deberán pagar no sólo el agua suministrada, que se convierte en una auténtica mercancía, sino también el mantenimiento de las obras y la tecnología de control de la hidrografía. Ello acarreará, si los actores económicos reaccionan de manera sana, una guerra generalizada al despilfarro. Sería una verdadera revolución que eliminaría las rémoras heredadas del sistema soviético aún presentes en el comportamiento del hombre de la calle.

Un monstruoso desbarajuste
La falta de sistemas de medición y la gratuidad del agua de riego siguen ocasionando un despilfarro extraordinario en las ciudades y en el campo. La abundancia de agua, garantizada por las enormes obras soviéticas, y la inercia generalizada, han dado al traste literalmente con un “arte del regadío” forjado a lo largo de los siglos. Cuando se suministra el agua, es en enormes cantidades, en detrimento precisamente de las plantas y de la gente. Los suelos resecos se convierten en pantanos. Los individuos hasta entonces sedientos son atacados por los mosquitos. Ninguna queja, ninguna crítica…
La misma inercia mezclada de irresponsabilidad, incorporada a las mentalidades desde hace decenios, se traduce, a lo largo de toda la cadena hidrográfica, en construcciones de una calidad deplorable. El agua se filtra tanto en las presas como en las canalizaciones. El tan ponderado gran canal turcomano vierte tanta agua en el desierto de Kara-Kum como la que proporciona al riego local. No hay ningún sistema previsto para drenar el excedente de aguas de riego. Por consiguiente, los paisajes de Asia Central se cubren de extensiones de aguas servidas, cuando no de pantanos, mientras más abajo el Mar de Aral muere lentamente. Pero todo tiene su precio, y sólo esa ley inflexible podrá acabar con tan monstruoso desbarajuste.
¿Los centroasiáticos cobrarán conciencia de la situación? Individualmente, sí; colectivamente, quizás. Pero a los gobiernos no les quedará más remedio que reaccionar, pues la situación actual es demasiado peligrosa. En efecto, si no se tienen en cuenta esos peligros, el agua podría convertirse en un arma de guerra temible en esa Asia Central donde, en el pasado, ciudades enteras fueron sumergidas porque el enemigo, el Gengis Khan, había desviado hacia ellas el curso de un río y se secaron oasis porque el invasor –Tamerlán– había destruido las canalizaciones río arriba.

Imprescindible cooperación
Tras una guerra plurisecular entre los emiratos uzbeko de Bujara y de Kokand por el control del río Zeravsán, los propios rusos, en 1868, sólo lograron apoderarse de Bujara una vez que cortaron el abastecimiento de agua de la ciudad. Los soviéticos agravaron la situación al crear pequeños Estados montañosos con agua en abundancia (Kirguistán, Tayikistán), países más poderosos o más ricos pero menos bien dotados en ese plano (Kazajstán, Uzbekistán, Turkmenistán) y construyendo presas cerca de sus fronteras.
En 1911, había unos 15 millones de habitantes en el Turquestán (región de Asia Central que comprendía Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguistán, la parte meridional de Kazajstán y el Sinkiang chino). Hoy son 73 millones y podrían ser 100 millones en 2025, con necesidades de agua cada vez mayores. Un mar, el de Aral, ha desaparecido prácticamente ya de la región debido a la mala gestión de los recursos hídricos. ¡Ojalá no ocurra lo mismo, y por las mismas razones, con ciertos oasis ya amenazados, como el de Bujara!
La solución pasa por una estrecha cooperación entre los cinco Estados centroasiáticos, lo único que puede propiciar los sacrificios recíprocos indispensables para el reparto de la aguas.


1. El Mar de Aral era alimentado por dos ríos, el Syrdaria y el Amudaria, hasta que las grandes obras emprendidas por los soviéticos desviaron su curso con miras sobre todo al cultivo del algodón. Hoy, su superficie ha sido dividida por dos y su volumen de agua por tres.

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