Segunda Mesa de Trabajo

LOS PRINCIPALES OBSTÁCULOS PARA EL RESPETO DE LOS DERECHOS HUMANOS Y LA INTEGRACIÓN DE LOS PUEBLOS EN LA HISTORIA LATINOAMERICANA



Expositores:
Jaime Jaramillo Uribe. Departamento de Historia, Universidad de Los Andes. Bogotá, Colombia Enrique Ayala Mora. Rector de la Universidad Andina Simón Bolivar. Quito, Ecuador Juan Miguel Bákula. Historiador, diplomático, académico. Perú


Moderador:

Oscar Loyola Vega. Vicedecano, docente de la Facultad de Historia y Filosofía de la Universidad de La Habana, Cuba



Los principales obstáculos para el respeto de los derechos humanos.
El caso colombiano

Jaime Jaramillo Uribe

En la historia existen obstáculos para el desarrollo en el tipo de conciencia que ha creado el hombre para defender e imponer los derechos humanos. Este tipo de conciencia se identifica en la historia de Occidente con la aparición de la democracia como forma de estado y sociedad.

Hegel describió ese proceso como la marcha del hombre, como la sujeción a las fuerzas políticas, sociales, intelectuales y naturales que lo esclavizaban para conquistar la libertad, no para unos pocos sino para el hombre en general. Pero para el pensador alemán, como dijo Rousseau: "Ser libre es ser ciudadano". La libertad del hombre, cuya existencia sólo puede concebirse desarrollándose en sociedad o en el estado, está íntimamente ligada al reconocimiento de la igualdad ante unos derechos que dan contenido al concepto de dignidad de la persona.

Esa marcha del espíritu, como la conquista de la libertad y del derecho, ha tenido su cuna lenta y trágica en Europa, -casi siempre violenta- y en la lucha contra creencias y tradiciones de siglos. Me pregunto si éste proceso podría ser diferente entre nosotros.

Se pueden fijar algunas etapas de desarrollo de esta marcha hacia la conquista de los derechos humanos.

La primera manifestación de este proceso es quizás la lucha por los derechos y la personalidad moral y política del indio durante el período colonial; su lucha para ser considerado como ser humano, según el concepto que había acuñado Occidente, bajo la influencia del cristianismo.

Las nuevas leyes de Indias de 1542 -y una copiosa legislación posterior- trataron de poner a salvo sus derechos, pero chocaron con la mentalidad y los conceptos, con la conciencia de conquistadores, encomenderos, hacendados, mineros, funcionarios, es decir, con la conciencia y la escala de valores del español medio del siglo XVI y, más tarde, con la mentalidad del criollo, heredero directo del español, correspondiente a una sociedad semifeudal y aristocrática basada en el concepto de la desigualdad entre los hombres.

Esta sociedad consideraba normal la esclavitud. Se trataba de una sociedad donde sólo unos pocos eran libres y estaban amparados por el derecho a serlo y a gozar de lo que el pensamiento -jus naturalista- de los antiguos y pensadores de la ilustración europea, llamara "los derechos naturales", derechos que más tarde se ampliaron y que, por antonomasia serán llamados "los derechos del hombre"; los inmortales 17 derechos proclamados por los constituyentes franceses en 1789, antecesores de los derechos humanos propuestos por las Naciones Unidas en 1946 y cuyas vicisitudes en el mundo de nuestros días se estudian en reuniones como esta.

Para el hombre de las clases dirigentes de nuestra sociedad y de la sociedad colonial - fuera español o criollo- era un hecho normal que los indígenas, los mestizos y los esclavos tuvieran una naturaleza diferente. Por eso no les atribuyeron los mismos derechos que consideraban naturales y, en el mejor de los casos, por un sentimiento paternalista les dispensaban una discreta protección. Pero una protección, como derecho, no pasaba por su mente; en su conciencia no había surgido ni la noción universal de derecho, ni la de igualdad de los hombres ante la ley, menos aún en la praxis de la vida social.

En 1820, proclamada y consolidada la independencia de nuestras naciones, todas ellas adoptaron como forma de organización política el modelo del Estado liberal de derecho. La élite criolla que había promovido y liderado la independencia, en su gran mayoría había tenido contacto con las ideas republicanas que se desarrollaban en Europa y Norteamérica en la segunda mitad del siglo XVIII. Con vacilaciones y, probablemente con una limitada dosis de buenas intenciones, nuestros próceres consagraron en las constituciones republicanas los derechos del hombre. Sin embargo, el de igualdad ante la ley y el de ciudadanía se otorgaban con reticencias. Hasta muy avanzado el siglo XIX fueron excluidos del voto: La mujer, los esclavos, las personas sin propiedad o sin renta y los analfabetas.

Otros derechos como el de libre expresión de las ideas, el de propiedad y los derechos ligados al principio de hábeas corpus, fueron consignados teóricamente, pero no tuvieron realidad en la práctica de la vida social y política porque ni la conciencia de los dirigentes había evolucionado hasta reconocerlos para los otros, ni la del hombre medio: Indígenas, esclavos, mestizos y blancos pobres, los habían incorporado a su conciencia para reclamarlos y hacerlos efectivos, debido a sus precarias condiciones de vida. .

Con ligeras variaciones, las condiciones reinantes durante nuestro siglo XIX se prolongaron hasta las primeras décadas de la presente centuria. En una fecha que podemos señalar con cierto grado de realismo, 1920, las corrientes de opinión pública mostraron un cambio significativo. El paso de una sociedad predominantemente agraria a una de carácter acentuadamente urbano e industrial, proceso que se aceleró y amplió hacia los años cincuenta, después de la Segunda Guerra Mundial, significó un cambio sustancial en las relaciones de los diferentes grupos sociales del país -me refiero al caso colombiano particularmente- y en las funciones que debía asumir el estado, el aumento de la población urbana, la aparición de una clase media ampliada, de una clase obrera en el sentido moderno y, la penetración en los medios rurales de un cierto grado de conciencia política -que también podríamos llamar de toma de conciencia del derecho- crearon en el país una atmósfera conflictiva.

A los fenómenos de urbanización e industrialización para crear una nueva atmósfera política, se unieron las influencias de los modernos medios de comunicación masiva y la universalización del conflicto político entre el bloque soviético y las potencias occidentales, es decir, lo que solemos denominar la guerra fría.

Tal cuadro de factores e influencias sumió al país en una situación social y política que sus clases dirigentes no habían conocido antes. Tampoco los otros grupos sociales implicados en el conflicto tenían la madurez política y la experiencia histórica indispensable para conducir la situación con procedimiento políticos normales, como se conduciría un conflicto de esta naturaleza, por ejemplo, en un país tan aséptico socialmente como Suecia.

Vista la situación desde la perspectiva de la clase dirigente, la marcha pacífica de las relaciones sociales implicaba la aceptación, primero, del hecho de que las pretensiones de las clases obreras y medias no eran contrarias a la justicia; y segundo, de la idea de que habían nacido nuevos derechos. Desde el punto de vista de los trabajadores, los campesinos y las clases medias, la marcha normal del proceso se aseguraría si se otorgaban a los nuevos derechos sus justas proporciones y se lograba compaginarlos con un proceso gradual de desarrollo que implicaba no sólo derechos sino también deberes y límites. Para evitar el conflicto, en ambos casos se trataba de un cambio de conciencia y de mentalidad.

El primer obstáculo para la práctica de los derechos humanos en una sociedad como la nuestra, está en la mentalidad de los ciudadanos, en la conciencia de hombres y mujeres, más que en la falta de normas jurídicas o constitucionales. Mientras todos los miembros de la sociedad no asuman en su conciencia ideas como las de igualdad ante la ley, como la de ciudadanía y derecho, ideas que suponen sustituir en la conciencia social, nociones como la de privilegio, paternalismo o caridad, por la idea de derecho, no habrá práctica de los derechos humanos en nuestras sociedades.

De no producirse un cambio de esta naturaleza -reformas de carácter legal o constitucional, o campañas de filantropía y buena voluntad- los resultados serán precarios. El problema de la realidad de los derechos humanos también tiene que ver con otro aspecto de la vida social: el desarrollo económico. Muchos de los derechos son jurídicos y políticos, pero un buen número es económico directamente, o su existencia real depende de la economía. Basta mirar la tabla de las decenas de derechos que una constitución como la colombiana de 1991 otorga a los ciudadanos, para percibir que su existencia real requiere de un alto nivel de desarrollo económico del país, por ejemplo: Derecho al trabajo, a la educación, a la salud, a la recreación, etc., nivel económico que evidentemente no tenemos y que no tendremos en un corto plazo.

Sabemos que los cambios de mentalidad son lentos, que requieren tiempo de generaciones, que exigen intensos y prolongados procesos educativos y no pocas veces, luchas trágicas y violentas; en otras palabras, que son procesos que los historiadores denominan de larga duración.

Tenemos por delante una hermosa y prolongada tarea histórica para vencer los numerosos obstáculos que hay en Latinoamérica, como en otras tantas naciones de nuestro planeta, para darle vigencia a los derechos que con tánta tenacidad y constancia proclaman y defienden los más generososos y nobles espíritus.

La historia latinoamericana para la integración

Enrique Ayala Mora

Para los historiadores es inevitable plantearnos un problema crucial: ¿Por qué nuestros países consideraron como parte de su proyecto nacional, de su formación y maduración como estados-nación, el construir historias nacionales y genealogías colectivas, ¿qué sucede cuando al cabo de años de sostener, mantener y reproducir el concepto de historia nacional, se enfrentan a un proceso de integración en el que -en principio- tendrían que negar las fronteras, hacer desaparecer las diferencias y considerar otros sujetos históricos que no son los de la clásica historia patria?

No es un tema de debate sólo para el cenáculo de los entendidos en historia política o, más concretamente en la historia de nuestros estados-naciones. El problema es más complejo porque apunta a la manera de manejarlo el profesor en el aula, no sólo por el bajo nivel de nuestros docentes -muy generalizado- sino por la necesidad de simplificar la exposición. Muchas veces se desemboca en la negación de los valores patrios o de algunos elementos de identidad nacional para promover la integración. A veces la voluntad de enseñar la integración a los estudiantes entra en conflicto con la concepción de historia patria que se ha desarrollado en nuestros países, como condición de subsistencia dentro de un proyecto nacional.

No es un problema parlamentario, ni de intelectuales: es un problema diario de la enseñanza. Debemos plantearnos si realmente existe contradicción entre construir una historia regional, una historia subregional, una historia común o supranacional, frente a la vigencia de historias nacionales. Efectivamente, hay niveles de contradicción en este esfuerzo, sobre todo cuando se trata de hacer en forma simultánea, porque hay una serie de valores que permiten afirmar las identidades nacionales y que normalmente chocan con la voluntad de forjar valores relacionados con identidades de mayor alcance histórico y espacial.

En algunos casos hay necesidad de disolver el estudio de la historia en algunos temas que no son convenientes, como los enfrentamientos fronterizos y la guerra, entre otros. No deberíamos hacer de nuestra historia una sucesión de biografías de generales, obispos y políticos, pero tampoco podemos contarla sin narrar nuestras guerras y sin analizar la naturaleza de los enfrentamientos. Las guerras, comenzando por la de la independencia, forjaron nuestras identidades nacionales. Hay que reconocer también que las enemistades fronterizas de nuestros países han permitido consolidar la integración nacional, aunque sea por vía negativa.

Es evidente que los proyectos nacionales y los estados nacionales como tales, no terminan de explicarse a si mismos sin un marco más amplio: las historias nacionales no pueden ser suficientemente explicadas desde sus propios límites. El caso típico es el de la independencia; ninguna independencia de ningún país de América Latina se explica sola, ni siquiera la cubana, que parecería desplazada en el tiempo.

La experiencia bolivariana y la experiencia del cono sur, significaron un esfuerzo en el cual sólo la integración de ejércitos permitió que la independencia se produjera o culminara como proceso. Necesitamos estudiar una historia más allá de nuestras actuales fronteras para entendernos a nosotros mismo como proyecto nacional. Si bien es cierto que hay dificultades para explicar la historia desde la perspectiva nacional y para tratar de incluirla dentro de un proyecto integracionista, también es evidente que nuestras historias cada vez son más insuficientes para explicarse por sí mismas. En ese sentido hay necesidad de encontrar marcos mayores que permitan no solamente la explicación de la historia sino la consideración de procesos que traspasan las actuales fronteras.

Hacer una historia común, con todos los riesgos que ello implica, no sólo es un imperativo político del proceso de integración, sino que es una necesidad de explicar cómo nuestro pasado no respetó las fronteras que hoy tenemos. En algunos casos, las fronteras fueron espacios de vinculación y de integración, tanto en la época aborigen como en la colonia y en las repúblicas tempranas, en nuestros países latinoamericanos. Esta observación requiere muchas acotaciones y desarrollo, pero nuestras historias nacionales no se pueden seguir explicando sin un marco de referencia a una historia común latinoamericana.

Nuestros proyectos nacionales, construidos con el modelo de la modernidad occidental, no serán viables si no son capaces de ir a mayores niveles de integración hacia el futuro. La historia sólo corresponde a una realidad: los países latinoamericanos en el siglo XX no serán posibles si no son capaces de llegar a niveles de integración que los vuelvan una entidad supranacional, regional, de mayor peso y mayor capacidad, no sólo de negociación, de presencia en el concierto internacional en la disputa por los mercados, sino también de preservación de la cultura.

Como aporte a los objetivos de esta Conferencia que nos convoca, quiero informarles sobre los dos proyectos que realiza actualmente la Universidad Andina Simón Bolívar. Uno es el de la "Historia de América Andina" que es un proyecto editorial y el otro es sobre la reforma curricular en Ecuador. El primero, surge de la necesidad de hacer una historia de integración andina, comenzando por las iniciativas de Bolívar. Para ello se convocó a un grupo de historiadores. La idea inicial fue hacer un esquema común a los cinco países del Pacto Subregional, para que la gente pudiera leer una historia al lado de la otra, sin embargo, se vio que esto podía traicionar los ideales de integración porque no se trataba de leer las diferentes historias sino de hacer un proyecto de integración.

Entonces surgió la idea de escribir una historia de la subregión andina, pero ésta, como concepto político existe solamente desde que el Pacto Andino la reconoció como tal. Por ello, finalmente se decidió hacer una historia de América andina que reflejara los procesos comunes de los pueblos que han ocupado el espacio andino a lo largo de una historia común.

¿Que es lo andino? Es mucho más que el actual Pacto Andino porque también incluye el norte de Argentina y Chile; es una tradición desarrollada sobre todo en la historiografía peruana y boliviana que identifica lo andino con lo alto andino, lo indígena alto-andino y con lo amazónico. Lo costeño no formaría parte.

Es un gran fenómeno de unidad en la diversidad; tiene una identidad polisémica en la cual no siempre se dan las mismas características. Hay continuidades y discontinuidades que lo explican en el tiempo, son sus gentes y los pueblos que han ocupado este espacio en diversas etapas de la historia. Por esto, el proyecto de América andina es un conjunto y no una suma de países. Es una realidad antes de que surjan los estados nacionales.

Se enfatizó en el estudio de los procesos y los actores colectivos, y en la definición de identidades étnicas como elementos donde hay dominación y resistencia. También se profundizó en los conflictos de clase y en los conflictos regionales, entendiendo la región como un espacio dentro de los países que son sujetos de la historia. El proyecto editorial se divide en ocho volúmenes:
Los siete volúmenes iniciales contienen estudios sobre poblamiento y estructura económico-social, hasta la constitución de grupos sociales de identidades colectivas, de pueblos andinos que coexisten, porque consideramos que no hay un sólo pueblo andino, ni siquiera en cada país. Luego se presenta una secuencia que recobra la historicidad desde la política. También hay temas especiales como: estado, fuerzas armadas e iglesia.

El proyecto cuenta con ochenta colaboradores de quince países. Se espera concluir los dos primeros volúmenes en 1997. Hay un comité editorial integrado por un historiador de cada país de la subregión. Se incluyó a Chile, aunque no está en el Acuerdo de Cartagena y hemos invitado a colaborar a expertos de países en donde hay una fuerte tradición de estudios sobre América Latina y el área andina, como Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, España y Francia. La mayoría de los autores son andinos pero también hay argentinos, chilenos, representantes de los países europeos y de Estados Unidos. La circulación de la obra se hará a nivel de la subregión, a través de editoriales comerciales que la garanticen.

El segundo proyecto es el de la reforma curricular del bachillerato para el sistema ecuatoriano, en el que se está trabajando desde 1993. Hay un cambio en los contenidos y en la concepción de lo que debe ser la educación, del diseño del curriculum, de esfuerzos didácticos, de diseño de instrumentos y, sobre todo, del diseño de un sistema de formación de formadores. En este proyecto se presenta una amplia reformulación y racionalización del actual curriculum, y aunque abarca todas las asignaturas; en el caso de la historia se hace una reorganización total de sus niveles.

Optamos por establecer una historia de América Latina frente al mundo, que se inicia con el encuentro de Europa y América, con el legado de los pueblos aborígenes en América en general y, en América andina en particular. El proyecto incluye un curso de historia nacional ecuatoriana que se enmarca dentro de esta visión global de una historia que no solamente sucede en las fronteras.

Aparte del gran esfuerzo didáctico-técnico que se ha hecho para definir los propósitos cognitivos y de actitud, hacemos énfasis en que hay una historia pluriétnica de la sociedad ecuatoriana y aludimos al enfrentamiento de identidades y conflictos regionales, étnicos y sociales del país. Ecuador es un actor de la subregión andina y de América Latina y se complementa con los demás países latinoamericanos.

Se suprimió una vieja institución del Ecuador: la historia de límites que narra los conflictos territoriales, fundamentalmente con el Perú, para hacer una historia de la integración del territorio nacional, que explica el problema no en términos de cómo el Ecuador tenía un millón y pico de kilómetros cuadrados y ahora quedó reducido al tamaño actual, porque en todos los países latinoamericanos pasa lo mismo y entonces tendríamos que pedirle territorio prestado al África para que cada país tenga lo que históricamente reclama. El enfoque es más integrador.

Quisiera proponer que en esta Conferencia que se busquen mecanismos para que todas las deliberaciones y discusiones incidan en el diseño del curriculum, en la formación de los maestros y en el conjunto del sistema educativo. De no hacerlo, tendremos el peligro de quedarnos en resoluciones absolutamente declaratorias.

Una propuesta metodológica para una reflexión en común


Juan Miguel Bákula

Mis comentarios se orientan a la historia en su conjunto, pero dentro de mi visión profesional, hago referencia a la historia internacional, particularmente en esta parte del continente. Dentro de ella diferencio los elementos de oposición que se han expresado en formas de violencia.

Esta realidad histórica, que ha estado en los hechos y que ha dejado una huella en la memoria colectiva, ha sido estereotipada por una historia oficial elaborada ad usum Delphini, o sea, para satisfacer los requerimientos del poder y el ego de quienes lo han detentado. Para nuestra mala ventura, el ejercicio del poder, en circunstancias que no es del caso analizar, ha estado sostenido por las más diversas formas de violencia, todas ellas basadas en el uso de las armas. La ausencia de institucionalidad ha sido la causa interna de la violencia; y en lo internacional el mal uso del dicho latino si vis pacem para bellum, fue alentado en la última mitad de este siglo, primero por el ultranacionalismo y luego, por la llamada doctrina de la "seguridad nacional"

Al final, hay una "historia" que debe ser sometida a revisión, no con la pasión ni con los apremios de las ideologías, sino con los propios instrumentos que las ciencias históricas, como ciencias del hombre, ponen al alcance del quehacer del historiador.

Los historiadores de las nuevas generaciones se han visto impulsados a reexaminar los presupuestos heredados, entre ellos el aforismo de acuerdo con el cual deben ser neutrales. Los acontecimientos de la Primera gran Guerra y los posteriores, sirven para explicar la crisis del "historicismo" y el surgimiento de nuevas tendencias a las que, curiosamente se opusieron los extremos, tanto conservadores como marxistas, que han rechazado toda forma de revisionismo.

El ensayo de Marc Bloch, "Introducción a la historia", que ofrece un desafío al quehacer del historiador, para el cual todos los rastros son parte de una actividad que merece ser tenida en cuenta. En su crítica al "historicismo" -heredado de Michelet- Bloch y Faver recuerdan en las obras de la llamada escuela de "Les Annales", la necesidad de que se ensanchen las dimensiones de la historia y se amplíe la visión de sus responsabilidades, lo que implica rechazar la estrecha ruta anterior, dentro de la cual las grandes cuestiones que afronta la humanidad no eran propias del historiador, quien debía mantenerse siempre en posición neutral.

Para Favre, la nueva historia debe utilizar todos los instrumentos del hombre: El lenguaje, los signos, los datos del entorno, las técnicas agrícolas, para abrirse a los descubrimientos y métodos de las otras disciplinas -geográficas, económicas, psicológicas, sociológicas- todo lo cual implica una actitud valorativa. Enlazando estas ideas y construyendo con ellas una visión más coherente, entendemos mejor que "el pasado es, por definición, un dato que ya nada habrá de modificar. Pero el conocimiento del pasado es algo que está en constante progreso, que se transforma y se perfecciona sin cesar".

En ese sentido, hago una reflexión acerca del fenómeno de la ruptura que surge como consecuencia de la independencia. Previamente me atrevería a recordar que la emancipación es un proceso, quizás el más importante del siglo XIX, pero que sólo se puede apreciar si se considera en una relación de causalidad con el colapso de la monarquía española y con los sucesos de la historia-mundo. De allí que, para una visión moderna, el nacimiento de estas repúblicas y su ingreso a la vida independiente, sin desmerecer los aspectos de autogestión revolucionaria, fue el resultado de una situación diferente y distante, por lo cual, si bien fue inevitable, también pudo resultar prematura: La experiencia de más de 180 años de existencia tumultuosa parecería ser una demostración eficiente de esta afirmación.

Pero mi propósito se dirige, más que a las causas del proceso de la independencia, a las características de la fragmentación subsecuente, entre cuyas consecuencias figura un factor que pudo tener antecedentes notorios, pero que adquirió, entonces y después, una extraña virulencia. Me refiero a la violencia entronizada, tanto en el interior, como, de manera muy particular, en la relación internacional de todas las nuevas entidades estatales y a la circunstancia de que en casi todos los casos, el germen de la violencia fue estimulado por factores externos y, siempre, por la inconsistencia de la propia organización en la cual la ausencia de la institucionalidad revirtió en autodestrucción.

La debilidad de la institucionalidad nacional fue una consecuencia directa del régimen anterior, por lo cual este párrafo podemos denominarlo: "La herencia colonial". Hay una constatación inicial en el sentido de que el abatimiento de España continental, al precipitar la independencia de las repúblicas americanas, origina una situación de fractura que desata las fuerzas de la dispersión y que, más que la constitución de nuevos estados, produjo una trágica fragmentación de grupos humanos, abriendo el paso a elementos de incoherencia que las nuevas sociedades no estaban en condiciones de controlar.

Me permito insistir en conceptos ya enunciados, al afirmar que tratándose los aspectos sensibles de la historia, se ha preferido pintar escenas de estirpe romántica o hazañas contra los molinos de viento de la heredad vecina, en las que se desdibujan las carencias y no pocas desventuras. Entre éstas, las peores han sido las guerras intestinas o entre hermanos del otro lado de la frontera, si bien estas últimas mucho menos cruentas que las otras.

Por eso, la primera de nuestras reflexiones debería estar encaminada a precisar por qué nos disputamos tan briosa y estérilmente, a partir del primer año de nuestra vida independiente. Creo que la respuesta no ha sido muy enfática, entre otras razones, por la falta de instrumentos de análisis. Ahora que se tiene a la vista situaciones como la desintegración del imperio soviético y el trágico desgarramiento de los Eslavos del Sur -con todos los riesgos de las analogías entre tiempos y tierras diferentes- se podría intentar una aproximación a la realidad hispanoamericana, recordando que la desarticulación del imperio ultramarino de España fue algo más que una división asimétrica de secciones de un reino ya sin rey, pues lo que constituyó fue una dislocación de trágicas consecuencias.

Por todo ello, es válida la propuesta de repensar la historia de las décadas posteriores a la emancipación política, a la luz de nuevos criterios, ya que parece insuficiente una explicación simplista para situaciones tan complejas y tan contradictorias, como lo han venido haciendo las historias convencionales.

Es probable que el nudo del asunto se encuentre en la ausencia -en nuestras repúblicas- de una voluntad de unidad que haya antecedido al proceso de la independencia, por lo que luego, la lucha no sólo fue incapaz de generar la unidad sino que afectó esa posibilidad de sus raíces. En lugar de esa voluntad de unidad, o de sus incipientes manifestaciones, irrumpió el disenso, estimulado por varios factores y cuyo ejercicio continuado desembocó en el enardecimiento. En estos 170 años no sólo hemos sido testigos de la fragmentación sino que, casi que podríamos hablar de la "molecularización", al constatar cómo las pugnas internas -las fuerzas de la disociación- han derivado hacia formas de violencia y de insanía hasta proponer la desintegración de cualquier forma de vida social organizada.

La cuestión inicial que se puede plantear, dentro de una reflexión más comprensiva, se refiere a las capacidades que las sociedades americanas recibieron del sistema colonial -como tradición cultural, como costumbres de vida en común, como ejercicio de prácticas de gobierno, como sistemas de valores sociales- y también sobre la posibilidad del sistema español -como realidad nacional- de proponer un nuevo proyecto de organización política, ante la demanda de cambios surgida de la revolución industrial y de la difusión del pensamiento ilustrado.

Creo que se debe reflexionar acerca de cuál era la capacidad de los reinos de Indias para recrear, en términos de autonomía, un nuevo orden, ya sea para promover un mecanismo de toma de decisiones, o para ejercer el poder dentro de fórmulas menos arbitrarias que en el régimen anterior. De no ser así, el proceso desembocaría en el caos, ya que la violencia desencadenada por la lucha emancipadora sólo podría conducir a la destrucción, al no existir fuerzas sociales capaces de restituir la cohesión a una estructura cuyas partes no estaban vinculadas entre sí.

No es del caso insistir en otros aspectos de la herencia colonial, tales como la incierta demarcación y los aspectos económicos que afectaron desde un primer instante la viabilidad de los nuevos estados.

Pero la iniciación de la república encuentra ya instalado a un extraño personaje: el caudillo militar. Venía de cumplir un papel decisivo en el tránsito de la colonia a la independencia y de constituir un agente de cambio, cuya contribución histórica es múltiple, al ganar la guerra e imponer la autonomía al acentuar el poder del estado y su forma de gobierno y al afirmar el sentido nacional por la vía de la diferenciación y del conflicto internacional.

La participación del caudillo limitada como estuvo al aspecto militar, cambió de signo al extinguirse el poder español y resultó siendo negativa en todo lo referente a la institucionalización del estado, que debió ser la única preocupación al día siguiente de la victoria cuando las armas dejaron de ser necesarias y tuvieron que ceder el paso a los otros instrumentos de una urgente administración. Por ello, la disfunción que ejercen entorpece todo esfuerzo por lograr la participación -en la búsqueda del consenso- como medio para lograr la cohesión, la estabilidad y la eficiencia.

Si se recuerda lo dicho en párrafos anteriores, a propósito de la fractura que supone la independencia, es válida la consecuencia de que, de pronto, el territorio se convirtió en algo más que un motivo de conquista inicial o del interés científico o literario de los hombres de la ilustración, por la necesidad de avanzar en la revelación de la respectiva parcela nacional. No sólo había que afirmar el imperio de la ley nacional, sino que era menester definir la naturaleza, el contenido, y el contorno del asiento material del estado y dotar de existencia real a lo que, hasta entonces, habían sido "provincias no descubiertas"

Mantener la ficción de un dominio inmanente sobre algo cuya materialidad era desconocida, superaba cualquier ejercicio de imaginación, si se hubiera pretendido el imposible de mantener o reivindicar un estado posesorio de una propiedad ficticia. En cambio, este supuesto derecho expectaticio, generó ambiciones de expansión territorial y alimentó la carga conflictiva del proceso de ruptura, sin contar que fueron muchos los casos en los que la dinámica de la ocupación se fue transformando en situaciones de hecho, al impulso de nuevos intereses, por lo general de carácter económico o de mera presión demográfica. En prueba de este aserto, bien puede recordarse la progresión de la "frontera" de los Estados Unidos en perjuicio de su vecina nación mexicana.

Otra causa ha sido la penetración capitalista que contribuyó a multiplicar la carga conflictiva existente, y más aún, a convertirse en el elemento detonador de situaciones bélicas de cruento y penoso recuerdo, por la capacidad que esa presencia externa demostró para azuzar las oposiciones entre los intereses económicos divergentes. Ese mismo factor persiste hoy en otras formas, una de las cuales es el tráfico de armas. De lo que no se puede prescindir en el análisis de las relaciones internacionales durante el siglo XIX, pero que venía desde antes, es de la lucha por los mercados como motor de guerras en otros continentes, que se trasladó a América con diferentes matices y en variadas circunstancias.

En su conjunto, los antiguos reinos de Indias no constituían entre si nada parecido a una sociedad de estados, desde que no existía un "centro" capaz de cumplir esa función y, entre ellos, al desaparecer el sistema radial preexistente y eclipsarse la autoridad común -que imponía la unidad gracias a la coerción y a la carga mágica de la autoridad monárquica- se esfumaron los factores que en cualquier agrupación convocan a la unidad, llámese el consenso, la interdependencia, la sociabilidad o una lírica aspiración a la unidad. Tampoco existía la tradición histórica, porque la historia propiamente dicha, comenzó con la conquista, que para las naciones en busca de autonomía, era la anti-historia.

Más aún, por las razones esbozadas al hablar de la herencia colonial, no alcanzaron a surgir, así fuera en forma embrionaria, intereses de carácter económico que sirvieran de cohesión, similares a los que estuvieron presentes desde un momento en las trece colonias norteamericanas y, desde luego, en la mente de los emigrantes del Mayflower. Por el contrario, en muchos aspectos, esos intereses contradictorios habían sido estimulados permanentemente, tánto, que aún nos cuesta trabajo aceptar la integración.

Al final de esta reflexiones, me atrevo a formular un último comentario con ribetes de herejía, para verificar, desde el punto de vista de la historia de las relaciones internacionales, que en América Latina es muy poco lo que se ha adelantado en la búsqueda de propuestas que, más allá del relato y del aporte documental sobre el pasado, intenten explicaciones que interpreten el porvenir.

En ese sentido, el acervo conceptual heredado del pasado no es desdeñable, pero no ha sido suficiente, ni ha permitido superar la perplejidad sufrida por la mentalidad académica, al comprobar que los modelos tradicionales se están agotando en un mundo en el que las ideas están detrás de los hechos y cada vez están más rezagadas.

Estamos tan lejos de la integración y de la cultura de paz, que necesitamos de la retórica para servir de puente entre la realidad y la esperanza, entre la actualidad y la propuesta. En todo caso, esta pertinaz incoherencia no justifica la parálisis que nos aqueja desde hace más de siglo y medio, y tampoco explica el silencio de gobernantes cuando urgidos por la acción inmediata, pierden la capacidad de imaginación.

La sociedad civil a la cual muchos de nosotros aspiraríamos a representar, comienza a descubrir cómo, hasta ahora, más allá de esa retórica, hemos sido incapaces de proponer y participar con vehemencia en la ejecución de políticas coherentes destinadas a dar privilegio al desarrollo humano y la solidaridad, que ya no son tarea exclusiva del estado sino responsabilidad compartida y cuyas metas suponen algo más que escribir la historia del pasado: investigarla con los ojos de nuestro tiempo histórico, insertarla en el espacio que nos rodea y servirnos de ella para interpretar los angustiosos llamados del porvenir.

DEBATE


Enrique Ipiña Melgar
Bolivia

Quiero destacar la calidad de las ponencias sobre todo por la inducción de ellas a la reflexión crítica. No he visto posiciones definitivas de conclusión sino más bien propuestas de búsqueda. No se trata de defender una tesis sino de proponer caminos. En esa línea creo que es muy importante que reflexionemos sobre la naturaleza de la integración y de la paz. Para un observador externo a este grupo, podría parecer que estamos buscando dos fines distintos: el de la integración y el de la paz. Sin embargo, son sólo medios o caminos: ¿Para qué y para quién la integración? ¿Para qué y para quién la paz?

Para responder a estas preguntas debemos tener en cuenta la visión de los pobres, de los marginados, de "los vencidos", como alguien los llamaba. De lo contrario, parecería que aquí estuviéramos instaurando una especie de oficialismo historicista que no responde a los intereses de los pueblos sino a las élites de los gobernantes. ¿Cuál es la voz del otro, del oprimido, del vencido, del perdido, del desempleado, del indígena, del pobre? Es absolutamente necesario ver en "el otro" no sólo lo que tiene de común con con la mayoría de nosotros sino también lo que lo hace diferente.

La integración no se hace juntando homogéneos sino heterogéneos porque los primeros ya están unidos a su modo. Es el respeto a la alteridad el que quisiera recordar en este evento.
Salvador Romero
Bolivia

Uno de los temas centrales que se ha tratado en esta Conferencia es la integración bajo el lema de la unidad en la diversidad, principio con el cual ninguno de nosotros puede estar en desacuerdo. El problema surge cuando éste se trata de llevar a la práctica, para transformarlo en regla de vida cotidiana; allí es donde radica el problema de la integración y el del paso de la retórica a los hechos.

No sabemos si la política de hacer "del otro" un semejante nuestro, un alter -como decía Enrique Ipiña- ha dado los frutos esperados. Los resultados que produjo en América Latina se suelen olvidar con facilidad. Esa política desembocó en lo que hoy somos todos: sociedades profundamente mestizas, a diferencia de lo que ocurrió en Estados Unidos, o en Sudáfrica, donde se dio otra forma de colonización que respetaba totalmente al otro y que desembocó en sociedades de tipo getto, que son absolutamente distintas a las nuestras, en las que tuvo mucho que ver la concepción religiosa.

Debemos tener en cuenta al "otro" pero no como alguien totalmente diferente, porque el riesgo de verlo así puede llevar a no conseguir ni la integración latinoamericana, ni la integración al interior de los países, que de alguna manera ya han avanzado bastante en este proceso.

Esta visión del "otro" y de sí mismo, es una visión construida, no una visión de la realidad, ni un dato concreto de los hechos; es algo que fabricamos día a día sobre elementos objetivos. Y si en esta visión del otro no encontramos los caminos mínimos de comunicación, nos vamos a quedar con "el otro", con el distinto y con la absoluta imposibilidad de comunicarnos. Hay que tender puentes para no ver a nuestros semejantes como si estuvieran en un estado puro, porque las culturas son dinámicas y "el otro" también va cambiando.

He visto en algunos trabajos de educación intercultural bilingüe, el elogio del látigo, el tratar de recuperar una vieja práctica de las comunidades indígenas donde el jefe tenía derecho a dar látigo a los miembros de la comunidad que no seguían su mismo criterio en cuanto a aseo y a organización de la casa. El jefe podía llamarlo al orden. Nadie sabía cuál era el criterio adecuado. Allí es donde yo me pregunto cuál es el límite de este tipo de cosas.

Debemos, por tanto, encontrar elementos de diálogo. Me preocupan ciertos enfoques de la historia latinoamericana. Hemos visto algunos que se centran en el elemento de la expansión colonial. La situación de los países periféricos frente a esta situación daba muchos elementos en común, pero fue insuficiente para llegar a construir una integración latinoamericana.

La visión de la historia se centra en el poder, los actores y los agentes políticos. Pienso que el elemento fundamental para recuperar la historia está en los elementos compartidos de la vida cotidiana, aquellos que hacen que los hombres tengan expectativas recíprocas, que compartan valores aunque sigan siendo diferentes unos de otros. Esta visión sociológica de la historia está ausente en todos los proyectos que se están realizando.
Diego Rivadeneira
Ecuador

Quiero hacer unas reflexiones sobre los enfoques necesarios en la enseñanza de la historia.

El primero se relaciona con los obstáculos que hay para el respeto a los derechos humanos. El doctor Jaime Jaramillo decía que el primero está en la conciencia de los ciudadanos, no en la falta de legislación. Esto nos permite reflexionar sobre la importancia del desarme de los espíritus, del diálogo, de la debida valoración de la virtud de los demás y en nuestros propios defectos o errores, como afirmaba el Padre Mac Gregor.

El segundo es que la historia de la integración andina no puede arrancar del documento del Acuerdo de Cartagena, que si bien es valioso y es la base, no podemos pensar que la integración sea solamente convenios e instrumentos. La integración se da en los hechos, en las vivencias diarias y en la interrelación permanente de los pueblos.

Un tercer punto de reflexión es que los historiadores deberían pensar en la historia a la luz de nuevos criterios. En el momento de enseñar se debería hacer énfasis en los verdaderos problemas, no los territoriales, sino los problemas fronterizos reales: La miseria, la desnutrición, el hambre, etc.

Finalmente, el tema del tráfico de armas, de la lucha por los mercados, etc., exige un cambio de mentalidad y de valores. No podemos seguir aceptando los pretextos de los fabricantes de armas para ejercer su gran negocio. La historia debe proyectarse hacia un futuro mejor y no simplemente hacia el conocimiento de los hechos que han sucedido.
Percy Cayo
Perú

Da la impresión, por lo que se ha planteado en esta Conferencia, que todos los males que padece América Latina vienen de la historia. Estamos representando la historia -frente al tema de la integración- como una rémora, como un furgón de cola, como un lastre, a pesar de que los que estamos aquí somos, como decía Enrique Ayala, el cenáculo de los entendidos en el tema. Si nosotros tenemos esa percepción de la historia, con tántas fallas y diferencias ¿cómo la verán los demás?

Es evidente que el tema de la historia es complejo y que encierra muchos problemas: tráfico, corrupción, ética. En mi país, que es el que más conozco, hemos retrocedido en la enseñanza de la historia. En la década de los treinta, la historia de América se enseñaba, no desde el conflicto y la discrepancia, sino desde lo que nos complementa, que es lo que realmente nos interesa.

Fernando Cajías decía: Cuando nos vamos de América a vivir a otra parte es cuando nos entendemos mejor. Yo estaba pensando en Bello, en Bolívar, estaba pensando en Vizcardo, nuestro peruano. Me preguntaba: ¿Si Bolivar no hubiera ido a Europa, qué hubiera pasado? Quizás no habría pensado en el concepto de la integración.

Otro problema que se ha tocado en esta reunión es el de la pauperización del profesor de historia. Margarita Giesecke hablaba del prestigio que antes tenía el ser profesor, pues le pagaban poco pero tenía cierta presencia, se le reconocía su nivel y en muchos sitios era un líder. Esto se ha ido perdiendo. En mi país, la función del profesor de historia ha sido tremenda en el movimiento que Simón Strong llamó "el más letal del mundo". Guzmán decía: no importa que el poder económico tenga los medios de comunicación, si yo tengo a los profesores. El profesor de historia y la historia como ciencia social pueden ser armas de doble filo para alcanzar objetivos: pueden sembrar odio en la juventud, o evitar alcanzar la integración.

Basadre, un historiador peruano, decía que la historia mal enseñada resulta mucho más peligrosa que una ametralladora en manos de un guerrillero. Eso nos parecíó una exageración en su momento, pero desgraciadamente el tiempo le ha dado la razón.

Es mucho más fácil cuantificar lo que nos falta que lo que podríamos ganar si es que llenamos ese vacío. Quisiera que dentro de los temas que se han rozado aquí -creo que ha habido un poco de pudor para hacerlo- se trataran los problemas que aún subsisten entre nosotros. Lo que tendríamos que hacer es asimilar la enseñanza en los desacuerdos, en nuestros enfrentamientos. Hemos asimilado todos la incomprensión que tuvimos con los libertadores. ¿Cómo terminó San Martín? ¿Cómo terminó Bolívar? Sucre murió asesinado. ¿Cómo terminó Artigas que no podía regresar a su país? ¿Cómo terminó Santacruz? Bernardo O Higgins tuvo que vivir los últimos 19 años de su vida en el Perú porque no podía regresar a la patria, ni muerto lo aceptaron. Santacruz tuvo que demorarse un siglo para regresar y hasta ahora lo están reivindicando.

O seguimos despedazando la integración, o entendemos que hay que resolver nuestros desacuerdos. Hay que comprenderlos como hoy comprendemos los desacuerdos que todos tuvimos con los padres de la patria.
María Cecilia Bermúdez
Cuba

La celebración de esta Conferencia tiene lugar en un momento propicio y oportuno, cuando la exitosa celebración de la VI Cumbre de los Presidentes Iberoamericanos ha dado un renovado impulso y orientación a los esfuerzos integradores en el continente. La UNESCO y el Convenio Andrés Bello cuentan con la sensibilidad que de ellos demanda la actual coyuntura, para contribuir a la principal meta estratégica establecida por quienes forjaron la independencia de los países latinoamericanos y procurada por quienes han luchado por un futuro digno y próspero para nuestros pueblos.

El documento principal de la Conferencia: "La Historia, Instrumento para la Paz", es una excelente base de trabajo y nos permite hacer una fructífera meditación colectiva.

Un estudio de nuestra historia que ponga al pueblo como su principal protagonista, permitirá frente a "lo dividió y divide", buscar en nuestra historia los ejemplos de solidaridad, desinterés, generosidad y valor para la defensa de nuestra identidad e intereses comunes.

Al proponernos una educación que conduzca a una cultura de paz y discutir el papel de la enseñanza de la historia en este propósito, no podemos ignorar las realidades del mundo en que vivimos y los factores externos que se enfrentan y minan la paz y la seguridad a las que tienen derecho todos nuestros pueblos. Debemos tomar medidas de carácter práctico y, por eso, basándome en estos argumentos que con mucho tino han planteado los que me precedieron en el uso de la palabra y los que se plantearán posteriormente, quisiera promover que en su momento se analice la posibilidad de solicitar a la UNESCO su colaboración para la creación, en nuestros países, de una red de cátedras UNESCO sobre enseñanza de la historia en el marco de su programa hacia una cultura de paz.

La participación activa del Convenio Andrés Bello en la culminación de la Historia General de América Latina, que lleva a cabo la UNESCO desde 1981, convida a que se incluya, si no se ha hecho, los aspectos de la integración y la paz en el contenido de esta obra monumental de interés para todos los países latinoamericanos.
Jaime Díaz
Codecal

Codecal es la entidad responsable de la producción intelectual del libro que nos han distribuido al comienzo de esta Conferencia: "La Enseñanza de la Historia como Estrategia de Integración". Quiero expresar mi satisfacción por el hecho de que la consulta que hicimos hace trece años y que estuvo durmiendo en los anaqueles de los ministerios de educación de los cuatro países estudiados, fue rescatada del olvido y valorada -como antecedente de este proyecto- por el Convenio Andrés Bello.

Mientras nosotros estamos hablando de integración y de paz, he leído en los diarios en las últimas semanas cómo dos países andinos hicieron multimillonarias adquisiciones de guerra. ¿Qué coherencia hay en todo esto?

Hago dos comentarios puntuales a las exposiciones:

En relación con la mención que hace el profesor Jaramillo, de la caridad como algo que debe desaparecer para que los derechos humanos puedan ser respetados, entiendo que él se refiere a la beneficencia como suplente del derecho, pero creo que la caridad no es la beneficencia simplemente; la caridad es el amor y el amor es la base fundamental del respeto de todo derecho, porque es el aprecio fundamental al prójimo.

En segundo lugar, Enrique Ayala hace referencia a la confrontación como uno de los temas difíciles de tratar en una historia para la integración y en una historia nacional en relación con los países vecinos. Pienso que este tema merece especial atención por parte de los historiadores y de los pedagogos de la historia. Entiendo que la presentación de las situaciones conflictivas requiere una reinterpretación desde ambos lados: desde el país que hace la historia y desde lo que piensan y sienten los que están del otro lado de la raya. Lo ideal sería que la presentación del conflicto pudiera tener la consideración o la perspectiva de ambas partes y quizás poder llegar a una visión común del mismo.
Gloria Mercedes Arango
Colombia

Jaime Jaramillo Uribe, entre otros expositores, anotaba que la historia de Colombia es una historia de violencias. Podríamos pensar en una larga duración de guerras y violencias. Estos son elementos constitutivos de la cultura. Desde que las sociedades iniciaron sus procesos de acumulación de riqueza, se iniciaron guerras para arrebatar a otros sus riquezas y sus territorios.

Sin embargo, la cultura también deja un intersticio, un espacio para que podamos pensar en otras posibilidades, en otras utopías como la integración, la paz y los derechos humanos. Es en ese intersticio que nos deja el conflicto entre Eros y Tanatos, donde los miembros de esta conferencia y todos los educadores debemos pensar en las posibilidades de otro tipo de soluciones; pensar en propuestas concretas, como decía Enrique Ayala.

Podríamos proponer varias cosas como, por ejemplo, una cátedra para la integración y la paz en América Latina, un estatuto nuevo para los historiadores, programas de intercambio entre estudiantes y profesores de las universidades latinoamericanas, fortalecimiento de las universidades fronterizas, investigaciones sobre la integración y los conflictos en América Latina, elaboración de textos de enseñanza primaria y secundaria sobre la historia de América Latina e historias sobre nuestros encuentros y desencuentros. Valdría la pena elaborar una legislación para el libro latinoamericano y fortalecer la enseñanza de la historia en las instituciones educativas donde los programas son débiles.

También es necesario analizar cómo la educación no formal ha hecho un gran trabajo en estos últimos años sobre la integración, los derechos humanos y la paz. Quizás esas organizaciones de educación no formal, en muchos casos las ONG, han contribuido a la educación de la paz y de los derechos humanos.
Fernando Cajías
Bolivia

Los principales obstáculos para hacer una historia latinoamericana para la integración y la paz, son:
  1. Lo anotaba Jaime Jaramillo al reflexionar cómo un historiador al narrar la explotación del negro o el sufrimiento del indio puede contribuir a la integración. Es verdad, si no solucionamos el presente, el pasado puede ayudar más bien a la desintegración, porque, como decía un pensador mexicano: escribimos mucho sobre el imperio azteca pero a la hora que se sienta un azteca a nuestro lado, no lo admiramos tanto. Como decía Percy Cayo: "no solamente a la historia hay que cargarle el problema sino también al presente que recuerda un pasado de marginalidad del negro o del indígena".
  2. El segundo obstáculo, señalado por el profesor Ayala, es que no sólo debe haber justicia interna sino también justicia entre los diferentes países. Él afirmaba que había una contradicción entre una historia latinoamericana y una historia nacional. Estamos aquí sentados al lado de nuestros colegas, mientras que por fuera de esta Conferencia, hay tremendos problemas de injusticia y de desintegración nacional.
  3. Juan Miguel Bákula anotaba que la independencia no solamente fue una ruptura con España sino el inicio de una ruptura entre los países latinoamericanos. Pero ¿cuándo comenzamos realmente a desintegrarnos?
  4. El agente que debe hacer el cambio es el historiador, pero vemos con tristeza que éste ha perdido prestigio y presencia.

Jaime Ospina
Colombia

Tengo una dificultad en la comprensión del propósito que nos ha reunido y es una doble concepción de la historia que aparece en el fondo de las discusiones. Por un lado, se concibe la historia como un legado, como una recuperación. Algunos la asocian a las ciencias del hombre cuya tarea sería de algunos privilegiados científicos. Aparece el concepto de descripción de hechos, el concepto de instrucción, de enseñanza, de una tarea propia de profesores, aparece también el concepto de una asimilación de hechos pasados.

Por otra parte, se habla de una concepción más dinámica de la historia; es la historia como herencia. Se alude a la herencia colonial, a la herencia del pasado, a la historia como duración, que es un concepto que me parece que no está muy claro en la reunión; duración simplemente como extensión en el tiempo físico, que no es el concepto expresado por Mark Bloch, ni por Brode.

Se ha hablado de la historia como un resultado de mentalidades, como una búsqueda de identidad y como una construcción. Estas dos posiciones ante la historia me hacen pensar que quizás pudiéramos enriquecer el documento base con algo que le falta y que ya he comentado con algunos de los participantes. Al documento le falta un capítulo sobre qué es la historia, porque quizás estamos hablando lenguajes distintos. Habría que introducir un párrafo que precise el concepto de la historia que se está manejando en el papel.

A propósito de los obstáculos que mencionaban los ponentes, quiero contar una anécdota real y hasta cierto punto jocosa. Andaba buscando un buen caballo para una yegua mediocre y un testaferro me llevó a donde un narcotraficante que tenía un magnifico ejemplar. El hombre me pidió cinco millones de pesos por el servicio. Le dije que quería mirar el animal y me llevó al "palacio del caballo", como él lo denominó. Allí llegamos a ver a Tupac Amarú, caballo que se encontraba en un elegante salón con tapete persa, bebedero y comedero de oro y con unos lujos extraordinarios. Pregunté: ¿Por qué tanto lujo en una pesebrera? Y él me respondió: "La venganza de los genes".

Su respuesta me pareció muy inteligente y me quedé pensando en esto de la venganza de los genes. En el fenómeno del narcotráfico uno cree ver cierta venganza de los genes en las extravagancias de los narcotraficantes: El culto al oro, que según ellos se lo llevaron los conquistadores; el culto al caballo, que fue un instrumento de conquista; el culto a las armas que no tuvieron; el culto a la velocidad en los vehículos que es una cuestión de movimiento rápido, de conquista más que de gran estrategia.

Esto nos está indicando que sí existen los genes culturales y que por eso hablamos de herencia colonial y de herencia cultural. Pero son unos genes que nos pueden llevar a concebir la historia como algo receptivo y no como una construcción. Son genes que se hacen activos si los vamos construyendo. Creo que este aspecto lo debemos discutir en la mesa sobre la enseñanza de la historia y la cultura de paz.
Manuel López Díaz
Cuba

Estimulado por la intervención de Enrique Ayala, creo que lo que estamos debatiendo es cómo introducir estos valores de integración y cultura de paz en el seno de la enseñanza de la historia y no el discutir los matices que nos diferencian en la interpretación de la paz y de la integración, que serían otros problemas.

Alrededor de lo que planteaba Enrique Ayala se me ocurre poner un ejemplo sobre las disyuntivas a las que se veían abocados los historiadores. En Cuba las tuvimos cuando íbamos a reformar la enseñanza de la historia a finales de 1987. Las conclusiones a las que llegamos fueron: Comenzar por la historia de Cuba en quinto y en sexto grado dándole 160 horas a cada uno, sobre la historia elemental del país para que los niños se introdujeran al tema. Queríamos que al pasar el niño a séptimo y octavo ya pudiera integrar nuestra historia con el concepto regional internacional. Entonces se decidió que en séptimo grado se diera historia antigua y media y, en octavo grado, historia moderna y contemporánea. En el noveno grado retornamos, sobre una base superior de cultura del alumno, la historia de Cuba con una intensidad de 120 horas. En décimo grado ligamos la historia contemporánea, la universal y la de Cuba, como un proceso de profundización. En el grado doce se da historia de América para aquellos que aspiran a carreras universitarias en ciencias sociales, con una intensidad de 100 horas.

Desde el punto de vista de contenido hemos tenido que hacer algunas modificaciones porque las historias que imparten los pedagogos son las que hacen, por ejemplo, los investigadores y al haber aspectos poco investigados, no se transmiten con el rigor que deberían tener.

Valdría la pena preguntarse si para introducir valores como la integración y la cultura de la paz en la enseñanza de la historia hay una investigación lo suficientemente desarrollada para hacerlo.

En Cuba se hizo un debate con varios colegas historiadores, antropólogos y sociólogos y en él se planteó la pregunta: ¿El negro tiene un lugar en la historia que hemos escrito en Cuba? Después hubo que dar otro debate: ¿La historia de género es una necesidad, o una moda? ¿Se ha hecho una historia del campesinado? ¿Es profunda y verdaderamente consecuente la historia que hicimos del movimiento obrero? Y así sucesivamente hay una serie de planos; incluso en la historia de nuestra independencia, que es una de las más trabajadas y se concluyó que tenemos muchas lagunas y que debemos seguir profundizando en muchos temas. En lo que se refiere a problemas de integración y de cultura de paz, no las hemos abarcado en forma analítica e integral.

La gran incógnita que se tiene al darle énfasis a estos valores es: ¿Hasta dónde es posible que logremos una cultura de paz? ¿Cuáles son las limitaciones para lograr una cultura de paz?
Jorge Delgado
Panamá

La enseñanza implica un proceso. ¿Cómo vamos a hacer para llegar a un consenso en los temas que estamos analizando y discutiendo para que lleguen a los alumnos dentro de un modelo curricular? Un aspecto vital es establecer estrategias metodológicas, didácticas, pedagógicas, que permitan al profesor tener la capacidad de acercarse a un proceso en el que el estudiante logre entender y procesar la información que se le quiere transmitir.

La experiencia de Panamá y de otros países, es que se hacen seminarios y se dan explicaciones sobre los distintos modelos de enseñanza de la historia: el de Piaget, el constructivista, etc. Sin embargo, al final de la experiencia de capacitación, las personas vuelven a lo mismo, sigue repitiendo lo mismo porque no hay sujetos críticos, reflexivos y se continúa enseñando de memoria sin alcanzar los niveles de desarrollo que se espera que tengan los niños en las aulas.

En otras áreas del conocimiento, como la física, la matemática, la química, encontramos alternativas y propuestas concretas de cómo enseñar metodológicamente, con estrategias, con recursos, con los diferentes pasos que tiene que dar el maestro.

¿Cómo hacer operativo todo lo que hablamos? ¿Cómo transformar la información en valor, más que en conceptos y conocimientos? Los conocimientos simplemente son repetición de cosas como la violencia, la importancia de la paz, etc., el valor es lo que yo hago parte de mi mismo, es algo inherente a mi vida.

Hay conceptos y situaciones que no necesariamente son valores. Si no logramos capacitar a los maestros en las bases, aún cuando tengan un buen nivel teórico, seguirán repitiendo lo mismo de siempre porque posiblemente no tienen el recurso metodológico ni la supervisión y continuidad adecuadas que les permita ser más funcionales.

Me parece muy importante lo que señalaba Percy Cayo cuando decía que la historia mal enseñada era peor que una ametralladora. Podemos estar estableciendo una serie de concepciones equivocadas. Mi propuesta es: buscar alternativas para que las personas que enseñan la historia transmitan el conocimiento en forma creativa y no se limiten a reproducir situaciones a sus alumnos.
Enrique Ayala
Ecuador

Todos estamos de acuerdo en que la historia para la paz no supone suprimir la guerra o los enfrentamientos, del estudio histórico, del intento de reconstruir el pasado.. Aún más, creo que el explicar mejor las guerras y los enfrentamiento supone estudiar mejor la historia. Sería muy ingenuo creer que para que no haya más guerras en el futuro, no hay que hablar de ellas, de los generales y de los enfrentamientos.

Me parece obvio que hay que tratar de escribir la historia de otra manera, pero eso no supone solamente el que enseñemos la versión del otro, el que enseñemos la versión peruana de la Guerra del Pacífico en Chile o viceversa. Esa es sólo una una posibilidad. Lo más importante es descubrir otros aspectos de las contradicciones del proceso de la guerra. Yo creo que la nueva historia boliviana nos da un excelente ejemplo de esto. En la Guerra del Chaco no sólo se descubren las contradicciones que se dan entre Bolivia y Paraguay sino también los intereses argentinos, la presencia del imperialismo y las compañías transnacionales y el hecho de clase que significa el reclutamiento en los dos ejércitos.

El estudiar ese mismo proceso desde la perspectiva del conflicto social, de la lucha de clases, del enfrentamiento étnico en la sociedad boliviana, permite conocer mejor a Bolivia y Paraguay; es decir, encontrar otros aspectos que no son solamente la versión oficial del Paraguay sobre la Guerra del Chaco.

La historia que nosotros hemos planteado y la historia que tenemos la obligación de escribir debe comenzar reconociendo que nuestras sociedades no son mestizas. Esa concepción de la visión criollo-mestiza de la sociedad es una visión deformada, reduccionista. Como decía Enrique Ipiña, reconocer al otro como otro, como distinto, supone forzosamente reconocer que en nuestras sociedades existe un proceso de dominación de un sector social mestizo, criollo, heredero del poder colonial; hay sociedades dominadas como sociedades y no solamente como individuos y esas sociedades indias son distintas, tienen su propia lengua, su propia religión, su propia identidad. Una historia común también tiene que escribir la historia de estos pueblos.

Si volvemos a la historia tradicional de escribir historias de identidades nacionales, estaremos traicionando el objetivo fundamental de buscar la paz interna en nuestras propias sociedades.