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La improbable guerra del aguaUna escasez creciente|El agua que apaga el fuego|Con un poco de sentido común…|Historia de dos presas|Aguas turbulentas en Asia Central|Aplacar las iras del Nilo|Asia meridional: el reparto de los colosos|Los secretos subterráneos del Kalahari|
Negociar con la naturaleza: la próxima etapa

Michèle Ferenz1 y Lawrence E. Susskind2, ambos participan en la formación de equipos binacionales de mediación para el Servicio Común de Mediación Ambiental de Jerusalén.
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Mediadores neutrales para calmar las aguas.





“Puedo explicar el recorrido de los cuerpos celestes, pero soy incapaz de decir una sola palabra sobre el movimiento de una gota de agua.”

Galilée, astrónomo italiano (1564-1642)







Toda negociación y acuerdo eficaces exigen una participación real de los actores en el terreno.
He aquí, paso a paso, todos los instrumentos necesarios para negociar un acuerdo acerca del único recurso sin el cual no podemos vivir.

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Ese acuerdo parecía absolutamente improbable, punto menos que imposible”, declaraba en enero último el Secretario del Interior y Patrimonio de Estados Unidos, Bruce Babbitt, refiriéndose a un acuerdo sobre el agua concluido entre siete estados del sudoeste de su país al cabo de cinco años de arduas negociaciones. Altos responsables tropiezan con dificultades similares en el mundo entero. A medida que la creciente escasez de agua exacerbe los conflictos nacionales e internacionales, es inevitable que aumenten el alcance y la intensidad de las negociaciones.
En un mundo sediento, el agua ya no puede seguir siendo considerada ante todo como un “capital estratégico” que es posible procurarse y preservar gracias a los instrumentos tradicionales de defensa, y menos aún recurriendo a la fuerza. Los conflictos sobre el agua implican todo tipo de consideraciones políticas, económicas, sociales y científicas. De lo que se trata es de encontrar y mantener un equilibrio entre las prioridades políticas y técnicas. A tal efecto, las Naciones Unidas han elaborado una convención marco para orientar las negociaciones sobre el agua dulce, ratificada por 10 Estados de los 35 necesarios para que entre en vigor. Sin embargo, los gobiernos se inclinan cada vez más por otro tipo de negociaciones, en las que intervienen mediadores neutrales que colaboran estrechamente con las organizaciones internacionales, los bancos de desarrollo y numerosos grupos interesados en el futuro de los recursos hídricos.
En su Informe Anual de 1999, el Banco Asiático de Desarrollo (BASD) se propuso como mediador en los conflictos regionales sobre el agua, en el marco de su política para mejorar el acceso a un agua no contaminada en Asia. Y la labor de la Comisión Mundial de Represas es citada a menudo como un ejemplo de creación de un consenso entre intereses divergentes sobre un tema de desarrollo muy polémico. A partir de esas experiencias es posible definir algunos principios esenciales y “prácticas ejemplares” aplicables a las negociaciones sobre el agua.
Para empezar, no siempre es fácil decidir quién debe participar en ellas. Los gobiernos suelen estimar que el agua es un asunto de política exterior y, en consecuencia, encargan a sus diplomáticos de alto nivel la elaboración de acuerdos bilaterales o multilaterales; pero es un error no incluir en esas negociaciones a actores no gubernamentales (agricultores, industriales, ecologistas, mujeres, etc.) cuyas actividades influyen en el estado de las cuencas, y cuya supervivencia depende de ese recurso. Esos grupos, así como las autoridades locales o las poblaciones autóctonas, pueden aportar conocimientos técnicos y tradicionales útiles, necesarios para atenuar las presiones que sufren las redes hidrográficas.
Para que esos grupos sean eficaces, deberían estar lo suficientemente organizados como para expresar puntos de vista convergentes. Antes de entablar un diálogo a nivel superior, cada uno tendría que resolver sus discrepancias mediante consultas internas que deberían proseguir durante todo el proceso de negociación. Esos intercambios evitan que los negociadores se encierren en una posición antes de oír los puntos de vista de los demás. Simplemente para asegurar la participación de todos los protagonistas, conviene que un mediador imparcial se entreviste confidencialmente con las principales partes a fin de aclarar sus inquietudes e identificar nuevos actores con los que se deba contar.
Determinar las personas cuya participación es decisiva no es sino un elemento de la preparación de una negociación. Los mediadores deberían impulsar también las “indagaciones conjuntas”, contribuyendo a identificar especialistas aceptables para todos los interesados y a definir los temas que se han de analizar. Sus conclusiones pueden contribuir a mitigar las incertidumbres y los desacuerdos, a establecer prioridades tal vez diferentes de un país a otro, y a la elaboración de un conjunto de propuestas globales. Pueden ayudar también a fijar “niveles de alerta” o umbrales más allá de los cuales la degradación o la disminución de los recursos generen obligaciones más estrictas (o “acuerdos contingentes”).
Una vez reunidos los actores y los datos esenciales, las negociaciones propiamente dichas pueden comenzar. Antes de llegar a los encuentros frente a frente, un mediador ha de preparar un análisis escrito del conflicto que ofrezca una visión de conjunto de los intereses y las prioridades de las partes y determine zonas de acuerdo y desacuerdo posibles. Se empieza generalmente por redactar un orden del día y establecer un procedimiento que permita deliberaciones constructivas —o “creación de valor”— en una atmósfera favorable a la solución creativa de los problemas. En una mediación bien llevada, nunca se ejerce presión sobre una parte para que acepte una solución de compromiso. En la tercera etapa, corresponde decidir o “distribuir el valor”. Lo difícil a esas alturas es preservar la buena voluntad existente. Una vez logrado un acuerdo informal sobre el fondo, el mediador debe velar por que éste se comunique con exactitud a los responsables oficiales que han patrocinado el proceso de concertación.

Del acuerdo informal al contrato vinculante
Suele insistirse en la dificultad de dar forma escrita a un acuerdo, pero a nivel mundial, lo más problemático es lograr que las cláusulas adoptadas adquieran fuerza legal. Es poco probable que la reivindicación de constituir un tribunal internacional del agua encuentre eco en un futuro próximo. Y la creación de los “cascos verdes” —especie de contrapartida ecológica de los cascos azules de las Naciones Unidas encargados del mantenimiento de la paz— no resulta viable. Los juristas y especialistas en relaciones internacionales debaten acerca de la disposición de los Estados a respetar las obligaciones que emanan de los tratados. Algunos suscriben a la idea maquiavélica de que las naciones desconocen impunemente ciertas normas cuando estiman que es más lo que tienen que perder que lo que tienen que ganar si las respetan. Otros opinan que la mayoría de las naciones cumplen la mayor parte de las obligaciones y los principios jurídicos internacionales las más de las veces, aunque sólo sea para evitar que las organizaciones no gubernamentales las señalen con el dedo. Pero incluso los optimistas reconocen lealmente que, además de un incumplimiento deliberado, numerosos factores pueden oponerse a una perfecta observancia de las reglas. Por ejemplo, la terminología vaga de numerosos textos jurídicos puede plantear problemas. Además, algunos Estados carecen lisa y llanamente de los medios —técnicos o financieros— para cumplir sus compromisos.
Hay que tener en cuenta esas limitaciones cuando se quiere transformar los acuerdos informales en contratos vinculantes para las partes, y respetar algunos principios que permiten ajustar los acuerdos con el paso del tiempo. Uno de ellos consiste en incorporar a esos acuerdos obligaciones de resultados etapa por etapa que se refuercen mutuamente: el mantenimiento de la cooperación de una de las partes depende del respeto de las reglas por las demás. También se pueden prever sanciones en caso de incumplimiento o primas fijadas de antemano, concedidas cada vez que una de las partes ha cumplido sus compromisos.
Por último, todo acuerdo eficaz exige una participación real de los actores que operan en el terreno. Las negociaciones sobre el agua no pueden ser ya solamente responsabilidad de las autoridades: el diálogo debe ser más amplio. También se requiere una mayor transparencia en la toma de decisiones y un mayor rigor en cuanto a bases científicas de los acuerdos concluidos. Éstas son las principales lecciones aprendidas durante dos años de experiencia en materia de negociación y elaboración de tratados sobre el medio ambiente.


1. Miembro asociado del Instituto de Creación de Consenso y prepara una tesis en el marco del Programa sobre Negociación de la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard.
2. Director del Programa de Debates Públicos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard y Presidente del Instituto de Creación de Consenso, organismo sin fines de lucro.



Para saber más sobre las negociaciones acerca del medio ambiente:
• Susskind, Lawrence, Environmental Diplomacy, Oxford University Press, Nueva York, 1995
• Susskind, Lawrence, Levy, Paul y Thomas-Larmer, Jennifer, Negociating Environmental Agreements, Island Press, Washington, D.C., 1999.
• Susskind, Lawrence, McKearnan, Sarah y Thomas-Larmer, Jennifer, The Consensus Building Handbook, Sage Publishers, Thousand Oaks, California, 1999.
• Susskind, Lawrence, Moomaw, William y Gallagher, Kevin, Transboundary Environmental Negociations: A New Approach to Global Cooperation, de próxima publicación, Jossey-Bass Publishers, San Francisco.

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