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No hay motivo
de alarma
Jerome
Delli Priscoli, analista del Instituto de Recursos Hídricos del Cuerpo de
Ingenieros del Ejército de Estados Unidos. |
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Es innegable la potencial
violencia que caracteriza la actual crisis del agua. Alrededor de 40% de la población
mundial vive en cuencas de ríos compartidas por dos o más países.
Esas cuencas representan más de 50% de la tierra de nuestro planeta. Sólo
a un ingenuo podría extrañarle que existan pretensiones antagónicas
respecto del agua. Sin embargo, ello no necesariamente conduce a una guerra.
Además, es posible que esa tesis de la “guerra del agua” contribuya justamente
a exacerbar los conflictos que pretende evitar. Suele ser presentada como el resultado
de que un número creciente de individuos se disputen un volumen de agua cada
vez menor. La crisis actual tiene sobre todo que ver con su reparto. Para que el
agua llegue oportunamente a la población a que está destinada, los
gobiernos han de tener acceso a la tecnología, los conocimientos y los fondos
necesarios, pero también han de tener la capacidad institucional indispensable
para repartirla.
El Norte opulento no puede dirigirse al Sur diciéndole: “¡Ahorren agua!
¡Utilicen tecnologías de bajo consumo para cultivar alimentos! Y, por
amor de Dios, ¡reduzcan su población!”. Puede ser que ese mensaje tenga
buena intención, pero refuerza la noción de que existe una competición
entre dos partes.
Si nos centramos en ese espectro de guerra del agua, perdemos de vista que ésta
última puede constituir un arma de la diplomacia preventiva. Las cuencas fluviales
nos obligan a revisar la noción de interdependencia. En vez de mirarla como
una debilidad, debemos aprovecharla como una red para responder mejor a las pruebas
que nos impone la naturaleza, como las inundaciones o las sequías.
El agua nos obliga en cierto modo a profundizar más, a ir más allá
de las relaciones de rivalidad, a enfrentar lo que realmente compartimos: un instinto
vital.
El agua es uno de nuestros símbolos más perdurables de vida, regeneración,
pureza y esperanza. Es uno de nuestros vínculos poderosos con lo sagrado,
con la naturaleza y con nuestra herencia cultural. Es un medio de crear un proyecto
global que unifique a la humanidad en una sola causa en aras de la paz, la estabilidad
y el equilibrio ecológico. La tesis de la guerra del agua nos conduce en sentido
contrario porque niega la aceptación universal del agua como un bien común.
La tesis de la guerra del agua nos ha hecho cobrar conciencia de su importancia como
recurso. Pero corremos el riesgo de sembrar la alarma con demasiada frecuencia. Esa
tesis juega con los temores humanos —temor al cambio, a las privaciones, a los límites,
a la violencia y, ciertamente, temor primordial a la muerte.
Ha llegado el momento de ir más allá del temor. Es preciso que los
dirigentes redescubran y aprovechen la capacidad del agua de generar riqueza, sus
múltiples posibilidades de utilización y reutilización, su poder
de unificación, su capacidad de ofrecer fundamentos indispensables de aprendizaje
para la constitución de una cultura cívica. Porque el agua encierra
a la vez posibilidades de conflicto y de cooperación. Y tenemos que elegir. |
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