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¡Sí!
Durban ha sido un éxito
Pierre
Sané, subdirector general del sector de ciencias sociales y humanas de la
UNESCO. Ex secretario general de Amnistía Internacional. |
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Manifestación contra el racismo y la pobreza durante la conferencia de Durban,
Sudáfrica.

Un pintura mural celebra la unidad entre blancos y negros en Namibia.
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Diez
años de
conferencias mundiales
1992.
Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (Río
de Janeiro).
1993. Conferencia Mundial de Derechos Humanos (Viena).
1994. Conferencia Mundial sobre la Población y el Desarrollo (El Cairo).
1995. Conferencia Mundial sobre Desarrollo Social (Copenhague).
1995. Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Mujer (Beijing).
1996. Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Asentamientos Humanos (Estambul).
1996. Conferencia Mundial sobre la Alimentación (Roma).
2001. Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial,
la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia (Durban, Sudáfrica).
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Por
primera vez, la comunidad internacional reconoció que la trata de esclavos
constituía un “crimen de lesa humanidad”.
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“Fracaso
estrepitoso”, “gran espectáculo”, “cajón de sastre ”: la prensa no
ha escatimado críticas a la Conferencia de Durban contra el racismo. Injusto,
replica Pierre Sané, que participó activamente en ella.
Muchos son los Estados
que, escudándose en el fin de la segregación racial en Estados Unidos,
y del apartheid en Sudáfrica, niegan la persistencia del racismo en el mundo
y, más concretamente, en sus respectivas sociedades. Sin embargo, la Conferencia
Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las formas
conexas de Intolerancia organizada en Durban (Sudáfrica)1 logró reunir
a 170 Estados. De hecho, se trata de un reconocimiento innegable por todos los participantes
de que el racismo existe en todas las sociedades.
Había que denunciar esas nuevas formas de racismo que afectan hoy a trabajadores
migrantes, solicitantes de asilo, refugiados, desplazados, y enfermos del sida, por
mencionar sólo a algunos. Era necesario también denunciar las desviaciones
hacia un “racismo genético”, cuando una empresa, por ejemplo, exige el código
genético de un candidato a un puesto, so pretexto de detectar posibles “anomalías”.
Durban cumplió esa misión de actualización.
Es cierto que esas conferencias públicas, en las que se manifiesta una correlación
de fuerzas, tienen sus lagunas. Los documentos finales de Durban no mencionan en
su lista de víctimas al más importante de los grupos afectados por
la discriminación: los 260 millones de dalits (intocables) del sur de Asia.
Ni una palabra tampoco sobre los negros en los países árabes, ni sobre
los palestinos. Pero no puede negarse que las víctimas invisibles se mostraron
a la luz del día en Durban.
La
voz de las víctimas ignoradas
Tal
vez parezca anecdótico, pero es en realidad muy revelador. Por primera vez
en una conferencia mundial, una delegación de pigmeos explicó las amenazas
que se ciernen sobre su comunidad por culpa de la guerra en África Central.
Asimismo, los afrolatinos –colombianos y venezolanos de ascendencia africana– manifestaron
sus sufrimientos. La presencia de delegaciones de gitanos de diversas regiones del
planeta, todos ellos víctimas de un racismo ignorado por la comunidad internacional,
pudieron, con apoyo de las ONG que los defienden, inscribir su mensaje en los textos
de la Declaración Final y del Plan de Acción. Así fueron identificadas,
nombradas, numerosas víctimas. A los Estados incumbe ahora ocuparse de su
situación. Ese resultado tampoco es despreciable.
Se ha criticado a la conferencia por su aspecto “cajón de sastre” y por la
abundancia de debates considerados marginales y a veces ajenos a sus objetivos: la
reparación o no de la esclavitud, la condena de Israel en nombre de la ecuación
que asimila sionismo y racismo. La conferencia tenía el deber de identificar
las causas del racismo. Y desde esa perspectiva debía abordar la esclavitud.
La trata de esclavos, así como la colonización, han sido seguramente
legitimadas por el racismo y, a su vez, lo han alimentado. Ambas fueron denunciadas
como tales. Y, por primera vez, la comunidad internacional reconoció que esa
trata había sido “una tragedia en la historia de la humanidad” y que constituía
“un crimen de lesa humanidad”. Pero todo esto no es más que un comienzo. La
Unesco, por ejemplo, insiste en el deber de memoria, y pide que los investigadores
tengan acceso a los archivos para evaluar al fin la magnitud y las repercusiones
de la trata. La Unesco reclama también que todos los manuales escolares reflejen
la importancia de esa tragedia en su dimensión criminal.
En cuanto al polémico tema de las indemnizaciones, no correspondía
a la conferencia establecer en diez días las modalidades. En cambio, cumplió
cabalmente su misión al formular una declaración de principios sobre
la “obligación moral” de reparar los perjuicios causados, lo que a mi juicio
es más serio que una “obligación legal”. Reconocer a los africanos
que fueron objeto de ese tráfico la condición de víctimas permite
al fin a sus descendientes levantar cabeza y a los descendientes de los autores del
crimen acabar con el silencio. Siempre me ha parecido que la ayuda para el desarrollo
es el fruto malsano de un sentimiento no confesado de culpabilidad. En cuanto se
ha reconocido el crimen, es posible reemplazar esa ayuda por reparaciones justas
que ponen a los protagonistas en pie de igualdad. En cuanto a la cuestión
palestina, que algunos consideraron “invasora”, era inevitable que surgiera en Durban,
en el recinto de esta conferencia organizada por el Alto Comisionado de las Naciones
Unidas para los Derechos Humanos. En efecto, para las delegaciones de los países
árabes y musulmanes, esa cuestión tiene que ver con los derechos humanos,
la violación del derecho a la autodeterminación, la discriminación
(hay leyes discriminatorias en Israel), las violencias ejercidas sobre un pueblo…
Es un asunto de actualidad ineludible, como era en su día el apartheid. Estados
Unidos e Israel, que se oponían a su inclusión en el orden del día,
se retiraron. Pero ese orden del día fue preparado democráticamente
por el conjunto de los grupos de trabajo. Si estiman que un asunto guarda relación
con la temática de la conferencia, pueden decidir someterlo a debate. Es lo
que hicieron. Y, en definitiva, la Declaración expresó su “profunda
preocupación respecto al aumento del antisemitismo y la islamofobia”, pero
rechazó categóricamente toda asimilación del sionismo al racismo.
¿Es posible confiar en los Estados cuando prometen en la tribuna combatir
el racismo? La primera prueba de su voluntad política será la elaboración
de un plan nacional de lucha contra el racismo, con un presupuesto, una identificación
de los actores y las víctimas, medidas legislativas y un calendario de acción.
Los Estados se comprometieron en ese sentido.
Obtener
compromisos
Para
ayudarlos, la conferencia aprobó una serie de “prácticas modelo”: velar
por que se prohíba por ley toda forma de discriminación en el trabajo
y la vivienda, por que se elaboren métodos para evaluar los progresos realizados
en la educación por los grupos más desfavorecidos y se garantice la
protección de todos los que formulan denuncias (sobre todo cuando los acusados
de actos racistas pertenecen a las fuerzas del orden)…
Esta enumeración parece un catálogo de buenos deseos. Pero todas las
conferencias mundiales –sea la de Río de Janeiro, sobre el medio ambiente,
o la de Beijing, sobre los derechos de la mujer– terminan así: con una declaración
y un plan de acción sin fuerza vinculante, pero que se basan en convenciones
vigentes, en un derecho ya establecido. El objetivo de estas conferencias es obtener
un nuevo compromiso de los Estados –un rearme moral– para examinar conjuntamente
un problema que exige una cooperación internacional. Nadie obliga a los gobiernos
a participar. Y el hecho de que las negociaciones sobre la Declaración Final
hayan sido tan arduas muestra la importancia que los Estados le conceden. Al firmarla
comprometen su honor y su credibilidad, ya que tendrán que presentar informes
periódicos sobre la puesta en práctica de sus compromisos. Todo va
a depender también de la movilización de la sociedad civil, de esas
mil ONG presentes en Durban. De regreso a sus países, éstas podrán
interpelar a sus gobiernos: “Habéis firmado. ¿Dónde está
vuestro plan de acción?”
Algunos acusaron a las ONG de hacer exigencias demagógicas, hasta el punto
de impedir el debate. Pero debate hubo, y con pasión. Nada de extraño
tiene que asociaciones de víctimas, heridas en su carne, pierdan la paciencia
ante el “realismo” de los Estados. Hubo pues debates muy acalorados, pero sin violencia.
Durban va a inscribir la lucha contra el racismo en el programa de todas las ONG.
En cuanto a los Estados, habrán hecho progresos en la práctica de un
debate democrático destinado a regular la sociedad planetaria en su conjunto.
Por todo ello, Durban valía la pena.
1. Del 31 de
agosto al 8 de septiembre de 2001. |
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Las
ONG, más bulliciosas que nunca
Durban nos
lo recordó una vez más: los foros de ONG que, de un tiempo a esta parte,
acompañan siempre a las grandes conferencias de las Naciones Unidas, son caóticos
y agitados. Y, lo que es peor, a menudo han sido infiltrados por “falsas ONG”, es
decir, asociaciones de circunstancia creadas por Estados no democráticos,
partidos políticos o grupos de presión industriales. Sin embargo, esas
agrupaciones constituyen valiosos laboratorios. Cumplen sobre todo la función
de crisol donde se edifica poco a poco la “sociedad civil mundial”, que exige ahora
hablar de igual a igual con los poderosos.
Durban, la primera gran conferencia mundial del siglo XXI, forma parte de un ciclo
de acontecimientos similares (véase lista en la página 10) que jalonaron
el decenio de 1990 y significaron la irrupción de los actores no gubernamentales
en la gestión de los asuntos internacionales. Por consiguiente, hoy las grandes
citas de las Naciones Unidas, tan criticadas (su presupuesto fluctúa entre
dos y diez millones de dólares), ya no entregan sólo una instantánea
de la correlación de fuerzas entre los Estados.
Sirven también, por un lado, para tomar el pulso a las relaciones entre los
Estados y los demás segmentos de la sociedad (ONG, municipios, empresas) y,
por otro, para conocer las líneas de fractura que dividen a la sociedad civil.Fue
en la Cumbre de la Tierra de Río (1992) donde, por primera vez, esas asociaciones,
mantenidas hasta entonces al margen de los cónclaves entre los poderosos de
este mundo, pesaron de manera significativa en los debates. Es cierto que todavía
sus representantes habían sido relegados a un lugar a varios kilómetros
de la conferencia oficial. Pero estaban ahí, en masa (más de 2.500),
para denunciar las injusticias, señalar con el dedo las desviaciones de la
“democracia de mercado” y proponer ideas “alternativas”.
A veces, como en 1993, durante la conferencia de Viena sobre derechos humanos, los
militantes de asociaciones tuvieron incluso acceso a las tribunas oficiales e influyeron
en las decisiones finales. En Beijing, en 1995, acapararon las primeras planas con
mucha más autoridad que los debates de la conferencia sobre los derechos de
la mujer: por primera vez, el Secretario General de Amnistía Internacional,
que no era otro que Pierre Sané, daba una conferencia de prensa en China.
A medida que se suceden los grandes encuentros mundiales, esos “foros de ONG”, mirados
a menudo con benevolencia por los responsables de las Naciones Unidas, han ido cobrando
mayor importancia y diversidad. Después del de Río, bautizado “foro
de los gringos” por lo marcada que era la presencia de las ONG del Norte, esas agrupaciones
han visto afluir cada vez más delegados del Tercer Mundo, lo que prueba la
explosión del movimiento asociativo en los países del Sur.
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