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 EDITORIAL
11 de septiembre de 2001
Pensar lo impensable
Cerca de 7.000 muertos, casi todos desaparecidos. La única superpotencia mundial, herida en el corazón de su economía y su defensa, algo hasta ahora imposible para todo Estado en guerra con ella. Una nueva escala de los medios de destrucción, anunciadora de un “hiperterrorismo”. Sospechosos vinculados a oscuras redes transnacionales manejadas por un mentor multimillonario, emboscado en un país en las antípodas de Estados Unidos. Ninguna reivindicación. La ola de atentados del 11 de septiembre de 2001 era impensable. Por eso su onda expansiva no ha tenido precedente.
Lo primero fue pensar en las víctimas, en sus familiares y en sus conciudadanos, en nombre de una solidaridad para la que no cabía ni podía caber reserva alguna. Luego, una vez adoptadas las medidas de socorro y seguridad pública de urgencia, vino la hora del estupor, la rabia, la determinación, y también, aunque de manera más difusa y confusa, la de la introspección y la duda.
Empiezan a desplegarse las tropas estadounidenses; se acaba de lanzar la operación “Justicia Infinita” (rebautizada “Libertad Perdurable”). Para ejercer, ¿qué forma de justicia, según qué límites jurídicos y contra quién? Hacer justicia a las víctimas y neutralizar el terrorismo para evitar otras nuevas es un imperativo legítimo. Ahora bien, una mano anónima ha escrito en la pared de una institución musulmana estadounidense: “el ‘ojo por ojo’ dejará ciego al mundo entero”. Replicar únicamente por la fuerza a unos locos furiosos equivale a plegarse a su lógica. La respuesta militar sólo puede ser justa y, por ende, eficaz, a condición de no ser más que un elemento de la respuesta global a una pregunta previa y esencial: ¿cómo se ha podido llegar a esto y por qué?
Ahora bien, las tres palabras que se repiten constantemente (guerra, civilización e islamismo) bloquean toda auténtica reflexión. La primera es impropia, pues son Estados los que se enfrentan en una guerra. La segunda tiene una historia dolorosa: nació durante la Ilustración, cuando, para legitimar las conquistas de Occidente, la humanidad quedó dividida en “civilizados” y “bárbaros”. La expansión colonial tuvo así la cobertura del estandarte de la “civilización”. Emplear hoy esta palabra en singular implica la existencia de una única civilización en el mundo y relega las demás a la inferioridad o a la inexistencia. La tercera, el islamismo, es precisamente el movimiento político y religioso que preconiza la expansión y el acatamiento del Islam, que se tiende a confundir cada vez más con su versión sangrienta, repudiada por la inmensa mayoría de los musulmanes. En definitiva, el discurso que asocia esta corriente aberrante del islamismo a los vocablos “guerra” y “civilización” es en todo punto simétrico al que se atribuye a los autores de estos atentados. Toda acción basada en él desemboca en un callejón sin salida.
Sin embargo, las reacciones a los atentados de las que la prensa internacional se hace eco, brindan un primer elemento de reflexión, en la medida en que responden a líneas de fractura muy significativas. La población de Estados Unidos, evidentemente, pero también la de otros países, sobre todo desarrollados, ha vivido estos atentados como un traumatismo. En el extremo opuesto, algunos muy contados individuos han dado rienda suelta a un júbilo abominable. Otros, más numerosos, sin dejar de compadecerse de las víctimas, han interpretado los atentados como una manifestación, tal vez algo más sonada que otras, de lo que para ellos es una violencia general, mundial y perenne, que esta vez se ha abatido sobre Estados Unidos como tantas veces lo ha hecho antes sobre tantos otros países. La gran mayoría, probablemente, sólo ha mostrado una cierta indiferencia, como si los hechos se hubieran producido en otro planeta o no tuvieran una repercusión directa en su cotidianidad.
Hace poco más de medio siglo una serie de diplomáticos y hombres y mujeres de cultura, en el sentido amplio de la palabra, se reunieron en Londres, aún bajo los bombardeos alemanes, para pensar lo impensable de entonces: ¿Por qué y cómo había podido surgir el nazismo y producirse el Holocausto en el corazón mismo de la “Europa cristiana”, en el país con más alto nivel de educación? ¿Qué nuevo orden mundial era preciso instaurar para impedir el retorno de la barbarie? Sus respuestas están plasmadas en la Constitución de la UNESCO. Su diagnóstico fue un rechazo de la razón que culminó en la negación de la dignidad de la –de toda– persona humana, que imputaron a las barreras que se alzaban entre los pueblos y suscitaban su “incomprensión mutua”. Optaron por una actitud voluntarista: “desarrollar e intensificar las relaciones entre los pueblos, a fin de que éstos se comprendan mejor entre sí” –las “naciones unidas”–, y quisieron dar un sentido a un mundo que lo había perdido: la “solidaridad moral e intelectual de la humanidad”.
Verdad es que el contexto histórico era distinto. Verdad también que la vía trazada por esos visionarios ha sido abandonada, y lo uno explica probablemente lo otro. Pero, ¿acaso estas reservas invalidan su diagnóstico y hacen esa vía impracticable?

El Correo de la UNESCO, 25 de septiembre de 2001

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