UNESCO Cultura de la Paz -- Sesión de Instalación

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SESIÓN DE INSTALACIÓN

Rafael Vergara Navarro, Secretario general de la Alcaldía Mayor de Cartagena, Colombia
Miguel Navas Meisel, Gobernador del departamento de Bolívar, Colombia
Pedro Henríquez Guajardo, Secretario Ejecutivo del Convenio Andrés Bello
Augusto Ramírez Ocampo, Representante del director general de la Unesco, Consejero Especial para la cultura de la paz
Olga Duque de Ospina, Ministra de Educación de Colombia

Rafael Vergara Navarro

Desde la pluralidad que representamos, iniciamos este encuentro iberoamericano de creyentes en la paz y en la integración, haciendo realidad la máxima del Libertador Simón Bolívar: "Unidad en la diversidad". Ella lo condujo a su más contundente victoria, la libertad de América. Representantes de 15 países tenemos la oportunidad y la obligación de ponernos de acuerdo para encontrar luces y rutas que nos conduzcan a aceptar nuestra identidad común y desatar la imaginación y creatividad para transformar la presencia de la historia en la conciencia de nuestros hijos, nuestros nietos y las generaciones venideras.

Ante el cercano horizonte del nuevo milenio, tendremos la posibilidad de preguntarnos en esta conferencia de la Unesco y el Convenio Andrés Bello ¿qué nos une? ¿qué nos separa? ¿qué obstáculos debemos remover para alcanzar la paz, la convivencia y la tolerancia? ¿qué valores vamos a fortalecer en la vida cotidiana de naciones y pueblos, aquí representados en esta Cartagena de 463 años y con muchas historias a cuestas?

Lo más valioso de nuestro quehacer en estos días es ver y reconocer la historia como la posibilidad de ganar tiempo en la necesidad imperiosa de fortalecer nuestros vínculos y reafirmarnos en la convicción de que sólo sembrando la cultura de la paz, nuestros hijos podrán, antes de que sus sienes se poblen de años, disfrutar de un continente humanizado, donde el respeto al otro sea la esencia de la convivencia ciudadana y la justicia social.

Es tiempo de derrotar las violencias, de sembrar y cualificar la vida, rastreando y reconociendo en el tiempo vivido, valores y principios necesarios. "Mirar hacia...", implica, con certeza, reconocer lo andado, hacer conciencia de las trascendencias que iluminan el camino de las sociedades y los pueblos, y comprender que la solidaridad es el valor supremo.

Con razón, el Libertador en agradecimiento a esta ciudad, a este puerto, a este rincón del Caribe y ratificando la fuerza incontenible de la integración dijo: 'Si Caracas me dio la vida, Cartagena me dio la gloria'.

En mi condición de representante del alcalde de Cartagena, ofrecemos la ciudad como sede para que de esta Conferencia surja la coordinación y el seguimiento a los temas que se traten en ella.

Miguel Navas Meisel

Permítanme darles a todos los aquí presentes un cordial saludo de bienvenida a la ciudad de Cartagena, patrimonio histórico y cultural de la humanidad y capital de nuestro departamento de Bolívar y agradecerles a los organizadores de este evento el haber seleccionado a Cartagena para desarrollar esta importante Conferencia Internacional sobre la Enseñanza de la Historia en la Integración y la Paz, organizada por la UNESCO y el Convenio Andrés Bello.

Destacadas personalidades del ámbito latinoamericano han respondido a esta convocatoria para trabajar durante tres días en el diseño de una nueva metodología para la enseñanza de la historia, que se oriente hacia la paz y la integración entre nuestros países.

Me atrevo a afirmar que esta es una de las iniciativas más interesantes que hemos presenciado, por lo innovador que resulta plantear una nueva lectura de la historia, enmarcada en los parámetros de las actuales condiciones políticas y sociales del continente, en estudiarla dentro del actual contexto y planear una enseñanza que concilie las voluntades y facilite la educación a la niñez y a la juventud, inspirada en la cultura de la paz y la tolerancia y, que ayude a la comprensión entre los pueblos y a la convivencia pacífica.

La integración y la paz son, sin duda, los temas más importante de la actualidad y todos los esfuerzos de los gobiernos y de los organismos internacionales se enfocan hacia la búsqueda de estos dos elementos sin los cuales es imposible concebir el desarrollo de los países y el progreso de la humanidad. La integración entre los pueblos iberoamericanos es un imperativo y un sueño que han acariciado nuestros más importantes líderes desde hace muchos años.

El idioma, la raza, la religión y un pasado común, hacen aún más fácil el proceso de integración con otros grupos nacionales. Los pactos subregionales que agrupan a nuestros países, así como las conclusiones de las cumbres de mandatarios iberoamericanos comprueban que sí es posible unirnos en la búsqueda de objetivos comunes y participar con un sola voz en los grandes foros internacionales. Mucho más cuando quien convoca es la UNESCO y el objetivo de esta convocatoria es un tema de trascendental importancia para nuestra vida, como es el diseño de un futuro en paz. Paz que es una necesidad sentida por todos nuestros países y que no es un tema exclusivo de determinados sectores o grupos sociales sino que debe convertirse en el principio básico de nuestra vida. Su búsqueda debe penetrar todas nuestras acciones.

Por lo tanto, propongo a ustedes que nos empeñemos en hacer una gran campaña para colocar la paz como idea rectora de la vida, no sólo en la enseñanza de la historia sino también en el arte, la ciencia y en todo el quehacer humano, para que el logro de la paz permanezca como un postulado fundamental.

Estoy seguro que esta Conferencia será un aporte decisivo para la integración americana y para la creación de una cultura de la paz; su presencia en este evento, así lo asegura.

Pedro Henríquez Guajardo

Quiero presentar un cordial saludo y el agradecimiento a las autoridades locales y departamentales por la gran acogida que nos han brindado en esta hermosa ciudad de Cartagena de Indias, patrimonio histórico de la humanidad, para la celebración de la Conferencia Internacional sobre la Enseñanza de la Historia para la Integración y la Cultura de Paz.

Deseo manifestarles a todos ustedes, distinguidos asistentes, nuestra gran complacencia por la respuesta que nos proporcionaron para asistir a este evento en el que buscamos congregar a representantes gubernamentales, intelectuales, historiadores, miembros de las fuerzas armadas, educadores y periodistas de los países latino-iberoamericanos, en torno a un tema que nos resulta imperativo y que nos ha tenido ocupados a la UNESCO y al Convenio Andrés Bello por varios años.

Los dos organismos, con aportes valiosísimos de centros de investigación como Codecal, y de estudios locales, hemos emprendido el esfuerzos conjunto de imprimir una nueva orientación a la historia a través de la educación, en el contexto de la integración de la comunidad latinoamericana de naciones con el fin de enseñar una historia para la paz y no para la guerra y evitar que ésta siga siendo motivo de desintegración y de antagonismos.

La Conferencia se inspira en los mandatos y en las recomendaciones emanadas de las instancias máximas, tanto del Convenio Andrés Bello como de la UNESCO, y será el punto de partida para emprender una acción a mediano y largo plazo destinada a lograr consensos y vías políticas adecuadas para poner en marcha un proyecto de enseñanza de la historia.

Más recientemente, lo anotamos como una feliz coincidencia, la Declaración de Viña del Mar, durante la VI Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, señala textualmente en el numeral 23 de los "Asuntos de Especial Interés", -firmada por los jefes de Estado- :"Conscientes de que la enseñanza de la historia debe contribuir a fomentar sentimientos de solidaridad en nuestras naciones, concordamos en la necesidad de llevar adelante iniciativas que conduzcan a una visión compartida de la historia de Iberoamérica y su proyección en los textos escolares".

Así, esperamos que éste sea un espacio propicio de reflexión para analizar, desde diversos puntos de vista, los factores históricos y sociales que favorecen u obstaculizan la enseñanza de la historia. Aquí pretendemos conjugar voluntades nacionales que faciliten la educación de la niñez y de la juventud, basada en una cultura de paz, de tolerancia y de respeto a la diversidad de identidades culturales.

No se trata de no enseñar episodios que han marcado el desarrollo de nuestros países; más bien se busca rescatar para la memoria eventos o hechos que forman parte de la historia y que deben ser tratados para aprender de ellos; no es lo que se enseña sino cómo se enseña.

La historia se construye en conjunto y la de nuestros países nunca ha estado separada. La existencia de este organismo que honrosamente represento, ratifica esta afirmación: la integración la hacemos a través de las personas, que son las que concretan la voluntad política de integrarnos; son los individuos, los que tienen una formación básica y son dueños de un imaginario histórico que está presente en todos y cada uno de los actos de su vida. Por eso consideramos relevante incorporar a la enseñanza una historia constructora de futuro, formadora de personas más tolerantes. Para ello contribuirá nuestra infinita capacidad de aceptar al otro sin renegar de nuestras diferencias sino, más bien, haciéndolas parte de nuestra identidad común.

La principal estrategia de los mecanismos metodológicos de enseñanza que buscamos inculcar, es la de hacer énfasis en el aspecto humano de la historia. Nos preocupa insistir en la formación de la niñez y de la juventud en un espíritu de cooperación y de solidaridad.

Pretendemos que esta conferencia concrete en la acción de mediano y largo plazo, tanto del Convenio Andrés Bello como de la UNESCO, una cultura integradora, una cultura de paz. En principio, presumimos que dicha acción debería orientarse a los mecanismos o instrumentos pedagógicos y al ámbito de los medios de comunicación. En ambos aspectos el Convenio Andrés Bello ofrece su apoyo para el seguimiento de estas acciones, por su vinculación directa con los ministerios de educación en cada unos de los países signatarios.

Estamos convencidos que la acción y la función de lo educativo no termina nunca y que debe cubrir todas la etapas de nuestra vida. En nuestra educación a futuro no hay cabida para los dogmas, las verdades indiscutibles, las afirmaciones incontrovertibles ni los esquemas rígidos.

Augusto Ramírez Ocampo

    " ¡Hasta cuándo los pueblos han de acudir a matarse en vez de pensar que los hombres son (o son llamados) seres racionales! " Pedro Grases
Para mi resulta altamente honroso expresar hoy, a nombre de don Federico Mayor, director general de la UNESCO, su agradecimiento por la presencia de tan connotadas personalidades, como las aquí presentes, para abordar nuevamente el tema de la enseñanza de la historia para la integración y la cultura de paz.

El éxito de esta convocatoria es alentador y significativo porque indica que los limpios acordes de las campanas de la paz tienen hoy mayor sonoridad que el rugido estrepitoso de los cuernos de la guerra.

Y el hecho de que nuestra reunión se lleve a cabo precisamente en Cartagena de Indias, nuestra Ciudad Heróica, que ganó legítimamente su título por la manera como resistió los numerosos embates de sus agresores, le otorga un cierto sabor alegórico sobre la manera como se relievan los acontecimientos históricos. Si bien esta hermosa ciudad amurallada tuvo en Blas de Leso o en Manuel del Castillo a formidables paladines, o en Rafael Nuñez a uno de los grandes arquitectos de nuestra nacionalidad, probablemente no se ha destacado con igual entusiasmo y gloria el hecho de que, en buena medida, fue en Cartagena de Indias donde desde el siglo XVII se fraguaron, en la práctica, los principios fundamentales de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario.

En efecto, nuestro único santo, San Pedro Claver, elevó a muy altos tenores el comportamiento heróico y fue precursor de la defensa de los derechos de los esclavos africanos que se importaban como mercancías para reemplazar la mano de obra de los indígenas diezmados y hasta extinguidos por los maltratos recibidos en la faenas mineras.

Subrayo esta circunstancia para poner de presente que, tradicionalmente los únicos acontecimientos que merecen ser rememorados son los de la guerra, los de la violencia, los de la agresión y los únicos héroes han sido los guerreros, los conquistadores, los que han extendido a punta de la espada sus linderos nacionales o impuesto por las armas su voluntad a otros.

Sin embargo, en la medida en que avanza el paso del tiempo y que la humanidad reflexiona sobre su destino, van tomando perfiles imborrables las acciones que le depara al género humano una mejor calidad de vida, ya sea por medio de las ciencias, de las artes o de las disciplinas sociales, para ir ordenando un mundo en donde florezca una cultura de paz, o sea de la vida, y no una cultura de guerra, o sea de la muerte.

En esa dirección ha trabajado la UNESCO sin descanso. Desde sus orígenes, en 1945, postuló una "educación para la comprensión internacional" y hasta nuestros días, cuando se ha establecido como uno de sus programas fundamentales, trabajar en el mundo por una cultura de paz. Con este propósito, la XXVII Conferencia General, y la Conferencia Internacional de la Educación celebrada en 1994, insisten en que la UNESCO, brazo intelectual de las Naciones Unidas, debe construir la paz en la mente de los hombres. Con ese propósito las aulas constituyen espacios privilegiados para promover la tolerancia, los derechos humanos, el entendimiento y el respeto por los demás.

Ha sido tal la preocupación de la UNESCO sobre este particular, que al auspiciar el Coloquio Internacional sobre el Cerebro y la Agresión, realizado en Sevilla y que reunió a un numeroso grupo de científicos altamente calificados, concluyó no solamente en el rechazo a la falsa idea de que la guerra o cualquier otra conducta violenta está genéticamente programada en la naturaleza humana, sino que además afirmó que así como la guerra empieza en la mente de los hombres, la paz también comienza en nuestras mentes. De ahí que el mismo ser que inventó la guerra puede inventar la paz; nuestros genes no tienen la culpa.

En este orden de ideas, Federico Mayor al glosar la tesis sostenida por Fukuyama sobre el fin de la historia que hace muy pocos años estuvo en boga, lo que ha propuesto como nuevo paradigma, como utopía realizable, es que el próximo milenio sea el fin de la historia de la guerra, de las imposiciones de fuerza y que llegue, en cambio, la de la solución pacífica de las diferencias entre las naciones o entre los individuos.

Es oportuno recordar que en el mensaje de Juan Pablo II para la Jornada Mundial de la Paz, celebrada este año, al predicar una específica formación para la paz en la escuela, hace el perentorio llamado de que: "Es necesario que los niños aprendan la historia de la paz y no sólo la de las guerras ganadas o perdidas". Que se les ofrezca, por tanto, -exclama el Pontífice- "ejemplos de paz y no de violencia".

Afortunadamente, América Latina está preparada para aceptar estos mensajes. Sus duras remembranzas sobre los sangrientos episodios de las luchas aborígenes, o de la conquista, o de la independencia, o las de la formación de sus nacionalidades, han cedido el terreno a una prolongada época de entendimiento recíproco que va culminando en el propósito aún más ambicioso de integrarse, no sólo económicamente sino también política y socialmente, haciendo cada vez más imposible que se susciten confrontaciones armadas entre los vecinos.

La subregión -y todo el continente- han construido una alambrada de garantías para evitar las hipótesis bélicas, sustituyéndolas por un complejo armazón jurídico que incluye la defensa colectiva de la democracia -que ya ha demostrado su utilidad- y de una serie de mecanismos para que en el sistema interamericano puedan imponerse siempre las soluciones pacíficas cuando existan disputas entre sus integrantes.

A lo anterior habría que agregar que la terminación de la guerra fría y la creciente valorización de las Naciones Unidas, implica que la comunidad internacional ha ampliado la órbita de acción de sus actividades. A las soberanías nacionales les ha ocurrido lo mismo que al concepto de propiedad al que el derecho romano le atribuía el Jus Fruendi y el Jus Abutendi y ahora se condiciona su ejercicio a sus funciones sociales y ecológicas.

Con la autolimitación de las soberanías, que consensualmente ha preceptuado la comunidad internacional, se acrecienta la posibilidad de un orden jurídico global que impere sobre todos los países hasta los más fuertes y, por supuesto, exige que la única superpotencia supérstite, acepte esa legislación y se incline ante ella para garantizar que en adelante no se producirán más actos imperiales.

Quienes nos hemos matriculado ardientemente en la defensa de una cultura de paz tenemos la profunda convicción que el esfuerzo que desde hace varios años han adelantado los países andinos con el patrocinio de la UNESCO, con el apoyo extraordinario del Convenio Andrés Bello y con el excelente trabajo de Codecal, entre otros, ha tenido expresiones tan concretas como las recomendaciones formuladas en la consulta regional sobre la enseñanza de la historia en los países andinos.

Sabemos de los muchos empeños que se adelantan en esta materia, entre los cuales quisiera destacar, por su enorme importancia, el proyecto editorial "Historia de América Andina" que está ejecutando la Universidad Andina Simón Bolívar, bajo la coordinación editorial del profesor Enrique Ayala y que cuenta con la colaboración de especialistas de cada uno de los países andinos y con la participación de renombrados historiadores de fuera de la región.

Los primeros volúmenes dedicados a las sociedades aborígenes y a la formación del sistema colonial verán la luz próximamente. No se limita a ser la suma de las historias nacionales. Antes bien, procura entender los procesos en conjunto y determinar las tendencias generales de la evolución de los pueblos andinos. El énfasis no se colocará sobre los ejes territoriales si no sobre la vigencia de sus protagonistas colectivos y pretende romper la incomunicación que ha encerrado a nuestros países en sus propios localismos, ignorantes de su historia compartida.

La Comisión de Desarrollo y Medio Ambiente conformada por el Banco Interamericano de Desarrollo, BID, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, y por la Corporación Andina de Fomento, CAF, entregará en la Cumbre del Desarrollo Sostenible que se celebrará en Santa Cruz de la Sierra en la próxima semana, el informe: "Amanecer en los Andes", como homenaje a uno de los grandes pintores de esta tierra que coloca en toda su magnitud la circunstancia geopolítica de los andes geográficos -que nacen en la Argentina y se prolongan hasta Venezuela- destacando sus enormes riquezas en biodiversidad, en fuentes de energía, en aguas, en pisos térmicos variados, que han permitido desde la prehistoria, el florecimiento de sociedades pero que, al mismo tiempo, enseña los peligros de un progreso que ha olvidado la nueva concepción del desarrollo humano sustentable.

Todo nos convoca a la unión: La lengua, la geografía, nuestras creencias compartidas, una cultura y sobre todo, un destino común.

Ahora, cuando el imperativo categórico nos obliga a asociarnos para poder competir comercialmente ante la configuración de los grandes bloques económicos, y cuando la unidad política se hace indispensable para que nuestras voces dispersas puedan ser escuchadas, nos inspiramos nuevamente en el libertador Simón Bolívar que supo con clarividencia desde su Carta de Jamaica y desde su llamamiento a la celebración del Congreso Anfictiónico de Panamá, que nuestra América tendría que ser una sola "patria de naciones".

Evocamos con nostalgia su efímera creación de la Gran Colombia, pero en el presente nos solazamos con el Sistema de Integración Andina y con la mucho más ambiciosa Comunidad Latinoamericana de Naciones, que van encontrando su cauce, para que en el futuro podamos escribir, no la dolorosa historia de nuestros enfrentamientos y de nuestras enemistades, sino la promisoria de nuestro futuro solidario.

En esa vislumbrada gesta del futuro común, nuestros educadores e historiadores tienen la responsabilidad de sembrar en las mentes de las nuevas generaciones que vivirán ese hermoso sueño realizado, la semilla que a todos habrá de convertir en heraldos de la integración para consolidar una auténtica cultura de paz en nuestro hemisferio.

Olga Duque de Ospina

Agradezco al Secretario Ejecutivo y demás miembros del Convenio Andrés Bello, a los representantes de la UNESCO y a los coordinadores de esta Conferencia, su convocatoria para hacer posible que nos reuniéramos a reflexionar en esta oportunidad en torno al tema de La Enseñanza de la Historia y su importancia para la Integración y la Paz.

Igualmente, mis agradecimientos a las autoridades de Cartagena y del departamento de Bolívar por su amable acogida y hospitalidad y mi saludo especial a todos los visitantes internacionales y nacionales quienes han querido compartir con nosotros sus reflexiones en beneficio de este esfuerzo que, además de constituir una gran oportunidad para intercambiar opiniones y criterios, permitirá, sin duda, poner en marcha el más noble de los propósitos de una nación: edificar las bases para la integración y la cultura de la paz.

Nos hemos reunido en esta gran ocasión para dedicarnos durante tres días a la exquisita tarea de pensar la historia. Pero esta vez la historia que debemos tomar en consideración se caracteriza por haber sembrado los cimientos de nuestras sociedades y constituye el patrimonio más importante para el impulso del progreso y la cultura.

No quisiera referirme a la enseñanza de la historia sino más bien a la historia de la enseñanza en los países latinoamericanos.

A pesar de los innegables esfuerzos que los diferentes gobiernos de nuestro continente han emprendido para mejorar la calidad de la educación, las deficiencias en esta materia siguen convirtiéndose en un obstáculo para el desarrollo.

Esto no es producto de las políticas de un estado en particular, o de la falta de criterios para asumir los cambios que requieren nuestras estructuras educativas, sino de una larga serie de factores que se han acumulado a través de los siglos. El mundo entero ha experimentado grandes confrontaciones bélicas que han tenido como elemento común la pérdida del respeto y de los patrones mínimos de convivencia entre los pueblos.

Las dos guerras mundiales se caracterizaron por regímenes políticos que no tenían interés en estrechar los lazos de la comunidad internacional sino, por el contrario, ahondaron las brechas existentes y crearon una atmósfera de hostilidad que desencadenó el desconocimiento de los principios y de los valores fundamentales del hombre. Todo ello como resultado de una tradición caracterizada por el empleo de la violencia para la solución de conflictos, con la discriminación a determinados sectores y grupos sociales y por la intolerancia como norma de vida.

Pero nuestra época es bien distinta. Han quedado atrás los tiempos en los cuales construíamos nuestra identidad alrededor de símbolos que fomentaban los odios y las pasiones políticas. También ha llegado a su fin el desconocimiento de la diversidad cultural que impedía la aceptación de múltiples formas de apreciar y comprender el mundo.

El empeño que ponen algunos gobiernos en el fomento de programas educativos, con pretensiones universalistas o totalitarias, se convierte en un grave retroceso para la adecuada formación de ciudadanos.

El reto que nos impone el próximo siglo está dirigido hacia la convivencia armónica, hacia la cooperación entre los pueblos, hacia la comprensión internacional, hacia el respeto a la vida y a la dignidad. Sin duda alguna, el próximo siglo será el siglo de la paz y no el de la guerra. Es de vital importancia emprender una gran cruzada de rectificación y de lucha contra la confusión y el desorden de la conducta y de los principios morales.

Es por todos conocido que el recuento y el relato de lo que han sido las naciones se proyecta sobre las antiguas y las nuevas generaciones a través de la divulgación y la enseñanza de la historia. De ahí que transmitir e interpretar esos datos sea un asunto cuyo tratamiento debe ser atendido con responsabilidad.

Los educadores y las instituciones académicas cumplen un papel de gran relevancia para inculcar a sus alumnos los compromisos que han adquirido con la sociedad. Pero es necesario que se haga énfasis en aquellos personajes cuyo ejemplo contribuya a promover los logros del espíritu y la conciencia del hombre para construir un mundo mejor.

Por esto quisiera llamar la atención sobre la importancia que cobran la exaltación de los valores en la enseñanza de la historia. La necesidad de fortalecer la lucha en contra de los vicios tan fuertemente arraigados en nuestra cultura y que amenazan el funcionamiento de nuestra sociedad, hacen que este desafío sea inaplazable.

Si se quisiera buscar una vía segura de consolación frente a todas estas situaciones, se podrían seguir la palabras y lecciones de Su Santidad Juan Pablo II. Sus mensajes se fundamentan en la exaltación de los valores de la paz y la libertad.

Para preservar la vigencia de la paz hay que afiliarse a la corriente de quienes pregonamos la urgencia de implantar en el ambiente el hábito y la convicción de la tolerancia; la tolerancia es una precondición de la paz. El valor y el coraje se demuestran hoy en la capacidad que tengamos para el diálogo y el mantenimiento de los caminos civilizados hacia el logro de un mundo más armónico.

Hasta hace pocos años, la diferencia y la diversidad humana se consideraban como barreras que impedían la consolidación de un proyecto nacional. Por eso los países latinoamericanos realizaron sus proyectos educativos bajo el principio de que la unidad cultural era la mejor fórmula para alcanzar los ideales de igualdad, justicia y fraternidad.

Lo que hace un tiempo era considerado un problema, hoy en día es una de nuestras principales virtudes. Somos un continente con personas de diversas creencias, razas y estratos sociales, lo cual se convierte en un potencial muy grande para la integración de nuestros ciudadanos. Por tal razón, la educación que sirva a la integración y a la paz debe surgir de un ejercicio democrático que atienda, sin excepción, las necesidades de todos los grupos sociales del gran pueblo latinoamericano.

Si no afrontamos la demanda de nuestro tiempo estaríamos cometiendo un error de gran trascendencia para el futuro de nuestro región. Por ello se hace necesaria una reforma profunda en los sistemas de enseñanza, que vaya de acuerdo con las nuevas realidades.

Han sido muchas las acciones que se han adelantado para el logro de este objetivo. La Conferencia General de la UNESCO, celebrada en París en 1995, hizo una declaración sobre "la educación para la paz, los derechos humanos y la democracia". Así mismo, la Reunión de Ministros de Educación, realizada en Quito en 1995, reafirmó su confianza en "la cultura de la paz como un objetivo de la integración".

Los presidentes de los países miembros del Grupo Andino se habían reunido en Caracas en 1992, para armonizar los textos de enseñanza de la historia con los propósitos de la integración andina y latinoamericana. Posteriormente, el Convenio Andrés Bello patrocinó un análisis de los programas y textos de la enseñanza de la historia en Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. Allí se habló de la tolerancia, de la comprensión y de la amistad entre las naciones y los grupos étnicos y religiosos.

En lo que a nuestro país se refiere, la vocación y el mandato integracionista están consagrados en la propia Constitución de 1991. Su preámbulo destaca que el pueblo de Colombia "está comprometido a impulsar la integración de la comunidad latinoamericana y encauzar su política exterior a lograr ese objetivo". Ninguno de estos intentos ha sido en vano. Para alcanzar un nuevo espíritu e implantar una nueva didáctica de la enseñanza de la historia para la integración, será imprescindible identificar los grandes temas comunes, los que aproximan, los que convocan ideas y energías solidarias.

En otras palabras, debemos trascender las fronteras para procurar la comprensión de la gran patria hemisférica. Debemos propiciar el intercambio de experiencias educativas entre las instituciones que lideran esos procesos en nuestras naciones. Debemos, a través de este intercambio, propiciar la cooperación mutua para llegar a un mejoramiento en la calidad de la educación, que esté de acuerdo con el criterio de la armonización de los programas establecidos en los diferentes países del área.

Debemos diseñar y establecer políticas encaminadas al fortalecimiento del respeto y el contacto entre las culturas que componen nuestro continente, valiéndonos de los avances en las comunicaciones y en la informática. Debemos generar espacios regionales para la investigación científica y tecnológica donde se compartan las experiencias conjuntas, espacios que se conviertan en un punto de apoyo para el progreso.

Debemos, en suma, identificar aquellos valores que puedan contribuir a la creación de una identidad común basada en la diversidad, en la comprensión recíproca, en la apertura hacia nuevas formas de vida y de conocimiento.

Las razones, en nuestra época, para sentirnos orgullosos como latinoamericanos, son muchas y muy variadas. Los verdaderos baluartes por los cuales debemos destacarnos son la concordia, la cooperación y la hermandad entre los pueblos. Crear esa conciencia en los ciudadanos de nuestros países será fundamental para lograr el objetivo de la integración.

Más allá de las alianzas económicas y políticas, los lazos que en realidad nos han unido y que debemos fortalecer, están ligados a un patrimonio cultural común. Una cultura que tiene sus antecedentes en la América precolombina y que continúa evolucionando hacia el entendimiento y la comprensión mutua.

La historia es un diálogo entre pasado y presente y es a la luz del presente que el pasado cobra sentido. Pero el hombre no detiene su marcha hacia el futuro y es allí donde hemos depositado nuestros más altos ideales. Somos un crisol de culturas, somos gente amable, alegre, dispuesta a dar lo mejor de nosotros. No necesitamos inventarnos cualidades, simplemente debemos mirar al interior de nuestras sociedades y hallaremos en el hombre común nuestra más grande riqueza.

La misión que nos exige nuestro momento histórico debe ser el estímulo, en las nuevas generaciones, de aquellos valores que nos distinguen, valores que harán de nosotros una gran comunidad de naciones.

En nombre del Gobierno colombiano declaro inaugurada la Conferencia Internacional sobre la Enseñanza de la Historia para la Integración y la Paz.




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This page last updated: 7 November 1997
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