LA CONSTRUCCIÓN COLECTIVA DE LA HISTORIA
TRES ENFOQUES SOBRE SOCIEDAD Y PAZ:
MUJER, ESCRITORES Y PERIODISTAS

Expositores:
Pedro Rivera. Director de la Cinemateca de la Universidad de Panamá Arturo Guerrero. Periodista, Colombia Luisa Angélica Sherezada Vicioso. Historiadora, socióloga y escritora. República Dominicana

Moderador:
Alejandro Alfonzo. Consejero Regional para las Comunicaciones, UNESCO

Una historia para recuperar el tiempo perdido



Pedro Rivera Ortega

¿Cómo describiría un historiador extraterrestre hoy todo lo que ocurrió en este continente desde que llegaron los españoles hasta nuestros días? Hablaría, imagino, de cómo ciertos humanos, llamados europeos, apoyados en tecnologías bélicas más desarrolladas, diezmaron, subyugaron y obligaron a los habitantes de otros territorios no sólo a servirles sino a cambiar sus costumbres y creencias.

Agregaría que de África, territorio más o menos similar al que llamaron América, trajeron esclavos para garantizar la explotación de las minas y de algunos rubros agrícolas, pecuarios e industriales. Diría, además, que en los territorios ocupados crearon instituciones y modelos culturales a su imagen y semejanza, con las modificaciones privativas de toda adaptación.

Más tarde, por diversas razones entre las que privó el control de las riquezas, los descendientes de esos europeos, se emanciparon con el apoyo de una casta bastante numerosa de pobladores híbridos llamados mestizos, producto de los intercambios genéticos que se produjeron a lo largo de esos tres primeros siglos de ocupación.

Algunas colonias de los habitantes originales del continente, llamados indios por los recién llegados, lograron sobrevivir hasta hoy en zonas montañosas y selváticas hasta hoy en día. Reductos africanizados, muy numerosos en algunas regiones, ocupan la periferia de las zonas urbanas y las costas marítimas.

El supuesto historiador extraterrestre podría agregar que los procesos de mestizaje y sincretismo cultural son cada vez más complejos en esta parte del mundo, debido al intenso flujo migratorio europeo y asiático, a la comunicación instantánea y al poder "homogeneizador" del mercado y de los mass media.

Esta sería, palabras más, palabras menos, la información que recabaría un viajero espacial en los archivos históricos terrestres. Es la historia oficial.

A nuestro juicio, los hechos no son tan simples ni maniqueos como las percibiría este supuesto historiador extraterrestre. Los procesos históricos realmente son menos diáfanos y mucho más complejos; no se engendran como actos, ordenadores de la nada porque el punto de partida de todo suceso se codifica de antemano por el origen de los protagonistas aún antes de que suceda y se ajusta irremediablemente al sistema de valores que le sirve de sustento.

De lo que no cabe la menor duda es que en toda confrontación, dentro de cualquier escala de valores conocida, unos ganan y otros pierden. Y uno de los problemas por resolver es que los que perdieron, no pierdan para siempre. Una historia acrítica y triunfalista hace víctimas a los seres humanos por partida doble: pierden primero en el campo de batalla y luego en la conciencia colectiva.

El vencido no sólo debe asumir la derrota sino congratularse con los vencedores. La reciente invasión a Panamá es un ejemplo my cercano de primera mano para investigar la dinámica de este fenómeno.

Con toda razón se dice que la historia la escriben los vencedores y la padecen los vencidos. Y es así, porque todo cuento que se relata refleja el punto de vista de quien lo narra. Aquellos que no tienen voz para contar, en este caso los vencidos, enmascaran su derrota detrás de ciertas conductas, algunas veces delictivas y contestatarias, en el folclor y en otros procedimientos desintegradores del establishment. Se trata de una escritura invisible, latente, que se almacena en el inconsciente colectivo como una bomba de tiempo.

En el mundo histórico que conocemos y vivimos la confrontación sigue siendo inevitable. En el caso de nuestra América, si se mira desde el espejo de las hegemonías, desde un comienzo hemos estado alineados del lado de los vencidos, viviendo la doble condición de excluyentes y excluidos en relación con el resto del mundo, y de despojados y despojadores en relación con los ciudadanos de nuestras repúblicas.

Somos herederos de una cultura o miembros de un conglomerado específico de la humanidad que aprende de memoria los prejuicios y las mentiras que se dicen sobre nosotros mismos y sobre los demás y, muchas veces por comodidad o por pereza intelectual, no tomamos conciencia de quiénes somos en realidad, para saber con exactitud por qué nos sucede lo que nos sucede y cómo podría ser nuestro futuro si lo trazáramos de otra manera.

La historia escrita por los vencedores -o que sigue a pie juntillas el esquema que fijaron los vencedores- es y será un permanente foco de conflictos porque no busca la concertación sino la servidumbre. Llegado cierto momento, la acriticidad y la manipulación de inexactitudes, con propósitos hegemónicos o revanchistas, en este caso de uno u otro bando, impide la integración de los estados nacionales y multinacionales y la falta de integración es lo que nos hace vulnerables y conflictivos.

Hablamos, precisamente, de pueblos que perdieron la iniciativa histórica; de pueblos cuyos procesos orgánicos se desviaron o quedaron cancelados, detenidos, coartados por la injerencia de poderes extraños y avasalladores, articuladores de eventuales sistemas de corrupción e ineficiencia; sociedades que todavía pagan las culpas que engendró la colonia, la de los vencedores y también la de los vencidos; la culpa de quienes trasladaron a este continente el estilo de vida que le era propio y propicio, una cosmovisión feudal y predadora, un modelo excluyente e injusto. Pero también pagamos la culpa de los que ya estaban es este continente y de los que, por las mismas razones, se les sacó de África para convertirlos en fuerzas productivas.

A estas alturas, la historia oficial también es capaz de reconocer que el encuentro de los tres mundos provocó la síntesis de las desigualdades que todos conocemos. Y también reconoce que las castas descendientes de los primeros colonizadores, herederos de las diversas instancias del poder económico y político, ocupan la cima de la pirámide social.

Un segundo grupo, mucho más numeroso que el primero, conformado fundamentalmente por mestizos, cuya variedad étnica depende de la cantidad de sobrevivientes inmigrantes en cada zona geográfica específica, conforma una suerte de servidumbre acomodada y semi acomodada que se ubica en el siguiente escalón descendente de la pirámide. (En nuestros países los identificamos como miembros de las capas medias). Los cinco o seis escalones subsiguientes, hacia la base, los ocupan grupos humanos de altísima tasa reproductiva, a los que se les identifica con una sinonimia muy extensa que va desde pobres, humildes, proletarios, descamisados, parias, marginados, hasta lúmpenes y chusma.

Esas comunidades, obligadas a asumir el modo de vida y la cultura de los invasores, no lograron una participación equitativa en el reparto de los bienes materiales y espirituales que -en calidad de esclavos, siervos o asalariados- generarían. Es más, en algunos casos desmejoraron su calidad de vida. No debemos olvidar que la colonia canceló y modificó de raíz las relaciones de producción prehispánicas. El abandono de las sabanas, la orilla de los ríos y las costas del mar, además de la inmediata pérdida de las fuentes de proteínas, provocó el olvido y el estancamiento de los procedimientos para producirlas. Por ello, muchos de los productos cárnicos y vegetales descritos por González Fernández de Oviedo en "General historia de Indias" y "Sumario de la natural historia de las Indias", que mejoraron sustancialmente la dieta de los europeos, hoy en día son alimentos exóticos y desconocidos en la mesa de los primeros pobladores de estos territorios. Al perder la iniciativa histórica, muchas de esas comodidades olvidaron hasta la manera de preparar el maíz, sacar los peces de los ríos e identificar la relación que existe entre sus idiosincrasias petrificadas en el tiempo y la naturaleza de sus males.

En nuestros días, la transnacionalización manipulada de los mercados, lejos de resolver, agudiza las carencias. La concentración urbana y la manipulación de las hábitos de consumo, en cuya base lo suntuario sustituye a lo necesario, traumatiza la convivencia humana. Miles de migrantes abandonan el campo y llegan a la ciudad en busca del vellocino de oro, se hacinan en barriadas de emergencia, deslumbrados por una oferta de confort, lujo y desperdicio a la que no tendrán acceso con decoro y dignidad.

Los trasegadores de alimentos se las ingenian para que la producción nacional, casi siempre derivada de los descartes de los rubros de exportación, sean cada vez más caros e inaccesibles, con el objeto de que no compitan con los enlatados cuyos márgenes de ganancia son superiores. Al eliminar los mecanismos que llevan el producto directamente del productor al consumidor -incorporando entre esos extremos una compleja red de intermediarios- se articula la desventaja.

Todo esto se puede decir del país de donde yo vengo y creo que se podría decir de otros países latinoamericanos. En Panamá, por ejemplo, se estima que el 49% de la población vive en condiciones de pobreza y pobreza extrema. Los sectores ubicados en el primero y segundo escalón -estimados en el 20% de la población- tienen ingresos 45 veces más altos que los ingresos medios del 20% más pobre ubicado en la base de la pirámide. Dos de cada diez niños, entre seis y nueve años, sufren algún grado de desnutrición. En algunos lugares, fundamentalmente en las regiones ocupadas por los indígenas, siete, cinco y cuatro niños de cada diez, están desnutridos. En algunos lugares la desnutrición alcanza hasta el 72% de la población infantil. Según las estadísticas oficiales de 1994, en una población de 522 escolares entre los seis y nueve años, 300 padecían desnutrición y 116 de esos casos se calificaban de severos.

Detrás de las estadísticas están todas estas historias y todas estas culpas. Esas desigualdades no son producto de catástrofes recientes, sino el resultado de esa historia del encuentro de tres mundos, de un proceso que se inició antes de que el primer español desembarcara en las costas de América y diversos modelos de vida entraran en conflicto y sintonía al mismo tiempo, en una relación dialéctica que aún hoy perdura y que no puede superarse sin una toma de conciencia de todas las partes involucradas, de aquellos que ganaron la guerra y de quienes la perdieron.

¿Y qué no decir de los que fomentan las nuevas guerras de la postmodernidad para controlar las mentes y los mercados? ¿Cuál es la verdad? ¿Quién tiene la razón? ¿Quién las respuestas? ¿La propuesta humana debe ajustarse al pie de la letra a los contenidos que describe Darwin en "El Origen de las Especies"? ¿Podemos desdeñar la base biológica del comportamiento humano? ¿Sólo los que sobreviven tiene la razón? ¿Lo que es bueno para los alacranes es bueno para los humanos? ¿El laissez-faireismo es tan bueno como afirma la apologética liberal? ¿Es tan mala como sostienen los socialistas?

El pasado, como simple suma y sucesión de acontecimientos es inmodificable e intransferible: sucedió. Pero los sucesos son como el cielo azul que todos vemos y tienen tantas versiones como victimarios, víctimas y testigos. Sus contenidos y significados dependen, como dijo el poeta, del cristal con que se los mira. El maestro Kurosawua lo explica magistralmente en Rashomon, esa metáfora cinematográfica que pinta a la humanidad de cuerpo entero.

Alguien dijo, con razón, que el futuro determina el pasado. El pasado se modifica en la medida en que el futuro exige reajustes. Cada generación examina la historia desde su propia perspectiva, no sólo para reconocerse sino para manipularla a su favor. Con la historia ocurre lo mismo que con la democracia: es al mismo tiempo todo lo bueno y todo lo malo que se diga de ella. Es y no es al mismo tiempo. La historia es como el río de Heráclito: un proceso, una forma del devenir social, un ideal que se perfecciona como teoría y se construye y se derrumba en la práctica cotidiana. Sirve a unos y perjudica a otros. Entonces, la pregunta es: ¿Por qué no concebir a ambas, historia y democracia, para que sirvan al desarrollo humano?

Una historia como instrumento de paz tendría que ser reescrita desde muchos ángulos, pero sobre todo, desde lo que somos ahora y desde lo que queremos ser mañana. Tendría que examinar los saldos sociales en el planeta con el ánimo de inducir a la humanidad a no tropezar una y otra vez con la misma piedra; tendría que revisar los motivos y secuelas de la guerra, incluyendo las coloniales, buscando evitarlas en el futuro; indagar las causas biosociales de la corrupción para promover conductas honradas según los códigos más convenientes a la convivencia social. El estudio a fondo de las causas y consecuencias de la iniquidad podría servir para acelerar el proceso de humanización. Se tendría que escribir la historia de la explotación humana para desacreditarla como sistema de vida; exponer con pelos y señales el vía crucis de los oprimidos, pero no con fines plañideros ni para la toma de "justas venganzas", sino para que se tenga conciencia de sus limitaciones y se asuma la responsabilidad de tomar las riendas de sus destinos; escribir y describir el sistema de desigualdades para que sus promotores se den cuenta del daño que hacen, y que eventualmente se harían a sí mismos, cuando bien podrían crear un hermoso planeta de riquezas mejor distribuidas; escribir la historia del egoísmo para que los hombres y las mujeres descubran que nada es tan humano como la solidaridad y la participación; escribir una historia de la historia, para que tenga sentido y propicie los cambios necesarios; una historia y una geografía del hambre como la describió Josué de Castro décadas atrás, sin ánimos vengativos, ni como estrategia para desacreditar gobiernos y ganar elecciones, sino para enmendar, reconstruir, crear y devolver a los seres humanos la humanidad posible.

Como dijo Oscar Wilde en su ensayo "El crítico como artista", el único deber que tenemos con la historia es reescribirla. Escríbase pues la historia necesaria, la historia humana, aquella que permita ir al encuentro de sociedades más justas, libres, democráticas, integradas y participativas.

Hemos dicho que "el punto de partida de todo suceso se codifica de antemano por el origen de sus protagonistas, aún antes de que suceda, y se ajusta irremediablemente al sistema de valores que le sirve de sustento". La pregunta de cajón es si a la luz de esta toma de conciencia, y apoyados en los recursos de una tecnología de posibilidades ilimitadas llegó la hora de emprender esta aventura. ¿No será éste un sustituto de las viejas utopías? Si lo es, bienvenido sea. Vale más soñar un lindo sueño que vivir la pesadilla de no tenerlo.

Arturo Guerrero


El próximo mes se cumplen once años de la muerte del novelista peruano Manuel Escorza, quien cayó en el jumbo de Avianca, en Mejorana del Campo, cerca del aeropuerto de Barajas, en Madrid, España, junto con críticos de arte tan importantes como Marta Traba y Ángel Rama. Escorza venía de dictar una conferencia y entre los papeles que se encontraron después del accidente, estaban los apuntes de esa conferencia, un proyecto de libro, que quedó como libro póstumo.

La tesis de esa conferencia era la siguiente: en toda su historia América Latina no se ha destacado universalmente ni en el campo político, ni en el económico, ni en el deportivo, ni en el científico, con contadas excepciones. Pero esta constante negativa se rompió en la década de los sesenta con el boom de la literatura latinoamericana; Escorza decía que los únicos que habían se habían destacado en el continente eran nuestros escritores, específicamente los del boom, y lo explicaba en razón a que los escritores conocidos como parte del realismo fantástico o realismo mágico, escribieron con el alma pegada a sus pueblos -"Cien años de Soledad" es la mejor historia de Colombia- y que, además, narraron la historia a la manera de los poetas.

Con esta tesis, Escorza planteó dos crisis en la manera de contar nuestro continente: una de tipo epistemológico, es decir, acerca de la manera como nosotros conocemos nuestro continente y podemos conocer nuestra historia. Los escritores del boom se acercaron a sus pueblos de una manera radicalmente distinta a la cartesiana, racional, de conocer el mundo; lo hicieron a través de su magia y su fantasía. La segunda se refiere al cambio del lenguaje: las novelas, los cuentos y la poesía del boom latinoamericano construyeron el idioma español para nosotros, permitieron el abandono de los lugares comunes y acabaron con la manera ampulosa de la narrativa, heredada del continente donde se originó nuestro idioma, lo que generó el brillo con luz propia de América Latina a nivel universal.

El ejemplo de los escritores del boom de la literatura latinoamericana tiene que ser el modelo para los intelectuales y los periodistas de este continente. Este ejemplo nos centra sobre esa doble crisis. Tenemos que cambiar nuestros anteojos de acercamiento, nuestra forma de hacer investigación, nuestras fuentes periodísticas y nuestras fuentes del imaginario que construimos como realizadores de ficción. Este cambio va desde lo académico, lo diplomático, lo estereotipado a la captación de la manera intuitiva como los negros, los indígenas, los habitantes de las barriadas populares y los jóvenes de América Latina viven y perciben su mundo.

Fui corresponsal en Colombia de uno de los experimentos en información pionero en nuestro continente en el intento de conocernos y de informar sobre nosotros mismos y sobre nuestros pueblos con nuestro propio lenguaje. Se llamó la Agencia Latinoamericana de Servicios Especiales de Información, ALASEI, que en buen momento la UNESCO prohijó a mediados de la década de los ochenta hasta comienzos de la de los novenas.

Hay dos noticias que me impactaron mucho: una enviada por el corresponsal de Perú quien nos contaba sobre un ritmo musical llamado "la chicha" que comenzó hace unos ocho años en el Perú, cuya característica era una mezcla de guaino peruano y cumbia colombiana. Nadie sabía en Colombia de la existencia de este ritmo, y en Perú se mecían las masas de jóvenes en los "chichódromos", que era el sitio donde se bailaba, sin saber que la mitad del alma peruana nos correspondía a los colombianos por vibración dancística.

Cuando a mi me llamaban como corresponsal de ALASEI a dar conferencias en universidades, en sitios donde se preocupaban por el problema de la información, cuando les leía el informe de este corresponsal peruano, nadie daba crédito y me preguntaban ¿cómo era posible que nosotros supiéramos el mismo día sobre el lanzamiento del último disco de Michael Jackson y de la última contorsión de Madona, y, sin embargo, con el Perú, con el que tenemos frontera, hay una música que está conmocionando, cuya mitad es nuestra porque está sacada de nuestra cumbia y todos la ignoramos?

El corresponsal de Bolivia, José Valdivia, envió otro despacho sobre los curadores de Callahualla, un pueblo cerca a La Paz, cuyos habitantes están totalmente dedicados a la curación por vías diferentes a las occidentales; son brujos, y de generación en generación van pasando su sabiduría. Nosotros tenemos en nuestra selva amazónica chamanes, taitas, curacas, que ejercen este tipo de curaciones, pero nunca habíamos conocido la existencia de un pueblo completo, una población que se dedicara, además por generaciones, a este oficio. Fue otra noticia sorprendente. Además, era una noticia precolombina, que venía desde tiempos arcaicos. Cuando este hecho se conoció en Colombia se les abrían los ojos a los estudiantes de periodismo, a las personas preocupadas por estos temas, porque era la primera vez que escuchaban hablar de aspectos tan cercanos a nosotros.

Este par de despachos estaban escritos además exquisitamente en prosa poética, siendo despachos periodísticos. Estos dos profesionales, veteranos de la información, personas importantes en sus países, habían logrado aprender de los escritores el doble camino del cambio desde el punto de vista de aproximación a la realidad y de la modificación del lenguaje.

ALASEI terminó después de varios años de funcionamiento, por razones políticas y económicas. La alusión a estos dos casos las traigo a colación porque considero que es una experiencia que todavía no ha sido suficientemente incorporada a la experiencia de la comunicación en América Latina. Hace falta incorporar esas enseñanzas que, mezcladas con este ejemplo de los escritores, nos puede dar una luz de cómo podría ser esa escritura de la historia del presente, que día a día, y casi hora a hora, hacemos los periodistas en América Latina.

El punto en común que tenemos los periodistas con los escritores es que los dos manejamos el mismo instrumento: la palabra. Pienso que este instrumento también es común para los maestros en sus colegios y para los escritores de textos escolares. La palabra no se puede manejar impunemente; hay asesinos de ella, los que usan el lugar común, la palabra soporífera, los que no dicen nada diciendo mucho. El cambio en el lenguaje es una consecuencia del cambio epistemológico y no se pueden separar. No podemos aproximarnos a una realidad distinta sin inventarnos un idioma diferente.

El único idioma diferente, que se apropia de realidades contradictorias y desmesuradas como las que se presentan en nuestro continente, es el idioma de la poesía. No digo que los textos de historia se deban escribir en verso, ni que los periódicos deban salir en endecasílabos o en tercetos, como los del Dante. Lo que digo es que ni la filosofía, ni la historia, ni las ciencias humanas deberían divorciarse de las bellas letras; que el único vehículo apropiado a la historia del ser humano y, más aún, a la historia de los latinoamericanos, es el vehículo del discurso, del lenguaje poético. Tanto los periodistas, como los historiadores y los maestros, deberíamos aprender de los escritores la manera de hacer esta revolución del lenguaje.

Finalmente quiero comentar una experiencia que se gesta en Colombia con un grupo de periodistas que nos hemos reunido para trabajar y conversar con diferentes personalidades sobre el tema de la paz, tratando de generar con nuestras producciones en los medios, un clima mental en este país tan azotado de furias. La periodista Nohra Parra, coordinadora de este evento, presentó una propuesta a la UNESCO para latinoamericanizar esta iniciativa, para conformar una red de periodistas por la paz. Nuestra preocupación es encontrar por dónde va la historia latinoamericana, las verdaderas fuentes que no son las fuentes de la guerra, pero tampoco las de los héroes -llámense científicos, artistas, o deportistas- solamente. Más allá de las fuentes individuales y del heroísmo aislado, están las fuentes colectivas, las construcciones globales de los pueblos que se inventan la culinaria, el folclor, los vestidos, el rumor, los chistes. Esa es una construcción anónima y colectiva. De ahí es de donde nosotros, los intelectuales, los escritores, los periodistas, extraemos en el mejor de los casos, nuestra materia prima de trabajo. Esas fuentes contradictorias, mágicas, fantásticas, no se dejan encerrar en el lenguaje de la prosa fría; requieren el esfuerzo de toda la imaginación que, como decía el poeta Baudelaire, "es la más científica de las facultades humanas".

Ésta no es una diatriba contra las ciencias sociales, o contra la academia, sino una invitación para que aprendamos de quienes han sabido narrar los hechos, de quienes han sabido llegar al corazón de este continente que en un 80% está compuesto de corazón.
La mujer en la historia: ausencias y desafíos
Luisa Angélica Sherezada Vicioso


Comencé a estudiar historia latinoamericana en 1968 y lo hice en los Estados Unidos para poder sobrevivir. Era una de ocho dominicanos y dominicanas que entraron a una universidad elite en Nueva York y me encontraba como ellos y ellas agrupada bajo la rúbrica hispanics, es decir, hispanos. Tenía como compañeros desde los argentinos de la Patagonia hasta los descendientes africanos de las Antillas mayores y otras islas del Caribe. Había sido, como lo admite Eduardo Galeano en la introducción a su trilogía "Memoria del Fuego", una pésima estudiante de historia, por lo menos de la historia que en sus palabras, "había dejado de respirar traicionada por los textos académicos, mentida en las aulas, dormida en los discursos efemérides, encarcelada en museos y sepultada con ofrendas florales bajo el bronce de las estatuas y el mármol de los monumentos". A pesar de ello me urgía conocer la historia de mis orígenes para entender quién era, de dónde venía, cuál era mi herencia, y así defender a mi psiquis de la embestida cultural de los años setenta en los Estados Unidos.

Al no encontrar en los libros de texto oficiales de la universidad nada que me entusiasmara, me aprestaba a abandonar mis estudios de historia cuando un profesor norteamericano liberal me abrió la puerta a lo que él llamaba la otra cara de la moneda, y nada mejor para hacerlo que presentarnos un libro clave en la historiografía latinoamericana: "Panamericanismo de Monroe al presente", del mexicano Alonso Aguilar. En ese libro, iniciado el 28 de abril de 1965 -fecha de la última intervención militar norteamericana a Santo Domingo- debido a la indignación latinoamericana ante un hecho que se repetía, encontré la historia que andaba buscando. Mi pesquisa se redujo a investigar la bibliografía propuesta por el profesor Alonso Aguilar e ir atando mis propios cabos.

Hablo de la historiografía hispanoamericana porque la del Caribe inglés, francés u holandés había que buscarla en la historiografía de Inglaterra, Francia y Holanda respectivamente, y las referentes a la esclavitud, en la historiografía particular del movimiento abolicionista y, posteriormente, en la del movimiento por la negritud en Europa y África. Esta fragmentación documental fue para mi, junto con la escasez de textos alternativos de historia, la primera gran dificultad en la búsqueda de mi identidad a través de la historia.

El tercer gran problema lo constituyó el lenguaje. Escritos generalmente por académicos, los textos de historia carecen de la vitalidad que le ha aportado a la historiografía un escritor como Eduardo Galeano, con el estilo del cuentista o del poeta. Ya en República Dominicana don Juan Bosch y don Pedro Mir, cuentista y poeta nacionales respectivamente, habían hecho aportes a la historiografía nacional, por el uso de un lenguaje ameno, entretenido y vital. Como prueba baste mencionar las diferencias entre el libro "De Cristóbal Colón a Fidel Castro" de Erick Williams y el escrito por Juan Bosch.

Williams, ex primer ministro y reputado académico de Trinidad, conocido de todos y todas los y las que hemos leído su tesis doctoral sobre "El capitalismo y la esclavitud", para entender la mecánica del funcionamiento del capitalismo en el Caribe, convirtió dicha tesis en un libro de historia sin los preámbulos o adaptaciones necesarias para la mentalidad de jóvenes estudiantes, por cuya atención compiten todos los medios de comunicación. Juan Bosch, escribió su libro con el estilo del magnífico cuentista que lo caracteriza, por lo cual tuvo una gran aceptación en nuestro medio.

Otros aportes que vale la pena mencionar son los libros de testimonio, generalmente escritos por mujeres como el pionero "Si me permiten hablar", de Moema Viezzer, que con un estilo directo y coloquial, son textos que han revolucionado la historiografía moderna latinoamericana. Este hecho me lleva a reflexionar sobre el método de enseñanza de la historia tanto en lo que concierne al uso del lenguaje académico sin adaptaciones para grupos de edad distintos, consideración por el tamaño de las letras, ausencia o presencia de ilustraciones, como la inclusión de ejercicios preparatorios para la introducción a la historia y ejercicios posteriores para la evaluación de la comprehensión del contenido.

La discusión sobre el método también nos conduce a la forma como se enseña la historia, la que representa, por consenso, la materia más aburrida en el curriculum de la escuela latinoamericana. ¿Por qué? En primer lugar porque, antes de empezar una clase, no se explora lo que entiende, imagina o ha oído decir el o la educando sobre lo que es la historia y cómo la asocia a su vida. En segundo término, porque la motivación es obsoleta. ¿Qué tiene que ver Simón Bolívar o Juan Pablo Duarte, con mi vida actual, con lo que soy, con mi futuro?

En tercer lugar, porque los ejercicios de memoria aburren. Sólo el teatro o el sociodrama le devuelven al aprendizaje de la historia su carácter vital, su desafío a la investigación. Cuando tengo que representar a un personaje me lo aprendo, tengo que saber qué fue lo dijo, cómo y dónde lo dijo, lo que reivindica el carácter de juego de la historia. También me enseña a expresarme, a hablar en público, a sintetizar, que lo convierte en un entrenamiento completo en forma de expresión y no solamente de contenido. La técnica de panel entre posiciones contrarias me obliga a investigar, sintetizar, aprender, argumentar, mejorar mi expresión. Es evidente que el profesor o la profesora deja de ser el o la protagonista y facilita el proceso de enseñanza corrigiendo, aportando datos, guiando a la investigación, la discusión o el debate.

El cuarto lugar atañe a las ausencias que con el tiempo, el estudio y una sofisticación, clasifico en dos clases: lingüísticas y de sujeto. Lingüísticas, porque la historia, en nuestro caso, ha sido escrita en español, un idioma donde las mujeres y las niñas no existen. Basta y sobra revisar las grandes declaraciones patrióticas o los discursos de los héroes para ver cómo la historia se escribió en función de los hombres, de los derechos universales del hombre, de la libertad de los hombres y, aún en el reencuentro de las grandes jornadas de lucha, no reconoce la presencia de otros y otras sujetos de la historia.

Esto relega la historia a una "disciplina que estudia el quehacer de los hombres", como asombrosamente, a tres años del siglo XXI, dice el documento que precede esta maravillosa conferencia en la página 10: "En la matriz de estos antecedentes, la enseñanza de la historia presenta contornos especialmente estratégicos por tratarse de una disciplina que estriba en el quehacer de los hombres".

Y fíjense que esto del idioma, sobre todo para quienes somos escritores, escritoras y poetas es fundamental porque el idioma es reflejo de la realidad. ¿Con qué psicología crece una niña cuando ella no figura como sujeto en ninguna parte del idioma? En los millares de talleres que hemos realizado en los últimos diez años con profesores y profesoras nadie había tenido esa reflexión sobre el lenguaje porque no la veían desde fuera, como la ve un poeta o una poeta; estaban inmersos en el lenguaje y no habían reflexionado sobre sus ausencias.

Para darles un ejemplo de la manera como el lenguaje conforma la psicología, así como el sexismo está el racismo. Hay estudios pioneros en Estados Unidos realizados por profesores negros y negras sobre el impacto de la psicología de los niños y las niñas negros de un idioma donde todo lo negro es negativo: !Qué futuro tan negro me espera! !La situación se me puso negra! !La situación está color hormiga! ¿Con qué autoestima de sí crecen estas criaturas? Esto, que es el racismo, también se aplica a la ausencia de la mujer en el lenguaje.

Así como la historiografía panamericana fragmenta la historia caribeña, la historiografía tradicional también fragmenta, cuando no excluye, la presencia de la mujer en la historia. Debo a José Martí cuando exige la valorización de la cotidianidad y en ella, de la mujer, cuando dice "la prueba de cada civilización está en la especie de hombre y de mujer que en ella se produce", la búsqueda de los y las sujetos anónimos del proceso histórico. Esta tarea vinculada a la dinámica de la cotidianidad, de la educación no formal, de la institución familiar, donde la mujer tiene una acción protagónica en la transmisión, tanto de las tradiciones culturales como del contexto histórico, me llevó a la investigación del papel de la mujer en la historiografía latinoamericana y caribeña como sujeto histórico y transmisor de valores que, como la paz, nos preocupan.

En Puerto Rico se publicó un libro alternativo de texto que se llama "Yo también soy América". Ese libro se está utilizando en Santo Domingo para que los niños y niñas aprendan sobre la existencia del sexo femenino en la historia de América, tanto en lo referente al descubrimiento, como a la colonización, la esclavitud y la independencia. En él aprendemos que de un total de 124 personas ilustres listadas en los textos de historia de quinto grado, sólo diez son mujeres y que están mencionadas fundamentalmente por su papel de esposas y madres.

Aprendemos que en el primer viaje de Cristóbal Colón no había ninguna mujer a bordo, en la expedición de Hernán Cortés a México sólo había una mujer de Castilla, en la primera expedición colonizadora del Nuevo Reino de Granada en 1540 sólo había seis mujeres y en la expedición de 1575, que concluyó con la conquista de Costa Rica, había 58 mujeres versus 275 hombres. Aprendemos también que fueron éstas las que realmente realizaron una labor colonizadora para bien o para mal, en términos de la transmisión de valores y costumbres de la cultura española en sus hogares, los cuales fueron también los primeros centros de producción doméstica y artesanal del nuevo mundo.

Ya desde el tercer viaje de Cristóbal Colón la corona española ordenó que por cada 300 hombres, viajaran a América por lo menos 30 mujeres españolas. En la primeras reglamentaciones que se hicieron se exigía a los colonos que vinieran con sus familias. A los casados que estaban en América se les dio un plazo de tres años para que sus esposas vinieran a reunirse con ellos y se hizo un plan de enviar esclavas blancas cristianas a las Indias Occidentales, o sea, mujeres de descendencia musulmana, llamadas moriscas, que habiendo sido hechas prisioneras se convirtieron en esclavas y constituyeron el único grupo de mujeres españolas presentes en la conquista del Virreinato del Perú.

Estos datos indican que paralelamente a la tarea del conquistador se daba la del colonizador, y que en ese papel, las mujeres jugaron un papel fundamental por ser el más permanente y estable. Por eso, entre 1509 y 1538, diez de cada cien autorizaciones de viaje registradas en los archivos de Indias fueron otorgadas a mujeres solteras, casadas o viudas.

El mismo papel, pero a la inversa, jugaron las mujeres negras esclavas en la lucha abolicionista, las cuales se trajeron para apaciguar la rebeldía de los esclavos. Los colonizadores pensaban que los esclavos eran así de rebeldes porque no tenían mujer. En 1501, los permisos exigían que por lo menos la mitad de los futuros esclavos fueran mujeres. Mediante la Orden Real de 1775, los dueños de esclavos debían pagar un impuesto de tres pesos por cada esclavo y de un peso por cada mujer. Aunque iguales en el trabajo esclavizado, las negras esclavas también sufrían la esclavitud doméstica, la esclavitud como jornaleras y esclavas de tala. Son muy pocas las mujeres negras que en la lucha por abolir la esclavitud fueron reconocidas por los historiadores de la época.

En Santo Domingo, María de Jesús, quien participó en la rebelión de los esclavos llamados Biembieses en el siglo XIX, logró notoriedad porque fue capturada por los españoles y llevada a la ciudad donde fue bautizada con ese nombre. En Puerto Rico, Eleuteria y Fabiana se reportaron como las primeras esclavas en someter a sus amos a la justicia por haberles negado su libertad. Como ellas, también lograron notoriedad Juliana de los Cangrejos, Elvira de Ponce y Reyes por haberse fugado de sus poblados antes de la abolición de la esclavitud.

Ya en la época de la independencia, la dominicana Mariana Grajales Cuello, madre de Antonio Maceo, héroe de la independencia cubana, y María Cabrales, la esposa de éste, se convirtieron en leyenda como fundadoras de la tribu heroica que acompañó a los independentistas cubanos en sus guerras por la emancipación. Es en la lucha por la independencia donde comienzan a hacerse notar los nombres de las heroínas: las que sirvieron de correo como la campesina Juana Escobar, de Nueva Granada, como vigilantes de los movimientos de tropas españolas en 1819; las soldaderas, provenientes en su mayoría de la clase campesina y trabajadora, quienes acompañaron, curaron, alimentaron, guiaron y defendieron a las tropas libertadoras al margen de la prohibición del general Santander en 1819 sobre la concurrencia de mujeres en el ejército. El dijo: "No marchará en la división mujer alguna, bajo la pena de cincuenta palos a la que se encuentre". Esta orden no llegó hasta el alto Perú, hoy Bolivia, donde Juana Azurduy de Padilla tenía su propio ejército de amazonas y llegó a ostentar el rango de teniente coronel del ejército argentino.

En el campo doméstico fueron miles las mujeres que aportaron ayuda económica y material a los ejércitos libertadores como el grupo de damas argentinas que en 1811 cosió veinte mil camisas para los combatientes, con mejor suerte que Mercedes Ábrego de Reyes, patriota fusilada por haberle confeccionado el uniforme a Bolívar.

Como lo dije anteriormente, debo a Eduardo Galeano, no a su subjetividad política, sino a la extraordinaria bibliografía que compiló para sus "Memoria del Fuego", el descubrimiento de las mujeres, sujetos de nuestra historia. Armada con sus referencias salí literalmente a buscar a Manuela Sáenz para encontrar la biografía de Alfonso Rumazo González, "Manuela Sáenz, la libertadora del Libertador", en el sótano de una librería de Caracas y en los encendidos elogios del taxista que hasta allí me condujo.

Debo a esa bibliografía el conocimiento de Flora Tristán, de quien se rumora que era hija natural de Bolívar, abuela del pintor Paul Gauguin y su "Una mujer sola contra el mundo" o "Memorias de una paria". Descubrir que fue Flora Tristán, y no Marx, quien primero planteó el "obreros del mundo uníos", me llenó de gran alegría.

Debo también a esa bibliografía el descubrimiento de Juana Azurduy a quien Bolívar reconoció diciéndole, ya muy anciana, que Bolivia no debía llevar su nombre sino el de ella. Ir encontrando a esta mujeres ha sido una tarea ardua y amorosa que me ha conducido hasta el conocimiento de Tina Modotti, Domitila y Rigoberta Menchú, y otras heroínas recientes de una historia que apenas menciona el holocausto de la colombiana Policarpa Salavarrieta y de la dominicana María Trinidad Sánchez, fusiladas muy jóvenes en su lucha por la independencia de sus respectivos países. Manuela Sáenz y Juana Azurduy, por su parte, fueron enterradas en fosas comunes después de envejecer en la mayor oscuridad y pobreza.

No todos los y las estudiantes de historia tienen por qué tener este interés particular, esta búsqueda que ha facilitado mi quehacer profesional, por lo cual es necesario y urge reescribir la historia de la participación de la mujer en la historia latinoamericana.

Como recomendaciones para autores, editores y elaboradores de texto plantearía las siguientes:

Este estudio, y posterior reescritura, debería comenzar no con un recuento de nombres ilustres como lo hace la historiografía tradicional, sino con una reflexión y análisis sobre el papel de la mujer como transmisora de la historia y forjadora de la aptitudes para la paz o la guerra de los futuros ciudadanos y ciudadanas del continente.

Habría que hablar de las ex esclavas de los palenques, de las amazonas, de las soldaderas, de las cochabambinas, de las tribus heroicas, de las heroínas modernas, esas que en la Plaza de Mayo demandan conocer el paradero de sus hijos y de sus nietos, aquellas que han muerto en El Salvador trabajando por los derechos humanos, las que hoy luchan en mi país para que las mineras no les destruyan el medio ambiente y los pulmones, las que en Cuba dejan de comer para que sus hijos y familias puedan sobrevivir al bloqueo. La semilla, el germen de la paz, está en el reconocimiento de los y las sujetos fundamentales para la creación cotidiana de la historia.

Los hombres y mujeres de América y del Caribe deben estar presentes en libros de texto escritos con otro lenguaje, poético, no sexista, no racista, no clasista, y, definitivamente, con la inclusión de la otra mitad de la humanidad: esa que da a luz y da luz a los hombres.

Bibliografía:


DEBATE
Nohra Parra
CAB

Un primer punto se refiere al aspecto de género. Yo propongo que en el documento de trabajo se coloque mujeres y hombre, atendiendo a la solicitud de Luisa Angélica Sherezada.

En segundo término, quiero referirme a la anotación que hizo Arturo Guerrero sobre los periodistas por la paz. Hace alrededor de un año, cuando me despedía de Federico Mayor en una misión diplomática en París, y habiendo trabajado en aquel proyecto famoso de la Cultura y la Paz en 1992 representando a Colombia, hablamos de la responsabilidad de los periodistas y su misión en este mundo de guerras y de conflictos. Cambiando ideas, me pidió que le presentara un preproyecto sobre las ideas que yo tenía de una red de periodistas por la paz.

En ese documento yo afirmo que es indispensable una reflexión por parte de las personas que manejan a todo nivel los medios de comunicación para que se tome una conciencia real sobre el fenómeno y sobre la responsabilidad que les compete en el manejo de la orientación de la información y la opinión. Es necesario recabar sobre la dimensión educativa y cultural de los medios de comunicación. Lamentablemente ese compromiso, ese deber, poco o nada se practica. Creo que cuando lo asuman, muchos de los conflictos a nivel local, regional o mundial, se solucionarán más rápidamente. Se podrá decir, que los medios de comunicación social colaboraron en la mediación por esa paz tan buscada.

Quiero destacar la labor que están desarrollando periodistas independientes, entre ellos Arturo Guerrero. Medios de comunicación alternativos y oficinas de prensa institucionales en Colombia y en otros países, que aquí están congregados hoy, con programas novedosos y audaces, muestran cómo con alternativas comunicacionales, se puede construir la paz en medio de la guerra.

Brevemente debo referirme a las responsabilidades de las facultades y escuelas de periodismo en la enseñanza y preparación de los futuros periodistas, porque hay una dicotomía entre la formación académica y la práctica profesional. Propongo un ejercicio de reflexión y hago énfasis en la cátedra sobre la ética. Así que, al referirme a los medios masivos de comunicación, hago un llamado a los directores, a los responsables del manejo de la comunicación, y a las facultades y escuelas de periodismo y de comunicación social. No quiero quitarle responsabilidad al periodista, al que está en la acción, al que está en las zonas de conflicto, por ejemplo, razón por la cual llamo también a una capacitación permanente, a que continuemos hablando de la imparcialidad, de la objetividad.

Es importante también al sigilo profesional. Se discute mucho el tema de los secretos en las guerras y de la discrecionalidad que debe tener el periodista para contarlos o definitivamente no darlos a conocer, en aras de no perjudicar un proceso de paz. !Qué difícil, pero que ético, respetar ese silencio! No se trata de que el periodista no diga u oculte la verdad. Se trata de que asuma su papel de informador, de cronista, de reportero, de narrador, de comentarista, de analista, de historiador del presente y no de juez. Lo que se debe buscar en definitiva, es transformar a los corresponsales de guerra en corresponsales de paz.
Enrique Ipiña Melgar
Bolivia

La Conferencia ha sido una lluvia de ideas bastante tempestuosa para mi cartesiana manera de ver las cosas, donde ha habido gran abundancia y riqueza de participaciones y múltiples puntos de vista. Creo que eso es acorde con una cultura de la paz. La cultura atraviesa toda la actividad humana, no estamos hablando aquí de la cultura como un fenómeno super estructural, sino de ella como conjunto de las actividades humanas para resolver los problemas de su existencia, y en ese sentido, tenemos que verla como algo no sólo multidisciplinario, sino que lo abarca todo.

Lo anterior nos debería hacer reflexionar, si es justo pensar que solamente la escuela y la educación formal son responsables de esta inmensa tarea de forjar la cultura de la paz. En esa línea es muy importante un enfoque globalizador del problema. Las llamadas de atención sobre la belleza de la palabra, como magia particularmente creativa, nos debería hacer pensar que no es solamente responsabilidad de la escuela.

Por otro lado creo que en la escuela lo que menos se debe hacer es enseñar historia. Lo que debemos hacer es reflexionar y estudiar historia. Parecería como si les estuviéramos pidiendo a los historiadores que nos escribieran una buena historia para ser enseñada, cuando en realidad de lo que menos se trata es de dar catecismo histórico. Se trata de promover la reflexión sobre la historia porque si hay algo que deberíamos evitar es la unanimidad, que en este tema más bien es una "animalidad", perdónenme la expresión. Así como en filosofía lo que menos se debe hacer es textos, espero que en historia tampoco los hagamos. Me gustaría que hubiera mucha bibliografía, pero pocos o casi ningún texto, porque esos tejidos que son los textos, (la palabra viene de tejido, textil) son escritos a la medida de todos, sin estar a la medida de nadie en particular.

Veamos el tema más bien desde el punto de vista del alumno, a quien estamos considerando como un sujeto pasivo. Es necesario que los jóvenes tengan la libertad de juzgarnos a nosotros y a nuestros abuelos, que tengan la libertad de decir si están de acuerdo o no, si apoyan al partido contrario al oficial, de darles la razón a los chilenos o a los paraguayos, aun cuando yo sea boliviano. En otras palabras, se trata de hacer otra historia, la de las relaciones humanas, y no la de las informaciones oficiales, lo que significa renunciar a una escuela como instrumento para un objetivo predeterminado.
Alfredo Ximenex Barros
Brasil

Cuando hablamos de la educación integral se incluye la plena utilización de las facultades mentales y cerebrales en el sentido neurológico de la expresión. En este mundo con apremios nacidos de las urgencias, en el cual se ha endiosado al dinero y se ha exacerbado el consumo, nosotros hemos dejado de lado una de por lo menos tres funciones mentales básicas, privilegiando dos: la lógica analítica y la práctica operativa.

Las conferencias que reclaman la utilización del lenguaje poético, de los sociodramas, son un llamado a que despertemos el enorme potencial que tenemos dormido en el hemisferio derecho, ese potencial intuitivo, romántico, soñador, poético, sin cuyo pleno concurso, por ser una de las facultades mentales básicas, todo proceso de enseñanza- aprendizaje -en este caso la enseñanza de la historia para la integración y la cultura de la paz- sería incompleto, imperfecto, parcial y su éxito estaría seriamente comprometido.
Rosemarie Terán
Ecuador

Sobre el tema de la construcción colectiva de la historia, quisiera decir que el sólo hecho de rescatar y reivindicar el protagonismo de los actores colectivos, anónimos, silenciados por la historia oficial, ya significa un paso en la eliminación de violencia a nivel de la estructura de la naturaleza del discurso histórico, que generalmente está dominado por paradigmas que ejercen hegemonía sobre la comprensión de la realidad histórica.

La explotación y vía crucis de los oprimidos ya se encuentran incorporados a los textos escolares en algunos países, lamentablemente a manera de leyenda negra. Es una visión polarizada, casi sin matices, que no ha contribuido a esclarecer el panorama histórico tan complejo de los países latinoamericanos, y peor aún, de ese momento tan importante de su historia que es la Conquista.

Quisiera abogar por el enfoque de la historia andina que tuvo auge en los años ochenta y que reformuló esta visión de los vencidos, adoptando una óptica que más bien subrayaba las iniciativas de los actores silenciados, no sólo en el ámbito de la continuidad -readaptada con códigos coloniales a nivel de prácticas productivas o culturales- sino también a nivel político. Por ejemplo, el tema de la conquista se trata como un juego de fuerzas políticas que protagonizaron tanto los supuestos vencidos, como los supuestos vencedores.

E hecho de reivindicar el protagonismo de los actores colectivos desarrolla la idea de la agencia histórica, la cual es muy importante impulsar en el niño y en el joven, para que sepan que a nivel de la gestión histórica, sus actos individuales pueden tener influencia en el ámbito histórico.
Margarita Giesecke
Perú

Quisiera hacer alusión a la pobreza material y la riqueza moral para referirme a dos mujeres extraordinarias en la historia del Perú: Florinda Matto de Tourner, mujer acomodada, hija de hacendados, quien escribió el primer libro de denuncia social, "Aves sin nido", en el cual se refiere nada más y nada menos que a los hijos de sacerdotes. Su efigie fue quemada y arrastrada por las calles del Cuzco, y tuvo que salir de su ciudad natal para convertirse después en la primera directora de un periódico, La Bolsa de Arequipa, en la segunda mitad del siglo XIX. Fundó la primera imprenta sólo para mujeres porque las viudas, las que no querían entrar al convento, y tantas otras mujeres que no tenían otra forma de ganarse la vida tenían que trabajar en algún lado. Quemaron sus libros porque tomó una posición política, se volvió caserista, fue deportada y murió en la Argentina en 1909. Hoy en día es una heroína.

El segundo caso es el de María Helena Moyano, mujer pobre, de origen africano, dirigente popular en Salvador, Perú, quien desafió el horror y el terror de Sendero Luminoso. Cuando este grupo prohibió a la gente salir a trabajar, ella salió a las calles, y dos días más tarde fue despedazada delante de sus hijos. Unos meses después bombardearon su tumba. Lo que significa María Helena Moyano es no solamente la mujer anónima de pueblo, desesperada por llevar alimentos y porque no le matasen a sus hijos, sino que, con una mirada retrospectiva, fue el inicio del final del horror que la población sentía por Sendero Luminoso.
Fernando Cajías de la Vega
Bolivia


En la Conferencia se ha hecho un llamado muy importante por la integración que responde al aspecto de la cultura. Si hay algo que podemos hacer los historiadores que sea integrador, es la historia de la cultura. El dominicano Juan Luis Guerra por ejemplo ha unido a través del merengue a toda una juventud. Sería interesante poder estudiar e integrar esos temas que parecen muy cotidianos.

Por otra parte, creo que a todos nos ha impactado la exposición de Luisa Angélica Sherezada Vicioso, sobre todo por el llamado que ha hecho a una verdadera integración, eliminando las ausencias, entre ellas la de la mujer, pero también la de los vencidos. Sin embargo, llenar las ausencias tampoco nos debe llevar a los fundamentalismos, que son definitivamente un peligro de la integración.

Yo estoy estudiando el fenómeno de Tupac-Amaru. Rescatamos a Tupac-Amaru, a los líderes indígenas, pero también, a su lado, surgió un Pumacagua que estaba a favor de la colonia. Es muy importante ver esta cuestión crítica. Para entender esas ausencias no hay que exaltar solamente a los buenos. Se debe hacer una historia integral de la mujer, del problema afroamericano, del problema indígena, porque así como hay grandes feministas, hay también grandes mujeriegos como Simón Bolívar.
Guillermo Bustos
Ecuador


Esta mesa ha hecho referencia a la necesidad de recuperar la visión de los vencidos, a ubicar el papel de la mujer en términos históricos, a encontrar maneras más atractivas de enseñar historia, al problema de lo propio y lo ajeno. Estos elementos se pueden ver desde distintos ángulos, y quisiera proponer solamente dos: Uno es el que tiene que ver con la relación que hay entre el acumulado historiográfico que se genera en las academias, la manera como circula este discurso y cómo, en ese proceso nunca se topa, o al menos es el caso de la experiencia ecuatoriana, con el discurso educativo de la historia. En realidad hay un hiato profundo que ha crecido con el paso del tiempo -y eso sorprende cuando uno escucha este tipo de referencias que se hacen normalmente en foros en los cuales no están participando solamente historiadores profesionales- entre el discurso especializado y ese discurso educativo con el cual los docentes enfrentan cotidianamente en el aula la enseñanza de la historia.

Desde el punto de vista pedagógico me pregunto si es verdad que nosotros tenemos una historia tradicional y una nueva historia que está plagada de héroes masculinos. ¿Qué sacamos con incluir un panteón de heroínas? La concepción del héroe, del sujeto providencial sigue campeando, sea este hombre o mujer, el objeto de la reflexión. Es preferible empezar a redimensionar y unir en términos interdisciplinarios la nueva reflexión que se ha hecho en la historiografía latinoamericana y los nuevos desarrollos pedagógicos de cómo construir una nueva manera de enseñar historia. En ese sentido creo que se puede ubicar desde dos ángulos distintos, los elementos que la mesa de esta tarde ha traído a colación.
Manuel López Díaz
Cuba


Quiero referirme al sujeto colectivo en la historia. Yo parto de aquella frase de Marx que decía "la historia la hacen las masas", pero indudablemente la investigación de los sujetos colectivos está todavía en pañales en la inmensa mayoría de los países hispanoamericanos.

Cuando la colega Luisa Angélica Sherezada hablaba de la mujer, me recordó que en nuestro Instituto habíamos promovido un debate para ver si el estudio de género era una necesidad o una moda. Transmitimos por radio la invitación y concurrieron como setenta mujeres y seis hombres. Yo tuve que pedir allí un aplauso para los seis hombres, y fue muy interesante porque casi todos fueron con grabadora y sacamos muy buenas conclusiones.

Con relación a la propuesta de no convertir otro panteón de heroínas, es necesario sacar primero a relucir a las heroínas para después introducirles una historia más integral. Indudablemente que se trata de una vertiente que está bastante huérfana todavía de investigación.

Por otro lado, tenemos el fenómeno de las historias regionales. Desde hace seis años tenemos en Cuba un gran proyecto de hacer historia regional y en ese sentido tenemos ya casi todas las provincias historiadas. Con todas las limitaciones que pueda tener esta obra, nos ofrece un fruto gigantesco para las historias nacionales, porque la historia nacional de Cuba, por ejemplo, tiene una carga hacia el occidente del país fundamentalmente, y la región oriental está poco investigada. Estas historias regionales harán posible que el caudal de argumentaciones y fundamentaciones que se derivan de ella enriquezca la historia nacional.

Parecería además que todas las historias que estamos leyendo son historias oficiales. No es así, ni todo el que escribe historia en una institución oficial tiene necesariamente que hacer la llamada historia oficial. Este fue un debate también que recientemente hicimos en Cuba, que está publicado en la revista Contracorriente, porque hay interpretaciones disímiles sobre esto de la historia oficial. El problema principal de los historiadores, independientemente de la institución en la que trabajen, o de los valores que quieran potenciar, es si se acercan o no a la verdad. Si en su movimiento hacia un tópico de acercamiento hacia la verdad en su investigación el hombre acierta, esa es la misión fundamental. Estamos en un debate de historia oficial donde el estado se convierte en un léxico demasiado flexible, con una carga ideológica bastante grande, que pertenece más al campo de la lucha ideológica que se escenifica en el seno de los historiadores, que al campo de la verdadera ciencia histórica. ¿Dónde está la historia no oficial? Y si hay una historia oficial y otra no oficial, ¿cuál es la que tenemos que hacer? Tenemos que hacer una crítica historiográfica sobre todos los textos que hay en la educación. Si los historiadores tomamos los textos de educación en cada país y hacemos esa critica de manera fuerte con las limitaciones que conlleva, haremos avanzar la ciencia histórica. Es necesario crear la cultura del debate alrededor de los problemas históricos, inclusive de aquellos que están relacionados con las enseñanzas en nuestros países, porque ese es el vehículo fundamental que hace llegar la historia a los que pretendemos crear como ciudadanos, o contribuir a la creación de ciudadanos.
Luisa Angélica Sherezada Vicioso
República Dominicana


A mí no me preocupa tanto la cuestión de la creación de un panteón femenino con madres de la patria. A mi me interesa llamar la atención sobre el papel de la mujer, como la primera transmisora de cultura, cuando es de valores y tradiciones. Cuando se dice que la enseñanza de la historia no se puede dejar exclusivamente a la escuela, se refiere a un hecho que yo señalé: la primera transmisora de la cultura y las tradiciones es la madre. Un maestro o una maestra puede enseñar cualquier noción histórica y la mamá la corrobora o la desbarata.

Lo que quiero señalar es que hay que poner especial atención al conglomerado femenino como transmisor de la historia, en todos los planos, como maestra -en América Latina el magisterio está compuesto en su gran mayoría por mujeres-, como madre de la otra mitad de la humanidad.