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Saludos de Ministros

Antonio Luis Cárdenas
Ministro de Educación de Venezuela

No puede haber paz si no hay justicia y ésta no podremos alcanzarla si continuamos manteniendo desigualdades profundas entre las personas que integran un país, o entre los países.

La mayor tragedia de la humanidad en este fin de siglo es la pobreza, y lamentablemente puede prolongarse en el siglo venidero. Esta se ha incrementado, tanto en número como en profundidad. A pesar de los avances que se han hecho en materia económica y aún cuando se han resuelto problemas macroeconómicos muy importantes en nuestros países, observamos que sigue habiendo una gran diferencia entre los que tienen y los que no poseen mayores bienes. Mientras que continúe esa injusticia, mientras que la mayoría de la población esté en la pobreza, y sólo una minoría disfrute de la riqueza, no habrá seguridad ni habrá paz. Mientras haya países que absorban la mayor parte de la riqueza del mundo y existan otros con tremendas penurias, indiscutiblemente la paz estará comprometida.

Pero las perspectivas que tenemos para finales de este siglo y comienzos del próximo, nos permiten mirar el futuro con optimismo si los dirigentes y la sociedad entienden que sólo podemos alcanzar la justicia si le damos igualdad de oportunidades a todos a través de una educación con calidad.

En este sentido, destaco las siguiente palabras: El hecho de que el conocimiento sea el factor determinante para el desarrollo, y que en la posibilidad de adquirirlo e incrementarlo ningún país tenga alguna ventaja o desventaja natural, puesto que todos los seres humanos poseemos la capacidad innata para adquirirlo, crea una situación de democracia potencial del poder que nunca antes había existido.

La ventaja la tendrán los países que desarrollen al máximo las capacidades de sus habitantes, porque hoy la clave del desarrollo no está en la posesión de los recursos naturales, ni de las industrias, ni del capital, aunque todo elllo sea indispensable. El factor fundamental es el conocimiento, la capacidad intelectual y, como siempre, la actitud hacia el trabajo de la población .

Todos nuestros pueblos tienen en la mano la posibilidad del desarrollo y, por lo tanto, de la justicia y de la paz, que está en la educación de calidad para todos. Esa educación debe estar fundamentada éticamente; debe basarse en la comprensión entre los hombres para lograr también la posibilidad de una globalidad más humanizada que conduzca realmente a la paz.
Diego Rivadeneira
Vicecanciller de Ecuador


En este mundo de creciente interdependencia entre los pueblos resulta incuestionable la necesidad de preparar a las futuras generaciones para la búsqueda común de la paz, la libertad y la justicia, en un marco de cooperación y solidaridad. Nuestros pueblos, como parte integrante de esta gran comunidad andina y latinoamericana de naciones, tienen mucho en común. Sus orígenes históricos se remontan al período precolombino; durante la colonia se manifestaron fuertes vínculos en lo político y en lo económico; nuestras naciones participan de características geográficas, étnicas y culturales similares, con problemas económicos y sociales semejantes.

Esto nos lleva a pensar que los historiadores, educadores, gobernantes y todos aquellos que de una u otra manera imparten formación a las nuevas generaciones, tienen la gran responsabilidad de sembrar en sus mentes y espíritus, razones pragmáticas que les impulsen a una fructífera vinculación para luchar como verdaderos socios para el desarrollo, por su bienestar y por los requerimientos propios de la dignidad del hombre.

Los verdaderos enemigos de nuestras comunidades no están más allá de nuestras fronteras, sino por el contrario, están cerca a nosotros, en nuestros países. Me refiero a las enfermedades, la pobreza, la extrema miseria, la desnutrición, la corrupción y la crisis de los valores de la sociedad. De ahí nacen los imperativos de unión y la necesidad de conjugar esfuerzos en el campo social, político y cultural; en la ciencia y en la tecnología, en la salud o en la protección del medio ambiente y en el aprovechamiento de los recursos naturales.

Corresponde entonces a la historia, contribuir a un mayor conocimiento recíproco y a la creación de un clima de confianza mutua. Debemos investigar con mayor profundidad nuestras raíces e identidades culturales para redescubrir nuestros valores compartidos. En determinadas condiciones la problemática puede parecer complicada, pero en la medida en que podamos contribuir a aumentar la confianza, sanar las heridas y superar las diferencias, nuestros pueblos podrán explorar caminos de entendimiento en todos los órdenes de la vecindad, y crear una red de intereses comunes.

El historiador deberá apreciar debidamente los valores compartidos y los problemas comunes de los pueblos, a fin de impulsar una reconciliación histórica que permita armonizar los grandes intereses de nuestros países.

Quisiera destacar, por su trascendencia, el impulso que esta tarea dará al sentimiento de solidaridad y cooperación entre los pueblos. Solamente aquellos hombres con capacidad para sentir la angustia y el dolor ajeno podrán construir este gran edificio de la cultura de paz en el que estamos empeñados; sólo de esa manera evitaremos ahondar en posiciones poco flexibles y detenernos en la retórica del recuerdo de nuestras raíces comunes, las cuales serán importantes, siempre y cuando logremos proyectarlas hacia un futuro de bienestar, seguridad, justicia y democracia.

Los procesos de integración de América Latina deben tener un carácter amplio e integral. Deberán ser enfocados hacia todos los elementos que conforman la relación entre los pueblos. En ese contexto, es necesario que los gobiernos impulsen encuentros entre los diferentes actores de la relación bilateral en los sectores político, económico, comercial, social, cultural o deportivo. No es conveniente que por motivos coyunturales, cálculos o estrategias, resentimientos históricos, o la simple aplicación de leyes o disposiciones rígidas generalmente caducas, se impida el libre y espontáneo deseo de los pueblos de interrelacionarse y compartir sus experiencias.

La integración no puede ser únicamente comercial; debe dirigirse hacia el crecimiento del bienestar de nuestros pueblos, hacia la búsqueda de una mayor equidad social y hacia la necesaria protección del equilibrio ambiental. Este proceso no puede basarse sólo en convenios y en documentos; también debe orientarse hacia la vivencia diaria de nuestros vínculos e intereses comunes.

No hacen falta medidas apoteósicas o extraordinarias, por el contrario, se requieren pequeños gestos y actitudes sinceras para conformar un gran conjunto de vínculos y relaciones. Debemos insistir en la idea del destino común, de la sociedad para el desarrollo y de la lucha conjunta y solidaria contra los problemas sociales; sólo así responderemos a los desafíos que nos plantea el próximo milenio.