La Tumba Francesa


Inscrito en 2008 (3.COM) en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad (originalmente proclamado en 2003)

El tipo de baile, canto y percusión llamado Tumba Francesa (literalmente, tambor francés) llegó a Cuba con los esclavos haitianos, que fueron trasladados a la parte oriental del país tras las revueltas que sacudieron Haití en 1790. Los primeros testimonios escritos de esta tradición datan de principios del siglo XIX. Esta danza encarna uno de los vínculos más antiguos y visibles con el patrimonio afrohaitiano de la provincia cubana de Oriente. Es el fruto de la fusión, en el siglo XVIII, de la música de Dahomey (África occidental) y de los bailes tradicionales franceses. Tras la abolición de la esclavitud en Cuba en 1886 y la migración urbana de los libertos en busca de trabajo, surgieron las sociedades de Tumba Francesa en varias ciudades del Este de la isla. Las interpretaciones suelen comenzar con un solo en un dialecto español o francés interpretado por el cantante principal, llamado composé. Cuando éste da la señal, el catá, un gran idiófono de madera, arranca con un ritmo frenético al que replican tres tambores llamados tumbas. Esos instrumentos, que se tocan con la mano, se parecen a las congas modernas. Se fabrican con un tronco de madera hueca de una sola pieza y se adornan con motivos grabados y pintados. Las danzas se ejecutan bajo la dirección del Mayor de Plaza. Los bailarines y el coro están formados principalmente por mujeres. Estas van ataviadas con vestidos largos al estilo colonial, se cubren la cabeza con pañuelos africanos y llevan en la mano pañuelos variopintos. Los cantantes acompasan el ritmo con sonajeros metálicos (chachás). Las representaciones consisten en series de cantos y danzas de 30 minutos de duración y suelen prolongarse hasta bien entrada la noche. La popularidad de la Tumba Francesa alcanzó su apogeo al final del siglo XIX. Hoy día, sólo se interpretan regularmente dos de los numerosos estilos de Tumba Francesa: el masón, una parodia jocosa de los bailes de salón franceses, y el yubá, un baile improvisado basado en ritmos frenéticos de tambor. Tres conjuntos siguen manteniendo viva esta tradición.