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La improbable guerra del aguaUna escasez creciente|El agua que apaga el fuego|Con un poco de sentido común…|Historia de dos presas|Aguas turbulentas en Asia Central|Aplacar las iras del Nilo|Asia meridional: el reparto de los colosos|Negociar con la naturaleza: la próxima etapa|

Tesoros no inventariados

Los secretos subterráneos del Kalahari

Amy Otchet, periodista del Correo de la UNESCO.
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Un pastor conduce a su rebaño en Damaraland, Namibia.




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Botswana



Tesoros no inventariados

Prácticamente todos los países del mundo comparten un acuífero con un vecino. Esas fuentes ocultas de agua rara vez aparecen en un mapa porque es poco lo que se sabe de ellas. La Unesco está favoreciendo un mejor conocimiento de esos acuíferos. En los próximos seis años, un proyecto presentará importantes estudios de casos como el de Karoo, nuevos mapas y una completa base de datos. Hay diversos participantes en el proyecto: la Asociación Internacional de Hidrogeólogos, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y la Comisión Económica para Europa de las Naciones Unidas.







“El agua, gota a gota, horada la piedra.”

Teócrito, poeta griego.
(315-250 a. J.C.)









Namibia no tiene
ningún río de curso
regular que pueda
considerar como propio. Es una tierra de ríos efímeros.
Los planes de desviar las aguas de un río estuvieron a punto de provocar un conflicto entre Namibia y Botswana, pero es posible que la solución se encuentre en el subsuelo del país más seco al sur del Sáhara.

Una inclinación de cabeza y una sonrisa y tal vez el acompañante del Ministerio de Cuestiones Hídricas no advierta la desazón. Al avanzar en auto hacia el norte a través del vasto territorio de Namibia, siguen sin aparecer los ríos que te van indicando. “Y éste es el río Okahanja”, afirma Greg Christelis. Nueva inclinación de cabeza. “Y aquí está el famoso Omatako. Ahora parece poca cosa pero puede ser muy caudaloso.” ¿Poca cosa? ¿Pero dónde está? El paciente Christelis cuenta con vehemencia casos de inundaciones repentinas, pero todo lo que se ve es una senda agrietada y arenosa entre los matorrales. Namibia no tiene ningún río de curso regular que pueda considerar como propio.
Es una tierra de ríos efímeros, que surgen casi con violencia y desaparecen sin avisar; que pueden fluir durante horas, días e incluso semanas después de lluvias torrenciales, antes de desvanecerse en la arena roja del desierto o las hierbas de la sabana.
En Namibia —el país más seco del sur del Sáhara— la escasez de agua y su imprevisibilidad constituyen un escollo permanente para el desarrollo nacional. El promedio de precipitaciones anuales es de 250 mm, frente a, por ejemplo, los 1400 mm de la húmeda República Democrática de Congo. Y lo poco que cae no dura mucho: 83% se pierde por evaporación, las plantas absorben 14%, que pasa luego a la atmósfera, y queda sólo 2% para alimentar esos misteriosos ríos efímeros y 1% que se infiltra en las rocas subterráneas.

Abundancia de aguas subterráneas
Este uno solitario, sin embargo, puede transformar el paisaje. Las aguas subterráneas cubren ya de 40% a 50% de las necesidades del país, e irán cobrando más importancia a medida que la población aumente y las sequías se vuelvan más frecuentes y más asoladoras.
“En los últimos diez años, nos hemos centrado en la negociación de acuerdos sobre ríos internacionales, como el Zambeze, que atraviesa ocho Estados. Pero hemos ignorado las aguas subterráneas, aunque haya acuíferos transfronterizos ”, explica el Serge Puyoo, un hidrogeólogo francés que trabaja en la Southern African Development Community (SADC). Los acuíferos son como un enrejado de roca, cuyas grietas, recodos y aberturas contienen agua. A veces, ésta procede de lluvias recientes que se filtran del suelo hacia la roca. Otros acuíferos sólo contienen agua fósil, procedente de las lluvias de eras geológicas pasadas. En función de diversos factores —del tipo de roca a la fuerza de gravedad—, el agua puede fluir dentro del acuífero y fuera de éste. Los acuíferos, como los ríos, no hacen caso de las fronteras nacionales.
“No sólo ha habido una ignorancia total en cuanto al control y la localización de esos acuíferos”, afirma Puyoo, “sino una especie de bloqueo cultural e histórico que impide reconocer su existencia. Los políticos y administradores del agua ignoran las posibilidades y limitaciones de este recurso, hasta que tienen que hacer frente a una crisis”.
Es lo que ocurrió en 1996-1997, cuando una terrible sequía asoló Windhoek, la capital de Namibia, y el país según la prensa sensacionalista, estuvo al borde de la guerra con la vecina Botswana. Las tensiones latentes debidas a litigios fronterizos fueron como leña en la hoguera que representaba el plan de Namibia de desviar parte del Okavango, el tercer río más grande de África, que nace en Angola, traza la frontera con Namibia y luego serpentea por Botswana para alimentar la “joya del Kalahari”. En este vasto humedal, que forma parte del Patrimonio Mundial de la Unesco, las comunidades tradicionales viven en medio de una gran biodiversidad y de una flora y fauna salvajes.
Para los ecologistas de Botswana, el río era sagrado. Pero en Namibia, sus aguas aparecían como una tabla de salvación, impulsando a ingenieros como Piet Heynes a actualizar un antiguo esquema de extracción de un volumen de agua correspondiente a 1 o 2% del caudal medio del río y abastecer a la deshidratada Windhoek. La capital estaba en crisis –normalmente tres embalses debían almacenar agua suficiente para hacer funcionar la ciudad durante varios años. Pero dos de ellos se hallaban casi vacíos y el tercero estaba llenándose de polvo. Un letrero luminoso en el centro de la ciudad indicaba para cuántos días quedaba agua en los depósitos de los embalses. Cuando se llegó a 30 y el gobierno se preparaba para desviar el Okavango, de repente, sin previo aviso, empezó a llover…
Actualmente, los planes para construir conductos siguen siendo de la competencia de Piet Heyns, hoy Director de Cuestiones Hídricas y representante de Namibia ante la Comisión Permanente del Agua de la Cuenca del río Okavango. Heyns y su homólogo de Botswana, Balisi Khupe, aluden a ambiciosos planes de estudios y medidas de vigilancia comunes, pero a juicio de algunos expertos, la comisión está empantanada en una maraña burocrática. Sin embargo, la demora puede resultar beneficiosa, al sumarse Namibia a la corriente internacional opuesta a la construcción de nuevos embalses y a sus elevados costos.

El subsuelo como depósito de agua
En vez de pensar sólo en los ríos, el gobierno se está interesando por el subsuelo para economizar sus reservas, en especial mediante la construcción del depósito de agua más grande del continente. El objetivo consiste en bloquear los desagües de las tres presas, conectadas en parte por un canal abierto que atraviesa 250 kilómetros de sabana cubierta de vegetación. Pero cuando el agua llega a Windohek, no sólo ha de ser tratada, sino que un enorme volumen se ha evaporado. En vez de dejar que se recalienten al sol las valiosas aguas del río y las de las lluvias, se está planeando inyectarlas en un acuífero debajo de la ciudad. La próxima fase será abrir dos “brazos” en la orilla de las presas cercanas, con lo que el gobierno podrá almacenar agua necesaria para el abastecimiento de la ciudad.
Con esta innovación, Namibia, once años después de su independencia de Sudáfrica, está eliminando los vestigios del control del apartheid sobre sus recursos naturales. “Era tanto el dinero que venía a Sudáfrica que se realizaron grandes proyectos de infraestructura sin el correspondiente estudio previo”, afirma Greg Christelis, geohidrólogo jefe del Departamento de Cuestiones Hídricas. El problema puede que no haya sido tal la cantidad de dinero que llegaba, sino la dirección en la que partía, ya que fue a caer directamente en manos de los ricos habitantes blancos de Windhoek y en los campos circundantes dedicados a la ganadería, con explotaciones cuya superficie media, gracias a las subvenciones, es de 5.000 hectáreas como mínimo.
Namibia no es el único país que trata de desarticular el legado hidrológico del apartheid. Sudáfrica está en cabeza, con la aprobación de la ley de aguas más avanzada del mundo para garantizar una utilización justa y sostenible en su territorio y en otros países. Como 80% de las aguas de sus ríos de superficie proceden de Lesotho, el gobierno ha entendido la necesidad de practicar la hidrodiplomacia con sus vecinos, sin olvidar Namibia y Botswana. “Estamos tratando de pasar del problema del Okavango a algo más positivo”, afirma Christine Colvin, de la Asociación Internacional de Hidrogeólogos de Sudáfrica. Gracias a la SADC, representantes de los tres países (y otros) han elaborado un conjunto de normas, que pronto serán vinculantes, sobre el control y la gestión conjuntos de las aguas subterráneas, en particular los acuíferos transfronterizos. Quizás sean éstos el único recurso natural que se ha sustraído a la reglamentación internacional. Los países han dedicado decenios en las Naciones Unidas a preparar una convención sobre los ríos internacionales, pero apenas han abordado el tema de los acuíferos profundos.
En vez de tratar de concluir acuerdos formales, ciertas organizaciones internacionales como la Unesco están fomentando el intercambio de datos y el control conjuntos entre países. Bajo la égida de la SADC, Namibia, Botswana y Sudáfrica están trazando el mapa de una enorme serie de acuíferos denominada el Karoo, que a través del Kalahari, se extiende a los tres países. Se esperaba que las investigaciones permitirían descubrir en Namibia grandes reservas de agua que constituirían una alternativa al plan del Okavango. Pero no fue así, pues en el lado namibiano las existencias se están reduciendo, según el profesor Jurgen Kirchner, que ayuda a coordinar un vasto estudio financiado y dirigido por la Japan International Cooperation Agency (Organismo de Cooperación Internacional de Japón) dedicado al tramo más importante del Karoo, llamado el Stampriet, con una superficie de 65.000 km2. Los dos ríos efímeros que, a juicio de la mayoría de los expertos alimentaban el acuífero, se pierden al parecer en dunas arenosas. Así pues, la única posibilidad de renovación es la acumulación de aguas pluviales en hondonadas o depresiones de la topografía.

Tensión entre vecinos
Esas malas noticias desestabilizan más al país que a sus vecinos. En Sudáfrica, el acuífero se encuentra debajo de un parque nacional que requiere poca agua. La demanda es también reducida en Botswana, donde sólo unas 7.000 personas viven en la remota región del Kalahari, aunque la situación podría cambiar, al aumentar el tráfico con la nueva autopista que cruza el desierto.
El conflicto se prepara en el Stampriet, donde, según afirma Kirchner, el consumo de agua debe reducirse en 30%. El pronóstico sonará como un grito de guerra en ese bastión de acaudalados granjeros blancos que creen ser la espina dorsal de una tierra a la que tienen apego, pero en un país que les inspira temor e incluso aversión.
Stampriest es la patria de una “raza dura”, afirma Willie Prinsloo, un personaje legendario que perforó la tierra en busca de agua y minerales en África Austral antes de instalarse en su granja; Donersburg o Thunder Mountain (Montaña del Trueno), donde cría ganado y animales de caza en 7.500 hectáreas. Willie vigila constantemente los pozos donde se acumula el agua para el ganado y el riego de los cultivos en la parcela que comparte con sus cuatro trabajadores instalados en tres casitas detrás de su propia residencia. Es inaceptable pensar que él y sus semejantes están agotando el acuífero, afirma Prinsloo. La culpa es del gobierno, que se niega a reemplazar las viejas tuberías oxidadas. Para llegar al Karoo, las tuberías deben pasar por otro acuífero que suele contener agua muy salobre. El agua salada gotea por las grietas de las cañerías y contamina el agua limpia.

Pagar por el agua: una nueva política
El gobierno aplica, sin embargo, una nueva política en virtud de la cual los consumidores pagan por los nuevos servicios e infraestructuras que utilizan. En el norte, comunidades nómades de pastores están ayudando a instalar nuevas bombas, y un día habrán de pagar por el agua que consuman. ¿Ocurrirá lo mismo en el Stampriet?
Esa pregunta provoca una reacción que muchos podrían considerar racista cuando Prinsloo insiste en los beneficios del colonialismo. Tras los viejos odios apunta un nuevo temor: los planes del gobierno de repartir la riqueza mediante impuestos territoriales y medidores de agua. En el Kalahari, es posible sentir el calor del brasero de Zimbabwe, y pocos se atreven a unir las palabras “tierra” y “redistribución”. Pero el gobierno está comprando lentamente las granjas comerciales (por lo general pertenecientes a blancos), para reducir la tensión en las zonas comunales del norte, que en cierto modo es como un país aparte, con sus propias reglas y mercados, separado por una cerca de tres metros de altura de las explotaciones ganaderas como la de Prinsloo.
Según el estudio japonés, en torno a 5% de las 1.500 granjas del Stampriet pertenece ahora al Estado. Por consiguiente, los afrikaner no sólo deben recortar su consumo de agua, sino que han de prepararse para recibir a nuevos y numerosos vecinos. Según Prinsloo, “esa gente” no está capacitada para realizar una gestión eficaz. Pero los granjeros del Stampiet son los únicos del país que utilizan entre 40 y 50% de las aguas subterráneas para el riego, según el nuevo estudio efectuado por Japón. El agua destinada al riego de cultivos como la alfalfa reporta tan sólo un beneficio de medio dólar de Namibia (0,06 dólares de EE UU). El destino de Karoo dependerá del sentido común de los nuevos propietarios, de los que cabe esperar que no sigan los criterios comerciales aplicados por los congéneres de Prinsloo.


Para saber más,
http://www.unesco.org/water

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