Historia de América Latina

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Las sociedades originarias

Directora
Teresa Rojas Rabiela (México)

Codirector
John V. Murra (Estados Unidos)

Capítulo 5. Las sociedades mesoamericanas: las civilizaciones antiguas y su nacimiento
Christine Niederberger

DESARROLLO DE CAPITALES REGIONALES Y CRISTALIZACIÓN DE LA CIVILIZACIÓN MESCAMERICANA

A fines del segundo milenio a.n.e. se desarrollan de manera casi simultánea y en numerosas regiones de la América media, varios centros mayores, marcos de un poder político y religioso creciente (Ilustración 3). Los vestigios arquitectónicos que sobrevivieron indican que esos sítios mayores fueron concebidos según un plan coherente cuyo centro era un espacio de connotación sagrada. En este nuevo modo de organización espacial centrípeto se desarrollan y se intensifican los procesos de jerarquización social. Los testimonios arqueológicos recogidos señalan la aparición de agentes políticos estables y de una clase de dignatarios con vestimentas e insignias específicas, destinados a regir el dominio de lo sagrado. Centros de control y de transmisión de conocimientos, esos sitios mayores fueron también el punto focal de creación de una iconografía elaborada, tal como lo atestiguan las artes lapidaria y cerámica. Las complejas técnicas utilizadas subrayan la presencia, en el seno de esas comunidades, de grupos de artesanos especializados. Por último, el volumen y la variedad de los productos que circulan, a veces sobre distancias considerables, indican que esos centros mayores de la Mesoamérica antigua formaban parte de redes regionales e interregionales de intercambio ya fuertemente estructuradas.

La Mesoamérica antigua y el horizonte olmeca

Tal como lo hemos apuntado en la introducción, el nacimiento de la civilización mesoamericana corresponde a la cristalización de un conjunto cultural específico, convencionalmente llamado "olmeca".

Las razones de esta apelación, discutible y siempre ambigua, derivan del hecho de que los primeros vestigios arquitectónicos de este horizonte cultural fueron descubiertos, a comienzos del siglo XX, sobre la costa del golfo de México, donde, en la época Histórica Tardía, residía una etnia denominada "olmeca huixtotin", sin duda sin relación precisa con el conjunto arqueológico descubierto. De hecho, la palabra "olineca" conlleva generalmente posiciones difusionistas y el postulado según el cual la civilización mesoamericana antigua tiene su origen en la costa del Golfo.

Debido a que hoy es difícil afirmar que la civilización llamada olmeca tenga un origen unicentrista y a que, por lo demás, sus manifestaciones tempranas se perciben en muchas zonas geográficas, la significación que daremos aquí al ineludible término "olineca", como en todos nuestros trabajos anteriores, estará limitada estrictamente -y por conveniencia- a dos nociones:
- la del estilo arqueológico;
- la de una civilización, que hemos definido como multiétnica y de naturaleza panmesoamericana (Niederberger, 1976 y 1987), que cubría, entre 1250 y 700/600 años a.n.e., amplios espacios de la América media. En otros términos, creemos que la Mesoamérica antigua corresponde a una esfera de interacciones económicas y culturales entre gurpos "pares", es decir, situados al mismo nivel de evolución sociopolítica.

El término "olineca", entonces, no será jamás utilizado aquí en el sentido de un pueblo arqueológico, residente en la costa del golfo de México. Estas precisiones son necesarias para evitar el conjunto de malentendidos que nacen de los empleos diversos -aunque generalmente difusionistas- de ese término.

Los principales documentos arqueológicos disponibles para numerosas regiones de la Mesoamérica de fines del segundo milenio a.n.e. indican que la civilización mesoamericana naciente muestra, sobre un fondo cultural común, una cierta diversidad.

La calidad y el peso de los conocimientos acumulados hasta ahora varían según las regiones. Pero, en síntesis, todas las investigaciones contribuyen a definir las características profundamente originales de la civilización mesoamericana en sus primeras manifestaciones.

Occidente de México

Las fronteras culturales y la extensión geográfica de Mesoamérica han oscilado a través de las épocas. Es una de las razones por las cuales es necesario ubicar el estudio de esta área cultural en una perspectiva diacrónica. Es difícil conocer los límites septentrionales de Mesoamérica en sus primeras etapas de desarrollo, llamadas generalmente Formativa o Preclásica. Un punto límite extremo podría estar representado por el sitio de El Calón, en el Sur de Sinaloa, donde S. Scott ha señalado un montículo piramidal atribuido al Formativo Antiguo.

La época Formativa Antigua en Michoacán es conocida actualmente por los estudios del complejo funerario de El Opefio, datado a fines del segundo milenio a.n.e. Se trata de una serie de tumbas subterráneas, con escalera y cámara oval, excavadas en el subsuelo de costra calcárea endurecida o tepetate, estudiada primero por E. Noguera y, más recientemente, por J. A. Oliveros. La alfarería está decorada con motivos negativos y diseños de color rojo sobre bayo. Entre las figurillas de barro cocido de excelente factura, descubiertas por J. A. Oliveros, se encuentran finísirnas representaciones humanas, en arcilla blanca altamente pulida y con un aspecto similar al marfil. Algunas figurillas llevan objetos ligados a un tipo de juego de pelota. Por otra parte, en este material funerario se han encontrado unas orejeras y una representacion antropomorfa de jadeíta, así como un pectoral de piedra en forma de caparazón de tortuga marcado con el famoso emblema olmeca de la cruz de San Andrés o motivo de bandas cruzadas, al que nos referiremos más adelante.

En cuanto al Estado de Guerrero, M. Covarrubias -gran pionero de los estudios olmequistas- consideraba que podría representar el lugar de origen del estilo y de la civilización olmeca. Sin suscribir necesariamente esta tesis, es preciso, sin embargo, reconocer que pocas zonas de la Mesoamérica pueden rivalizar con Guerrero en lo que respecta al número de testimonios de arte lapidario olmeca en jadeíta y serpentina (Ilustración 4a, b, d, e).

Hoy, el descubrimiento del vasto sitio olmeca de Teopantecuanitlan (Tlalcozoltillán), situado en la confluencia de los ríos Amacuzac y Mezcala-Balsas, y las excavaciones llevadas a cabo por el INAH (Martínez Donjuan, 1986; Niederberger, 1986; Reyna Robles, 1989) abren la posibilidad de entender mejor las modalidades de integración de un gran centro regional de arquitectura monumental de Guerrero en el universo panmesoamericano antiguo.

Según los estudios de Martínez Donjuán, la etapa de construcción más antigua del sitio está representada por un patio de 32 x 26 m de lado construido en tierra arcillosa amarilla. El patio estaba delimitado por un muro cuya cara externa poseía escaleras simétricamente dispuestas. Las escaleras, situadas sobre el lado sur, son dobles y están separadas sobre su eje mediano por una rampa rematada en un pilar con motivos simbólicos altamente estIlizados -característicos del repertorio olmeca-: la oreja del felino y la hendidura frontal. En síntesis, esta etapa 1, que concluye antes del 900 a.n.c., corresponde a una arquitectura de tierra.

La ocupación siguiente, o etapa 11, se caracteriza por un conjunto arquitectónico de piedras talladas. Los muros interiores del patio de tierra arcillosa amarilla han sido reemplazados por muros de grandes piedras calcáreas blancas talladas, de aristas vivas, unidas sin argamasa. El recinto rectangular, delimitado por esos muros de piedras, talladas con gran maestría técnica, mide 19 x 14,20 m. En el interior del recinto se han descubierto cuatro monolitos de casi tres toneladas cada uno, de forma poco común. Cada bloque de piedra ha sido tallado en forma de T invertida y perfectamente pulido. Sobre la fachada anterior de cada monolito se encuentra grabado con gran seguridad de trazo, y ejecutado con una poderosa sobriedad, un motivo recurrente en la iconografía olmeca: el del felino antropomorfo. El rostro de este ser híbrido cubre lo esencial de la superficie del monolito con su venda frontal, los ojos almendrados marcados por el estrabismo, la nariz ancha y los labios con las cornisuras dirigidas hacia abajo. Sobre el torso embrionario se observa el motivo de las fajas cruzadas o cruz de San Andrés. Por último, cada una de las manos sostiene una antorcha que remata en una llama. Este último rasgo iconográfico podía conferir a cada uno de los seres mitológicos representados -probablemente asociados con los cuatro puntos cardinales- la calidad sagrada de guardianes diurnos y nocturnos de la zona ceremonial (Ilustración 4g).

Allí puede notarse una característica arquitectónica interesante. El patio, situado por debajo de una serie de plataformas dispuestas sobre el flanco de relieves montañosos naturales, respeta ya la ley arquitectónica del patio hundido que encontrará su apogeo en el trazado urbano de la Mesoamérica clásica. Este patio poseía sistemas de drenaje constituidos por piedras talladas en forma de U y provistas de tapas. En la pared norte se encontró una escultura megalítica en forma de cabeza humana y más recientemente, G. Martínez descubrió, sobre la explanada yuxtapuesta, dos estelas y un megalito en forma de sapo (cf. Clark, 1994). En la zona este de la plataforma norte Gámez Eternod excavó el área de un pequeño altar de cantos rodados, con un monolito en forma de estela levantado en su centro. Alrededor de esta estructura se encontraron las sepulturas de cuatro infantes, uno de los cuales estaba acompañado por el entierro de dos perros.

Por último, las estructuras de decoración arquitectónica hecha de barras y puntos pertenecen a una tercera fase de la construcción fechada entre el 800 y el 600 a.n.e.

Un importante sistema hidráulico fue construido para asegurar la regularidad de la producción agrícola. Incluía un dique de almacenamiento río arriba, que recibía aguas pluviales y manantiales, así como un grandioso acueducto formado por dos filas paralelas de imponentes monolitos, de 1.20 a 1.90 m de altura, cubierto por grandes lajas.

La excavación de una unidad habitacional que hemos realizado en Teopan-tecuanitlan ha proporcionado algunos datos sobre la dieta alimenticia en vigor al principio del primer milenio a.n.e., dieta que incluía -al lado del maíz presente en el registro polínico-, el bagre del río Balsas, cangrejos, conejos, dos especies de cérvidos y una sorprendente proporción de perro. El piso de la casa principal (sitio 5) y las fosas troncocónicas asociadas contenían una gran cantidad (74% del total de la industria lítica M sitio) de navajas prismáticas y otros artefactos de obsidiana negra, de bandas grises, probablemente importada de la cuenca de México. De gran interés fue también el análisis de las conchas marinas encontradas en esta unidad, en forma de piezas enteras, fragmentos sin trabajar o parcialmente trabajados y de adornos terminados, lo que sugiere la presencia de un taller de manufactura de este material en el sitio. Al menos ocho géneros de conchas marinas, todas provenientes de la costa pacífica, están representadas. Por su destacable cantidad, la más preciada parece haber sido la madreperla (Pinctada mazatlanica). Entre los artefactos de cerámica se encontraron platos de base plana con engobe blanco, con motivos incisos en el fondo y el motivo de la doble línea interrumpida en el borde interno, así como grandes figurillas huecas en forma de niños mofletudos, cubiertas de engobe blanco altamente pulido. Los habitantes de esta unidad habitacional -implicados en la adquisición, almacenamiento, producción y redistribución de bienes obtenidos en las redes de intercambios interregionales- debían de tener relaciones estrechas con la élite del sitio o formar parte de ella. Entre los ornamentos que se excavaron en la unidad figuran -al lado de los de conchas marinas- orejeras de serpentina y de ónix, un bezote y un estilete de serpentina y fragmentos de espejos de mena de hierro (Niederberger, 1996).

Por otra parte, la región de Guerrero es rica en pinturas rupestres del horizonte olmeca, tal como lo prueban las grutas de Oxtotitlán (Ilustración 4f), donde se ha descubierto, entre otras pinturas policromas, la de un dignatario cubierto por una capa de plumas y sentado sobre un trono zoomorfo; o bien las cavernas de Juxtlahuaca, donde se encuentra representado otro dignatario -con una túnica tricolor y polainas y manoplas de piel de jaguar-, que domina desde su altura a un personaje simbólicamente pequeño, quizás su vasallo. Sobre las paredes de una sala contigua se distribuyen diferentes representaciones zoomorfas entre las que resalta una serpiente de cresta emplumada, cuyo ojo aparece marcado con la cruz de San Andrés.

El Altiplano central

Sobre el Altiplano central, desde el Estado de Morelos hasta el de Puebla pasando por la cuenca de México, se ha descubierto e inventariado una miríada de sitios arqueológicos -aldeas o centros de integración regional-, datados en el periodo 1250-600 a.n.e. Sería imposible citarlos todos, de modo que sólo elegiremos algunos ejemplos.

Chalcatzingo, en el Estado de Morelos, constituye un importante centro de integración regional, conocido desde hace decenios por su destacable número de esculturas y grabados rupestres de estilo olmeca. Dichos relieves rupestres, trazados sobre la roca rosada de las imponentes montañas en forma de domo, que confieren una particular belleza y majestad al sitio, integran una temática de gran poder simbólico que incluye: cavernas -lugar de iniciación y puerta de entrada al inframundo-, representadas por las fauces abiertas de un monstruo felino; grutas en las que un dignatario parece estar participando en ritos propiciatorios ligados a la lluvia (Ilustración 5); representaciones de ceremonias con personajes que llevan una máscara bucal aviforme; escenas de monstruos híbridos a menudo marcados con la cruz de San Andrés, atacando o devorando a seres humanos.

Durante las excavaciones, dirigidas por D. Grove (Grove et al., 1987), se definieron tres fases de ocupación del sitio: la fase Amate anterior al 1100 a.n.e.; la fase Barranca (1100-700 a.n.e.) y la fase Cantera (700-500 a.n.e.). Por el momento, la mejor documentación y el mayor volumen de ocupacion arqueológica recuperada provienen de la fase Cantera.

La fase Amate queda en gran parte por definir, tanto en su precisa ubicación cronológica como en su contenido, aunque se le han atribuido dos estructuras, una de las cuales contenía una pequeña estatuilla antropomorfa en jadeíta. Entre los testimonios arquitectónicos de las fases siguientes figura el Monumento 22, de 4.4 m de largo, realizado en piedra tallada y que representa un altar o un trono. Probablemente, fue construido durante la fase Barranca y, en todo caso, reestructurado durante la fase Cantera. La fachada norte de este monumento está decorada con motivos abstractos, ligados a la temática del felino antropomorfo.

La amplia plaza pública o ceremonial de Chalcatzingo, de 120 m de largo y 70 de ancho, estaba bordeada al Norte por un montículo bajo de unos 70 m de largo. El estudio de las sepulturas y ofrendas mortuorias encontradas en la zona ofrece valiosos datos sobre la jerarquización social en vigor.

En cuanto a la cuenca de México, los testimonios de esta época antigua son particularmente difíciles de rescatar. En efecto, tanto durante su trayectoria Clásica, con la metrópolis de Teotihuacan, como a lo largo de su época Postclásica, con la ciudad azteca de Tenochtltlan, la cuenca de México fue la sede de grandes centros políticos, con fuerte impacto en toda el área mesoamericana. La intensa actividad humana y las vastas transformaciones del medio ambiente efectuadas hasta la fecha hacen difícil la supervivencia de testimonios arquitectónicos de superficie de las épocas más antiguas que aquí nos interesan. En particular, en los sitios de Tlapacoya (Tolstoy et al., 1977; Niederberger, 1976, 1987) y de Tlatilco (Garcia Moll et al., 1989; Pifia Chan, 1958; Porter, 1953; Romano, 1962), que consideramos como dos de los centros de integración política y económica más antiguos de la región.

Una larga secuencia cultural, con las fases Nevada (1400-1250 a.n.e.), Ayotla (1250-1000 a.n.e.), Manantial (1000-800 a.n.e.) y Tetelpan (800-700 a.n.c.), se elaboró en Tlapacoya-Zohapilco (Niederberger, 1976).

En cuanto a la existencia de estructuras públicas relacionadas con las fases Ayotla y Manantial, es de interés señalar sin embargo que, en Tlapacoya, la franja de base de un montículo de tierra, que se hallaba adosado a la montaña, es visible todavía en la zona meridional del sitio. En esta zona, 150 000 m3 de sedimentos, compuestos sobre todo de material arqueológico de la época Ayotla y Manantial, han sido sistemáticamente arrasados para construir una autopista vecinal. Por otra parte, en Tlatilco M. Porter señaló la existencia de plataformas y de escaleras, visibles sobre el perfil de los cortes de terreno. Debe notarse, también, que la gran capa de lava volcánica de fines del primer milenio a.n.e., que cubre el Sudeste de la cuenca de México, puede ocultar un importante centro, antecedente del núcleo protourbano de Cuicuilco.

Por último, también Coapexco, situado en la zona montañosa del Sudoeste de la cuenca, parece haber constituido un sitio mayor en la época Ayotla, con una superficie estimada en 50 ha y una densidad de ocupación de 60 casas por héctarea (Tolstoy y Fish, 1975). La estructura 4, que fue excavada, poseía un plano trapezoidal con paredes hechas de adobe y una fachada pulida, recubierta de una capa de arcilla roja.

Ahora bien, a pesar de la dificultad del trabajo y rescate meherentes a esta zona, las primeras capitales regionales de la cuenca de México (caput, no urbs) pueden caracterizarse por una asociación diagnóstica de testimonios arqueológicos (Niedeberger, 1987).

Su economía se funda en una agricultura eficaz caracterizada por el cultivo del maíz, el amaranto, el frijol, la calabaza, el tomate verde y el chile. Los agrosistemas intensivos parecen ya en desarrollo en la región meridional de Terremote, con indicios de construcción de zonas hortícolas en un medio lacustre y con la presencia de canales de irrigación, referidos por D. L. Nichols, en la región Noroeste más árida de Xalostoc. En esta zona se hallaron figurillas relacionadas con la fase que hemos denominado Manantial. Esas capitales constituyen importantes centros económicos y desempeñan un papel fundamental en las redes de intercambios interregionales. Por ellas debían pasar las grandes cantidades de obsidiana extraídas de los yacimientos geológicos del Norte de la cuenca para ser distribuidas en numerosas zonas de Mesoamérica. En su marco se importaban, también, diversos productos exóticos tales como el ónix, los espejos pulidos de mena de hierro, la mica, el asfalto de la costa del Golfo, el cinabrio, el cuarzo, la jadeíta y la serpentina o las conchas marinas, por sólo citar los productos no perecederos que sobrevivieron en el inventario arqueológico.

Se detectan allí ciertas formas institucionalizadas de poder que, a menudo, aparecen ligadas al ámbito de lo sagrado. Las figurillas en barro cocido muestran personales con altos y sofisticados tocados, particularidad generalmente reservada, en la Mesoamérica Clásica, a ciertos dignatarlos. Los datos mortuorios estudiados en Tlatilco, con ofrendas funerarias muy variables según los individuos y con una distribución restringida de objetos exóticos preciados, contribuyen a indicar que, a partir de la época Ayotla, el conjunto social está claramente jerarquizado. Por otro lado, la capital regional ya parece ser el marco de ceremonias específicas. Ciertas figurillas, con una indumentaria particularmente elaborada, llevan un conjunto específico de objetos y símbolos asociado al juego de pelota (Ilustración 6).

Por último, estos centros regionales constituyen un foco de concentración de informaciones tanto como de producción y circulación de mensajes. En efecto, sobre ciertos grupos de artefactos cerámicos, en particular sobre los vasos cilíndricos de Tlapacoya, Tlatilco y Coapexco, son numerosos los símbolos iconográficos complejos, en relación con una reflexión cosmológica y religiosa. De hecho, se puede observar que el Altiplano central, con sitios tales como Tlapacoya o Las Bocas -en el Estado de Puebla-, ha proporcionado el repertorio mas amplio y más complejo de iconografía sagrada sobre soporte cerámico de toda la Mesoamérica olmeca (Ilustración 7). En la temática aparece de manera recurrente el perfil del felino antropomorfo (Ilustración 8) -a menudo dividido en elementos abstractos, reestructurados en una compleja composición imbricada-, la serpiente con plumas, el hombre-pez-felino, los signos en U, en E y, en L, el rombo, el motivo de cinco puntos, el símbolo de las bandas cruzadas o cruz de San Andrés, el ser con la hendidura frontal o el motivo mesoamericano de la muerte, caracterizado por un rostro con párpados cerrados atravesado por bandas verticales. En fin, ciertos motivos iconográficos presentan un interés particular. Por ejemplo, un sello en terracota de Tlatilco muestra tres símbolos gráficos, quizás formas prototípicas de una escritura. Entre ellos figura la flor de cuatro pétalos, motivo que M. Coe ha asimilado al futuro glifo maya kin, cuyo valor simbólico corresponde, en la época Clásica, a "día" o "sol " .

El Estado de Puebla seguramente desempeñó también un papel preponderante en la génesis de Mesoaniérica, a juzgar por los testimonios aislados de Mo-

yotzingo, estudiados por J. Aufdermauer, de Nexapa, Necaxa o Tepatlaxco, de Texmelucan (Ilustración 8a y 8b) o del gran centro de Las Bocas. Este último sitio, célebre en razón del gran número de sus piezas arqueológicas en colecciones privadas, es conocido por la espléndida factura de sus figurillas y de sus vasijas con temas sagrados o profanos. Las figurillas huecas en formas de bebés mofletudos, recubiertas de engobe blanco, cuidadosamente pulidas y decoradas con cinabrio, constituyen una de las más bellas del mundo olmeca, al igual que ciertas representaciones zoomorfas, encantadoras por su armonía y espontaneidad realista. Las hachas votivas y las figurillas en jadeíta pulida encontradas en la región representan a menudo personajes portadores de objetos recurrentes en la iconografía olmeca tal como la manopla, especie de pequeño escudo manual y la antorcha (Ilustración 9a).

Oaxaca

Las excavaciones efectuadas en el valle de Oaxaca, con la definición de la fase Tierras Largas (1400-1150 a.n.c.), a la que ya hemos hecho referencia, y de las fases San José (1150-850 a.n.c.), Guadalupe (850-700 a.n.e.) y Rosario (700-500 a.n.e.) (Flannery, 1976; Flannery y Marcus, coords., 1983) llevaron a la elaboración de una larga secuencia que permite entender la cristalización, en esta región, de modos de vida mesoamericanos.

A partir de la fase San José se observa un notable crecimiento de la población regional, una nítida jerarquización de los sitios ocupados y el desarrollo de estructuras públicas.

El sitio de San José Mogote, con sus múltiples plataformas de piedra y de adobe, alcanza las 20 ha. Lo rodean aldeas satélites en simbiosis económica, tales como la aldea de Salinas, que provee la sal.

Por otro lado, los fenómenos de jerarquización social aparecen atestiguados tanto en los diferentes tipos de residencia como en las prácticas funerarias. A lo largo de las fases San José y Guadalupe, ciertas residencias poseen pequeños sistemas de drenaje. La Estructura 16 de San José Mogote, en la que se han recogido 500 fragmentos de magnetita y otros minerales de hierro destinados a la fabricación de espejos, pertenecía a una familia de alto rango que probablemente dirigía el barrio de artesanos especializados en la fabricación de esos objetos.

Durante la fase Rosario las estructuras públicas se multiplican y se vuelven más imponentes. El Montículo 1 de San José Mogote, construido sobre una elevación natural remodelada, alcanza 15 m de alto. Entre las Estructuras 14 y 19 se ha descubierto una estela (Monumento 3) que constituye uno de los bajorrelieves más notables de la Mesoamérica antigua. En efecto, junto a la representación de un personaje -especie de precursor de los "danzantes" de Monte Albán- se sitúa una inscripción compuesta de un punto y de un motivo complejo en forma de X.

Según la hipótesis de J. Marcus, se trataría del jeroglífico "1 Movimiento" o "1 Terrernoto", que podría constituir el más antiguo testimonio de la utilización del calendario ceremonial de 260 días y, quizás también, de la costumbre mesoamericana de llamar a los individuos por su fecha de nacimiento.

La costa del Golfo

A partir de fines del segundo milenio a.n.e., en las siempre verdes y húmedas llanuras de la costa del Golfo comenzaron a desarrollarse importantes capitales regionales: La Venta, San Lorenzo, Laguna de los Cerros y Tres Zapotes.

La Venta, en el Estado de Tabasco, representa, entre el 1000 y el 500 a.n.e., uno de los sitios más importantes de la Mesoamérica antigua con una extensión total estimada, según las últimas investigaciones cartográficas, en 200 ha en el momento de su apogeo (González Lauck, 1989).

El trazado del sitio fue planificado a lo largo de un eje Norte-Sur, afectado por una desviación de 8º Oeste. Primero se exploraron tres conjuntos de arquitectura civil y ceremonial llamados Complejos A, B y C (Drucker, Heizer y Squier, 1959) (Ilustración 10a).

El Complejo A, compuesto por dos patios delimitados por montículos de tierra apisonada, simétricamente dispuestos y con recintos delimitados por columnas naturales de basalto, reveló una serie de escondites dedicatorios y de ofrendas masivas subterráneas constituidas esencialmente por figurillas, hachas votivas y grandes bloques de jadeíta y serpentina. Las figurillas en piedra metamórfica verde representan personajes masculinos con el cráneo fuertemente marcado por una deformación intencional fronto-occipital derecha u oblicua.

El Complejo B, aún hoy mal conocido, comprende varios montículos de tierra apisonada y una gran plataforma conocida con el nombre de Acrópolis Stirling.

El Complejo C posee el elemento arquitectónico más célebre del sitio. Se trata de una estructura monumental de tierra de unos 30 m de alto y 130 de diámetro, en forma de cono con flancos acanalados, rodeada de una plataforma rectangular. La costumbre de recubrir las superficies de terreno habitadas con sedimentos de color diferente, observada en otras zonas, fue llevada a su paroxismo en La Venta, donde se descubrieron suelos que muestran una sucesión de tonos rosa viejo, siena, blanco, verde oliva, azul, o rojo vivo.

Un conjunto de imponentes monolitos se encontró en La Venta: "altares" o "tronos" (Ilustración 11a), esculturas de cabezas humanas colosales que podían alcanzar hasta 18 toneladas y estelas cubiertas de bajorrelieves que evocaban probablemente tanto acontecimientos históricos como escenas mitológicas.

La escena esculpida en altorrelieve sobre la cara anterior del Monumento 4, poderoso "altar" o "trono" monolítico, representa, por ejemplo, a un dignatario sentado con las piernas cruzadas, emergiendo de un nicho-caverna dominado por la máscara de un felino antropomorfo. Sostiene una cuerda que lo une a un personaje secundario esculpido sobre uno de los costados del monolito. Esta escena puede expresar tanto un mito de origen como un acto de vasallaje o de captura de prisioneros. Desde las visitas de F. Blom y 0. La Farge en 1925 y las primeras excavaciones dirigidas por M. Stirling en 1942, se han descubierto un gran número de esculturas en forma de estelas, a menudo alineadas al pie de las construcciones de la zona ceremonial. La Estela 1, un majestuoso monolito en basalto de 3.40 m de alto, representa un potentado vestido con una túnica y una capa, quizás hecha de plumas. Lleva un tocado alto con motivos simbólicos, muy elaborado y que duplica su altura (Ilustración 10b).

En la Mesoamérica antigua ya se dominaban numerosas técnicas lapidarias, no sólo de la escultura monumental sino también del pequeño arte lapidario en jadeíta y serpentina. De hecho, la maestría observada fue muy rara vez superada en toda la trayectoria cultural mesoamericana.

En La Venta, como en varios sitios mesoamericanos contemporáneos, las hachas votivas en jadeíta, finamente pulidas, ofrecen, a menudo, motivos antropomorfos esgrafiados y claros símbolos de poder tales como los centros y las barras ceremoniales, a menudo serpentiformes (Ilustración 11b).

Recientes excavaciones dirigidas por R. González Lauck (cf. Clark, 1994) han llevado a nuevos descubrimientos de estructuras y de monolitos pero, lo que es más importante aún, han permitido comenzar a ubicar esos testimonios arqueológicos en un contexto socioeconómico más amplio. Los edificios de los Complejos arquitectónicos D, G y H parecen relacionados con funciones cívicas y administrativas. El Complejo E atestigua claramente la existencia de lugares residenciales en la zona.

Por último, el estudio de los tipos de ocupación aldeana sobre el territorio circundante, caracterizado por islotes y redes fluviolacustres muy densas, ofrece una primera visión de la constelación de aldeas satélites que explotaban un medio ambiente muy rico en aves acuáticas, anfibios, reptiles, peces, moluscos y crustáceos.

Más al Oeste, el sitio de San Lorenzo fue construido sobre una meseta de más de 50 ha, que domina las llanuras circundantes, periódicamente inundadas. Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en 1966 permitieron definir una larga secuencia cerámica y cultural que incluye las siguientes fases: Ojochi (1500-1350 a.n.e.), Bajío (1350-1250 a.n.c.), Chicharras (1250-1150 a.n.e.), San Lorenzo (1150-900 a.n.e.) y Nacaste (900-800 a.n.c.) (Coe y Diehl, 1980).

Algunos índices de planificación del sitio ya se perciben durante la fase Bajío, pero sólo durante las fases Chicharras y San Lorenzo el sitio se transforma en un centro regional mayor. Durante la fase San Lorenzo se desarrollan, en particular, sistemas de control de agua y la construcción de canales de distribución y de drenaje, hechos de piedras talladas en forma de U cubiertas de lajas.

Recientes excavaciones dirigidas por A. Cyphers desde 1990 aportan nuevos datos de sumo interés sobre las características arquitectónicas de la fase San Lorenzo (Cyphers, 1994). Se recuperaron testimonios de casas de planta absidal, de paredes de bajareque y de madera, de construcciones de mampostería, a menudo con pisos o paredes hechos de bentonita local. Se ha señalado también la existencia de una plataforma baja, de estructuras con piso cubierto de pigmento rojo y con columnas basálticas utilizadas como elementos arquitectónicos. Relacionadas con las unidades habitacionales se han rescatado áreas de actividades dedicadas a la talla de la obsidiana, la explotación de asfalto y el reciclaje de las esculturas de basalto.

En San Lorenzo se hallaron, en efecto, más de 70 esculturas monolíticas (Ilustración 12), incluyendo altares/tronos, estelas, representaciones zoomorfas o humanas. Entre ellas se han encontrado diez cabezas humanas colosales de basalto (Ilustración 13). La primera, descubierta por M. Stirling y bautizada como "El Rey", mide 2.8 m de alto (Coe y Dietil, 1980: 301). Se ignora si estas cabezas representaban retratos reales de dignatarios o si estaban destinadas a evocar, bajo una forma plástica singular, a algún héroe mitológico. También se ha formulado la hipótesis de que dichas cabezas -debido a la presencia de una especie de casco- hayan podido representar retratos idealizados de guerreros o incluso de campeones del famoso juego de pelota mesoamericano, ya en vigencia a fines del segundo milenio a.n.e.

El Monumento 20, de 1.67 m de altura, entra en la categoría de los "altares" o "tronos" (ibid.: 331). Sobre la cara principal se observa, en altorrelieve, la escena de la presentación de un niño por un personaje adulto que emerge de un nicho. A la luz de la arqueología mesoamericana, en general, se han formulado varias interpretaciones acerca de este recurrente tema. Entre ellas, la de la sacralización del niño, quien, de ser así, jugaría un papel importante en ciertos ritos propiciatorios.

En el caso específico de la Mesoamérica antigua se puede pensar también en el simbolismo de la caverna que parece evocar los mitos de origen genealógico con la presentación de un niño, el de las sucesiones dinásticas. Sea como sea, esos megalitos esculpidos en una roca volcánica extraída de yacimientos alejados implican la existencia de sistemas políticos fuertes y de una organización social bien estructurada.

En la cercanía de San Lorenzo se dieron recientemente dos destacados hallazgos ligados con el horizonte olmeca. El primero, estudiado por P. Ortiz y M. C. Rodríguez en la zona del manantial de El Manatí -considerada por estos investigadores como un espacio sagrado-, contenía un grupo de esculturas antropomorfas de madera, extraordinariamente bien conservadas, hachas pulidas de jade y pelotas de hule (cf. Clark, coord., 1994). El segundo, realizado en el sitio El Azuzul, es una escena, encontrada in situ, de dos espléndidas esculturas de adolescentes arrodillados frente a un pequeño felino, acompañado de otro felino de tamaño mayor.

Diversos testimonios de este horizonte cultural, enumerados por A. García Cook y L. Merino, están distribuidos también a lo largo de todo el litoral atlántico, hasta las regiones septentrionales del río Pánuco.

El Sur y el Sudeste mesoamericanos

En Chiapas las fases culturales Barra y Ocos fueron seguidas por las de Cuadros (1100-900 a.n.e.) y Jocotal (900-800 a.n.e.), fuertemente ligadas al horizonte olmeca panmesoamericano, y luego por la de Conchas (800-400 a.n.e.) (Coe y Flannery, 1967; Lowe, 1978; Navarrete, 1971).

A lo largo de las fases Cuadros y Jocotal, el litoral pacífico y la zona central de Chiapas fueron el marco del florecimiento de una multitud de sitios. En cuanto a las ocupaciones más antiguas, T. Lee (1989) señala tres sitios en la zona del Grijalva Medio -entre ellos San Isidro, que tenía una plataforma baja-, ocho sitios en la depresión central y siete sitios sobre la costa pacífica. A partir del 900 a.n.c., T. Lee (1989) observa, en estas tres regiones, importantes mutaciones que califica de "revolución", tanto en la arquitectura como en la planificación espacial, con grandes estructuras piramidales de tierra, plataformas "acrópolis" con varias construcciones de piedra y edificaciones formales del juego de pelota.

La riqueza del Estado de Chiapas en esculturas megalíticas, en grabados rupestres y en objetos de arte mobiliario, tales como hachas pulidas, pectorales, "cetros" y estatuillas que corresponden al horizonte olmeca, es bien conocida (Navarrete, 1971; 1974). La estela de Padre Piedra muestra a un dignatario con la característica "manopla" olmeca, especie de escudo manual. El bajorrelieve de Xoc representa a un hombre con los pies en forma de garras, visto de perfil, con una máscara bucal aviforme y un tocado alto adornado con el motivo de las bandas cruzadas.

La continuidad geográfica de este conjunto cultural está atestiguada en Guatemala, en particular en el litoral pacífico y, más al interior, en Abaj Takalik (Graham, 1978). Abaj Takalik, que cuenta con una larga secuencia de ocupación, es considerado como uno de los sitios del horizonte olmeca más importante de la zona pacífica de Guatemala conocido hasta el momento. Su vasto corpus de esculturas monumentales incluye cabezas colosales (Monumento 23), "altares", personajes que emergen de cavidades, estelas con bajorrelieves como el Monumento 16/17, pilar megalítico de 2 m de alto que representa el rostro de un hombre con la boca de un felino, rematado con un alto "tocado" en forma de cabeza humana (Ilustración 14a).

En Honduras, C. Baudez y P. Becquelin han señalado testimonios de este periodo en Los Naranjos, cerca del lago Yojoa. Por su parte, W. Fash encontró en el Grupo 9N-8, en Copán, sepulturas con vasijas del horizonte olmeca, algunas decoradas con el motivo "mano-garra" o el símbolo de las cejas "flamígeras", acompañadas de un número destacable de artefactos de jade (Ilustración 15).

En El Salvador este horizonte arqueológico Antiguo está bien representado en la región de Chalchuapa (Sharer, 1978). En la misma región, cerca de Las Victorias, S. Boggs señaló la presencia de bajorrelieves rupestres de claro estilo olmeca.

Costa Rica podría representar el límite meridional extremo de la Mesoamérica antigua. Sin embargo, tal como lo señala A. Pohorilenko, no se debe excluir la posibilidad de que los múltiples artefactos pulidos de muy bello jade de estilo olmeca puro, originarios de colecciones museográficas o privadas, hayan sido llevados tardíamente a esta región.

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actualización 05/18/00