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Enseñanza de la Historia y Cultura de Paz

 

ensen.jpg (4726 octets) Felipe E. Mac Gregor, S.J., ed. Lima, Perú
© APEP & UNESCO, diciembre de 1999

Introducción

La enseñanza de la historia presenta rasgos fundamentales, valiosos y estratégicos, por tratarse de una disciplina que estudia el que hacer de los seres humanos y las motivaciones de las distintas generaciones para cimentar el desarrollo de los pueblos en un diálogo permanente entre pasado y presente que permita articular un andamiaje universal para preparar el futuro.

De acuerdo con la valoración de las raíces y de los propósitos comunes de los Estados se pueden agudizar los conflictos y distanciar esos propósitos. Por lo tanto, según se enfoque la enseñanza de la historia, se debe favorecer actividades que fortalezcan la promoción de la paz a un nivel cercano al individuo, en su vida familiar, en su trabajo, en su vecindad o en su comuna.

El principio fundamental que rige estas acciones para la integración es "pensar globalmente pero actuar localmente". Esto supone interacciones dinámicas entre los países, que permitan un mayor conocimiento de sus diversidades y elementos culturales comunes, así como también los problemas compartidos, lo que dará una verdadera identidad y unificación de la región y a su vez una unión al interior de los mismos estados. Sin una no es posible la otra.

Desde muy temprano los forjadores de las repúblicas iberoamericanas comprendieron que en el nuevo mundo todo estaba por hacer, y que aquellos ideales de justicia y libertad que los habían inspirado no quedasen en un simple enunciado de buenas intenciones.

En su mayoría los manuales de historia y geografía contribuían a fortalecer y promover imágenes hostiles, estereotipos discriminatorios, conflictos políticos y militares, exaltando el carácter épico de las guerras y de sus héroes, contribuyendo a que la enseñanza de la historia generara una cultura de intolerancia que poco ha favorecido la resolución pacífica de los desacuerdos, en lugar de avanzar en la necesidad de erradicar la violencia y "erigir los baluartes de la paz en la mente de los hombres".

En ese sentido los diseñadores de programas y ejecutores de las políticas educativas latinoamericanas advirtieron la conveniencia de superar el patrón de enseñanza de la historia, de tal manera que ésta constituyera un vehículo eficaz para afianzar el ideal democrático y también responder de modo concreto a la búsqueda de la paz.

A raíz de los planteamientos y preocupaciones que expresaban los historiadores y políticos de la época, la Primera Conferencia General de la UNESCO llevada a cabo en 1946, aprobó una resolución en favor de la revisión de textos escolares y materiales pedagógicos utilizados en la enseñanza de la historia para los distintos niveles de la educación primaria y secundaria.

Todo ello apunta a la educación para la integración y la paz mediante un ejercicio de construcción colectiva, al desarrollo pleno de la personalidad, al fortalecimiento del respeto por la libertad individual, a la comprensión, a la tolerancia y a la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos y religiosos.

El cometido fundamental de la UNESCO, explícito en su Constitución, es edificar los baluartes de la paz allí donde se incuba la guerra: en el espíritu de los seres humanos. Esta es una tarea de tolerancia y comprensión, de amor y respeto al prójimo.

La tolerancia es un ejercicio plural de la libertad. Diferencias étnicas, de religión, de edad, de pensamiento, de género, de identidad, de procedencia social, de nacionalidad, configuran señas particulares y colectivas que nos distinguen como seres únicos, originales y, debido a nuestra naturaleza humana, libres. No podemos sobrevivir ni desarrollarnos plenamente sino en comunión (común unión) con nuestros semejantes.

Nuestras relaciones políticas, económicas, sociales y culturales contienen grandes discriminaciones que la pobreza, la exclusión, los prejuicios y la violencia reproducen en las estructuras e instituciones, así como en las conductas cotidianas.

Al venir al mundo, todo ser humano tiene el derecho a que se le eduque; después, en pago, tiene el deber de contribuir a la educación de los demás. Estas palabras entendidas como derecho y deber son vitales para forjar el cimiento de una sociedad de aprendizaje para la paz y el desarrollo, en un mundo dividido y sometido a cambios drásticos.

Educar es despertar el potencial creativo de la persona; es edificar capacidades endógenas; es forjar actitudes de tolerancia y comprensión. La educación es la clave para edificar la paz, para consolidar un marco más equilibrado y menos asimétrico, para vivir todos juntos, distintos pero unidos por los principios democráticos de justicia, libertad, igualdad y solidaridad.

Educar para ayudar durante toda la vida a todos los individuos a ser libres, a saber, a hacer, a crear, a convivir. Educar para inculcar principios como compartir y cuidar todo aquello que hemos recibido y que debemos transmitir a las generaciones futuras, generaciones a las que debemos evitar los horrores de las guerras. Sólo mediante la educación podremos edificar una paz duradera en la mente de los hombres y pasar así de una cultura de guerra a una Cultura de Paz.

La paz se basa en el principio de pensar en el otro. El otro está en la comunidad. Hay que volver al concepto comunitario, a la convivencia, a vivir y compartir, porque esto es la "paz". Educar para la paz significa incorporar la "condición expresa de la paz". Esta "condicionalidad para la paz" que vincula seguridad con paz y ambas con el desarrollo y la democracia, es fundamental.

Los contenidos en la enseñanza de la historia deberían incorporar la condicionalidad de la paz en sus políticas educativas, programas y proyectos nacionales para evitar los conflictos. Por ello el objetivo está en combatir las causas que los originan para obtener la paz. Esta condicionalidad para la paz se hace más urgente en la situación post-conflicto para poder afianzar y reconciliar una sociedad.

Sin embargo, debería también incorporarse en la prevención de los mismos. Es una "gestión de intangibles", un gasto indispensable en tareas de previsión, cuyos frutos no son evidentes de inmediato. Los gobernantes, siempre presionados por la necesidad de obtener resultados visibles a corto plazo, no conceden, a veces, la prioridad adecuada a estas inversiones preventivas.

La clave de la paz está precisamente en el respeto al derecho ajeno. Por eso la sociedad que tratamos de forjar para las generaciones venideras se basa, sobre todo, en la transmisión de valores y actitudes, en el desarrollo de la soberanía personal. Una tarea con la que todos debemos comprometernos porque de ella depende el futuro de la humanidad.

En un alto porcentaje la enseñanza de la historia en los centros educativos de los países iberoamericanos se circunscribe a episodios castrenses y no se tocan otros aspectos que fueron fundamentales en la evolución de los pueblos.

El Estado ha contribuido a celebrar hechos históricos exaltando símbolos bélicos para destacar el protagonismo de personajes relacionados con el manejo del poder, convirtiendo a cada nación en una isla, ignorando a sus vecinos con su diversidad de intereses, sus componentes étnicos, sociales y económicos, pero sobre todo limitándose a una noción individualista, aislacionista, sin fomentar una cultura política, respetuosa de las diferencias.

La única fórmula posible para garantizar la edificación de un futuro hacia una real integración, que supone distinguir para unir y no unir sin distinguir, es el respeto por las culturas, para hacer viables sociedades que permaneciendo plurales, estén identificadas en propósitos comunes.

La diversidad es un valor que debe respetarse; la capacidad de adoptar y valorar puntos de vista diversos, la comprensión de las posiciones de los otros, dentro del ámbito temporal y social, relativizando el punto de vista personal, son los elementos esenciales que contribuyen a la generación de actitudes de tolerancia, articula sociedades, fomenta una cultura política donde se encuentren consensos básicos, alternativas pacíficas ante los posibles conflictos.

Todo ello tiene un trasfondo común: "la democracia", fórmula única que garantiza la participación en la edificación de un futuro "por todos y para todos", en la construcción colectiva de la historia.

Sólo mediante la educación podremos edificar una paz duradera en la mente de los hombres y pasar así de una cultura de guerra a una Cultura de Paz.
 
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