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Germán Carrera Damas
Presidente del Comité Científico Internacional
para la redacción de una Historia General de América Latina
A lo largo de sólo medio milenio, América Latina se ha conformado como
una de las grandes regiones geoculturales del mundo. Su unidad territorial es evidente. Su
madurez sociocultural es un hecho cotidianamente comprobado. Su significación en el
escenario mundial de la cultura no requiere de nueva argumentación. Su esfuerzo sostenido
y crecientemente exitoso por constituirse como un conjunto de sociedades modernas,
democráticas y orientadas hacia niveles cada día más altos de bienestar, es reconocido.
En suma, América Latina es una realidad que puede ser historiada como totalidad. Por eso,
hemos escrito esta Historia General de América Latina.
Nada más vano, desde una perspectiva científica, que pretender comparar
la evolución de las grandes regiones geoculturales del mundo. La vinculación orgánica
entre ellas, así como las diferencias de tiempo histórico, impiden el deslinde y, por
ende, toda confrontación. Para las sociedades criollas latinoamericanas, el hecho de
inscribirse en el tiempo que la historiografía de Europa occidental denomina épocas
moderna y contemporánea acentúa ese vínculo de manera decisiva. Incluso muchas de las
sociedades preexistentes en el territorio americano lo reflejan también en aspectos
fundamentales, que tienen que ver tanto con tecnologías básicas como con valores
espirituales. Pero si bien esta condición es común a todas las sociedades
latinoamericanas, no lo es la forma de vivirla. Por eso tampoco parece cómodo establecer
la comparación entre las grandes regiones geoculturales del mundo, tomando como criterio
sus respuestas -o la ausencia de las mismas- en relación con una línea media compuesta
de problemas considerados similares.
Por eso esta Historia es el resultado del ensayo de una nueva
aproximación a la evolución histórica de América Latina. Pretende captar la unidad y
la diversidad, pero no vistas como términos de un contraste, ni como yuxtaposición, sino
conjugadas como la esencial historicidad de estas sociedades. Cierto que este enfoque
permite evocar el tradicional debate sobre la unidad y la diversidad en la historia de
América Latina. Pero no busca dilucidar tal cuestión, sino que la asume como una
realidad que no requiere explicación, sino que es objeto de conocimiento. De ahí que el
contenido informativo de esta Historia sea resultado de una cuidadosa elaboración
crítica del conocimiento histórico acumulado, a la par que de una reflexión
sistemática sobre las grandes líneas del proceso histórico latinoamericano. Por
consiguiente, no se ha querido ofrecer una visión de América Latina que, por cumplir un
compromiso de pretendida objetividad científica, se desentienda de las expresiones
espirituales e intelectuales que sintetizan la pasión latinoamericana, tan legítima y
respetable como la generada por cualquier otra de las grandes regiones geoculturales del
mundo. Por eso esta Historia representa, sobre todo, un esfuerzo de comprensión de sí
misma por parte de América Latina. Pero de ninguna manera este esfuerzo encubre una
absurda pretensión de aislacionismo historiográfico. Tampoco un asomo siquiera de
subestima del papel desempeñado por los amplios escenarios, en los cuales se ha
desenvuelto la realidad latinoamericana. Menos aun desdén por la visión ajena.
Representa un genuino esfuerzo de comprensión de si mismas por las sociedades
latinoamericanas, en el cual han participado varias decenas de acreditados investigadores
latinoamericanos, europeos y norteamericanos. No son ellos latinoamericanistas en el
sentido tradicional, aún superviviente en muchos centros de estudio, sino mentes
científicas para las cuales América Latina es, también, algo más que un objeto de
estudio: lo es de un auténtico deseo de comprensión, en el cual se combinan el
conocimiento científico y la simpatía.
Ésta ha querido ser una historia de sociedades. Por lo mismo, se propuso
recoger la existencia histórica de conjuntos sociales que son diversos por sus rasgos
característicos. Pero también -y fundamentalmente- por la forma como se han combinado en
ellos los rasgos compartidos con otras sociedades, generando la especificidad del curso
histórico de las sociedades latinoamericanas. Estos procesos, que componen el complejo
mosaico de sociedades que es América Latina, son también reveladores de una creatividad
que se manifiesta en el marco de una creciente interrelación con los procesos históricos
denominados universales. El símil del mosaico de sociedades no carece de justificación.
Pretende recoger, a un tiempo, la trama que unifica y las fisuras que diferencian e
incluso separan los componentes. Pero el mosaico latinoamericano no es expresión de una
fallida esperanza de fusión homogeneizadora -necesariamente abandonada hoy por las mentes
más lúcidas de las sociedades criollas contemporáneas (1) -, sino de
la leal admisión de una realidad, a partir de la cual están arrancando nuevos procesos
de desarrollo histórico. Éstos pasan por la formación de bloques subregionales, que
buscan conjugar la diversidad real en el marco de proyectos de integración abiertos. En
este esfuerzo de potenciación de las sociedades latinoamericanas, los factores
determinantes no derivan de la comunidad de origen, sino de la identidad de propósitos.
No ha sido otro el camino recorrido por el proceso de unificación en el viejo continente,
hoy empeñado en probar la existencia de Europa, como entidad histórica y no sólo
geográfica.
Toda aproximación historiográfica a América Latina está regida por
tres grandes circunstancias. En primer lugar, por la acumulación y el entramado de
estadios del tiempo histórico. En segundo lugar, porque la historicidad de la
conformación de las sociedades criollas se encuentra recogida, desde sus prolegómenos,
en un denso cuerpo historiográfico extraordinariamente rico y continuo. En tercer lugar,
porque el trabajo sostenido y productivo de arqueólogos, antropólogos e historiadores
aún no ha logrado llenar por completo las brechas históricamente generadas entre las
sociedades criollas y las sociedades aborígenes más estructuradas.
De esta manera, las sociedades latinoamericanas actuales están vinculadas
orgánicamente con un proceso de poblamiento del actual territorio americano que data de
unos 25 000 años. Este vínculo se expresa directamente en las sociedades aborígenes e,
indirectamente, en todas las sociedades latinoamericanas. Al mismo tiempo, la vertiente
europea de la conformación de las sociedades latinoamericanas las vincula directamente
con las originarias raíces del mundo mediterráneo y, en especial, con su vertiente
arábiga, a lo cual se sumó en forma creciente el aporte subsahariano. Por estas razones,
merece particular estudio lo que podría denominarse tiempo histórico de América Latina.
Seguramente cabría subrayar tres aspectos fundamentales. Uno -y principal- es el alto
nivel de contemporaneidad que caracteriza en su conjunto a las sociedades
latinoamericanas. Ellas conjugan las etapas del tiempo histórico, que se extienden desde
el Paleolítico Superior hasta el umbral de la era atómica. Otro aspecto es el
concerniente al hecho de que aún hoy se dan procesos de primer contacto de sociedades
criollas con sociedades aborígenes. Por último -y cargado de consecuencias
sociopolíticas que llegan a revestir gravedad- se debe tener presente el hecho de que
varias de las sociedades que iniciaron su proceso de implantación en territorio americano
al nacer el siglo XVI no han completado aún la ocupación primaria de su espacio
históricamente atribuido.
Nuestro propósito de componer una historia de sociedades tropezó pronto
con una realidad histórica que en muchos aspectos alcanzó a prevalecer. Y es que la
historia de las sociedades latinoamericanas, criollas y aborígenes, ha sido escrita y
cultivada en correspondencia con el proceso de conformación social hegemónica del
criollo latinoamericano. Naturalmente, esto vale no sólo para la comprensión y la
explicación de la historia; vale también para el acopio y la preservación de las
fuentes, así como para la orientación de los proyectos de investigación. De esta manera
en muchas ocasiones -como seguramente apreciará el lector- la presencia histórica de las
sociedades no criollas se debilita e incluso queda subordinada a la de las sociedades
criollas. Me niego a aceptar la fácil explicación de este hecho consistente en que
sucede así porque las sociedades criollas son el motor de los complejos sociales
latinoamericanos. Viene más a la razón el observar que en éstos se da una desigualdad
de ritmos históricos. Rechazo la creencia, aunque generalizada, del estancamiento de
alguno de sus componentes. En todo caso, rechazo esta última creencia, por cuanto lleva
en la práctica social a pronunciar la más prejuiciada sentencia contra las sociedades
indígenas, tradicionalmente vistas por la mentalidad criolla como responsables del atraso
social y de los obstáculos encontrados por los intentos de progreso. Quizá ha escapado a
la atención de quienes han puesto empeño en refutar esta interpretación, asumiendo la
defensa del indígena y abonando la exaltación de su contribución cultural, el señalar
que la verdadera causa de tal dificultad radica en el modo como las sociedades criollas y
aborígenes se relacionan en la mentalidad del criollo, único término conocido de esa
relación, ya que el papel de la mentalidad indígena en ella sigue siendo materia más de
supuestos y deducciones que de conocimiento.
Se ha formado así, entre las sociedades aborígenes y las criollas, una
brecha que ha resistido a los esfuerzos de creadores literarios y artísticos, al igual
que los de mentes científicas y filósofos sociales. También las corrientes ideológicas
y políticas de reciente curso han pretendido colmar esa brecha. El curso actual de las
sociedades indígenas latinoamericanas ha experimentado la intrusión, por lo general
depredadora, de tales intentos. De esta manera, esas sociedades siguen siendo hoy, en
términos generales, la arena en la cual se barajan enfoques generados en el seno de las
sociedades criollas, a lo largo de cinco siglos de dominación. Si no como doctrinas
explícitas expresamente, sí como práctica vigente socialmente, esos enfoques se
corresponden con la yuxtaposición de tiempos históricos, perceptible en algunas de las
sociedades latinoamericanas. Forman la gama que se extiende desde la acción misionera
-ella misma reveladora de esa yuxtaposición de tiempos históricos- hasta los
tratamientos antropológicos experimentales actuales. Pero, de manera general, puede
decirse que el núcleo de relación de las sociedades criollas con las sociedades
aborígenes, formado en el siglo XVI, se mantiene: está compuesto por la acción
simultánea de misioneros, comerciantes, rescatadores, soldados, pobladores y funcionarios
expoliadores. A los cuales se han sumado, en los últimos años, los promotores de causas
políticas en búsqueda de prosélitos.
América Latina constituye, por consiguiente, una encrucijada de tiempos
históricos que ha elaborado el suyo propio, y esto es, justamente, lo que la presente
Historia ha querido captar y ofrecer al lector. Mas ese tiempo histórico no es único, ni
su diversidad intrínseca viene a ser un título de singularidad para América Latina.
Puesto en perspectiva histórica, se advierte que el de las sociedades latinoamericanas no
ha sido un curso histórico que carezca de paralelo, aunque tampoco cabe afirmar que
carezca de singularidad. Visto como resultado de procesos de implantación que abrieron
extenso campo al mestizaje en todos los órdenes, parecía sin embargo posible establecer
similitud, en algunos aspectos, con procesos más recientes que han tenido lugar en
África y Oceanía. Pero estas similitudes tienden a desvanecerse, como meras apariencias,
cuando se estudia estos procesos con detenimiento. Aun si se los engloba en una misma
modalidad de conformación de nuevas sociedades, la variante latinoamericana presenta
claros y permanentes rasgos diferenciales. Los otros procesos de poblamiento reciente
mencionados entran más holgadamente en la categoría de trasplante de población y no en
la de implantación de sociedades. El mestizaje, tanto en su presencia como en su
ausencia, establece la diferencia fundamental entre ambos procesos, en el entendido de que
se trata del mestizaje primario, dado entre los primitivos y los nuevos pobladores. Visto
así, el caso de las sociedades latinoamericanas se singulariza, al menos en los tiempos
modernos.
Desde el momento en que se estableció el vínculo inicial entre las
comunidades autóctonas del continente y los expedicionarios procedentes de la porción
mediterránea europea, se ha debatido la cuestión de la originalidad americana,
implícita en el concepto de Nuevo Mundo. A esos pobladores autóctonos fray Antonio
Vázquez de Espinosa les atribuyó como origen el ser descendientes de la tribu perdida de
Israel. Más tarde, diversos observadores, desde Galeotto Cey a comienzos del siglo XVI,
consideraron a las sociedades criollas como simples remedos de las sociedades europeas,
pero condicionadas por un medio geográfico que era él mismo, en muchos aspectos,
valorado como degradación del europeo.
A partir de esa supuesta comprobación, que descalificaba a las sociedades
criollas latinoamericanas, sus integrantes vieron negadas tanto su creatividad como la
posibilidad de que pudieran elevarse al nivel de sus antepasados europeos. Todavía a
fines del siglo xix viajeros y naturalistas europeos, al estilo de Juan Bautista Diosdado
Boussingault, mostraron mayor interés y simpatía por la naturaleza americana que por su
población. Aún hoy, en el umbral del siglo XXI, la imagen de las sociedades americanas,
tanto criollas como indígenas, que ha sido difundida por algunos escritores
latinoamericanos de éxito internacional, se relaciona más con lo fantástico y hasta con
lo irracional que con la racionalidad intelectual y social determinada por los criterios
europeos occidentales, compartidos por el criollo latinoamericano.
Por otra parte, el europeo tiende a juzgar su historia con una selectiva
racionalidad de hoy, mientras a las sociedades latinoamericanas se las enclaustra, sin
posibilidad de rescatarse, en una irracionalidad esencial. Nada de nuevo hay en esto, por
otra parte. También el romanticismo, que es admitido como una etapa en la sensibilidad de
los europeos, es considerado poco menos que una condición insuperable en el criollo
latinoamericano.
Nada en estos conceptos merece hoy una atención mayor que la prestada en
las líneas precedentes. Han quedado registrados, en la evolución de las sociedades
criollas latinoamericanas, como muestras de la no siempre excusable incomprensión de la
realidad de su conformación histórica. Pero no es difícil advertir el importante papel
que estos prejuicios han desempeñado, como fundamento de la justificación de propósitos
colonialistas, antiguos y modernos, formales e informales, de los cuales es elocuente
ejemplo la intervención franco-austríaca en México a mediados del siglo XIX.
Pero sería muy cómodo atribuir tal grado de incomprensión tan sólo al
observador externo de las sociedades latinoamericanas. También el criollo ha rehuido la
admisión de su realidad, sobre todo en lo que concierne a sus relaciones con las
sociedades indígenas, al igual que a su tenaz actitud de subordinación imitativa
respecto de sus ancestros europeos. Esto ha entrabado la creatividad del criollo
latinoamericano, por obra tanto de la persistencia en su conciencia de los modos iniciales
y primarios de su relación con las sociedades aborígenes como por su aspiración a
identificarse con los patrones culturales europeos. He intentado sintetizar esta
situación del criollo latinoamericano definiéndolo como un dominador cautivo, pues
se esfuerza por diferenciarse del aborigen dominado, entregándose cada vez más a su
propio cautiverio, representado por su solícita sumisión a formas culturales acatadas
como paradigmas, en cuya formación ha tenido poca, si alguna, participación.
También resultaría injusto -y sobre todo sería históricamente
desacertado no reconocer que, pese a estas complejas formas de su conciencia, el criollo
latinoamericano ha sido capaz de concebir, promover y realizar la más vasta y ardua
empresa de ruptura del nexo colonial cumplida hasta el presente, incluida la
descolonización ocurrida después de la Segunda Guerra Mundial. La formulación de la
teoría de la emancipación de las colonias españolas de América y su práctica
creativa, obra de muchos hombres y mujeres, hoy representados por los grandes nombres de
Simón Bolívar, José de San Martín, Antonio Nariño y fray Servando Teresa de Mier,
constituye un justo título de recomendación de la capacidad intelectual y el vigor de la
acción social y política del criollo latinoamericano. Empeñado éste, según los
observadores europeos de mediados del siglo XIX, contra toda razón aparente, en
constituir nacionalidades en el marco de Estados soberanos, fue capaz de persistir en la
experiencia republicana cuando Europa retornaba, visiblemente escarmentada, a la seguridad
del viejo orden monárquico, en algunos casos poco menos que absolutista. La tenacidad del
criollo latinoamericano en este orden fue, sin embargo, tildada de tozudez y hasta se
exhibió como prueba palpable de irracionalidad. En el fondo, se le exigía al criollo
latinoamericano que llegase en breve plazo a un ordenamiento social y político en cuyo
logro Europa había invertido siglos. Abundaron los criollos latinoamericanos, lectores de
su realidad en la ciencia europea, que pagaron tributo a esta muestra más de
subordinación intelectual y llegaron a desesperarse. Pero, felizmente, no fueron pocos
los claros espíritus que desafiaron la engañosa sensatez así cultivada.
Esta Historia ha querido enmarcarse en dos propósitos
fundamentales, que fueron establecidos en la versión original del proyecto que elaboré
en 1981 y del cual creo oportuno transcribir extensos pasajes, si bien introduciéndoles
algunos añadidos conceptuales, además de arreglos de estilo. Estos propósitos fueron
deducidos del estudio crítico, tanto de la historia como de la historiografía
latinoamericanas y latinoamericanistas, así como del prolongado y enriquecedor contacto
intelectual con muchos de los autores seleccionados. Enunciados sencillamente, son los
siguientes: la Historia General de América Latina promovida por la UNESCO debe
ayudar a superar la visión criolla, esencialmente eurocéntrica, de la historia de
América Latina y, por lo mismo, contribuir a actualizar los criterios nacionales y
nacionalistas que han regido y rigen la historiografía correspondiente.
Superar la visión criolla de la historia de las sociedades implantadas en
Latinoamérica significa asumir una postura historiográfica que procure dos objetivos
primordiales. En primer lugar, rescatar la perspectiva histórica del largo periodo
americano, representado por las sociedades aborígenes. Éstas deben ser vistas como un
continuo, no como un antecedente o como un complemento del proceso de implantación de las
nuevas sociedades o sociedades criollas. En segundo lugar, situar a las sociedades
implantadas en una relación de interacción múltiple con los factores y procesos que a
lo largo de medio milenio han condicionado su formación.
El logro de estos objetivos exige una revisión del modo de relación de
dichas sociedades con la "historia universal", con las sociedades aborígenes,
con la población africana trasladada a América y con las sucesivas presencias
migratorias.
Con la "historia universal" y tenida en cuenta la mediación de
la historia europea occidental en la concepción de esa universalidad, debe buscarse una
relación que permita valorar ajustadamente la significación de ésta, que es a la vez
medio y componente. Ello obliga a valorar mejor el carácter endógeno, creciente hasta
llegar a ser muy pronto predominante, del proceso de implantación de las hoy sociedades
criollas latinoamericanas, así como a diferenciar entre la inicial y las sucesivas
modalidades de la inserción de lo europeo en ese proceso.
En lo que respecta a las sociedades indígenas, ha de estudiarse la
existencia de una doble relación, de condicionante y de condicionado, que representa aún
hoy, en algunos casos de forma creciente, la esencia de las sociedades implantadas. Esto
obliga a restablecer la identidad histórica de las sociedades indígenas, que han sido
incorporadas en una suerte de escenario geohumano dispuesto para la hazaña de la
conquista y la colonización; o han sido relegadas abusivamente, ya en la república, a la
condición de minorías destinadas a desvanecerse.
En cuanto a la población africana trasladada a América, se busca
establecer una relación basada en la comprensión de que ella es, además de componente
del mestizaje global, también la matriz de sociedades afroamericanas. Esto impone,
igualmente, la comprensión de que está por esclarecer todo un complejo de vínculos, el
cual se ve abrumado todavía por las secuelas discriminatorias, tanto sociales como
culturales, de la esclavitud.
Con las sucesivas presencias migratorias, advertir una relación de
estimulante proceso abierto que ha culminado, luego de la inicial presencia de indostanos
y chinos, con las migraciones europeas de finales del siglo XIX y mediados del XX hacia
algunas áreas de América Latina.
El logro de estos objetivos supone, como se ha dicho, la superación de la
visión criolla de la historia de América Latina. Se ha insistido mucho en la necesidad
de superar la visión crudamente eurocéntrica, sustituyéndola por una auténticamente
universal. Pero este debate tiene doble faz: una, visible, corresponde a la necesidad
generalmente admitida de abandonar la visión eurocéntrica, haciéndola salir por la
puerta; otra, disimulada, consiste en que al cultivar la visión criolla de la historia de
América Latina se hace retornar por la ventana el punto de vista que se había hecho
salir por la puerta, pues ambas visiones se identifican en sus planos fundamentales.
El intento de superar la visión criolla de la historia de América Latina
exige, en primer lugar, definirla, lo que no es fácil. Quizá podría entenderse por tal
la conciencia histórica, producto del proceso de implantación de una sociedad en un
territorio ya ocupado por sociedades aborígenes, proceso que ha generado una relación de
dominio, en la cual el dominador se ve a sí mismo como representante de la razón
histórica del proceso global y el dominado es visto por el dominador, a un tiempo, como
antecedente y como compañero indeseable (el problema indígena). El resultado es una
concepción fatalista del proceso de relación entre sociedades, consistente en que el
dominado estaría destinado a incorporarse a la sociedad criolla. Esta concepción subyace
como factor legitimador de todos los procedimientos empleados a lo largo de los siglos
para resolver el problema indígena.
Pero la doble relación de interacción en la cual fraguó la sociedad
implantada, con las sociedades aborígenes y con el contexto colonial europeo expresado en
el nexo colonial, y todo ello en el ámbito de lo nuevo americano, generó un
proceso de diferenciación que constituye la criollización. Sus parámetros han sido una
constante, tenaz, fundamental y procurada diferenciación respecto de las sociedades
aborígenes; y una no menos constante, inevitable, creciente, pero no deseada,
diferenciación respecto del contexto europeo original. Debe tenerse en cuenta, sin
embargo, que ambos parámetros han admitido históricamente -y las admiten aún- oportunas
conversiones transitorias de signo contrario. Pese a las apariencias, el fin último de
dichas conversaciones es mantener el ya comentado Proceso de diferenciación. Tal como
sucedió cuando, a comienzos del siglo XIX, el criollo se identificó con el indígena, en
el papel de víctima de la opresión ejercida por el peninsular, para justificar la
ruptura del nexo colonial. Tal como ha sucedido y sucede cuando el criollo ha pretendido
identificarse y se identifica con el europeo, para respaldar su predominio étnico-social.
Las tendencias políticas recientes, locales americanas y universales
europeas, que abarcan desde la universalidad de la defensa de los derechos humanos hasta
nuevas propuestas ideológicas de carácter sociopolítico, actúan como variables en este
proceso. El saldo global es que disminuyen las posibilidades de desvanecimiento de las
sociedades indígenas, aunque en muchos aspectos acentúan la brecha que separa a las
sociedades implantadas del paradigma europeo, con efectos desalentadores y hasta
inhibidores de la creatividad en la conciencia criolla. Pero está en marcha un cambio
fundamental en el cuadro interno que puede llegar, en algunas áreas de América Latina, a
transformar la situación general: la recuperación de las sociedades indígenas en
sentido demográfico, cultural y político contraría, hasta anularla, la concepción
fatalista forzada acerca de ellas, propia del proceso de implantación. En una proyección
histórica abierta ya no cabe descartar la posibilidad de que algunas de las sociedades
indígenas reasuman su curso histórico. Obviamente, no cabe entenderlo como un retorno al
siglo XVI, pero sí, en todo caso, superando la inserción criolla como representativa del
conjunto.
Visto para la totalidad de las sociedades implantadas, el cuadro se
complica, ya que, por ser el de implantación un proceso todavía inconcluso, en su fase
primera y primaria de ocupación inicial del territorio, y aun de primer contacto con
algunas sociedades indígenas, la problemática del siglo XVI en lo que respecta a la
relación con estas sociedades se vuelve a plantear hoy, de forma análoga, en ciertas
áreas.
Los cambios en cuestión complican aún más el complejo tiempo histórico
de realización de las sociedades implantadas latinoamericanas, vigorizando los
fundamentos del conflicto estructural que vive la conciencia criolla: ésta se
desenvuelve, así, en un doble plano, formado por el atavismo esencial del siglo XVI y por
la actualidad del siglo XVI en ciertas áreas, simultáneamente con el lanzamiento de
algunas de esas sociedades hacia el siglo XXI, en el marco de las nuevas formas mundiales
de relación. Por eso, es primordial para el desenvolvimiento de las sociedades
implantadas latinoamericanas superar la visión criolla de su historia desde un triple
punto de vista: es vital para desobstruir el cauce al proceso que habrá de culminar con
la reasunción de su curso histórico por algunas sociedades indígenas; es necesario para
liberar la conciencia criolla de limitaciones estructurales, que afectan a la creatividad
de su cultura, por la doble relación de aceptación/negación en la cual se desenvuelve
respecto de las sociedades indígenas y del contexto europeo y angloamericano; y es clave,
por último, para la definitiva conformación del ser histórico de las sociedades
afroamericanas.
En síntesis, las sociedades implantadas latinoamericanas han alcanzado un
nivel de consolidación muy alto, que hace posible que se piensen a sí mismas positivamente,
es decir, sin pasar por la necesidad de definirse negativamente respecto de las
demás sociedades con las cuales comparten el territorio. De lograr este cometido se
despejaría el campo para el despliegue de la creatividad del criollo y con ello se
multiplicarían sus opciones. Al mismo tiempo, se contribuiría decididamente a crear las
condiciones que propiciarán el desenvolvimiento global de las otras sociedades.
El segundo de los propósitos fundamentales de esta Historia es
contribuir a actualizar, en las sociedades implantadas latinoamericanas, los criterios
nacionales y nacionalistas, en el sentido de hacerlos concordar con el momento histórico
que viven esas sociedades y con la necesaria revaluación histórica de las sociedades
indígenas y afroamericanas.
El nacionalismo latinoamericano ha sido objeto de toda suerte de enfoques
y tratamientos. Al ocuparse del área teóricoldeológica, la Historia General de
América Latina ha tenido en su estudio, al igual que en el del liberalismo
latinoamericano, con el cual se halla estrechamente vinculado, uno de sus temas más
complejos. Pero no termina ahí su importancia. El esfuerzo metodológico y
críticohistoriográfico que tal Historia supone, obliga a asumir ante el
nacionalismo posturas que sobrepasan la preocupación limitadamente historiográfica y
que, con mucha razón, se adentran en los terrenos de la conciencia histórica, traducida
en conciencia social y política.
Sin abonar la diatriba que, sospechosamente, suele proceder sobre todo de
nacionalismos tan avasalladores como mal disimulados, y sin caer en el exceso de la
exaltación lírica ripiosa, ha sido necesario abordar el estudio del nacionalismo
latinoamericano viéndolo como expresión sintética de las formas de conciencia propias
del proceso de formulación y aplicación de los proyectos nacionales de las sociedades
implantadas latinoamericanas. Hacerlo así ha significado asumir toda la carga de
emotividad que tal proceso requirió durante un largo siglo en el cual, más de una vez,
esas sociedades creyeron ver naufragar su proyecto nacional, en medio de vanos esfuerzos
por superar la crisis estructural que las agobiaba desde fines del siglo XVIII y los
estragos causados por los estallidos bélicos recurrentes, a todo lo cual se sumaban los
efectos de la presencia imperial europea y norteamericana.
Situados en esta perspectiva, se advierte que el nacionalismo ha
desempeñado en América Latina un doble papel. Uno ha sido el de radicar la nación como
criterio de legitimación de la estructura de poder interna de la sociedad, una vez
desalojado el rey de esa posición, como consecuencia de la ruptura del nexo colonial y de
la adopción de la forma constitucional republicana. El otro ha sido el de enlazar las
nuevas demarcaciones político-administrativas, legitimando por igual el control dominante
de las sociedades implantadas sobre las sociedades indígenas. Así, en nombre de la
nación emancipada y republicana, ha sido posible asegurar la continuidad del proceso de
implantación, iniciado y desarrollado en el ámbito del nexo colonial monárquico.
De esta manera, el injustamente subestimado nacionalismo decimonónico
latinoamericano cumplió una importante función en la conformación del mapa político
del continente. Durante cierto tiempo -y en no pocos casos- ese nacionalismo nutrió
actitudes de celosa defensa de las autonomías recién ganadas, si bien tales actitudes
eran canalizadas mediante proyectos nacionales que tropezaban con dificultades
estructurales. En la medida en que fracasaban los intentos de superarlas, esas
dificultades parecían tan profundamente arraigadas, que pronto fueron vistas como
insuperables, en relación con los recursos de que disponían las nacientes
nacionalidades, particularmente en el orden económico. Tal comprensión del proceso por
sus más lúcidos actores se convirtió rápidamente en convicción generalizada. Esta
última, que sirvió de fundamento a diversas propuestas políticas de inspiración
liberal, se veía reforzada por los efectos ciertos y prolongados de la dislocación
social y económica, causada en extensas áreas por guerras de independencia que fueron
particularmente largas, sangrientas y destructivas. Lo fueron hasta el punto de causar
profundos traumatismos, de difícil recuperación, a sociedades que en gran parte se
encontraban todavía en los inicios de su estructuración como tales, cuando se avocaron a
la ruptura del nexo colonial.
Los reiterados y tenaces esfuerzos por llevar a la práctica los proyectos
nacionales en la primera mitad del siglo XIX, que se apoyaron sobre todo en los recursos
ya existentes en las sociedades correspondientes, consolidaron la convicción de que esos
recursos no sólo eran insuficientes y hasta inadecuados, sino que sólo podrían
incrementarse y reforzarse mediante la articulación plena de las sociedades recién
emancipadas con las áreas más dinámicas del sistema capitalista mundial, entonces en
formación y expansión. Son abundantes las pruebas de lo temprano, lo profundo y lo
perdurable de esta forma de conciencia, así como de sus expresiones legislativas y
administrativas en materias tales como incentivos a la inversión extranjera y a la
inmigración y colonización, con población preferentemente europea. De este modo, la
correlación entre la autonomía duramente conquistada y la convicción acerca de la no
viabilidad de los proyectos nacionales mientras estuviesen confiados a sus solos recursos
preparó el terreno para la presencia de los imperialismos europeo y norteamericano en las
antiguas colonias españolas de América y, con variantes apreciables, en Brasil.
Se generó así una compleja situación histórica cuya dialéctica
durante décadas ha sido velada en gran parte por interpretaciones excesivamente
inmediatistas y unidireccionales. Éstas han conformado una visión fragmentaria y parcial
de los problemas conceptuales y metodológicos suscitados por el estudio histórico de la
problemática del imperialismo moderno y contemporáneo, así como de su papel en el
desarrollo de los proyectos nacionales de América Latina.
Todo parece acentuar la urgente necesidad de someter este nivel del
conocimiento general de América Latina a una cuidadosa revisión histórica. La
maduración de algunas de las sociedades que la forman y los requerimientos políticos de
todas determinan esa necesidad, en el marco compuesto por la proliferación de formas de
asociación supranacionales, en correlación con el desarrollo multinacional del
capitalismo, con el surgir de nuevas modalidades de organización sociopolítica y con la
oportunidad de volver a definir, en algunas áreas, los vínculos de las sociedades
implantadas latinoamericanas con las sociedades indígenas y afroamericanas.
Contando en su haber histórico con la creación de Estados soberanos y
republicanos, a la par que con pruebas indubitables de su persistencia en el afán de
constituirse como naciones independientes y de consolidarse como sociedades democráticas,
las sociedades criollas latinoamericanas afrontan, si bien con diferente intensidad y
grado de percepción de esta situación, una difícil tarea que podría expresarse de la
siguiente manera: deben realizar una gran esfuerzo para superar definitivamente los
tenaces rasgos de su conciencia que arraigan en su condición de dominador de las
sociedades aborígenes, desde el umbral del siglo XVI; o, lo que es lo mismo, están
llamadas a redefinir sus relaciones con las sociedades aborígenes y, sobre todo, a airear
la conciencia con que viven esos nexos. Al mismo tiempo están ante la necesidad de
actualizar su nacionalismo, tan costosamente elaborado en el siglo XIX y que tan
importante papel desempeñó en la constitución de los Estados nacionales. En suma, dos
grandes y exigentes tareas, que han de ser a un tiempo estímulo y prueba, en el más alto
grado, de la creatividad del criollo latinoamericano, comparable sólo con la demostrada
por las sociedades indígenas para sobrellevar la dominación ejercida por el criollo.
Cualesquiera que sean los modos de aproximarse a estos retos -ideológicos,
políticos o sociales- no parece necesario demostrar que tienen un punto de partida
común: han de fundarse en una transformación de la conciencia histórica del criollo.
Ahora bien, esta transformación sólo será posible mediante el desarrollo crítico del
conocimiento del acontecer histórico, del que él es todavía hoy principal protagonista.
Sobre esta base, podrá el criollo latinoamericano, valido de su rico patrimonio indígena
y africano, promover sus sociedades a los grados de libertad, democracia, bienestar y
justicia por él anhelados, y establecer relaciones semejantes con las sociedades
indígenas y afroamericanas.
La presente Historia General de América Latina, realizada bajo el
patrocinio genuinamente universal de la UNESCO, tiene como propósito primordial
contribuir a la renovación de la conciencia histórica del criollo latinoamericano y, por
ende, a promover el papel propio y relativo de las demás sociedades con las cuales
comparte el territorio americano.
El autor utiliza el
término "criollo" en su sentido más generalizado en América
Latina. Desígna al europeo y al africano nacidos en tierra americana
y al producto de su mestizaje con la población indígena. Pero, más
que un criterio étnico, para el autor importa una forma de mentalidad,
la propia de una relación de dominación respecto de las sociedades
indígenas. En este sentido, la conciencia criolla desborda los límites
étnicos.
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