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Tercera Mesa de Trabajo

LA INFLUENCIA DEL CONCEPTO DE SEGURIDAD DEMOCRÁTICA EN EL DESARROLLO DE UNA CULTURA DE PAZ Y DE INTEGRACIÓN PARA ESTE FIN DE MILENIO

Expositores:

Mayor General Manuel José Bonett. Comandante General del Ejército, Colombia Coronel José E. Ayoroa. Comandante del Colegio Militar del Ejército, Bolivia María Antonieta Huerta. Directora del Magister en Estudios Políticos y Sociales Lationamericanos, ILADES. Santiago de Chile

Moderador:
Daniel García-Peña. Historiador. Alto Comisionado para la Paz de la Presidencia de la República, Colombia

La influencia del concepto de seguridad democrática en el desarrollo de una cultura de paz y de integración para este fin de milenio

General Manuel José Bonett

Seguridad democrática

Podría decirse que cuando se habla de seguridad democrática se hace referencia a una situación protegida, dentro de la cual todos disfrutamos por igual de las garantías que el sistema nos ofrece, aceptamos como necesarias las restricciones que se puedan presentar y cumplimos nuestros deberes y obligaciones de manera solidaria, siempre y cuando exista un marco de estricta igualdad que nos debe llevar a la autosatisfacción.

La seguridad democrática exige tres condiciones para que exista como tal. La primera es la protección de la democracia en sí misma, función que, en la parte ejecutiva la cumple las fuerzas del orden del estado y simultáneamente, todos los organismos e instituciones existentes. No puede haber democracia si no hay una protección física de los asociados. Puede existir un estado de libertad total en un país, pero si se asesina a los gobernantes locales o regionales, a los jueces, a los soldados y policías y al ciudadano común, ¿cómo explicar o demostrar la existencia de tal democracia? La protección de la democracia no puede confundirse con la seguridad nacional. También la democracia debe estar segura de que sus instituciones y procedimientos no serán modificados ni abolidos sin consenso.

Los conceptos de seguridad nacional y de democracia no son necesariamente equivalentes ni sinónimos, aunque sí están claramente relacionados. Por el contrario, tienen dos sentidos diferentes y responden a preocupaciones de diversa naturaleza, pero hoy en día están claramente relacionados. La seguridad nacional como concepto, se refiere a los elementos que conforman lo esencial de una nación y cuya falta o menoscabo podría poner en serio riesgo la existencia de la misma.

¿Cuáles son los elementos que componen lo esencial de una nación? Sobre esto no hay pleno acuerdo porque corresponde a los sentimientos de cada país y no se puede hacer generalizaciones. Una nación difícilmente existiría si sus habitantes están en peligro o en riesgo, si está en peligro su cultura, su territorio, sus límites, sus valores, su autonomía, su economía, sus recursos, su lengua y, también su sistema de organización política. El peso relativo de cada uno de estos elementos es parte de los matices históricos y políticos que se dan en las sociedades. A veces, y en extremo, lo que es esencial para una nación puede no ser un tema de preocupación para otra; o lo que fue importante en un momento dado, puede perder relevancia como amenaza para la seguridad en otro momento histórico.

La democracia ha emergido como el sistema de organización política predominante en el mundo y se ha abierto un amplio consenso, tanto en sociedades que estuvieron sometidas a sistemas políticos autoritarios en establecer gobiernos democráticos, como en defender y mantener la democracia donde quiera que ya existía.

Es ahora cuando se han desvanecido los enfrentamientos ideológicos, se han asociado de modo muy estrecho el concepto de seguridad nacional y el requisito de preservación del sistema democrático. Ambos tienen la misma prelación y merecen el mismo interés. Universalmente ha crecido la audiencia respecto a que esta relación entre seguridad y democracia es indisoluble. De ahí se nutre el concepto de seguridad democrática que nos convoca en esta Conferencia.

En Colombia también están separados estos dos campos: por un lado está la seguridad nacional y por el otro, la preservación de la democracia, pero en los dos, las Fuerzas Armadas tienen una responsabilidad clara derivada de la Constitución. Para librar a la nación de amenazas que puedan atentar contra la existencia misma de Colombia, la Constitución puntualiza que dentro de las funciones de las Fuerzas Armadas está el defender la integridad, la independencia y la soberanía.

Son elementos centrales de la seguridad de nuestra nación; sin ellos o con ellos en riesgo, la existencia de nuestra nación no estaría garantizada. Pero hay una cuarta función constitucional de las Fuerzas Armadas, que está colocada al mismo nivel que las anteriores, y es la defensa del orden constitucional, es la defensa de la democracia, de sus instituciones y de sus procedimientos. Son por tanto ambos conceptos, seguridad nacional y democracia, componentes esenciales de la función constitucional de las fuerzas, así lo hemos entendido y así hemos actuado.

El segundo aspecto es el respeto a los límites y procesos democráticamente fijados, que también podríamos llamar las reglas del juego. Este es uno de los factores más sensibles de la democracia porque cuando sus reglas son violadas y cada uno acude a su libre albedrío, todo el concepto falla por su base. Aparecen la desconfianza y los vicios que acaban con la democracia, como son la corrupción y la impunidad.

La democracia necesita reglas de juego colectivamente aceptadas y respetadas incluso para cambiar la Constitución. Democracia y respeto a sus reglas de juego son dos conceptos inseparables y del uno se deriva el otro. Como estas reglas y procesos son democráticamente fijados, es necesario que sean respetados y cumplidos por todos.

El tercer factor es que se deben usar los medios democráticos para el logro de los fines de la seguridad. La democracia debe ser protegida sin abusar de los derechos de los demás. Es bien sabido que la democracia se vale de métodos lentos y dispendiosos para lograr los fines de la seguridad, pero una vez alcanzados, sus resultados son más duraderos y de amplia aceptación. Al contrario de los estados policiales o de fuerza, los métodos que usa la democracia no causan traumatismos ni resentimientos.

Los tres factores antes tratados suponen una educación para la seguridad; unas organizaciones civiles para la seguridad y unos mecanismos civiles de control para regular el uso de este privilegio. Insisto en el término "civiles" para señalar que la seguridad es cosa de todos y no sólo de las fuerzas del orden.
Características de la seguridad democrática

La primera característica es que la democracia requiere unas normas para fijar las reglas del juego que están contenidas en la Constitución Nacional. También caracteriza a la democracia, la legitimidad o la necesidad de la misma. La población acepta el orden como válido, cuando hay procedimientos del estado que están dotados de ética comunicativa cuyas reglas sean defendibles en discusión racional entre todos los afectados y beneficiados. Si este procedimiento no lleva al consenso, es posible entonces acudir a las mayorías.

La democracia, tal como la conocemos es procedimental y se basa en la discusión abierta. Sin discusión racional la democracia no funciona y para facilitar las cosas acude a dispositivos representativos como las cortes, el congreso, los debates y a sistemas de amplia participación como las consultas populares. Puede ser la falta de una ética comunicativa el factor por el cual nuestros diálogos y conversaciones regionales y subregionales nunca dan resultado.

El Estado debe ser comprensible y digno de consenso. La comunicación debe ser honrada y con bases morales: todo esto es necesario para la seguridad democrática, porque la democracia permite la discusión, los debates, los acuerdos y las segundas instancias. Estos procesos llevan una discusión cuerda y sus rasgos pueden ser develados a partir de la misma.

Para que haya seguridad también debe existir una separación entre normas y razones para obedecer las reglas, porque en la democracia los distintos protagonistas pueden obedecer las mismas normas por razones diferentes, como es el caso de un sistema bipartidista o multipartidista donde cada partido cumple la misma ley pero por motivaciones diferentes.

Como característica final, la democracia debe contar con autoridades legítimas facultadas para contribuir al acatamiento de las reglas, mediante la aplicación de sanciones siguiendo procedimientos explícitamente regulados. El debido proceso sería el modelo de uno de ellos.

Las características anteriores dan cuenta de rasgos como igualdad, equidad, pluralismo y libertad que clásicamente son asociados a la democracia y permiten concluir que el término seguridad incluye las connotaciones de seguridad de estado, estabilidad institucional y convivencia ciudadana. Cuando esto último ocurre, podemos decir que la población disfruta de seguridad democrática cuya visión ofrece una reinterpretación altamente defendible de la seguridad de Estado, de la estabilidad institucional y de la convivencia ciudadana y sugiere un camino altamente compatible con una cultura de paz localmente afianzada y con procesos de integración regional entre las naciones.
Desarrollo de una cultura de paz y la integración

Podría describirse la cultura de paz como un repertorio cultural de acciones que no incluye la violencia física sino las sanciones culturales en un ambiente de tolerancia a la diversidad y compromiso de toda la comunidad para vivir un entorno pacífico, como consecuencia de la existencia de la seguridad democrática.

La cultura de la paz supone -en el liderazgo y en la sociedad- habilidades especiales para el manejo y solución de conflictos y destrezas, así como el reconocimiento y la lectura del pasado como condición necesaria para que no se repitan los errores.

La cultura de la paz exige que se consideren y se respeten los diferentes contextos, especialmente aquellos relacionados con la cultura. Por ejemplo, un aspecto es el tratamiento que se puede dar al expendio y consumo de chicha en las ciudades de Colombia y otra es esta actividad en el ambiente de los indígenas.

La cultura de la paz supone que se enfrenten los conflictos y se traten de resolver antes de poner en práctica otro tipo de medidas. En el caso colombiano no tenemos una cultura de paz porque adolecemos de buenas condiciones para enfrentar los conflictos y, por esta razón, transamos, rechazamos y en general, hacemos las cosas que no nos van a conducir a la solución del problema. La mayoría de las veces acudimos a la violencia ante la evidente incapacidad para desarrollar el diálogo.
Características de la cultura de paz

Se requiere un pluralismo de narrativas e intereses y, al mismo tiempo, la construcción de agendas comunes antes de entrar a la solución del conflicto, lo cual impide que las enemistades sean totales y convierte las diferencias, por profundas que sean, en diferencias parciales.

Debemos observar que la vida tiene muchas historias que nos pueden desviar del camino hacia la verdad. Si contamos con una narrativa unificada del pasado, esta nos puede llevar más rápido al acuerdo, pero solamente si está montada sobre un objetivo común. Un ejemplo sería describir en la historia de Colombia cuándo la convivencia ciudadana ha sido buena, mala o regular, resaltando las variables que contribuyeron a darle cualquiera de estas características y evitando así, repetir los errores.

Frente al método de la narrativa unificada tenemos también el esquema frío de las estadísticas que excluyen las historias. El líder encargado de solucionar un conflicto deberá escoger entre el método que prefiera o una mezcla de los dos.

Cuando existe una cultura de la paz, ninguna enemistad es total. La simetría de los interlocutores ayuda a lograr el acuerdo si se identifica un objetivo común. En Colombia hay bajísima capacidad para llegar a acuerdos porque la gran cantidad de interlocutores dificultan los compromisos. Además porque vivimos en un ambiente de violencia. La mayoría de las veces los conflictos políticos, armados o no, impiden llegar a soluciones porque los intereses de grupo se ponen por encima de los intereses nacionales. A veces los principios individuales o de grupo se consideran más importantes que el interés común.

Cuando se busca una cultura de paz, se notan diferencias entre el pacifismo radical y la compatibilidad y el carácter complementario entre la cultura de paz y el monopolio del uso legitimo de la fuerza. En una sociedad como la colombiana, es imposible pensar que el concepto pacifista se convierta en herramienta de negociación porque impide conocer y aceptar la realidad que nos presenta el entorno social. Es mejor asignarle al Estado el uso legítimo de la fuerza y tenerla, de todas maneras, como un recurso disuasivo.

La búsqueda de la cultura de paz no se contenta con las solas reglas y los árbitros. Se necesitan además jugadores que conozcan el juego, acaten las reglas y luchen por hacer el mejor juego posible. Es necesario también adaptarse a los procesos de descentralización como una oportunidad para generar cultura de paz. La descentralización ayuda a evitar la guerra total porque los problemas se tratan en diferentes ambientes y con interlocutores que conocen la situación. La eficiencia preventiva debe recibir la más alta prioridad porque va ligada a los procesos de educación, asistencia social, seguridad, etc. Existe la impresión de que la falta de una cultura de paz en Colombia y la evidente tendencia a las reacciones violentas en todos nosotros para resolver los detalles más insignificantes, se debe a fallas estructurales en la educación, incluyendo la que recibimos en el seno del hogar.

Es importante reconocer que no hay enemistades totales y que los procedimientos democráticos permiten reconocer el carácter parcial o local de las mismas. Hay ejemplos de ello como es el caso de Francia y Alemania, Rusia y Chechenia, la antigua Yugoslavia, Guatemala, El Salvador y Nicaragua, entre otros. Ante estos ejemplos sólo nos queda preguntar: ¿por qué en Colombia creemos que las enemistades son totales y no reconocemos su carácter parcial?, ¿por qué somos incapaces de desarrollar una cultura de paz?

La consolidación de los valores democráticos en una sociedad de este tipo, está necesariamente vinculada al concepto de seguridad, el que con los diversos elementos que lo integran, tiene como finalidad ejercer la guardia y permanente custodia de este sistema para mantener lógicamente su continuidad y vigencia.

Esta seguridad está relacionada con los imperativos y circunstancias de modo, tiempo y lugar, determinados por la latitud, la nación o el estado donde el sistema democrático opere. Es muy distinto el funcionamiento del sistema democrático, por ejemplo en Suecia, que en cualquier país de Latinoamérica, sumidos como estamos en un evidente subdesarrollo. Son muy distintos los problemas de Suecia de los de los colombianos. En la primera, los derechos democráticos fundamentales tienen el soporte de una cultura, de una civilización y de una disciplina social milenaria, para operar debidamente, amén de una infraestructura económica que le sirve de poderosa plataforma. En nuestro país, donde hay evidentes problemas de identidad nacional y cultural, agravados por nuestras manifiestas carencias de todo tipo, el funcionamiento del sistema y la vigencia de los valores democráticos se resiente de estos presupuestos.

En consecuencia, el establecimiento de la paz y la plena realización del ideal democrático en el próximo milenio, está en proporción directa con la cristalización que logremos en estos campos, para que una cultura de la vida de la paz, conquiste gradualmente los espacios que el subdesarrollo con todas sus secuelas sustrae a la implantación del ejercicio y cauce de una legítima democracia. La paz, en consecuencia, viene a ser un resultado, más que un derecho al cual todos aspiramos. Resultado de la conjugación de muchos factores que podrá brindarnos en un futuro, la estabilidad deseada.
La Integración

Una sociedad no puede aspirar a tener cultura de paz si no decide integrarse a través de la definición de objetivos comunes que le permitan compartir el gasto y sumar recursos para alcanzarlo. Esto supone una adaptación de la seguridad a los procesos de integración por medio del fortalecimiento de niveles regionales y supraregionales que permitan el crecimiento de la complejidad y, por ende, la división de competencias y articulación entre niveles. Este proceso descentralizador y, a su vez integrador, evitará la visión total del problema.

Cuando una sociedad ha logrado la meta de existir en medio de una situación de seguridad democrática y logra como resultado inmediato desarrollar una cultura de paz, el paso siguiente debe ser la integración de la misma sociedad en lo local, regional, nacional y supranacional. Sería éste un Estado casi ideal, donde no se use los medios violentos, donde prima la acción preventiva del estado y la autoridad se impone por una actitud colectiva y cultural de la población, sin necesidad del uso de la fuerza. El ejemplo actual podría ser la Unión Europea.

Pero los latinoamericanos podemos preguntarnos: ¿Cuánto tiempo, cuántas vidas y cuántos recursos le costó a Europa Occidental llegar a esta situación? La historia documentada nos sitúa en el siglo I a.c., cuando Julio César recorrió y conquistó esas tierras, o sea, veintiún siglos de guerras, pestes, violaciones de todo tipo, gases venenosos, hornos crematorios, campos de concentración, guillotina y todos los instrumentos de tortura y aniquilación total que ellos se aplicaron a sí mismos durante sus innumerables conflictos dinásticos, ideológicos, comerciales, políticos y de otros tipos.

¿No sería posible calcular cuántas guerras y cuántas vidas tuvo que pagar Europa durante este período, antes de llegar a la situación de integración, como producto de su evidente seguridad democrática y su cultura de paz?

Lo que tenemos que hacer los latinoamericanos es aprovechar ese ejemplo y no cometer los inmensos errores de Europa y aportar todas las soluciones políticas y sociales necesarias para darle a nuestros pueblos el estado de felicidad y autosatisfacción que merecen sin tener que esperar tantos siglos ni padecer tantos sacrificios.
Factores de desintegración

Cuando se evalúan las condiciones objetivas y subjetivas necesarias para la integración latinoamericana, son más los factores negativos que los positivos. El primero de ellos puede ser lo que llamamos ahora el neoliberalismo, la globalización y la internacionalización de la economía. Creo que esto es un atentado contra los deseos de integración, porque los intereses que priman son económicos y del desarrollo. Lo que se oponga a las metas de exportación, del PIB, de reservas internacionales, etc., no tiene valor en las discusiones. Los ministros de comercio exterior tienen más relevancia en el entorno regional que los humanistas o los ministros de educación y cultura.

Tenemos casos en América Latina como el Pacto Andino que es una lucha interna entre los medianos y los pequeños que quieren salir a otros bloques porque allí tienen mayores ventajas. El Mercosur, a su manera, ha contribuido a debilitar la estructura del Pacto Andino porque los mercados del Sur parecen ser más lucrativos y ya se habla de que cada uno, de manera individual, efectuará conversaciones para acceder a ese mercado, es el caso del mercado del banano y sus diferentes intereses, como son los grupos liderados por Colombia y Costa Rica y el grupo encabezado por el Ecuador y otros países que se han alineado, unos con la Unión Europea y otros con los Estados Unidos. El mercado del café, que es básico para algunas economías, también sufrió los efectos de los intereses desintegradores del desarrollo cuando Brasil asumió una posición y Colombia otra.

El mismo narcotráfico y la guerrilla son factores desintegradores porque introducen desconfianza y resentimiento entre los países afectados. Las reuniones bilaterales o multilaterales entre los gobiernos con problemas de este tipo no son propiamente cordiales; cada uno acusa al otro de ser el culpable de sus males y las opiniones públicas se orientan hacia el resentimiento y la recriminación.

Mi temor es que las megatendencias y las modas estratégicas actuales, frías, pragmáticas y poderosas, anulen o de pronto obstaculicen los esfuerzos integradores de los humanistas.

El armamentismo es otro problema. No por parte nuestra sino por parte de los países desarrollados. Ellos, que financian y manipulan los organismos internacionales, nos imponen una disciplina insoportable. ¿Pero a ellos quién los controla? Sus presupuestos y metas de desarrollo están basados en las ventas de armas como parte fundamental de sus planes. Hemos visto la discusión entre Rusia y Estados Unidos por la compra de unos helicópteros en Colombia y, de los mismos países, por la compra de unos aviones en Perú.

Los problemas territoriales y de límites -tanto terrestres como marítimos- entre los países, también constituye una dificultad para lograr la integración y sería necesaria una gran madurez para superar estos problemas en beneficio del entendimiento entre los pueblos y la cultura de paz.

Estos y otros son problemas y obstáculos para la integración; sería necesario el apoyo de los estados en forma autónoma, sin presiones del mundo desarrollado que nos quiere enmendar permanentemente la plana para que la integración y la cultura de paz estén por encima, o por lo menos al mismo nivel de las metas de desarrollo material.
Las fuerzas armadas de los países latinoamericanos como instrumento de la paz
Coronel José Ayoroa

Hemos visto que el análisis de la historia como un factor de integración es de una enorme complejidad y cuando hablamos de integración y cultura de la paz, se torna aún más complejo. Tanto la integración interna como la externa son procesos que se pueden dividir en dos; lo mismo ocurre con los conceptos de seguridad y democracia.

El hablar de fronteras no es un mito porque siempre se ha hablado de su eliminación, sin embargo, hay propuestas que dicen que no hay integración si no hay fronteras definidas. Esto implica el reconocimiento de dos Estados distintos. Pero queda la duda si la cultura de la frontera es la cultura de la guerra. Mientras nos aferremos a la frontera no podremos hablar de una verdadera integración. La cultura de la paz es un nuevo paradigma regional y debemos entenderlo en su verdadera magnitud.

El análisis de la conformación de la sociedad civil-militar no debería contribuir a la falsificación de la historia ya que es perjudicial para el conjunto de Latinoamérica. Debemos generar un pensamiento histórico común y no vender una historia en pedazos porque esto obliga a romper también la cultura del silencio y del sometimiento. La propuesta -que es pequeña desde una óptica militar- es ver a las fuerzas armadas de los países latinoamericanos como un instrumento de la paz.

Debemos empezar a modificar el actual modelo de enseñanza de la historia para que éste se constituya en un verdadero aporte que fortalezca la base misma de la democracia, permitiendo erradicar la violencia de la mente de los hombres y conformando una cultura de la paz en los umbrales del siglo XXI.

Si bien el estado tradicionalmente fue el encargado de mantener los valores cívicos, hoy su responsabilidad también es responder a los desafíos para emprender y alcanzar consensos y vías políticas adecuadas y construir así el esqueleto de la gigante infraestructura de la cultura de la paz, aspecto que demanda un nuevo método o sistema de enseñanza de la historia, dentro de los lineamientos integracionistas, es decir, de un entendimiento equilibrado que permita la convivencia de los países con fundamentos pedagógicos y perspectivas a nivel latinoamericano.

La democracia en Latinoamérica tiene ciertas deficiencias. Es patente el peligroso potencial de la brecha que hay entre pobres y ricos y que amenaza con obstruir la tranquilidad y la tolerancia, porque los niños hambrientos de alimentos materiales y sedientos de educación y de equidad, no dan espera. La desigualdad de oportunidades no cultiva en su corazón el amor al prójimo.

No menos deficiente es la concentración de las decisiones del poder ejecutivo sobre el legislativo y el judicial, en muchas de las naciones. A título de hacer viables las condiciones de gobernabilidad, no dan la merecida importancia a la necesidad de atender los factores históricos y sociales que favorezcan desde diversos puntos de vista el logro de una cultura de paz. La educación de una historia integracionista no puede fundarse exclusivamente en acuerdos políticos o económicos, desconociendo el aspecto de la conformación espiritual de los Estados.

Los gobernantes latinoamericanos deben ejercer el liderazgo democrático para garantizar el pleno ejercicio de las libertades ciudadanas, la ecuánime administración de justicia y el desarrollo de oportunidades con equidad y justicia social.

Una economía de mercado dentro de la globalización tiene varios rasgos: la necesidad de ganar la confianza mutua, tanto interna como externa, para evitar amenazas de cualquier dirección. La historia nació narrando hechos íntimamente ligados al campo militar. Esto no significa solamente el mantener una cultura de guerra porque creo que todos tenemos la obligación de hacer un culto y tener respeto con las gestas emancipadoras, o de defensa de nuestros países.

Hay que ser concientes que la cultura de la paz debe ir acompañada de las condiciones mínimas para hacer posible un instrumento que ayude al derecho que los hombres tienen de la paz. Se reuiere una respuesta para "imponerla" a quienes no la buscan.

La experiencia contemporánea en el proceso de cambio que vive el mundo, a partir de la bipolaridad donde existían ciertos condicionamientos, nos muestra que no ha dejado de existir un imperialismo y que éste también puede ser unipolar. Como historiador con formación militar, hago una propuesta analítica para asignar a los ejércitos o las Fuerzas Militares, un papel activo de participación que contribuya a la interesante tarea de cultivar una cultura de la paz.

El disponer de un órgano para preservar y mantener la paz, parte de una hipótesis de trabajo realizado por organizaciones e instituciones tales como el Pacto Andino, el Grupo de los Tres, el Grupo de Río, Caricom, la Comunidad Latinoamericana de Naciones, han contribuido positivamente a la integración política, económica y social de las naciones dentro del fortalecimiento del encuentro de culturas y el respeto a los derechos humanos.

A partir de esta hipótesis es que me permito indicar que la experiencia contemporánea nos muestra que los tratados de no proliferación de armas, por ejemplo, no se están cumpliendo. Simplemente hay algunas contribuciones a las operaciones de paz que se realizan para superar antagonismos en los conflictos religiosos, en el resurgimiento de rivalidades étnicas, en algunos grupos étnicos fundamentalistas que comienzan a surgir hasta en los países en desarrollo, etc. Estas nos muestran que las contribuciones u operaciones de paz en los distintos países son ejemplo de que puede existir una apoyo para mantener y preservar la paz.

Propongo, para su estudio, lanzar la idea de una propuesta para que haya una contribución a las operaciones de mantenimiento y preservación de la paz; no en el plano de la Organización de los Estados Americanos, sino como una parte del contexto latinoamericano en sí, aún cuando tenga relación con las propuestas que ya existen en la ONU.

La carta de la ONU, presenta dos modalidades para este tema. El capítulo seis dice: "Operaciones de mantenimiento de la paz con el consentimiento de los países y supervisión de los acuerdos de las partes y búsqueda de una situación permanente..." El capítulo siete habla de: "Operaciones para forzar la paz, sin consentimiento de las partes..." Explica las fases del plan, su organización, preparación, entrenamiento y empleo, la organización y las tareas, la identificación de los requerimientos de equipo para operaciones de ayuda humanitaria, asistencia a desastres naturales, mantenimiento y preservación o recuperación de la paz. Mi propuesta se orienta a lo que dice el capítulo seis: "...con el consentimiento de los países..."

Se ha planteado en esta Conferencia que un nuevo método para elaborar los programas de enseñanza debería ser integral y plantear una historia social, explicativa y crítica. Sin embargo, creo que también a la historia se le debería dar un carácter predecible, es decir, se le debería inducir a un análisis crítico que permita, luego de un análisis del pasado, mirar el presente para tener la capacidad de prever algunos aspectos del futuro.

Otro enfoque de la historia que es contradictorio, es el espíritu de sometimiento en la historia del pueblo andino. No sé si es conveniente estudiar o no el tema en el plano de la integración y como una cultura para la paz, pero el considerar que existen elementos organizados más grandes, insertos en Naciones Unidas, nos invita a que en el plano regional estudiemos en forma cuidadosa la conveniencia o no, de este planteamiento.

seguridad democrática de la región
María Antonieta Huerta

La problemática que se asume en esta ponencia, corresponde a uno de los problemas centrales que hoy enfrenta la democracia, en cualquier lugar del mundo al finalizar la guerra fría y que precisa ser replanteado, particularmente en nuestra región, donde la Doctrina de la Seguridad Nacional además, marca nuestra historia más reciente.

En esta Conferencia internacional, cuya preocupación central es la Enseñanza de la Historia para la Integración y la Paz, éste es un tema significativo, si tenemos en cuenta que la vecindad con nuestros países ha estado marcada por permanentes conflictos fronterizos en los que se refleja la desconfianza mutua, como producto de una lectura en clave de "enemigo potencial" con el vecino en el aspecto de la seguridad. Esta desconfianza ha incidido en nuestra historia nacional y regional y se une a otras problemáticas que el trabajo histórico nacional ha enfocado en esta misma clave de lectura.
La Post Guerra Fría
En política internacional, el mundo contemporáneo posterior a la Segunda Guerra Mundial vió profundamente determinadas sus relaciones internacionales por el surgimiento de la Guerra Fría, que con todas sus connotaciones estructuraba con claridad un cierto orden en el desarrollo y actuar de las naciones, razón por la cual la Guerra Fría genera una incertidumbre que marca la nueva realidad emergente.

Observamos que se abren nuevos espacios que permiten avanzar hacia un nuevo sistema mundial, todavía no perfilado, pero en el cual se pueden reconocer algunas tendencias centrales, como el predominio del derecho internacional, los esfuerzos nacionales, colectivos y de apoyos internacionales en la búsqueda de la paz. La revitalización de la diplomacia multilateral, la flexibilidad para encarar nuevos desafíos, como son los espacios informales en busca de concertaciones regionales o en determinadas problemáticas; la modificación de hecho del papel de los Estados Unidos, lleva hoy a promover un esquema de cooperación y de estabilidad internacional.
Los nuevos desafíos de la agenda internacional

En este mismo contexto de la Post Guerra Fría hay otras variables igualmente relevantes, que inciden directamente sobre las relaciones internacionales, como es el caso de la economía globalizada, caracterizada por el creciente intercambio de bienes, servicios y factores de producción, con los retos que ella conlleva. Se generan nuevos desafíos en la agenda internacional que superan el ámbito de los estados nacionales y para enfrentarlos es necesario un esfuerzo colectivo, con predominio de temas no militares en la seguridad. De acuerdo con el análisis de Francisco Rojas: "El sistema internacional se mueve desde las relaciones de seguridad a las relaciones de mercado".1 La nueva situación genera retos a nivel político que se proyectan con fuerza y se relacionan con la estabilidad y el avance de la democratización, con la posibilidad de garantizar los derechos humanos, la creciente inseguridad social, la necesidad de rediseñar las relaciones cívico-militares, asumir el problema del narcotráfico (producción, elaboración, tráfico y consumo), con la corrupción que genera y la amenaza de terrorismo que conlleva. Ocupan un lugar importante los problemas de la pobreza, la inequidad y el crecimiento económico; las dificultades para lograr un desarrollo integral, las relaciones comerciales, los flujos migratorios y el tema del medio ambiente.

Nos encontramos, en política internacional, ante situaciones inéditas en muchos campos y también ante nuevas oportunidades de articulación que antes no eran viables, como el acuerdo de Israel con la OLP. Es necesario reconocer que al mismo tiempo nos encontramos con fuentes de conflictos y de inestabilidad diferentes, provenientes de situaciones muchas veces contenidas, como son los nacionalismos, los fundamentalismos y las ambiciones de poder regional, entre otros.2 Un ejemplo significativo hoy es el cultural. Pese a que la diversidad ha sido legitimada, si lo pensamos, en la complejidad de los cambios actuales y de la globalización económica no es difícil entender los obstáculos que se presentan para asumir la naturaleza de las identidades culturales hoy en cada sociedad. Estos retos muestran, por una parte, que a diferencia del pasado no hay un sólo elemento definitivo en el panorama internacional, y por otra, que sus soluciones no pueden ser asumidas estrictamente en las fronteras nacionales porque las desbordan. De ahí la importancia de la cooperación multilateral.

Sin embargo, las recientes situaciones y la desregulación del orden internacional en la post guerra fría, no garantizan en forma espontánea las nuevas formas de cooperación internacional. Para lograrlas es necesario afianzar la consolidación democrática, la estabilidad política, conquistar el espacio de la participación ciudadana, hacer viable no sólo un crecimiento económico sino un desarrollo con equidad. Es decir, asumir y buscar soluciones a los problemas centrales de la agenda mencionada, establecer nuevas relaciones hemisféricas coherentes con los intereses de nuestros países, fortalecer la medidas de confianza mutua y la negociación de conflictos como opciones de regulación institucional amplia, ante conflictos de tipo tradicional.

Las medidas de confianza mutua tienen antiguos antecedentes en la región bajo otras denominaciones. Por medidas de confianza mutua se entiende, en términos restringidos, acuerdos de cooperación mediante los cuales los estados se transmiten sus intenciones militares no hostiles, promoviendo la apertura, la comunicación y un mayor entendimiento entre las instituciones militares. O sea que apuntan básicamente a hacer más pacíficas y estables las relaciones militares de los países dentro de las relaciones políticas existentes.

En términos amplios, busca reducir, o en algunos casos eliminar las causas de desconfianza, temor, tensiones y hostilidades entre estados. Se supone por tanto, que las medidas están dirigidas a las causas mismas de tensión y conflicto entre países, y además incluyen los pasos para asegurar intenciones amistosas. En este sentido, incluye los pasos para mejorar las relaciones políticas existentes y de ese modo reducir la posibilidad de guerra.

Hay interesantes experiencias en la región y se busca aprovechar, profundizar e integrar dichas experiencias a beneficios de cooperación y complementación, con el propósito inequívoco de erradicar toda posibilidad de conflicto intrarregional y dotar a la región de mayor peso relativo en el aún incierto panorama de la seguridad internacional.3 La solidaridad democrática, por su parte, ha tenido un gran peso político y ético, aunque con ciertas dificultades para que sus instrumentos de regulación por la vía jurídica y sus mecanismos operativos sean ágiles para asumir cada situación, creando dinámicas de solución. Se postula que las oportunidades de concertación estratégica y de cooperación para la paz deben transformarse en inciativas políticas, con metas realistas, reforzando las tendencias asociativas.
La legitimación de la diversidad y la seguridad
No podemos ignorar que la legitimación de la diversidad al finalizar el siglo, es una de las conquistas más relevantes de la humanidad y que su aceptación, tanto a nivel de las personas como en los diversos planos de conjunto, conlleva un grado de conflicto que debemos aprender a asumir y a procesar. En términos positivos, se trata de un conflicto permanente que es inherente a la diversidad. La democracia participativa es el mejor instrumento para trabajar sobre él, generando consensos básicos y fuertes puntos de convergencia, que permitan construir poco a poco un tipo de sociedad mejor articulada y con posibilidades más reales de desarrollo humano.

Asumir este desafío de la diversidad implica un trabajo constante sobre estas dificultades y nos obliga a evaluar permanentemente lo que estamos construyendo. No significa negar u olvidar que pueden existir amenazas armadas o de gran riesgo en el plano interno, contra el estado o la sociedad. La seguridad interna es un asunto político, más que militar. 4 Del mismo modo, la defensa nacional, entendida como garantía de la soberanía e integridad territorial ante amenazas militares externas, es un requisito indispensable para la paz y para el ejercicio democrático de la soberanía de un país En este sentido es necesario reconocer que en el mundo actual los riesgos de la seguridad tienen múltiples orígenes, entre ellos los económicos, tecnológicos, políticos, sociales y ecológicos, que poseen hoy más significado que los propiamente militares. Hay cierto consenso respecto a que las fuentes de riesgo externo son de índole muy variada y en la mayoría de los casos, no son susceptibles de tratamiento militar, suponen el uso de los instrumentos de negociación, diplomacia y concertación.

En este plano, la política exterior adquiere un papel relevante incluyendo la política de defensa, e integrándola a los objetivos definidos democráticamente por el país. Desde la democracia, la política de defensa es utilizable sólo como recurso extremo cuando fallan los mecanismos de concertación.5 La crisis del sistema interamericano Los principios centrales de seguridad del sistema interamericano generados en el concepto de seguridad de la Guerra Fría posterior a la Segunda Guerra Mundial se encuentran hoy en plena crisis porque no responden a las nuevas situaciones que se están viviendo. Aún más, en muchos casos se transforman en obstáculos para avanzar, en el proceso sociopolítico y en el económico.

Algunas de las causas señaladas para esta declinación, hacen relación con la asimetría de los Estados frente al poder, pese a su igualdad jurídica, a las diferentes expectativas frente al sistema, a la tendencia en los setenta a buscar su autonomía externa, enfatizando en los nuevos componentes no militares de la seguridad, especialmente en temas económicos y comerciales. El fin de la Guerra Fría y los cambios producidos en los noventas terminaron por debilitar el sistema, deteriorando las relaciones hemisféricas y las instituciones de seguridad regional, consolidando la búsqueda de soluciones a través de una diplomacia flexible y de mecanismos no tradicionales de concertación .6 Nuevas percepciones para una seguridad democrática La crisis del sistema interamericano y el surgimiento de la transición democrática en la región como un proceso de democratización, coincide con el debate en torno al nuevo sentido de la historia, a la reivindicación de la dignidad y libertad de la persona, al reconocimiento de la diversidad como algo inherente al ser humano y a sus construcciones. También con la búsqueda de espacios para legitimar la voluntad democrática y de paz, restaurar el sentido fragmentado de comunidad y de pertenencia, con la búsqueda de un desarrollo con equidad y el valor de la alteridad y de la legitimidad del otro, como soportes de una sociedad donde la persona y la comunidad logren consensos básicos y convergencias que hagan viable un desarrollo más integral con una construcción colectiva y plural de la democracia.

En este contexto se hizo evidente la urgencia de replantear la seguridad buscando un concepto de seguridad integral que respondiese a la nueva realidad y las nuevas percepciones centrales de la democracia, que lograse superar la asimilación anterior, entre seguridad de una nación y seguridad militar.

Es necesario recordar aquí, que la Comisión Sudamericana de Paz (1987) nace precisamente de la insatisfacción con las concepciones de seguridad vigentes en la región y de la profunda percepción común de los presidentes de la época, que frente al proceso de democratización de nuestro continente, las concepciones vigentes de seguridad, se convierten en verdaderos obstáculos para el logro pleno de la democracia y la vigencia de los derechos humanos, del mismo modo que traban las posibilidades de buscar la integración. Y es en esta Comisión donde se promueve en forma sistemática y con permanente convocatoria, a diversos tipos de actores, un espacio importante de reflexión y aportes sobre esta problemática.

Otro hito lo establece el esfuerzo realizado en Centroamérica desde la misma fecha y en el mismo sentido, que genera finalmente la Propuesta de Declaración de Zona de Paz y Cooperación en Centroamérica y el Caribe.7 En la sexta Cumbre de Presidentes celebrada recientemente en Santiago, se hace un reconocimiento a esta experiencia centroamericana como de gran valor, ya que en el marco de la seguridad democrática ha logrado "establecer un nuevo modelo de seguridad regional integral e indivisible" inspirado y sustentado en los logros de la pacificación e integración, y en el cual la seguridad democrática y el desarrollo humano son el eje fundamental.8
Una concepción integral de seguridad
La búsqueda estuvo orientada a lograr un concepto nuevo e integral de seguridad que respondiera a los desafíos y amenazas contemporáneos que enfrentan los distintos países, en busca de construir la paz y el desarrollo en la región.

Este nuevo concepto emerge en la certeza de la necesidad de concebir la seguridad en términos más amplios y constructivos, dando prioridad a la necesidad de las personas de vivir en paz, de contar con los medios económicos, políticos y ambientales para una existencia digna.

La seguridad democrática regional tiene por objetivo principal asegurar el desarrollo con equidad en el plano interno, profundizar en la paz, la cooperación y la integración a nivel regional y la autonomía e independencia a nivel internacional. Para ello esta perspectiva complementa y hace compatibles los intereses de cada país, con los objetivos e intereses colectivos de seguridad a nivel latinoamericano9 y a nivel internacional. La democracia naciente en América Latina , tiene conciencia de la permanente debilidad de la sociedad civil como tendencia que ha atravesado nuestra historia republicana y percibe que mientras esto perdure, la legitimidad de la democracia será frágil. Por esta razón, hacer énfasis en la necesidad de una democracia participativa. Sin la sociedad civil como actor de esta democracia, con posibilidades de expresar permanentemente su voluntad, con inserción en el sistema, con capacidad de gestión, no hay posibilidad de garantizar la dignidad de las personas.

En cierta medida , como lo dice Alain Touraine, es el momento de la sociedad civil, pero también es el regreso del actor, del sujeto como constructor y garante del proceso histórico.10 En una democracia que pretende ser participativa, además de la seguridad de la nación, es fundamental la seguridad de las personas que la componen, la cual implica, además de la ausencia de riesgos y amenazas físicas, la existencia de condiciones mínimas de ingreso, vivienda, salud, educación y otras necesidades básicas.11 Hoy en día percibimos como fuentes de inseguridad situaciones muy diferentes a las de ayer. Para los latinoamericanos la ausencia de seguridad se ve como:

Inseguridad económica, como producto del desequilibrio de nuestras estructuras sociales y económicas, de una mala distribución del ingreso, de la ausencia de condiciones mínimas de subsistencia de amplios sectores en nuestros países, del alto porcentaje de pobres en la región, casi doscientos millones. Inseguridad económica en la medida en que no logramos articular el proyecto de crecimiento económico con un desarrollo social y político.

Inseguridad social, producto del desempleo, de la pobreza, del aumento de la delincuencia, de la ausencia de oportunidades, de la destrucción del sistema ecológico, de la falta de cubrimiento de las necesidades básicas como salud, habitación, educación, de la dificultad para garantizar los derechos humanos.

Inseguridad política, como consecuencia de la fragilidad de la democracia , en la medida en que no avanzamos en las reformas necesarias, para asumir los problemas anteriormente mencionados y no logramos profundizar la democracia, consolidando la participación y la ciudadanía en la medida en que no están hechas las mediaciones entre el estado y la sociedad civil por la falta de modernización de los partidos políticos. Tenemos inseguridad política además por la falta de futuro para las mayorías y por las tensiones sociales no asumidas.

Inseguridad por narcotráfico y corrupción, es una de las variables más complejas y difíciles de erradicar. Requiere concentrar todos los esfuerzos necesarios, ya que no sólo degrada a quienes se comprometen en su proceso en cualquiera de sus instancias, sino que se proyecta sobre el conjunto del sistema político de una nación y afecta sus "instituciones, valores, sistemas jurídicos decisorios" y genera una desconfianza mutua en la comunidad que tiende a desarticularla.

No es posible combatirlo sólo desde el estado, la fuerza pública y las Fuerzas Armadas. Se requiere de la cooperación y compromiso de la ciudadanía, de su capacidad de ejercer control y exigir transparencia en la administración de los recursos y del desarrollo de una fuerte ética pública. Sin embargo, los esfuerzos nacionales no son suficientes. Se requiere de un esfuerzo integrado en la región y de un compromiso internacional.12 En la reciente Cumbre Presidencial se señaló que una opción paralela a las medidas planteadas sobre esta problemática, es la "necesidad de políticas sociales y de desarrollo alternativo, a fin de garantizar vidas dignas para las poblaciones afectadas, junto a un proceso educativo renovado." 13 Inseguridad medio ambiental, en la medida en que en países como los nuestros la pobreza ayuda al deterioro del medio ambiente, junto con otros factores, siendo preocupante la prospectiva. Pese a que en la región han comenzado a generarse leyes de protección del medio ambiente, no estamos en el camino de un desarrollo sustentable, que en palabras simples significa "tratar de cubrir las necesidades de la generación de hoy sin poner en peligro a las generaciones futuras"14 Asumiendo la "seguridad humana" planteada por el PNUD y reforzada en esta Conferencia por Gregorio Mac Gregor, debemos recordar que surgió con el Informe sobre Desarrollo Humano en 1993, planteando que se debe "apoyar la seguridad de las personas y no únicamente la de las naciones (...) El concepto de la seguridad debe cambiar, de un énfasis exclusivo en la seguridad nacional a un énfasis mucho mayor en la seguridad de la gente; de una seguridad a través de armamentos, a una seguridad sustentada en el desarrollo humano; de una seguridad territorial a una seguridad alimentaria, laboral y ambiental." 15

En este sentido, el objetivo del desarrollo supera los indicadores estadísticos de progreso social y económico, para acoger como fundamental a la calidad como su objetivo central.16 Las amenzas a la seguridad humana son las mismas mencionadas para la seguridad democrática regional.
Los elementos de la seguridad democrática regional
Los elementos de la seguridad democrática regional están, por lo tanto, en el sector político, en el desarrollo de instituciones democráticas fuertes y estables bajo sistemas constitucionales con el total respeto de los derechos humanos, como elemento básico de seguridad personal y como una real y plural participación de la sociedad civil. El desarrollo de las economías debe estar centrada en la satisfacción de las necesidades básicas de su población, la eliminación de la pobreza, la expansión económica y la modernización, tanto de la economía interna como de la inserción internacional. En el aspecto social urge la solución a los problemas ambientales, culturales, sanitarios básicos: urbanización, vivienda, salud y educación como prioridades de alto nivel.

Otro factor que debe destacarse entre los elementos de la seguridad democrática regional es el esfuerzo por la integración económica y política, ya que la fragmentación de la región no le permite un adecuado manejo de ventajas y desventajas ante el nuevo orden internacional.

No es posible una integración efectiva sin cooperación política regional. Fortalecer la paz y la seguridad en el plano internacional significa desarrollar una política exterior que no se base en la desconfianza o la confrontación sino en la interdependencia y la cooperación. Supone diversificar los elementos de la política exterior dando más importancia a los recursos jurídicos, diplomáticos y de cooperación exterior, que al plano militar, en el entendido de que éste sólo tiene validez como elemento disuasivo frente a eventuales ataques externos y no como instrumento válido para la promoción de políticas.17 Un ejemplo significativo en el caso de la integración es la reciente declaración del vice Canciller argentino Andrés Cisneros, quien sostuvo que "las tropas de Argentina y de Brasil, los socios mayores del MERCOSUR, podrán tener un mando único en el futuro", siendo respaldado por el titular de la casa militar de la presidencia de Brasil, General Alberto Cardoso, quien a su vez expresó que es posible que en el futuro, a mediano plazo, haya integración militar formal en el continente", dando por concluida la hipótesis de conflicto con el vecino, vigente por más de ciento cincuenta años.

Uno de los aspectos más relevante es el reconocimiento de la necesidad de dejar de ver al vecino "como hipótesis de conflicto" y redefinir la misión de las Fuerzas Armadas, junto con la aceptación de las dificultades de Argentina y Brasil para avanzar en la integración económica. "En la Escuela Superior de Guerra se sigue enseñando que los dos países eran potenciales enemigos", como lo expresara el Viceministro de Relaciones Exteriores de Argentina, señalando que hasta ahora, "el área de defensa había colaborado con el proceso de integración "por omisión", evitando considerar al otro país como enemigo, pero que a medida que avanza la integración esto ya no es suficiente y es necesarios hacer proyectos defensivos comunes.18 Otro elemento significativo ha sido el desarrollo de una acción colectiva en favor de la democracia tanto a nivel internacional como particularmente en los países de la región. La democracia pasa de ser evaluada como un componente clave de la seguridad y esto se refleja en casi todas las declaraciones de los organismos regionales , como de otras instancias no formales como las seis cumbres presidenciales, el MERCOSUR, el Grupo de los Ocho, etc.

Los conceptos de democracia, gobernabilidad democrática, paz, integración, desarrollo y seguridad democrática van hoy estrechamente unidos. No se trata sólo de seguridad individual sino colectiva, integral, que sólo puede ser construida a partir de la participación ciudadana en diferentes niveles y con ditintos mecanismos por parte de todos los sectores de cada una de nuestras naciones, renovando sus papeles; esto incluye naturalmente a las Fuerzas Armadas.
La relevancia de la democracia y la gobernabilidad democrática
La defensa y promoción colectiva de la democracia en la región ha sido permanentemente postulada a lo largo de la historia, hasta concretarse en el "derecho a la democracia" en el sistema interamericano. Fue ratificado por el compromiso con la democracia, firmado en la Asamblea de Ministros de Relaciones Exteriores de la OEA en 1991, o en la "cláusula democrática" de Mercosur que estipula que cesará en sus derechos y obligaciones el estado que interrumpa su democracia y sólo recuperará su estatus cuando la restituya, o en el apoyo que ha recibido explícitamente en el Grupo de Río, el Grupo de Contadora, o en las Cumbres de Presidentes, por nombrar algunas instancias.

Sin embargo hay una claridad relevante. Hemos aprendido que la democracia puede ser defendida desde el exterior, pero sólo es viable desde una auténtica vocación y convicción democrática. Sólo puede ser desarrollada y consolidada desde el interior, desde el compromismo de la propia ciudadanía.

La democracia debe hacer realidad el derecho de la autodeterminación de los pueblos y las personas en todos los ámbitos de la vida. La organización social solidaria aparece como respuesta para corregir la distorsión provocada por la absoluta libre competencia. Hay que coordinar la igualdad de derechos con la igualdad real de oportunidades.

La democracia debe convertirse en motor de la sociedad civil organizada y solidaria. La democracia más que un modelo es un principio o un conjunto de principios orientadores de un sistema político y social. El concepto, como factor de humanización implica la solidaridad como función clave. Los hombres se vuelven libremente responsables y solidarios por las justas aspiraciones de los demás. Hoy, a fines de siglo, la democracia aparece como un valor histórico en sí mismo y aunque sus logros pueden no ser permanentes, éstos se preservarán en la medida en que el proyecto democrático se adecúe a la realidad histórica y a sus desafíos.

La legitimidad del proyecto democrático descansa en gran medida en las posibilidades de la sociedad civil de expresar su voluntad a través de los diversos canales o instancias de participación. A mayor capacidad de decisión y de gestión de la sociedad civil, mayor es el grado de legitimidad y de estabilidad del sistema. En este sentido se entiende por gobernabilidad democrática: "La capacidad de los gobiernos y demás actores de los países de la región para abordar el reto sistemático de la democracia, del mercado y de la equidad"19 Lo significativo de este concepto es el tránsito paulatino que debemos realizar desde la gobernabilidad sistémica, generada desde arriba y en forma funcional al sistema, a una gobernabilidad democrática que se genera desde abajo con la ciudadanía, en la medida en que se han realizado, o al menos están en desarrollo las reformas necesarias para aproximarnos a una democracia participativa con capacidad de un desarrollo más integral.

La participación ciudadana es una variable básica para el desarrollo de una democracia participativa. "Un sistema de representación política funciona y se legitima en la medida en que reposa en una base de participación organizada de los ciudadanos. Participar significa tener una voz en el debate público en aquello que les compete, ocupar un lugar en la mesa de negociación con la autoridad política, y tener parte en su evaluación y control. Es por ello que el tema de la participación se encuentra estrechamente ligado al de la descentralización del Estado."20 Para que la ciudadanía se estructure como tal , el requisito es configurar una cultura democrática y una cultura de la paz. La cultura democrática no es un hecho natural sino un producto histórico que requiere de un trabajo permanente de los actores, con el apoyo de las instituciones y particularmente de la educación para la democracia, de la educación ciudadana, que permita el consenso sobre las reglas del juego y genere progresivamente un mayor consenso sobre los valores a nivel de la comunidad.

Se puede avanzar hasta un cierto punto en cierta homogeneidad de la cultura política frente a sus elementos constitutivos, como los valores de la dignidad de la persona, la equidad, la libertad y la vigencia comun de derechos y obligaciones. El ámbito propio de la cultura política es aquel en cuyo horizonte se perfilan y destacan los fines, los principios y los valores. Desde allí se conforman las grandes líneas directrices por las que discurre el caminar de la sociedad, las cuales se traducen en orientaciones para la acción colectiva.21 Los grandes retos de la democracia, de la gobernabilidad democrática y de la seguridad democrática pasan por las reformas políticas e institucionales necesarias para hacerlas viables: Reforma del estado, descentralización, modernización de los partidos políticos, renovación del parlamento, reforma de la justicia, fortalecimiento del estado de derecho, lucha contra la corrupción, fortalecimiento de la sociedad civil y consolidación de los espacios para la participación ciudadana, así como reformas sociales y económicas que hacen posible un desarrollo con equidad.

En este sentido la "seguridad humana sustentada en el desarrollo humano" está estrechamente vinculada con la seguridad democrática integral, en la medida en que no puede garantizarse a menos que podamos garantizar esta última. Para hacerla viable precisamos de una democracia participativa que pueda desarrollar una gobernabilidad y una seguridad democrática integral, construidas con participación de la ciudadanía, que a su vez garantice un desarrollo humano sustentado en la seguridad humana, cuyas amenazas son hoy las mismas que las de la seguridad democrática integral, en la medida en que las dos se centran en la persona y en su dignidad. Sin que sean sinónimos, porque la seguridad democrática integral articula a la persona (seguridad humana) con el propio sistema democrático.

No es conveniente separar el concepto de seguridad humana del sistema político que puede garantizarla. La democracia es más que un instrumento y pasa a ser una conceptualización englobante necesaria para el desarrollo social, político y humano de la persona.
La incidencia de la seguridad en la historia de la región
Como señaláramos al iniciar, la lectura del "vecino en clave de enemigo potencial" ha marcado muchos aspectos de nuestra historia, tanto en los hechos mismos como en la propia clave de la lectura histórica de cada uno de nuestros países, desde nuestra independencia.

Durante el período histórico de la G.F., por sus características de confrontación y por todas sus implicaciones sociales, políticas y económicas, hubo un freno para un auténtico desarrollo democrático en la región, por las limitaciones que sufren los actores políticos,sociales y económicos y porque la seguridad misma estaba determinada por la seguridad militar o nacional. El trabajo histórico no fue ajeno a este contexto y sin duda nuevamente vimos limitadas sus perspectivas en los aportes y comprensión de nuestra realidad regional.

Por otra parte, el fenómeno se convierte en un obstáculo real para la integración en la región y para la negociación de los conflictos, debido a las posiciones excluyentes y a la fuerza de las ideologías confrontadas, que impiden un desarrollo democrático.

Hacia fines del siglo veinte nos encontramos con una fuerte vocación democrática no carente de significativas dificultades para consolidar los procesos, pero con un grado de convergencia que promete mejores alternativas para nuestras sociedades, para la región y para el sistema internacional. Esto se logra si nos abocamos juntos a construir soluciones a los problemas fundamentales que nos aquejan.

Así como ayer la seguridad obstaculizó el desarrollo democrático y socio económico, hoy su concepción democrática integral nos plantea un dificil pero relevante desafío, en la medida en que lograrla significa conquistar también el camino al desarrollo integral. Su incidencia en el quehacer histórico es una posibilidad de hacer dinámica una comprensión abierta y plural de nuestros procesos y realidades, y converger hacia una integración regional sustentada en la cultura democrática, garantizando la primacía de las personas y una cultura de la paz.

La enseñanza de la historia tiene connotaciones significativas como queda estipulado en el documento base de esta Conferencia. Al ubicarla en este nuevo contexto, tiene posibilidades de convertirse en un ámbito de aportes significativos para el futuro de cada uno de nuestros países y para la región, en la medida en que nos ayude a fortalecer las identidades nacionales, para converger hacia una instancia colectiva regional tan anhelada desde los comienzos de nuestra vida republicana.

La democracia participativa, la cultura de la paz, la seguridad humana inserta en la seguridad democrática integral, la posibilidad de poner la economía al servicio del desarrollo de la región, no son posibles sin un aporte relevante de la historia como ciencia y de la enseñanza de la historia desde las perspectivas actuales, fortaleciendo el ámbito de las personas.

Será clave también este papel de la historia a través de su creación, recreación y enseñanza, en la configuración de una conciencia histórica adecuada a los desafíos del nuevo milenio. Esta conciencia histórica renovada debe contribuir a que las personas reconozcan su papel como sujetos de la historia y abrirse a las nuevas dimensiones del cambio que nuestras naciones precisan para proyectar sociedades justas, solidarias en una cultura democrática y de paz, con dinámicas más creativas en la participación de la sociedad civil.

DEBATE

Moderador
Antonio Luis Cárdenas
Ministro de Educación de Venezuela

El general Bonett se refirió a la seguridad democrática y señaló una serie de aspectos muy importantes sin los cuales ésta no puede existir. Quisiera agregar uno más, que está implícito en su exposición y en todo lo que hemos dicho en el día de hoy: No puede haber democracia si no hay una educación de calidad para todos; si no se forman verdaderos ciudadanos es muy difícil que funcione la democracia.

El coronel Ayoroa señaló una vez más la chocante diferencia que existe entre ricos y pobres. No podremos acortar esa brecha entre ricos y pobres si no damos una educación de calidad para todos por igual; no como se dijo en alguna intervención, que debe ser una educación de calidad para unos pocos y una educación sin calidad para muchos, porque esto aumentaría las diferencias.

Quisiera recordar una frase del maestro Simón Rodríguez. Inmediatamente después de los procesos de independencia, él reconocía que habíamos logrado la independencia política pero que eso era sólo una parte, se lo decía al Libertador y lo promulgó en algunos escritos cuando exclamaba: "Republicanos, formad muchachos si queréis tener república". Podría utilizar las mismas palabras modernizándolas un poco: "Ciudadanos, formad muchachos si queréis tener un democracia efectiva".
Enrique Ipiña Melgar
Bolivia

Esta tarde se ha tocado un tema de gran importancia y de mucha sensibilidad en la conciencia democrática y en general en todos los países de América Latina y se ha tratado con profundidad y altura. El tema gira alrededor de una especie de distinción que tal vez no conviene que se la siga viendo como tal. Desde mi punto de vista no se debería separar el concepto de la seguridad nacional del concepto de la preservación de la democracia.

En ese sentido la ponencia de María Antonieta Huerta fundamenta más adecuadamente la situación, porque la distinción entre seguridad nacional y preservación de la democracia es lo que puede llevar, como de hecho ha llevado muchas veces, a salvar el país liquidando la democracia. Esto es algo que deberíamos definir con mucha claridad.

Si queremos preservar la paz y promover la integración, no sólo es cuestión de historia sino también de formación democrática y cívica, de formación en derechos humanos y en derechos civiles.

Para la preservación de la democracia y de la integración no sólo hay que mirar al pasado sino sobre todo, al futuro. Esto implica formación de valores y de criterios. Lamentablemente la experiencia del pasado nos muestra que estos dos conceptos de seguridad nacional, por un lado y de preservación de la democracia por el otro, han sido comprendidos separadamente. Quiero insistir que no los podemos tratar por separado: En el momento en que se atenta contra la constitucionalidad republicana de nuestros países, en ese momento no hay ni país ni democracia.
Adrián Bonilla
Ecuador

A propósito del tema de autoridad democrática pienso que hay dos maneras de interpretar el concepto: Una es suponer que la seguridad democrática se construye alrededor de la protección de las instituciones y procedimientos, que denotan la existencia de una democracia en un Estado. La otra posibilidad es que seguridad democrática esté referida no a las instituciones o a los procedimientos sino a las personas. Hablar de seguridad democrática implica hablar de garantía de participación en los procesos de toma de decisiones, de representación de intereses plurales. Exige rendición de cuentas y responsabilidad.

Supone tener claro el problema del patrimonialismo y del clientelismo con formas corrientes de acción política en América Latina que evidentemente crean condiciones de inseguridad si nos referimos a los conceptos de seguridad democrática.

Por otro lado, es necesario precisar cuáles son las dimensiones y los límites de la seguridad, porque no podemos colocar en un cajón todos los problemas sociales y catalogarlos como problemas de seguridad.

Los alcances de los conceptos tradicionales pueden ilustrar la situación. Por ejemplo, el problema del narcotráfico para los Estados Unidos, no para los países andinos, es un problema de seguridad nacional. Así fue declarado en 1982 y ha sido tratado con militares, con policías, con medidas de control e interdicción. Pero ¿es un problema de seguridad nacional? ¿No se puede representar el narcotráfico como un problema de salud pública? Si lo fuese, quienes combatirían el narcotráfico serían los médicos, las enfermeras, los hospitales y los programas de salud pública. Habría que diferenciar entre consumos adictivos, consumos conflictivos, consumos recreacionales y habría que establecer también los distintos tipos de drogas. Posiblemente este tipo de acercamiento habría neutralizado el impacto en la sociedad norteamericana y habría significado mucho menos para América Latina.

Hay que reflexionar sobre el concepto de seguridad, precisar cuál es el problema y los alcances de sus políticas, de lo contrario si cualquier cosa es seguridad, en un régimen con tendencias autoritarias definitivamente implicaría todo lo contrario a lo que es democracia.
Guillermo Bustos
Ecuador

Hemos hecho mucho más énfasis en la discusión sobre la integración y la cultura de la paz y hemos hablado poco sobre los problemas de la enseñanza de la historia y la relación que tiene con la temática que aquí nos convoca.

Me pregunto: ¿Esto significa agregarle un objetivo más, que vaya a situarse como un aspecto formal a los currícula de cada unos de nuestros países, o efectivamente lo que estamos discutiendo aquí es cómo renovar la enseñanza de la historia en términos curriculares en cada uno de nuestros países? Ahí el problema ya no es de tipo formal sino sustantivo.

Para ser coherente con la apreciación anterior, que quizás puede sonar disonante en medio de esta interesante discusión sobre la cultura de la paz y la seguridad democrática, quisiera retomar un aspecto que mencionaba en su intervención el general Manuel José Bonett, cuando caracterizaba la cultura de la paz. El mencionaba la posibilidad de caminar hacia una narrativa unificada del pasado. Este me parece que es un aspecto interesante que no debemos dejar pasar.

Creo que se puede reflexionar sobre el tema enlazándolo con algunos elementos que ya se habían mencionado. Por ejemplo, las historias patrias, que mencionaba Enrique Ayala, las historias nacionales en un contexto de globalización e integración ¿qué papel pasan a jugar? Menciono esto porque las historia patrias en buena medida representan un esfuerzo acabado por establecer narrativas unificadas de nuestro pasado. Este aspecto me parece problemático y digno de discusión: ¿En qué medida la búsqueda de estas narrativas unificadas del pasado choca con la nueva situación de globalización, de integración, en la cual emergen una serie de identidades, de nuevos agentes sociales que reclaman un lugar dentro de esta narrativa unificada? ¿Cómo poder procesar y a través de qué medios se pueden establecer los disensos?

Una opción es comprender que la historia es un ejercicio dialógico en profundidad. En ese sentido pienso que no importa tanto empezar a pensar en términos de contenidos sino en términos de procedimientos. Aquí es donde entra la reflexión propiamente pedagógica: Ir hacia una nueva epistemología de la enseñanza de la historia. La experiencia española de la Universidad Autónoma de Barcelona, con el profesor Carre y todo el ejercicio pedagógico que se ha generado a su alrededor, nos lleva a valorar varios elementos como, por ejemplo, la posibilidad de que la historia desarrolle la capacidad de pensamiento relativo en los estudiantes. Esta opción encajaría con los mecanismos que podrían utilizarse para enfrentar los conflictos y disensos para que los alumnos puedan construir una memoria sobre el pasado

¿Cómo vincular toda la discusión que aquí nos convoca, con los aspectos sustanciales de la enseñanza de la historia?
José Luis Paine Chile

Como representante de la Comisión Suramericana de Paz, les quiero contar que el análisis de esta concepción de seguridad democrática integrada surge en 1987 en un contexto internacional y latinoamericano totalmente distinto al de hoy. En esa fecha, las doctrinas de la seguridad nacional implicaban, de alguna manera, la no democracia; implicaban una frontera ideológica y una definición de enemigos internos. Hoy la situación es totalmente distinta. Ya no me atrevería a hablar de enemigos internos sino de amenazas a la seguridad que vienen quizás de elementos tan comunes como son las explosiones sociales. Hay situaciones sociales hoy, que representan fuertes amenazas para la democracia en la región.

Por lo tanto, cuando hablamos de una concepción democrática de seguridad nos referimos específicamente a la necesidad de definir cuáles son los elementos que nos pueden ayudar a formular una nueva concepción de seguridad. Hoy se ha iniciado en Quito, con el auspicio del Instituto de Relaciones Europa Latinoamérica, IRELA, y del Grupo de Río, un seminario para discutir la nueva formulación del concepto de seguridad.

Quiero destacar un elemento crucial para el tema de la seguridad en la región. Hace unos meses, Brasil y Argentina crearon un comando militar conjunto, situación que hace diez años hubiera sido inaudita. Hoy el marco de seguridad regional lo permite. La cooperación política posibilita esta cooperación militar.
Felipe Mac Gregor. S.J.
Perú

Al general Manuel José Bonett quiero hacerle una pregunta simple en su formulación pero compleja en su contenido. Usted hablaba de cómo la seguridad democrática era seguridad y era democracia y que para defender la seguridad, la función de las Fuerzas Armadas era defender la integridad territorial y el orden constitucional.

En mi país ha habido una larga tradición de esa función tutorial de la fuerza armada sobre el Estado y esto ha llevado a constituir a la fuerza armada como un poder distinto a los poderes establecidos en la Constitución, no porque ellos formalmente lo quieran, sino porque la dinámica de las cosas los ha forzado a ello. Esta cláusula se ha suspendido de las constituciones; me extraña oír que en la Constitución colombiana sí exista. Esta cláusula existió en todas las constituciones del Perú hasta 1980, pero desde la Constitución del 80 ha desaparecido y aún la del 93 no la ha restablecido, porque desde el momento en que el ejército o la fuerza armada se constituye en el defensor del orden constitucional, está de alguna manera por encima del orden constitucional.

Quisiera saber si ustedes alguna vez han tenido algún tipo de experiencia al respecto, o si esta duda que nosotros hemos tenido y que ha llevado -a una persona que no es ni político, ni militar sino un simple estudioso de esos asuntos- a los políticos y a los militares a cambiar el texto, o los textos constitucionales anteriores, para suprimir precisamente esa frase.
Pedro Escalante
San Salvador

Quisiera llamar la atención sobre el documento de la Declaración del Foro Militar Centroamericano para la Cultura de Paz, que surgió como producto de una reunión en San Salvador, en junio de 1996, de los ministros de defensa y comandantes de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Respeto la institución armada, pero reconozco que no siempre los ejércitos centroamericanos han sido un modelo para seguir.

Un documento de esta naturaleza, que está auspiciado por la UNESCO, dice cosas como, por ejemplo: "Declaramos nuestro propósito de contribuir a que en Centroamérica se fortalezca una cultura de paz y que este concepto de cultura de paz implique también un espíritu de respeto y aceptación recíproca entre las culturas, las ideologías y las creencias" Creo que un documento firmado por cuatro ministros de defensa centroamericanos es algo que hay que tener en cuenta y que hay que recalcar, sobre todo porque está firmado por el ministro de defensa del Salvador y el ministro de defensa de Honduras, que ustedes saben que si alguna página en la historia nuestra es vergonzosa, es la guerra que tuvimos con Honduras en 1969 y que que ha sido llamada "la guerra del fútbol". Es una guerra de la cual todavía no se ha escrito correctamente qué fue lo que sucedió, pero es una página vergonzosa para nosotros y nos ha causado mucho daño y muchas cicatrices que no han terminado de arder.

Quiero llamar la atención sobre este documento porque es un logro de Centroamérica, de la UNESCO y un logro de los objetivos que nos reúnen en esta Conferencia. Esta declaración del Foro Militar Centroamericano para la Cultura de Paz en el ámbito centroamericano, excluyendo Costa Rica que no tiene ejército, es excepcional y encomiable.
Augusto Ramírez Ocampo
Colombia

La seguridad nacional es hoy un estereotipo a nivel internacional, significa, ni más ni menos, una construcción con el ánimo de combatir al oso moscovita. Así surgió, así se desarrolló, porque en ese entonces, América Latina a partir de la reunión de Montevideo pensó que la fuerzas del mal coligadas imperialmente debían acabar con el concepto de América para los americanos.

La seguridad nacional como concepto me parece bien, pero creo que es oportuno ir a la tesis de la seguridad democrática en los términos en que ha sido definida, tanto por el mayor general Manuel José Bonett como por María Antonia Huerta. En esa dimensión me complace, como a Pedro Escalante, la declaración de los ministros de defensa de América Central. Estuve presente en esa reunión y puedo decirles que ellos no sólo firmaron el documento sino que lo hicieron. Fue un proceso de elaboración admirable dado que muchos no se conocían entre si. Eran ejércitos que habían estado enfrentados y con concepciones evidentemente distintas.

La decisión nació precisamente del Tratado de Seguridad Democrática suscrito por sus presidentes y a raíz de las reuniones hemisféricas de ministros de defensa que hubo en los Estados Unidos en Williamsberg, y en Argentina. Fueron reuniones que incorporaron una filosofía que indica que hoy, las fuerzas armadas del continente han asimilado plenamente estas ideas.

Tengo una observación respecto a lo que dijo el padre Felipe Mac Gregor, porque en cierta forma es un enjuiciamiento directo a quienes estuvimos elaborando la Constitución del 91 en Colombia. Nuestras Fuerzas Armadas son muy profesionales. Es bueno recordar que en Colombia no ha habido sino dos golpes de cuartel en su historia: El primero en 1853, del general José Hilario López y cien años después, el de 1953, del general Rojas Pinilla que alguno de nuestros patriarcas definió en ese entonces, no como un golpe de cuartel sino como un golpe de opinión, porque la situación del país prácticamente invitó a los militares de la manera como el padre Felipe Mac Gregor indicaba que había ocurrido, pero en el caso del Perú.

Cuando los colombianos elaboramos la Constitución no tuvimos ningún reato en entregarle a las Fuerzas Armadas la defensa del orden constitucional porque ese ha sido su papel durante los muy largos años de existencia republicana.

Discrepo de la observación que se hace al definir la situación colombiana de una manera tal, que solamente pueda curarse a base de fuerza. Yo he estado trabajando exactamente en la dirección opuesta, con el convencimiento profundo que la única manera como Colombia puede superar los problemas no es sobre la base de más fuerza. Creo que en este caso no funciona la norma romana con respecto a las vacunas en que la manera de contrarrestarlas es con más de lo mismo. Yo no creo que la violencia se pueda combatir ni curar con más violencia.

Soy testigo presencial, algunas veces actor, que me permite ser optimista con respecto a las posibilidades enormes que tiene el diálogo, la negociación, el intercambio de opiniones, que indican que las distintas opiniones que se expresan no están tan alejadas y son perfectamente compatibles.

Yo creo que la situación colombiana no puede curarse con más violencia sino sobre la base de una negociación, de una solución política negociada que ponga sobre la mesa las enormes dificultades que hemos vivido, pero que estoy seguro que podrán resolverse en ella, aunque no sea fácil, aunque el proceso sea largo y espinoso. No fue ni más difícil, ni más largo, ni más profunda, la guerra que tuvieron en El Salvador o la que tuvieron en Guatemala, la que vivimos en Angola, o la que hemos vivido en Mozambique o en Cambodia.

La aceptación de que es posible esa fórmula es lo que en el futuro hará posible también terminar con la situación de violencia. Estoy seguro, eso sí, que con más violencia no acabaremos con ella. En Colombia ya aplicamos esa terapéutica de la guerra integral; la aplicó el presidente Gaviria con el impuesto de guerra, con el bombardeo a Casa Verde el día que nos estaban eligiendo en la Asamblea Nacional Constituyente y cuando él acometió esa acción había alrededor de 160 municipios colombianos con influencia directa o indirecta de la guerrilla. Cuando el presidente Gaviria salió, después del decreto de la guerra integral y de haberla practicado, en Colombia había más de 500 municipios a los que les habían a vacuna; así que esa vacuna y esa solución no me convencen.
Diego Rivadeneira
Ecuador

Quiero rescatar un criterio expresado por el general Manuel José Bonett que me pareció muy interesante. Me refiero a la construcción de las agendas comunes antes de la solución de los conflictos. Este criterio es válido para la relación entre los diferentes nacionales, o entre estos con el gobierno central y para las relaciones entre los Estados. El proceso es claro, hay que buscar el establecimiento de agendas comunes, incentivar el intercambio entre los pueblos o entre los sectores nacionales, como método para fomentar la confianza mutua y la transparencia de las relaciones, con el fin de crear un clima necesario para la solución de los problemas pendientes.

Recalco esto porque hay esquemas estratégicos militares que sostienen lo contrario y dicen que el proceso es inverso, que primero hay que solucionar el problema para luego preocuparse por la relación entre los pueblos o entre los sectores nacionales, lo cual me parece un absurdo.
Antonio Luis Cárdenas
Venezuela

Yo también estoy de acuerdo con lo que ha expresado el canciller Augusto Ramírez Ocampo. En Venezuela hemos tenido experiencias de esta naturaleza. Tuvimos guerrilla urbana y guerrilla rural y se crearon cuerpos antiguerrilleros, un ejército especial para combatir la guerrilla y lo único que logramos con ello fue aumentarla. Posteriormente, en el primer mandato del presidente Rafael Caldera, él llamó a la concordia, a la paz, a la reconciliación y se logró.

Hoy en día, como un buen ejemplo tenemos tres de los más importantes jefes guerrilleros en el gabinete, uno de ellos se dirigió a ustedes: Pompeyo Márquez; otro es Teodoro Pecoff, que lidera junto con sus colegas del gabinete toda la transformación económica del país; el otro es Simón García quien es el Ministro de Relaciones entre el Ejecutivo y el Congreso. Con la conciliación, el acercamiento y las conversaciones, se logró mucho más que con las balas. No quiero interpretar lo que sucede en otro país y en particular en Colombia donde las cosas aparentemente son más complejas, porque además de la guerrilla ideológica está el narcotráfico, la violencia, etc. Pienso que por la vía del convencimiento y del acercamiento se puede lograr mucho más que por el lado de la violencia y la confrontación.
Mayor General Manuel José Bonett
Colombia

Afortunadamente Augusto Ramírez Ocampo es responsable de que nos toque a nosotros cuidar el orden constitucional porque fue constituyente y me salvó de la parte más delicada porque no soy muy experto en el régimen jurídico. Pero basado en mi experiencia sí puedo decir que la sociedad colombiana no tiene motivos de recelo contra las Fuerzas Armadas en su papel de defender el orden constitucional

En mi larguísima carrera militar no conozco un golpe de Estado, ni un golpe militar. Desde la época del presidente Guillermo León Valencia, han hablado de golpes de Estado. Desde que yo comencé a leer las editoriales de los periódicos, todos los días hablan de tumbar al Presidente de turno. Es una práctica común entre los editorialistas y los comentaristas políticos y aún no he visto caer a ninguno. La sociedad colombiana recibe toda clase de críticas negativas y nosotros como aparato represivo del Estado -sin decirnos mentiras, eso es lo que somos- o como brazo armado de la sociedad, nunca nos hemos excedido ni hemos ido contra el orden constitucional que nos indicaron que debíamos defender.

La Constitución nos da unas misiones fundamentales: defender la integridad territorial, la independencia nacional y velar por la seguridad nacional. En nuestra Constitución se juntan seguridad nacional y seguridad democrática en un solo concepto; integridad, independencia y soberanía se unen. Cuando la Constitución habla de defensa del orden constitucional, entramos también a hablar de la defensa de la democracia.

Defendemos el orden constitucional contra los agentes generadores de violencia. No somos los protectores del orden constitucional, no somos ni siquiera los guardianes del orden constitucional, porque en Colombia funciona solo y no tiene protectores, pero sí lo somos contra los agentes generadores de violencia, contra los enemigos de la sociedad que todos conocemos.

Por ejemplo, las elecciones en Colombia son un proceso traumático para nosotros porque la guerrilla le declara la guerra a éstas: secuestra, amenaza o mata candidatos, se roba, incendia las urnas, escribe graffitis por todo el país. A nosotros nos toca desplegar al ejército, a la policía y a la armada por todo el país para que la gente tenga seguridad y pueda votar. Eso es lo que hacemos legítimamente cuando estamos defendiendo el orden constitucional. De la misma manera, la guerrilla amenaza al Congreso, secuestra alcaldes y hace lo que puede para amenazar el orden y lo único con lo que cuenta la sociedad colombiana es con la fuerza pública para que la defienda y puede ejercer tranquilamente el derecho al sufragio. Cuando nosotros defendemos la marcha de las instituciones y el régimen institucional de Colombia, lo hacemos sometidos total e íntegramente al poder civil.
María Antonieta Huerta
Chile

Quizás en mi ponencia se quedaron muchas cosas sin aclarar, pero hay algo que es muy importante: La democracia participativa no se puede construir con una parte de los actores, dejando por fuera a otros. Por eso hay un aspecto en el que se habla del rediseño de las relaciones civico-militares. Cuando hablamos de una democracia participativa todos los actores de la comunidad nacional tienen que participar en su construcción.

Hay que redefinir los papeles de los diversos actores porque los que definió la cultura de la Guerra Fría no son coherentes con un proceso democrático y mucho menos con una democracia participativa. En ese sentido la seguridad democrática es responsabilidad de la sociedad, de la institucionalidad y de las Fuerzas Armadas.

Eso se observa en el ejemplo de Centroamérica que marca un hito muy relevante y muestra algo que la democracia participativa diría que es fundamental. Si aceptamos la diversidad y la legitimamos hay que articularla y la articulación de la diversidad va desde aprender en la vida diaria, hasta manejar procesos mucho más complejos para negociar y procesar los conflictos. Es la única manera de avanzar en consensos fundamentales. De otra manera seguiríamos teniendo papeles hegemónicos de unos u otros actores. La la única posibilidad es procesar el conflicto.

No tenemos experiencia en procesar conflictos. Estamos aprendiendo hasta ahora un mecanismo que, sin duda, frente a la diversidad es fundamental para que la democracia participativa sea viable. La sola negociación asimétrica no resolvería sino en forma táctica los problemas. La negociación asimétrica significa que tiene que haber procesamiento de fondo y eso es de mediano y largo plazo, no es algo que uno pueda lograr en el corto plazo.

En ese contexto se pueden responder muchas de las preguntas que se han hecho en este debate. La pregunta que se hacía sobre la historia, ¿qué relación tiene esto con lo que estamos trabajando? es fundamental y es cierto que la historia pasa por la crisis epistemológica. Si no replanteamos la forma en que conocemos la historia, en que generamos el conocimiento, no podemos lograr a fondo una transformación en la enseñanza. Las dos van unidas, como va unido el replanteamiento del sentido de la historia hoy día. Eso es lo que estamos buscando hoy y es mucho más complejo que la transformación de la enseñanza solamente.
Mayor General Manuel José Bonett
Colombia

Deseo aclarar el alcance del término "narrativas unificadas". Este se refiere estrictamente al entorno nacional; de ninguna manera aspiramos abarcar una narrativa latinoamericana. Lo que proponemos aquí es que la narrativa como aspecto fundamental esté edificada sobre un objetivo común: ¿Qué busca la sociedad, hacia dónde quiere ir, cómo quiere llegar allá?

Primero se define un objetivo común. Para que esa narrativa sea válida tiene que permitir analizar el pasado y compararlo con lo que buscamos en el presente. Si yo analizo la historia de Colombia durante los años veintes, por ejemplo, y digo durante los años veintes porque es una época en que Colombia vivió un período pacifico donde no hubo guerras, ni guerrillas, ni disturbios. Miramos cuáles fueron las variables que operaron en el país en ese momento para determinar si fueron las que nos permitieron este estado de paz. Si es posible hacer ese análisis, podríamos traer las variables al presente y mirar si se pueden acomodar o adoptar las variables anteriores para que la historia nos sirva para corregirnos. Ese es el sentido y el alcance del término de las "narrativas unificadas".
Jaime García Covarrubias
Chile

En Chile nos ocurrió una situación absolutamente distinta a la de Colombia. En 1973 llegamos a una crisis institucional. El gobierno asumió el 36,7% de los votos, intentó llevar a cabo un programa de gobierno que abarcaba una convocatoria mayor a la capacidad que tenía para lograrlo y hubo una sanción de dos poderes, el legislativo y el judicial, contra el ejecutivo. Faltó también un mecanismo propio del sistema institucional que regulara esa crisis.

Hoy en nuestro sistema institucional, las Fuerzas Armadas tienen el mismo papel que en Colombia, Brasil o España, con redacciones que pueden variar un poco para garantizar el orden institucional. Pero ¿dónde está el mecanismo que controla esta participación de las Fuerzas Armadas? Se creó una institución que es el Consejo de Seguridad Nacional y en él se encuentran representadas las Fuerzas Armadas y los otros poderes del Estado. Allí se produce una instancia que impide que las Fuerzas Armadas puedan actuar de facto.
  • 1 Rojas Francisco "América Latina en la Post Guerra Fría: nuevas oportunidades para la concertación estratégica." En La situación estratégica latinoamericana: crisis y oportunidades. Editores: Agustín Toro Dávila y Augusto Varas. Santiago FLACSO Universidad De Chile 1992.
  • 2 Cfr. Tomassini Luciano La política Internacional en un mundo postmoderno. RIAL 1991; Muñoz Heraldo Política Internacional en los nuevos tiempos. Santiago. Editorial Los Andes 1996.
  • 3 Augusto Varas, Isaac Caro Medidas de Confianza Mutua en América Latina. FLACSO, Stimson Center, SER. Santiago 1994; Isaac Caro Medidas de Confianza Mutua en Sudamérica Estudios Internacionales nº 109. Universidad de Chile. Santiago.
  • 4 Es necesario recalcar además que las soluciones militares son "soluciones de contención", que no resuelven los problemas de fondo. Son soluciones políticas las que se requieren para generar alternativas reales a los actuales problemas.
  • 5 Cfr. Muñoz Heraldo op. cit .
  • 6 Muñoz Heraldo op. cit. Cfr. Va Rigoberto Cruz Johnson y Augusto Varas F. Editores. Percepciones de amenaza y políticas de defensa en América Latina. FLACSO- CEEA Santiago 1993.
  • 7Fabio Castillo, Oriel Soto Universidad para la Paz: Propuesta: Declaración de Zona de Paz y Cooperación en Centroamérica y el Caribe. 1990 Costa Rica; y el documento entregado en esta conferencia: Declaración del Foro Militar Centroamericano para la Cultura de Paz. San Salvador 1996.
  • 8Documento final de la VI Cumbre de Presidentes. Santiago 1996.
  • 9Juan Somavía-José Miguel Insulza (compiladores) Seguridad Democrática Regional. Una concepción alternativa. Comisión Sudamericana de Paz y Nueva Sociedad 1990.
  • 10Huerta María Antonieta\Pacheco Pastene Luis Reflexiones sobre democratización y democracia participativa. Persona y Sociedad. Nº 1-2. 1994; Alain Touraine El regreso del sujeto. Paidos Buenos Aires 1987.
  • 11Quiséramos aquí recoger la sugerencia del P.Mc Gregor sobre "seguridad humana" como elemento central de la seguridad, sustentado en lo propuesto por el PNUD, lo cual compartimos plenamente.
  • 12Santiago Escobar Sistema democrático y gobernabilidad. Documento base del Seminario Internacional Transición y Gobernabilidad Democrática: La experiencia regional.Costa Rica 1996.
  • 13 VI Cumbre Presidencial op. cit.
  • 14Gustavo Lagos Matus Patologías del sistema internacional. Instituto de Estudios Internacionales. Universidad de Chile. 1996.
  • 15 PNUD Informe sobre Desasrrollo Humano. 1993. Madrid CIDEAL 1993.
  • 16 Puchala Donald y Blachman Morris Las organizaciones internacionales y la seguridad humana en América Latina en Olga Pellicer compiladora: La seguridad internacional en América Latina y el Caribe contemporáneo. Universidad de Naciones Unidas e Instituto Matías Romero de Estudios Diplomáticos. México 1995.
  • 17 Heraldo Muñoz: Política Internacional de los Nuevos Tiempos. op.cit.
  • 18 La Epoca, domingo 10 noviembre de 1996.
  • 19 PNUD-Presidencia de la República de Chile, Cooperación Política para la Gobernabilidad Democrática. Santiago 1996.
  • 20 PNUD ibid. 21Ibid. -31-