
Mujeres hacen cola para obtener agua en Etiopía, país azotado
por la sequía.

Nilo
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Cifras
claves
Cuenca
del Nilo
Longitud:
6.693 km desde su nacimiento, el río Luvironza, en Burundi; 5.588 km desde
su principal fuente, el Lago Victoria, en el este de África.
Desembocadura: Mar Mediterráneo.
Países: Burundi, República Democrática de Congo, Egipto, Eritrea,
Etiopía, Kenya, Rwanda, Sudán, Tanzania y Uganda.
Población: 89 millones.
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“El
agua siempre corre hacia las zonas de menor resistencia.”
Moses
Isegawa,
escritor ugandés
(1963-)
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Consumidas
por Egipto pero originadas en Etiopía, las aguas del Nilo Azul han sido durante
mucho tiempo fuente de conflictos. Un nuevo plan podría eliminar al fin el
espectro de una guerra por el río.
Según la leyenda,
en tiempos de los faraones el pueblo de Egipto envió presentes al reino de
Etiopía, en el alto Nilo, para aplacar la ira de los dioses que alimentaban
la fuente del río. Egipto tenía, y sigue teniendo, poderosas razones
de estar agradecido: 86% del agua que fluye río abajo por el Nilo Azul para
regar este árido país norteafricano procede de las llanuras aluviales
de Etiopía.
Sin embargo, el caudal del río que corre entre Egipto y Etiopía no
siempre ha dado lugar a ese armonioso intercambio de dádivas, como es de prever
entre un país ansioso de agua y otro que la suministra gratuitamente. En 1979,
el entonces presidente de Egipto, Anuar el Sadat, hizo del destino del Nilo un tema
urgente de la seguridad nacional. “El único asunto que puede llevar a Egipto
nuevamente a una guerra es el agua”, afirmó.
Las posibilidades de conflicto a causa del agua son innegables. Alrededor de 95%
de la población egipcia se concentra en una franja fértil de tierra
a lo largo de las orillas del Nilo, único abastecimiento importante de agua
del país. En cambio, Etiopía, desesperadamente pobre y subdesarrollada,
ha sufrido desde los años setenta sequías periódicas que han
provocado la muerte de millones de personas. El Nilo Azul, que surge del lago Tana
en el Macizo Etíope, ha sido considerado durante mucho tiempo como una posible
fuente de riego, energía hidroeléctrica y crecimiento económico
general en un país cuya población aumenta vertiginosamente. Etiopía
sólo consume en la actualidad 2% del agua disponible.
Un
reparto más equitativo
La
distribución del agua entre los dos países siempre ha tenido una connotación
política, pero cuando Sadat formuló sus belicosas declaraciones las
relaciones estaban envenenadas por otra rivalidad. Tras diez años de luna
de miel con Estados Unidos, el régimen marxista del coronel Mengistu Hailé
Mariam se hizo con el poder en Etiopía en los años setenta. Los expertos
soviéticos invitados por el coronel empezaron a estudiar la posibilidad de
construir embalses en los afluentes del Nilo y utilizar sus aguas, provocando las
amenazas de Egipto de que toda presa construida sería arrasada por la fuerza
militar.
“Aunque esas amenazas alimentaron la idea tantas veces repetida de que el móvil
de las guerras futuras en África sería el agua, lo cierto es que esas
tensiones eran una consecuencia de la guerra fría”, sostiene Rushdie Saeed,
uno de los expertos más destacados de Egipto en temas relacionados con el
agua.
Sin embargo, pasada la guerra fría, las aguas del Nilo siguieron provocando
disputas diplomáticas. A comienzos de los años noventa, por ejemplo,
hubo un serio conflicto entre Sudán y Egipto debido a los supuestos intentos
del gobierno sudanés de derrocar al presidente egipcio, Hosni Mubarak. Sudán
y Etiopía constituyeron una Organización Mixta para el Valle del Nilo
Azul y se comprometieron a estudiar diversos proyectos importantes relacionados con
infraestructuras, con o sin el visto bueno de Egipto. Una vez más, Mubarak
amenazó con una intervención militar.
Aunque desde entonces se ha producido una evolución favorable de las relaciones
entre El Cairo y Jartún que ha calmado los ánimos, diplomáticos
y expertos están convencidos de que sólo un arreglo a largo plazo garantizará
la paz en las codiciadas aguas del Nilo. Hasta ahora, Egipto y sus vecinos han firmado
un sólo un tratado, el Acuerdo de 1959 sobre las Aguas del Nilo entre Sudán
y Egipto, basado a su vez en un pacto de las potencias coloniales de la región
en 1929. Etiopía ni siquiera aparecía mencionada.
La idea de que las aguas del río deben distribuirse de manera más equitativa
se abre camino día a día. Además de las terribles sequías
y la tremenda pobreza de Etiopía, los estudios insisten en que la población
del país registrará un incremento espectacular pasando, según
los datos disponibles, de 61,4 millones en la actualidad a 186 millones en 2050.
Como sólo 1,7% de las tierras cultivables están regadas (frente a 100%
en Egipto), lo único previsible es un incremento exponencial de la demanda
de agua.
Es posible que una solución duradera no esté muy lejos. En julio del
presente año, y tras cinco años de conversaciones preliminares, los
diez Estados de la cuenca del Nilo —comprendidos Egipto, Sudán y Etiopía—
anunciaron que habían conseguido del Banco Mundial los fondos necesarios para
una serie de programas destinados a estudiar la mejor forma de repartir las aguas
del río. La Iniciativa de la Cuenca del Nilo (NBI) ha dado origen a varios
estudios de ese tipo, a los que seguirán préstamos por una cuantía
mínima de 3.000 millones de dólares.
El
ejemplo asiático
“Cada
país tiene derecho a una parte equitativa del río sin causar perjuicios
serios a los demás Estados ribereños”, declaró el ministro de
Obras Públicas de Egipto, Mahmoud Abu Zied, en una entrevista reciente.
Esa iniciativa se basa en la experiencia de los Estados circundantes del río
Mekong, en Asia Sudoriental. Desde 1957, Viet Nam, Lao, Camboya y Tailandia integran
una comisión encargada del desarrollo económico de la cuenca del río.
Pese a las diferencias políticas existentes entre las naciones y a la ausencia
de tratados oficiales, este organismo ha contribuido a transformar el Mekong en un
factor de integración regional y no de antagonismo: la central hidroeléctrica
de Ngum, terminada en Lao en 1971, abasteció de electricidad al país
y cubrió 80% de las necesidades de Tailandia, incluso durante los violentos
conflictos que se produjeron a raíz de su inauguración.
Teniendo en cuenta este precedente, el Banco Mundial confía en que una cooperación
similar pueda darse en las aguas del Nilo. Ello no quiere decir que los participantes
en el programa hayan renunciado a sus pretensiones. “Hay problemas, por ejemplo,
el cálculo de las futuras cuotas. ¿Deben otorgarse en función
del tamaño del territorio o del número de habitantes, o tal vez de
la disponibilidad de otros recursos hídricos?”, declaró un funcionario
egipcio tras una reunión de la NBI en Ginebra.
Etiopía ha iniciado ya la construcción de una serie de presas pequeñas
par aprovechar las aguas del Nilo Azul. Según los funcionarios que intervienen
en esos proyectos, esas presas beneficiarán a las naciones que se encuentran
aguas abajo, al proteger a Sudán de las inundaciones y reducir la acumulación
de los sedimentos en la presa del lago Nasser en Egipto. Pero al egipcio Saeed no
le convencen esos argumentos e insiste en que, de hecho, es más peligroso
detener los sedimentos que dejarlos correr con el agua, pues, en el primer caso,
el río podría tornarse más impetuoso y causar estragos en los
tramos septentrionales del Nilo.
Saeed tampoco está de acuerdo con los argumentos de Etiopía de que
las presas serán lo bastante grandes como para permitir la venta de electricidad
a los países vecinos. “Es difícil saber en qué países
están pensando los funcionarios etíopes, ya que ninguno de los vecinos
de Etiopía es una nación industrializada o gran consumidora de electricidad”,
señala.
Sin embargo, todas las partes admiten en la actualidad que es mejor dirimir las diferencias
de opinión en la mesa de negociaciones que dejar el asunto en manos de los
generales. La que se pensaba que iba a ser la causa de la próxima guerra en
África tal vez se haya convertido en la última tabla de salvación
para ese continente. |