|
|
|
Las sociedades originarias
Directora
Teresa Rojas Rabiela (México)
Codirector
John V. Murra (Estados Unidos)
Capítulo 5. Las sociedades mesoamericanas: las
civilizaciones antiguas y su nacimiento
Christine Niederberger
DESARROLLO DE CAPITALES
REGIONALES Y CRISTALIZACIÓN DE LA CIVILIZACIÓN MESCAMERICANA
A fines del segundo
milenio a.n.e. se desarrollan de manera casi simultánea y en numerosas
regiones de la América media, varios centros mayores, marcos de
un poder político y religioso creciente (Ilustración 3). Los vestigios
arquitectónicos que sobrevivieron indican que esos sítios mayores
fueron concebidos según un plan coherente cuyo centro era un espacio
de connotación sagrada. En este nuevo modo de organización espacial
centrípeto se desarrollan y se intensifican los procesos de jerarquización
social. Los testimonios arqueológicos recogidos señalan la aparición
de agentes políticos estables y de una clase de dignatarios con
vestimentas e insignias específicas, destinados a regir el dominio
de lo sagrado. Centros de control y de transmisión de conocimientos,
esos sitios mayores fueron también el punto focal de creación de
una iconografía elaborada, tal como lo atestiguan las artes lapidaria
y cerámica. Las complejas técnicas utilizadas subrayan la presencia,
en el seno de esas comunidades, de grupos de artesanos especializados.
Por último, el volumen y la variedad de los productos que circulan,
a veces sobre distancias considerables, indican que esos centros
mayores de la Mesoamérica antigua formaban parte de redes regionales
e interregionales de intercambio ya fuertemente estructuradas.
La Mesoamérica antigua y el horizonte
olmeca
Tal como lo hemos apuntado
en la introducción, el nacimiento de la civilización mesoamericana
corresponde a la cristalización de un conjunto cultural específico,
convencionalmente llamado "olmeca".
Las razones de esta
apelación, discutible y siempre ambigua, derivan del hecho de que
los primeros vestigios arquitectónicos de este horizonte cultural
fueron descubiertos, a comienzos del siglo XX, sobre la costa del
golfo de México, donde, en la época Histórica Tardía, residía una
etnia denominada "olmeca huixtotin", sin duda sin relación
precisa con el conjunto arqueológico descubierto. De hecho, la palabra
"olineca" conlleva generalmente posiciones difusionistas
y el postulado según el cual la civilización mesoamericana antigua
tiene su origen en la costa del Golfo.
Debido a que hoy es
difícil afirmar que la civilización llamada olmeca tenga un origen
unicentrista y a que, por lo demás, sus manifestaciones tempranas
se perciben en muchas zonas geográficas, la significación que daremos
aquí al ineludible término "olineca", como en todos nuestros
trabajos anteriores, estará limitada estrictamente -y por conveniencia-
a dos nociones:
- la del estilo arqueológico;
- la de una civilización, que hemos definido como multiétnica y
de naturaleza panmesoamericana (Niederberger,
1976 y 1987),
que cubría, entre 1250 y 700/600 años a.n.e., amplios espacios de
la América media. En otros términos, creemos que la Mesoamérica
antigua corresponde a una esfera de interacciones económicas y culturales
entre gurpos "pares", es decir, situados al mismo nivel
de evolución sociopolítica.
El término "olineca",
entonces, no será jamás utilizado aquí en el sentido de un pueblo
arqueológico, residente en la costa del golfo de México. Estas precisiones
son necesarias para evitar el conjunto de malentendidos que nacen
de los empleos diversos -aunque generalmente difusionistas- de ese
término.
Los principales documentos
arqueológicos disponibles para numerosas regiones de la Mesoamérica
de fines del segundo milenio a.n.e. indican que la civilización
mesoamericana naciente muestra, sobre un fondo cultural común, una
cierta diversidad.
La calidad y el peso
de los conocimientos acumulados hasta ahora varían según las regiones.
Pero, en síntesis, todas las investigaciones contribuyen a definir
las características profundamente originales de la civilización
mesoamericana en sus primeras manifestaciones.
Occidente de México
Las fronteras culturales
y la extensión geográfica de Mesoamérica han oscilado a través de
las épocas. Es una de las razones por las cuales es necesario ubicar
el estudio de esta área cultural en una perspectiva diacrónica.
Es difícil conocer los límites septentrionales de Mesoamérica en
sus primeras etapas de desarrollo, llamadas generalmente Formativa
o Preclásica. Un punto límite extremo podría estar representado
por el sitio de El Calón, en el Sur de Sinaloa, donde S. Scott ha
señalado un montículo piramidal atribuido al Formativo Antiguo.
La época Formativa Antigua en Michoacán
es conocida actualmente por los estudios del complejo funerario
de El Opefio, datado a fines del segundo milenio a.n.e. Se trata
de una serie de tumbas subterráneas, con escalera y cámara oval,
excavadas en el subsuelo de costra calcárea endurecida o tepetate,
estudiada primero por E. Noguera y, más recientemente, por J. A.
Oliveros. La alfarería está decorada con motivos negativos y diseños
de color rojo sobre bayo. Entre las figurillas de barro cocido de
excelente factura, descubiertas por J. A. Oliveros, se encuentran
finísirnas representaciones humanas, en arcilla blanca altamente
pulida y con un aspecto similar al marfil. Algunas figurillas llevan
objetos ligados a un tipo de juego de pelota. Por otra parte, en
este material funerario se han encontrado unas orejeras y una representacion
antropomorfa de jadeíta, así como un pectoral de piedra en forma
de caparazón de tortuga marcado con el famoso emblema olmeca de
la cruz de San Andrés o motivo de bandas cruzadas, al que nos referiremos
más adelante.
En cuanto al Estado
de Guerrero, M. Covarrubias -gran pionero de los estudios olmequistas-
consideraba que podría representar el lugar de origen del estilo
y de la civilización olmeca. Sin suscribir necesariamente esta tesis,
es preciso, sin embargo, reconocer que pocas zonas de la Mesoamérica
pueden rivalizar con Guerrero en lo que respecta al número de testimonios
de arte lapidario olmeca en jadeíta y serpentina (Ilustración 4a,
b, d, e).
Hoy, el descubrimiento
del vasto sitio olmeca de Teopantecuanitlan (Tlalcozoltillán), situado
en la confluencia de los ríos Amacuzac y Mezcala-Balsas, y las excavaciones
llevadas a cabo por el INAH (Martínez
Donjuan, 1986; Niederberger,
1986; Reyna Robles, 1989)
abren la posibilidad de entender mejor las modalidades de integración
de un gran centro regional de arquitectura monumental de Guerrero
en el universo panmesoamericano antiguo.
Según los estudios
de Martínez Donjuán, la etapa de construcción más antigua del sitio
está representada por un patio de 32 x 26 m de lado construido en
tierra arcillosa amarilla. El patio estaba delimitado por un muro
cuya cara externa poseía escaleras simétricamente dispuestas. Las
escaleras, situadas sobre el lado sur, son dobles y están separadas
sobre su eje mediano por una rampa rematada en un pilar con motivos
simbólicos altamente estIlizados -característicos del repertorio
olmeca-: la oreja del felino y la hendidura frontal. En síntesis,
esta etapa 1, que concluye antes del 900 a.n.c., corresponde a una
arquitectura de tierra.
La ocupación siguiente,
o etapa 11, se caracteriza por un conjunto arquitectónico de piedras
talladas. Los muros interiores del patio de tierra arcillosa amarilla
han sido reemplazados por muros de grandes piedras calcáreas blancas
talladas, de aristas vivas, unidas sin argamasa. El recinto rectangular,
delimitado por esos muros de piedras, talladas con gran maestría
técnica, mide 19 x 14,20 m. En el interior del recinto se han descubierto
cuatro monolitos de casi tres toneladas cada uno, de forma poco
común. Cada bloque de piedra ha sido tallado en forma de T invertida
y perfectamente pulido. Sobre la fachada anterior de cada monolito
se encuentra grabado con gran seguridad de trazo, y ejecutado con
una poderosa sobriedad, un motivo recurrente en la iconografía olmeca:
el del felino antropomorfo. El rostro de este ser híbrido cubre
lo esencial de la superficie del monolito con su venda frontal,
los ojos almendrados marcados por el estrabismo, la nariz ancha
y los labios con las cornisuras dirigidas hacia abajo. Sobre el
torso embrionario se observa el motivo de las fajas cruzadas o cruz
de San Andrés. Por último, cada una de las manos sostiene una antorcha
que remata en una llama. Este último rasgo iconográfico podía conferir
a cada uno de los seres mitológicos representados -probablemente
asociados con los cuatro puntos cardinales- la calidad sagrada de
guardianes diurnos y nocturnos de la zona ceremonial (Ilustración
4g).
Allí puede notarse
una característica arquitectónica interesante. El patio, situado
por debajo de una serie de plataformas dispuestas sobre el flanco
de relieves montañosos naturales, respeta ya la ley arquitectónica
del patio hundido que encontrará su apogeo en el trazado urbano
de la Mesoamérica clásica. Este patio poseía sistemas de drenaje
constituidos por piedras talladas en forma de U y provistas de tapas.
En la pared norte se encontró una escultura megalítica en forma
de cabeza humana y más recientemente, G. Martínez descubrió, sobre
la explanada yuxtapuesta, dos estelas y un megalito en forma de
sapo (cf. Clark, 1994). En la
zona este de la plataforma norte Gámez Eternod excavó el área de
un pequeño altar de cantos rodados, con un monolito en forma de
estela levantado en su centro. Alrededor de esta estructura se encontraron
las sepulturas de cuatro infantes, uno de los cuales estaba acompañado
por el entierro de dos perros.
Por último, las estructuras
de decoración arquitectónica hecha de barras y puntos pertenecen
a una tercera fase de la construcción fechada entre el 800 y el
600 a.n.e.
Un importante sistema
hidráulico fue construido para asegurar la regularidad de la producción
agrícola. Incluía un dique de almacenamiento río arriba, que recibía
aguas pluviales y manantiales, así como un grandioso acueducto formado
por dos filas paralelas de imponentes monolitos, de 1.20 a 1.90
m de altura, cubierto por grandes lajas.
La excavación de una
unidad habitacional que hemos realizado en Teopan-tecuanitlan ha
proporcionado algunos datos sobre la dieta alimenticia en vigor
al principio del primer milenio a.n.e., dieta que incluía -al lado
del maíz presente en el registro polínico-, el bagre del río Balsas,
cangrejos, conejos, dos especies de cérvidos y una sorprendente
proporción de perro. El piso de la casa principal (sitio 5) y las
fosas troncocónicas asociadas contenían una gran cantidad (74% del
total de la industria lítica M sitio) de navajas prismáticas y otros
artefactos de obsidiana negra, de bandas grises, probablemente importada
de la cuenca de México. De gran interés fue también el análisis
de las conchas marinas encontradas en esta unidad, en forma de piezas
enteras, fragmentos sin trabajar o parcialmente trabajados y de
adornos terminados, lo que sugiere la presencia de un taller de
manufactura de este material en el sitio. Al menos ocho géneros
de conchas marinas, todas provenientes de la costa pacífica, están
representadas. Por su destacable cantidad, la más preciada parece
haber sido la madreperla (Pinctada mazatlanica). Entre los
artefactos de cerámica se encontraron platos de base plana con engobe
blanco, con motivos incisos en el fondo y el motivo de la doble
línea interrumpida en el borde interno, así como grandes figurillas
huecas en forma de niños mofletudos, cubiertas de engobe blanco
altamente pulido. Los habitantes de esta unidad habitacional -implicados
en la adquisición, almacenamiento, producción y redistribución de
bienes obtenidos en las redes de intercambios interregionales- debían
de tener relaciones estrechas con la élite del sitio o formar parte
de ella. Entre los ornamentos que se excavaron en la unidad figuran
-al lado de los de conchas marinas- orejeras de serpentina y de
ónix, un bezote y un estilete de serpentina y fragmentos de espejos
de mena de hierro (Niederberger, 1996).
Por otra parte, la
región de Guerrero es rica en pinturas rupestres del horizonte olmeca,
tal como lo prueban las grutas de Oxtotitlán (Ilustración 4f), donde
se ha descubierto, entre otras pinturas policromas, la de un dignatario
cubierto por una capa de plumas y sentado sobre un trono zoomorfo;
o bien las cavernas de Juxtlahuaca, donde se encuentra representado
otro dignatario -con una túnica tricolor y polainas y manoplas de
piel de jaguar-, que domina desde su altura a un personaje simbólicamente
pequeño, quizás su vasallo. Sobre las paredes de una sala contigua
se distribuyen diferentes representaciones zoomorfas entre las que
resalta una serpiente de cresta emplumada, cuyo ojo aparece marcado
con la cruz de San Andrés.
El Altiplano central
Sobre el Altiplano
central, desde el Estado de Morelos hasta el de Puebla pasando por
la cuenca de México, se ha descubierto e inventariado una miríada
de sitios arqueológicos -aldeas o centros de integración regional-,
datados en el periodo 1250-600 a.n.e. Sería imposible citarlos todos,
de modo que sólo elegiremos algunos ejemplos.
Chalcatzingo, en el
Estado de Morelos, constituye un importante centro de integración
regional, conocido desde hace decenios por su destacable número
de esculturas y grabados rupestres de estilo olmeca. Dichos relieves
rupestres, trazados sobre la roca rosada de las imponentes montañas
en forma de domo, que confieren una particular belleza y majestad
al sitio, integran una temática de gran poder simbólico que incluye:
cavernas -lugar de iniciación y puerta de entrada al inframundo-,
representadas por las fauces abiertas de un monstruo felino; grutas
en las que un dignatario parece estar participando en ritos propiciatorios
ligados a la lluvia (Ilustración 5); representaciones de ceremonias
con personajes que llevan una máscara bucal aviforme; escenas de
monstruos híbridos a menudo marcados con la cruz de San Andrés,
atacando o devorando a seres humanos.
Durante las excavaciones,
dirigidas por D. Grove (Grove et al.,
1987), se definieron tres fases de ocupación del sitio: la fase
Amate anterior al 1100 a.n.e.; la fase Barranca (1100-700 a.n.e.)
y la fase Cantera (700-500 a.n.e.). Por el momento, la mejor documentación
y el mayor volumen de ocupacion arqueológica recuperada provienen
de la fase Cantera.
La fase Amate queda
en gran parte por definir, tanto en su precisa ubicación cronológica
como en su contenido, aunque se le han atribuido dos estructuras,
una de las cuales contenía una pequeña estatuilla antropomorfa en
jadeíta. Entre los testimonios arquitectónicos de las fases siguientes
figura el Monumento 22, de 4.4 m de largo, realizado en piedra tallada
y que representa un altar o un trono. Probablemente, fue construido
durante la fase Barranca y, en todo caso, reestructurado durante
la fase Cantera. La fachada norte de este monumento está decorada
con motivos abstractos, ligados a la temática del felino antropomorfo.
La amplia plaza pública
o ceremonial de Chalcatzingo, de 120 m de largo y 70 de ancho, estaba
bordeada al Norte por un montículo bajo de unos 70 m de largo. El
estudio de las sepulturas y ofrendas mortuorias encontradas en la
zona ofrece valiosos datos sobre la jerarquización social en vigor.
En cuanto a la cuenca
de México, los testimonios de esta época antigua son particularmente
difíciles de rescatar. En efecto, tanto durante su trayectoria Clásica,
con la metrópolis de Teotihuacan, como a lo largo de su época Postclásica,
con la ciudad azteca de Tenochtltlan, la cuenca de México fue la
sede de grandes centros políticos, con fuerte impacto en toda el
área mesoamericana. La intensa actividad humana y las vastas transformaciones
del medio ambiente efectuadas hasta la fecha hacen difícil la supervivencia
de testimonios arquitectónicos de superficie de las épocas más antiguas
que aquí nos interesan. En particular, en los sitios de Tlapacoya
(Tolstoy et al., 1977;
Niederberger, 1976,
1987) y de Tlatilco
(Garcia Moll et al., 1989;
Pifia Chan, 1958; Porter, 1953;
Romano, 1962), que consideramos
como dos de los centros de integración política y económica más
antiguos de la región.
Una larga secuencia
cultural, con las fases Nevada (1400-1250 a.n.e.), Ayotla (1250-1000
a.n.e.), Manantial (1000-800 a.n.e.) y Tetelpan (800-700 a.n.c.),
se elaboró en Tlapacoya-Zohapilco (Niederberger,
1976).
En cuanto a la existencia
de estructuras públicas relacionadas con las fases Ayotla y Manantial,
es de interés señalar sin embargo que, en Tlapacoya, la franja de
base de un montículo de tierra, que se hallaba adosado a la montaña,
es visible todavía en la zona meridional del sitio. En esta zona,
150 000 m3 de sedimentos, compuestos sobre todo de material
arqueológico de la época Ayotla y Manantial, han sido sistemáticamente
arrasados para construir una autopista vecinal. Por otra parte,
en Tlatilco M. Porter señaló la existencia de plataformas y de escaleras,
visibles sobre el perfil de los cortes de terreno. Debe notarse,
también, que la gran capa de lava volcánica de fines del primer
milenio a.n.e., que cubre el Sudeste de la cuenca de México, puede
ocultar un importante centro, antecedente del núcleo protourbano
de Cuicuilco.
Por último, también
Coapexco, situado en la zona montañosa del Sudoeste de la cuenca,
parece haber constituido un sitio mayor en la época Ayotla, con
una superficie estimada en 50 ha y una densidad de ocupación de
60 casas por héctarea (Tolstoy y
Fish, 1975). La estructura 4, que fue excavada, poseía un plano
trapezoidal con paredes hechas de adobe y una fachada pulida, recubierta
de una capa de arcilla roja.
Ahora bien, a pesar
de la dificultad del trabajo y rescate meherentes a esta zona, las
primeras capitales regionales de la cuenca de México (caput,
no urbs) pueden caracterizarse por una asociación diagnóstica
de testimonios arqueológicos (Niedeberger,
1987).
Su economía se funda
en una agricultura eficaz caracterizada por el cultivo del maíz,
el amaranto, el frijol, la calabaza, el tomate verde y el chile.
Los agrosistemas intensivos parecen ya en desarrollo en la región
meridional de Terremote, con indicios de construcción de zonas hortícolas
en un medio lacustre y con la presencia de canales de irrigación,
referidos por D. L. Nichols, en la región Noroeste más árida de
Xalostoc. En esta zona se hallaron figurillas relacionadas con la
fase que hemos denominado Manantial. Esas capitales constituyen
importantes centros económicos y desempeñan un papel fundamental
en las redes de intercambios interregionales. Por ellas debían pasar
las grandes cantidades de obsidiana extraídas de los yacimientos
geológicos del Norte de la cuenca para ser distribuidas en numerosas
zonas de Mesoamérica. En su marco se importaban, también, diversos
productos exóticos tales como el ónix, los espejos pulidos de mena
de hierro, la mica, el asfalto de la costa del Golfo, el cinabrio,
el cuarzo, la jadeíta y la serpentina o las conchas marinas, por
sólo citar los productos no perecederos que sobrevivieron en el
inventario arqueológico.
Se detectan allí ciertas
formas institucionalizadas de poder que, a menudo, aparecen ligadas
al ámbito de lo sagrado. Las figurillas en barro cocido muestran
personales con altos y sofisticados tocados, particularidad generalmente
reservada, en la Mesoamérica Clásica, a ciertos dignatarlos. Los
datos mortuorios estudiados en Tlatilco, con ofrendas funerarias
muy variables según los individuos y con una distribución restringida
de objetos exóticos preciados, contribuyen a indicar que, a partir
de la época Ayotla, el conjunto social está claramente jerarquizado.
Por otro lado, la capital regional ya parece ser el marco de ceremonias
específicas. Ciertas figurillas, con una indumentaria particularmente
elaborada, llevan un conjunto específico de objetos y símbolos asociado
al juego de pelota (Ilustración 6).
Por último, estos centros
regionales constituyen un foco de concentración de informaciones
tanto como de producción y circulación de mensajes. En efecto, sobre
ciertos grupos de artefactos cerámicos, en particular sobre los
vasos cilíndricos de Tlapacoya, Tlatilco y Coapexco, son numerosos
los símbolos iconográficos complejos, en relación con una reflexión
cosmológica y religiosa. De hecho, se puede observar que el Altiplano
central, con sitios tales como Tlapacoya o Las Bocas -en el Estado
de Puebla-, ha proporcionado el repertorio mas amplio y más complejo
de iconografía sagrada sobre soporte cerámico de toda la Mesoamérica
olmeca (Ilustración 7). En la temática aparece de manera recurrente
el perfil del felino antropomorfo (Ilustración 8) -a menudo dividido
en elementos abstractos, reestructurados en una compleja composición
imbricada-, la serpiente con plumas, el hombre-pez-felino, los signos
en U, en E y, en L, el rombo, el motivo de cinco puntos, el símbolo
de las bandas cruzadas o cruz de San Andrés, el ser con la hendidura
frontal o el motivo mesoamericano de la muerte, caracterizado por
un rostro con párpados cerrados atravesado por bandas verticales.
En fin, ciertos motivos iconográficos presentan un interés particular.
Por ejemplo, un sello en terracota de Tlatilco muestra tres símbolos
gráficos, quizás formas prototípicas de una escritura. Entre ellos
figura la flor de cuatro pétalos, motivo que M. Coe ha asimilado
al futuro glifo maya kin, cuyo valor simbólico corresponde,
en la época Clásica, a "día" o "sol " .
El Estado de Puebla
seguramente desempeñó también un papel preponderante en la génesis
de Mesoaniérica, a juzgar por los testimonios aislados de Mo-
yotzingo, estudiados
por J. Aufdermauer, de Nexapa, Necaxa o Tepatlaxco, de Texmelucan
(Ilustración 8a y 8b) o del gran centro de Las Bocas. Este último
sitio, célebre en razón del gran número de sus piezas arqueológicas
en colecciones privadas, es conocido por la espléndida factura de
sus figurillas y de sus vasijas con temas sagrados o profanos. Las
figurillas huecas en formas de bebés mofletudos, recubiertas de
engobe blanco, cuidadosamente pulidas y decoradas con cinabrio,
constituyen una de las más bellas del mundo olmeca, al igual que
ciertas representaciones zoomorfas, encantadoras por su armonía
y espontaneidad realista. Las hachas votivas y las figurillas en
jadeíta pulida encontradas en la región representan a menudo personajes
portadores de objetos recurrentes en la iconografía olmeca tal como
la manopla, especie de pequeño escudo manual y la antorcha (Ilustración
9a).
Oaxaca
Las excavaciones efectuadas
en el valle de Oaxaca, con la definición de la fase Tierras Largas
(1400-1150 a.n.c.), a la que ya hemos hecho referencia, y de las
fases San José (1150-850 a.n.c.), Guadalupe (850-700 a.n.e.) y Rosario
(700-500 a.n.e.) (Flannery, 1976;
Flannery y Marcus, coords., 1983)
llevaron a la elaboración de una larga secuencia que permite entender
la cristalización, en esta región, de modos de vida mesoamericanos.
A partir de la fase
San José se observa un notable crecimiento de la población regional,
una nítida jerarquización de los sitios ocupados y el desarrollo
de estructuras públicas.
El sitio de San José
Mogote, con sus múltiples plataformas de piedra y de adobe, alcanza
las 20 ha. Lo rodean aldeas satélites en simbiosis económica, tales
como la aldea de Salinas, que provee la sal.
Por otro lado, los
fenómenos de jerarquización social aparecen atestiguados tanto en
los diferentes tipos de residencia como en las prácticas funerarias.
A lo largo de las fases San José y Guadalupe, ciertas residencias
poseen pequeños sistemas de drenaje. La Estructura 16 de San José
Mogote, en la que se han recogido 500 fragmentos de magnetita y
otros minerales de hierro destinados a la fabricación de espejos,
pertenecía a una familia de alto rango que probablemente dirigía
el barrio de artesanos especializados en la fabricación de esos
objetos.
Durante la fase Rosario
las estructuras públicas se multiplican y se vuelven más imponentes.
El Montículo 1 de San José Mogote, construido sobre una elevación
natural remodelada, alcanza 15 m de alto. Entre las Estructuras
14 y 19 se ha descubierto una estela (Monumento 3) que constituye
uno de los bajorrelieves más notables de la Mesoamérica antigua.
En efecto, junto a la representación de un personaje -especie de
precursor de los "danzantes" de Monte Albán- se sitúa
una inscripción compuesta de un punto y de un motivo complejo en
forma de X.
Según la hipótesis
de J. Marcus, se trataría del jeroglífico "1 Movimiento"
o "1 Terrernoto", que podría constituir el más antiguo
testimonio de la utilización del calendario ceremonial de 260 días
y, quizás también, de la costumbre mesoamericana de llamar a los
individuos por su fecha de nacimiento.
La costa del Golfo
A partir de fines del
segundo milenio a.n.e., en las siempre verdes y húmedas llanuras
de la costa del Golfo comenzaron a desarrollarse importantes capitales
regionales: La Venta, San Lorenzo, Laguna de los Cerros y Tres Zapotes.
La Venta, en el Estado
de Tabasco, representa, entre el 1000 y el 500 a.n.e., uno de los
sitios más importantes de la Mesoamérica antigua con una extensión
total estimada, según las últimas investigaciones cartográficas,
en 200 ha en el momento de su apogeo (González
Lauck, 1989).
El trazado del sitio
fue planificado a lo largo de un eje Norte-Sur, afectado por una
desviación de 8º Oeste. Primero se exploraron tres conjuntos de
arquitectura civil y ceremonial llamados Complejos A, B y C (Drucker,
Heizer y Squier, 1959) (Ilustración 10a).
El Complejo A, compuesto
por dos patios delimitados por montículos de tierra apisonada, simétricamente
dispuestos y con recintos delimitados por columnas naturales de
basalto, reveló una serie de escondites dedicatorios y de ofrendas
masivas subterráneas constituidas esencialmente por figurillas,
hachas votivas y grandes bloques de jadeíta y serpentina. Las figurillas
en piedra metamórfica verde representan personajes masculinos con
el cráneo fuertemente marcado por una deformación intencional fronto-occipital
derecha u oblicua.
El Complejo B, aún
hoy mal conocido, comprende varios montículos de tierra apisonada
y una gran plataforma conocida con el nombre de Acrópolis Stirling.
El Complejo C posee
el elemento arquitectónico más célebre del sitio. Se trata de una
estructura monumental de tierra de unos 30 m de alto y 130 de diámetro,
en forma de cono con flancos acanalados, rodeada de una plataforma
rectangular. La costumbre de recubrir las superficies de terreno
habitadas con sedimentos de color diferente, observada en otras
zonas, fue llevada a su paroxismo en La Venta, donde se descubrieron
suelos que muestran una sucesión de tonos rosa viejo, siena, blanco,
verde oliva, azul, o rojo vivo.
Un conjunto de imponentes
monolitos se encontró en La Venta: "altares" o "tronos"
(Ilustración 11a), esculturas de cabezas humanas colosales que podían
alcanzar hasta 18 toneladas y estelas cubiertas de bajorrelieves
que evocaban probablemente tanto acontecimientos históricos como
escenas mitológicas.
La escena esculpida
en altorrelieve sobre la cara anterior del Monumento 4, poderoso
"altar" o "trono" monolítico, representa, por
ejemplo, a un dignatario sentado con las piernas cruzadas, emergiendo
de un nicho-caverna dominado por la máscara de un felino antropomorfo.
Sostiene una cuerda que lo une a un personaje secundario esculpido
sobre uno de los costados del monolito. Esta escena puede expresar
tanto un mito de origen como un acto de vasallaje o de captura de
prisioneros. Desde las visitas de F. Blom y 0. La Farge en 1925
y las primeras excavaciones dirigidas por M. Stirling en 1942, se
han descubierto un gran número de esculturas en forma de estelas,
a menudo alineadas al pie de las construcciones de la zona ceremonial.
La Estela 1, un majestuoso monolito en basalto de 3.40 m de alto,
representa un potentado vestido con una túnica y una capa, quizás
hecha de plumas. Lleva un tocado alto con motivos simbólicos, muy
elaborado y que duplica su altura (Ilustración 10b).
En la Mesoamérica antigua
ya se dominaban numerosas técnicas lapidarias, no sólo de la escultura
monumental sino también del pequeño arte lapidario en jadeíta y
serpentina. De hecho, la maestría observada fue muy rara vez superada
en toda la trayectoria cultural mesoamericana.
En La Venta, como en
varios sitios mesoamericanos contemporáneos, las hachas votivas
en jadeíta, finamente pulidas, ofrecen, a menudo, motivos antropomorfos
esgrafiados y claros símbolos de poder tales como los centros y
las barras ceremoniales, a menudo serpentiformes (Ilustración 11b).
Recientes excavaciones
dirigidas por R. González Lauck (cf. Clark,
1994) han llevado a nuevos descubrimientos de estructuras y
de monolitos pero, lo que es más importante aún, han permitido comenzar
a ubicar esos testimonios arqueológicos en un contexto socioeconómico
más amplio. Los edificios de los Complejos arquitectónicos D, G
y H parecen relacionados con funciones cívicas y administrativas.
El Complejo E atestigua claramente la existencia de lugares residenciales
en la zona.
Por último, el estudio
de los tipos de ocupación aldeana sobre el territorio circundante,
caracterizado por islotes y redes fluviolacustres muy densas, ofrece
una primera visión de la constelación de aldeas satélites que explotaban
un medio ambiente muy rico en aves acuáticas, anfibios, reptiles,
peces, moluscos y crustáceos.
Más al Oeste, el sitio
de San Lorenzo fue construido sobre una meseta de más de 50 ha,
que domina las llanuras circundantes, periódicamente inundadas.
Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en 1966 permitieron
definir una larga secuencia cerámica y cultural que incluye las
siguientes fases: Ojochi (1500-1350 a.n.e.), Bajío (1350-1250 a.n.c.),
Chicharras (1250-1150 a.n.e.), San Lorenzo (1150-900 a.n.e.) y Nacaste
(900-800 a.n.c.) (Coe y Diehl, 1980).
Algunos índices de
planificación del sitio ya se perciben durante la fase Bajío, pero
sólo durante las fases Chicharras y San Lorenzo el sitio se transforma
en un centro regional mayor. Durante la fase San Lorenzo se desarrollan,
en particular, sistemas de control de agua y la construcción de
canales de distribución y de drenaje, hechos de piedras talladas
en forma de U cubiertas de lajas.
Recientes excavaciones
dirigidas por A. Cyphers desde 1990 aportan nuevos datos de sumo
interés sobre las características arquitectónicas de la fase San
Lorenzo (Cyphers, 1994). Se
recuperaron testimonios de casas de planta absidal, de paredes de
bajareque y de madera, de construcciones de mampostería, a menudo
con pisos o paredes hechos de bentonita local. Se ha señalado también
la existencia de una plataforma baja, de estructuras con piso cubierto
de pigmento rojo y con columnas basálticas utilizadas como elementos
arquitectónicos. Relacionadas con las unidades habitacionales se
han rescatado áreas de actividades dedicadas a la talla de la obsidiana,
la explotación de asfalto y el reciclaje de las esculturas de basalto.
En San Lorenzo se hallaron,
en efecto, más de 70 esculturas monolíticas (Ilustración 12), incluyendo
altares/tronos, estelas, representaciones zoomorfas o humanas. Entre
ellas se han encontrado diez cabezas humanas colosales de basalto
(Ilustración 13). La primera, descubierta por M. Stirling y bautizada
como "El Rey", mide 2.8 m de alto (Coe
y Dietil, 1980: 301). Se ignora si estas cabezas representaban
retratos reales de dignatarios o si estaban destinadas a evocar,
bajo una forma plástica singular, a algún héroe mitológico. También
se ha formulado la hipótesis de que dichas cabezas -debido a la
presencia de una especie de casco- hayan podido representar retratos
idealizados de guerreros o incluso de campeones del famoso juego
de pelota mesoamericano, ya en vigencia a fines del segundo milenio
a.n.e.
El Monumento 20, de
1.67 m de altura, entra en la categoría de los "altares"
o "tronos" (ibid.: 331). Sobre la cara principal
se observa, en altorrelieve, la escena de la presentación de un
niño por un personaje adulto que emerge de un nicho. A la luz de
la arqueología mesoamericana, en general, se han formulado varias
interpretaciones acerca de este recurrente tema. Entre ellas, la
de la sacralización del niño, quien, de ser así, jugaría un papel
importante en ciertos ritos propiciatorios.
En el caso específico
de la Mesoamérica antigua se puede pensar también en el simbolismo
de la caverna que parece evocar los mitos de origen genealógico
con la presentación de un niño, el de las sucesiones dinásticas.
Sea como sea, esos megalitos esculpidos en una roca volcánica extraída
de yacimientos alejados implican la existencia de sistemas políticos
fuertes y de una organización social bien estructurada.
En la cercanía de San
Lorenzo se dieron recientemente dos destacados hallazgos ligados
con el horizonte olmeca. El primero, estudiado por P. Ortiz y M.
C. Rodríguez en la zona del manantial de El Manatí -considerada
por estos investigadores como un espacio sagrado-, contenía un grupo
de esculturas antropomorfas de madera, extraordinariamente bien
conservadas, hachas pulidas de jade y pelotas de hule (cf. Clark,
coord., 1994). El segundo, realizado en el sitio El Azuzul,
es una escena, encontrada in situ, de dos espléndidas esculturas
de adolescentes arrodillados frente a un pequeño felino, acompañado
de otro felino de tamaño mayor.
Diversos testimonios
de este horizonte cultural, enumerados por A. García Cook y L. Merino,
están distribuidos también a lo largo de todo el litoral atlántico,
hasta las regiones septentrionales del río Pánuco.
El Sur y el Sudeste mesoamericanos
En Chiapas las fases
culturales Barra y Ocos fueron seguidas por las de Cuadros (1100-900
a.n.e.) y Jocotal (900-800 a.n.e.), fuertemente ligadas al horizonte
olmeca panmesoamericano, y luego por la de Conchas (800-400 a.n.e.)
(Coe y Flannery, 1967;
Lowe, 1978; Navarrete,
1971).
A lo largo de las fases
Cuadros y Jocotal, el litoral pacífico y la zona central de Chiapas
fueron el marco del florecimiento de una multitud de sitios. En
cuanto a las ocupaciones más antiguas, T. Lee (1989) señala tres
sitios en la zona del Grijalva Medio -entre ellos San Isidro, que
tenía una plataforma baja-, ocho sitios en la depresión central
y siete sitios sobre la costa pacífica. A partir del 900 a.n.c.,
T. Lee (1989) observa, en estas tres regiones, importantes mutaciones
que califica de "revolución", tanto en la arquitectura
como en la planificación espacial, con grandes estructuras piramidales
de tierra, plataformas "acrópolis" con varias construcciones
de piedra y edificaciones formales del juego de pelota.
La riqueza del Estado
de Chiapas en esculturas megalíticas, en grabados rupestres y en
objetos de arte mobiliario, tales como hachas pulidas, pectorales,
"cetros" y estatuillas que corresponden al horizonte olmeca,
es bien conocida (Navarrete, 1971;
1974). La estela
de Padre Piedra muestra a un dignatario con la característica "manopla"
olmeca, especie de escudo manual. El bajorrelieve de Xoc representa
a un hombre con los pies en forma de garras, visto de perfil, con
una máscara bucal aviforme y un tocado alto adornado con el motivo
de las bandas cruzadas.
La continuidad geográfica
de este conjunto cultural está atestiguada en Guatemala, en particular
en el litoral pacífico y, más al interior, en Abaj Takalik (Graham,
1978). Abaj Takalik, que cuenta con una larga secuencia de ocupación,
es considerado como uno de los sitios del horizonte olmeca más importante
de la zona pacífica de Guatemala conocido hasta el momento. Su vasto
corpus de esculturas monumentales incluye cabezas colosales (Monumento
23), "altares", personajes que emergen de cavidades, estelas
con bajorrelieves como el Monumento 16/17, pilar megalítico de 2
m de alto que representa el rostro de un hombre con la boca de un
felino, rematado con un alto "tocado" en forma de cabeza
humana (Ilustración 14a).
En Honduras, C. Baudez
y P. Becquelin han señalado testimonios de este periodo en Los Naranjos,
cerca del lago Yojoa. Por su parte, W. Fash encontró en el Grupo
9N-8, en Copán, sepulturas con vasijas del horizonte olmeca, algunas
decoradas con el motivo "mano-garra" o el símbolo de las
cejas "flamígeras", acompañadas de un número destacable
de artefactos de jade (Ilustración 15).
En El Salvador este
horizonte arqueológico Antiguo está bien representado en la región
de Chalchuapa (Sharer, 1978).
En la misma región, cerca de Las Victorias, S. Boggs señaló la presencia
de bajorrelieves rupestres de claro estilo olmeca.
Costa Rica podría representar
el límite meridional extremo de la Mesoamérica antigua. Sin embargo,
tal como lo señala A. Pohorilenko, no se debe excluir la posibilidad
de que los múltiples artefactos pulidos de muy bello jade de estilo
olmeca puro, originarios de colecciones museográficas o privadas,
hayan sido llevados tardíamente a esta región.
|