Segunda Parte
               OPINIONES DEL CONSEJO INTERNACIONAL PARA
              LA EDUCACIÓN DE ADULTOS

               IX. UNA VÍA DE ACCIÓN DIVERSA: UN ENFOQUE HOLÍSTICO DE LA EDUCACIÓN   EN LOS ESTABLECIMIENTOS PENITENCIARIOS
                Tessa West(*1)
                A. El establecimiento penitenciario como lugar de aprendizaje
                B. Educación para todos
                C. Educación integral de la persona
                D. Relación entre los funcionarios de prisiones y los reclusos
                E. La función educativa de los oficiales penitenciarios
                F. Conclusión: instauración de un sentido de comunidad


              IX. UNA VÍA DE ACCIÓN DIVERSA: UN ENFOQUE HOLÍSTICO DE LA EDUCACIÓN  EN LOS ESTABLECIMIENTOS PENITENCIARIOS
               Tessa West(*1)

               En este capítulo se ofrece una perspectiva completa del medio penitenciario desde el punto de vista de una profesional, con miras a facilitar la planificación y ejecución de programas educativos en ese ámbito. Se analiza el concepto de una educación básica entendida no sólo como adquisición de conocimientos, sino también como de la capacidad de interpretar debidamente el mundo circundante y de desenvolverse mejor en él, y se sugiere que para lograr esos fines se precisa el esfuerzo concertado de todos los funcionarios de las prisiones, así como de los maestros. Con la ayuda del personal penitenciario, los reclusos pueden adquirir sentido de comunidad que quizás no podrán experimentar en ningún otro lugar.

               Como ya se señaló en otra sección de este informe, hay muestras abundantes de que los encargados de planificar la educación en los establecimientos penitenciarios -los instructores y administradores de las prisiones- tienen diferentes objetivos a ese respecto, como también los tienen los gobiernos, los jueces y magistrados, las víctimas, el público en general y los propios reclusos. Esas metas diferentes no son necesariamente divergentes, pero conviene encontrar una formulación que las una. Se propone la siguiente:

               La finalidad de la educación en los establecimientos penitenciarios es ayudar al ex convicto para que pueda medrar en el mundo sin recurrir al delito.

               Esta afirmación parece referirse a la finalidad del encarcelamiento, más que de la educación propiamente dicha. Esa es la intención, ya que, si bien el concepto común de encarcelamiento supone una suspensión o falta de progreso (suposición que se rebatirá más adelante), el concepto de educación supone siempre un cambio, y la actividad de las prisiones debe orientarse sobre todo a promover cambios favorables.

               La formulación anterior expresa claramente la intención de lograr un cambio, para pasar de una situación existente a una situación potencial. No es infundada la hipótesis de que, si los hombres y mujeres prosperan, será menos probable que comentan delitos, aunque, desde luego, ello no se cumple en todos los casos.

              A. El establecimiento penitenciario como lugar de aprendizaje

               Por adelanto educativo se entiende esencialmente un cambio en sentido favorable. La finalidad última de la actividad educativa es la ampliación de las competencias, el conocimiento y la comprensión. De hecho, toda actividad que logre ese resultado -ya sea que se denomine o no educación académica- es reconocida como una forma de aprendizaje. Este puede lograrse también en las prisiones.

               Es evidente que los establecimientos penitenciarios tienen también otros dos objetivos importantes: mantener al delincuente apartado de la sociedad por un período determinado y garantizar la seguridad de los reclusos, del personal y de los visitantes. Las tareas de educación, confinamiento y custodia del recluso en condiciones de seguridad no son incompatibles, aunque parezcan contradictorias. Es interesante observar que ninguna de las tres puede definirse como punitiva. De hecho, al visitar las prisiones no se observa fácilmente la imposición de castigo, ya que el personal penitenciario dedica la mayor parte del tiempo a las funciones de vigilancia y organización (por ejemplo, a supervisar visitas, servir comidas, o accionar puertas electrónicas), seguridad (inspección de las celdas, asesoramiento a los reclusos que muestran propensión a infligirse daños, etc.), supervisión del trabajo o educación de los reclusos.
               

               Las tres funciones fundamentales de las prisiones señaladas anteriormente son semejantes a las de las familias. Los padres ejercen diversos grados de control sobre sus hijos y velan por su seguridad, pero también se ocupan de estimular y fomentar su desarrollo, sabiendo que ulteriormente dejarán el hogar y saldrán al mundo. En este contexto, la polémica acerca de si el encarcelamiento reduce a seres adultos a la condición de niños es menos importante que el hecho efectivo de que la mayoría de los administradores y educadores de los establecimientos penitenciarios están sujetos a ciertas limitaciones en el cumplimiento de sus labores. Por ejemplo, no pueden permitir que todos los reclusos salgan de compras, ni que consuman bebidas alcohólicas, porque esas decisiones no están dentro de su ámbito de competencia.

               Sin embargo, lo que si pueden hacer los funcionarios de prisiones es estimular y facilitar el desarrollo de las personas encomendadas a su cuidado. Esto no sólo lo hacen quienes están en una situación de autoridad, como los padres o los maestros, sino es también lo que toda comunidad procura hacer en favor de sus miembros, y lo que toda persona hace por sus seres queridos. La aspiración de que los reclusos puedan desenvolverse en el mundo sin recurrir al delito es una guía útil al adoptar decisiones sobre los tipos de oportunidades que favorecen el desarrollo de la persona.

              B. Educación para todos

               Muchos reclusos están de acuerdo con lo que aquí se ha expuesto sobre la finalidad de la educación, como también muchos reconocen la necesidad de que existan las prisiones, de que se recluya en ellas a los condenados para que cumplan su sentencia y de que se garantice la seguridad en esos establecimientos. Algunos reclusos admiten que quien comete un delito (incluidos ellos mismos) debe ser castigado. Otros quieren prosperar en el mundo, aunque para ello tengan que dilinquir, pero desde luego preferirían no afrontar los problemas y el sufrimiento que supone la captura.

               No hay ninguna prisión en la que todos los reclusos estén decididos a no reincidir, pero en todas hay algunos que sí lo están. Estos son los hombres y mujeres que más probablemente acudirán a los programas de educación convencionales, con la esperanza, o incluso con la certeza, de poder alcanzar una vida mejor mediante su propio esfuerzo. Hay que ofrecerles cursos de estudio de alta calidad, en distintas disciplinas, que les permitan obtener certificaciones a diversos niveles. Los reclusos tienen un cierto grado de autonomía y, cuando así lo desean, mediante un comportamiento responsable y cortés, pueden disponer las circunstancias de modo que redunden en su favor. En algunos casos esa actitud es constante, y en otros solo transitoria.

               Pero, ?qué ocurre con el gran número de reclusos que muestran una falta absoluta de interés por asistir a las clases porque no atribuyen ningún valor a la educación?

               El Consejo Económico y Social, en su resolución 1990/20 de 24 de mayo de 1990 (véase el anexo I del presente Manual), recomendó que los Estados Miembros tuvieran en cuenta el siguiente principio: todos los que intervienen en la administración y gestión de establecimientos penitenciarios deben facilitar y apoyar la educación en la mayor medida posible. Para lograr un mayor progreso en ese ámbito, la educación en las prisiones no puede mantenerse como un reducto aislado al que sólo ingresan quienes acuden por su propia iniciativa o son seleccionados por el personal penitenciario; es necesario que todo el entorno de la prisión propicie la educación en el sentido más amplio del término. El sistema debe tratar de educar a todos los reclusos, no sólo a los que deciden seguir un programa académico.

               Sin embargo, en algunos países desarrollados, algunos reclusos han desistido del propósito de obtener mayores calificaciones o de trabajar porque saben que, dadas sus circunstancias particulares, pueden recibir del Estado una ayuda económica superior a lo que podrían ganar por su propio esfuerzo. Ese es un problema que se encuentra fuera del ámbito de los administradores e instructores de las penitenciarias, pero que debe tenerse en cuenta si se desea prestar ayuda a todos los reclusos.

                C. Educación integral de la persona
               

               En el presente informe se hace referencia en diversas ocasiones a la necesidad de facilitar la "educación integral de la persona", en consonancia con las recomendaciones de las Naciones Unidas y del Consejo de Europa (véanse los anexos I y II). Puede inferirse que un sistema educativo que sólo desarrolla determinados aspectos de la persona a través de las disciplinas convencionales no cumple plenamente su cometido. Esto reviste particular importancia si ese enfoque convencional descuida precisamente los aspectos que ayudan a evitar la comisión de delitos.

               Por otra parte, casi todos los delincuentes recluidos en prisiones en los países industrializados han asistido a la escuela y han fracasado en ella. Su adelanto académico se ha visto interrumpido o entorpecido por cuestiones mucho más urgentes que reclaman su atención fuera de la escuela. Los problemas familiares, la pobreza, la falta de vivienda adecuada, etc., les impidieron educarse cuando eran niños y son obstáculos aún más graves en la edad adulta, especialmente cuando el encarcelamiento y el consumo indebido de drogas y de alcohol también son factores de perturbación en sus vidas y reducen aún más sus posibilidades.

               Incluso los hombres y mujeres que tienen una motivación adecuada y que están dispuestos a aprovechar, al menos en términos académicos, las oportunidades de educación que ofrece la prisión, pueden dedicarse a la intimidación y el vandalismo, y amenazar al personal penitenciario. El comportamiento de muchas de esas personas en sus hogares también está marcado por contradicciones semejantes. Un hombre que envía flores a su madre en el Día de las Madres también es capaz de golpear a su mujer, y otro que se dedica a decorar el dormitorio de su hijito puede dedicarse también a la compra y venta de carros robados. El recluso, como cualquier otra persona, puede tener actitudes y formas de comportamiento que abarcan desde el pleno respeto de las normas sociales hasta la conducta antisocial, aunque en su caso esta última es tan grave que llega a constituir delito.

               No se propone, por tanto, que la prisión se convierta en una universidad para un grupo de estudiantes que no deciden libremente asistir a las aulas (lo que podría interpretarse como una afrenta a su condición de adultos). En todo caso, aun si todos los reclusos quisieran estudiar, (lo que sería muy sorprendente, dada su experiencia de fracaso académico y la impresión que tienen de que la enseñanza no tiene mayor pertinencia para su vida), no habría suficientes locales, ni instructores, ni libros, ni fondos para financiar derechos de exámenes, ni computadoras, ni otros muchos recursos que se precisarían.

               Lo que se propone es un concepto mucho más amplio de la prisión como lugar propicio para fomentar la educación integral de la persona. El personal que se necesita para aplicar ese concepto más amplio de educación para todos los reclusos ya está disponible; lo constituyen los funcionarios de prisiones.

              D. Relación entre los funcionarios de prisiones y los reclusos

               Los funcionarios de prisiones (guardianes) se encuentran en condiciones ideales para promover el aprendizaje porque permanecen siempre en las instalaciones. Volviendo a la analogía con la familia, la función de los padres sufre menoscabo cuando sólo ven al niño unas pocas horas al día. Los oficiales penitenciarios son las personas más importantes que mantienen contacto directo con los reclusos, y no se puede subestimar la importancia de esas relaciones. Ya que los oficiales en muchos casos trabajan durante varios meses en una misma sección de la prisión, su presencia puede dar una cierta estabilidad a la vida de los reclusos. En el marco de sus labores cotidianas pueden ayudar a los reclusos a ejercer el "derecho a cuestionar y analizar" y "a desarrollar competencias individuales y colectivas", que es parte del "derecho a a educación", como lo estipuló la cuarta conferencia de la UNESCO sobre la Educación de Adultos.

               Así como se ha difundido una imagen estereotípica de los funcionarios de prisiones como personas burdas de poca educación, cuya presencia tiene necesariamente un efecto negativo para los reclusos, de igual manera los reclusos suelen ser considerados por algunos reformadores como personas en situación vulnerable, y por una parte de la opinión pública como malhechores. Es extraño que se haya difundido y que persista esa imagen negativa del personal penitenciario, a la vez que existe la impresión generalizada de que los delincuentes, si se les da una oportunidad, cambiarán de vida. Este ensayo propone que, con un pequeño esfuerzo y una inversión modesta de recursos se pueden crear condiciones que permitan a los funcionarios de prisiones ejercer una mayor influencia positiva en los reclusos. Esto deberá redundar en beneficio de los propios funcionarios, pues es preciso que ellos también puedan prosperar en el desempeño de una labor sumamente difícil, que no es bien considerada.

               En realidad, los oficiales penitenciarios tienen un mejor conocimiento del recluso "total" que cualquier otro grupo, salvo los especialistas como oficiales probatorios y siquiatras, que de ordinario no ven a ningún recluso más de una vez por semana, y que en muchos casos no entran siquiera a las prisiones. En los debates sobre las prisiones a veces se olvida que muchos delincuentes han producido víctima. Los oficiales de prisiones suelen tener mejor conocimiento que los maestros de los delitos que han cometido determinados reclusos en el pasado y también saben quién está cometiendo faltas dentro de la prisión. Por ejemplo, saben quién es sospechoso de robar radios o ropa o tarjetas telefónicas. Conociendo esos hechos y habiendo presenciado los ataques y amenazas mediante los cuales se perpetran, les resulta difícil ver a todos los reclusos como personas vulnerables.

               Los oficiales tienen en sus manos las decisiones sobre los trabajos que cumplirán los reclusos, las citas con médicos y dentistas, la preparación de informes importantes, el uso de los servicios de teléfono y correo, el suministro de camisas limpias o de alimentos, el acceso a la televisión y muchas otras cosas. Deben ocuparse de los reclusos que han sido golpeados, así como de los que han administrado las golpizas. Se encargan de transmitir noticias a los presos, sean buenas o malas, y deben hacer frente a sus reacciones que, en el caso de noticias desagradables, pueden abarcar desde la irritación y el insulto hasta la ira y el suicidio. Si los oficiales comprenden que su labor incluye también una función educativa, su influencia positiva puede extenderse a casi todos los reclusos, y puede ayudar a corregir conductas antisociales a las que a menudo no se presta atención o se responde con sanciones disciplinarias.

              E. La función educativa de los oficiales penitenciarios

               No se propone que los oficiales se conviertan en maestros, sino que cumplan su labor de modo que los reclusos puedan aprender de ellos.

               Es fácil ayudar a las personas a aprender cuando todo marcha bien y cuando el enseñante y el alumno ven muestras de progreso. En las aulas de los establecimientos penitenciarios puede observarse diariamente el progreso alentador de estudiantes que han tenido poco éxito en muchos otros aspectos de la vida. El aprendizaje aumenta la autoestima del recluso y le permite adquirir competencias; ambas cosas pueden ayudarles a prosperar.

               Si la enseñanza, ya sea académica, ocupacional o creativa, puede complementarse con una educación que emane de todo el medio penitenciario, puede haber posibilidad de influir en la forma de vida de los reclusos. Para ello es indispensable que entre los oficiales penitenciarios y los instructores haya un reconocimiento y un respaldo mutuo en sus labores respectivas.

               Algunos de los sentenciados a prisión han tenido amplias experiencias de vida antes de la reclusión, en tanto que otros han llevado vidas muy limitadas. Esas experiencias pueden ser muy distintas de la de los instructores y oficiales penitenciarios, pero no por ello son menos reales para quienes las han vivido. Los reclusos pueden haber aprendido que la vida es dolorosa e injusta, que no se puede lograr todo lo que se desea, que hay que desconfiar del prójimo, que ellos mismos no son dignos de confianza, que las drogas pueden aliviar temporalmente el sufrimiento, y otras cosas semejantes. Esas impresiones, que para el recluso son veraces, no pueden ser modificadas por los instructores en las aulas . Los reclusos generalmente pasan en las aulas pocas horas al día, y aunque ese tiempo les resulte útil y placentero, de ordinario no basta para contrarrestar las enseñanzas mucho más fuertes y arraigadas que adquirieron antes de entrar a la prisión (y que los acompañarán a su salida). Los maestros no suelen conocer el egoísmo, la codicia, la búsqueda de
               compensación inmediata, el poco espíritu de colaboración, las exigencias irracionales, la justificación de la ira y otras manifestaciones que observan los oficiales penitenciarios y que son factores importantes en la reincidencia que lleva a nuevas reclusiones.

               La vida presenta al hombre dos propuestas simultáneas: "Confórmate con lo que tienes, porque es todo lo que te es dado"; y "No ceses en tu empeño de superación personal para lograr un futuro mejor". Si la persona se encuentra en situación económica o sicológica difícil, puede aceptar su suerte, o puede reaccionar y tratar de cambiarla, según su carácter. La reacción de los delincuentes suele ser extrema: si alguien no les agrada, lo golpean; si quieren tener un auto, lo roban; si no se sienten a gusto, consumen drogas. Desde esa perspectiva, la delincuencia puede parecer una respuesta decidida e ingeniosa a los desafíos de la vida. Es un intento de evitar el esfuerzo que se necesitaría para resolver el problema. Sin embargo, no todas las personas que se encuentran en igual situación optan por el delito. Las mujeres, por ejemplo, cuya situación económica suele ser peor que la de los hombres, recurren al delito con menor frecuencia y cometen delitos menos graves. Nadie ha obligado a los reclusos a delinquir; la opción ha sido suya.

               Los oficiales de prisiones pueden dispensar educación principalmente de dos maneras, que en ambos casos pueden considerarse parentales: pueden servir de modelos apropiados y estables o pueden reprochar a los reclusos su conducta, por medios que no supongan enfrentamiento. En casi todas las circunstancias hay varias posibilidades de acción y reacción, y una de las tareas del personal penitenciario consiste en señalar a los reclusos las diversas formas de conducta a las que pueden recurrir y que son menos perjudiciales. Esto pueden lograrlo hablando con los reclusos, o bien observando un comportamiento que demuestre madurez, responsabilidad, generosidad, sensibilidad a las opiniones ajenas e interés por el bien común. Es decir, los rasgos que se consideran indispensables para la convivencia social.

               Los oficiales del sistema penitenciario se encuentran en una situación ideal para entablar conversación con los reclusos y escucharlos. Algunos presos que no acuden nunca a los servicios de educación de las prisiones están dispuestos en cambio a exponer libremente sus problemas a los oficiales. Estos pueden cumplir un papel fundamental planteando preguntas que lleven a los reclusos a hablar de las cosas que realmente les interesan, de sus aspiraciones reales y de la forma de lograrlas. Los reclusos que manifiestan constantemente el deseo de seguir delinquiendo o incluso de cometer delitos más graves suelen retractar sus afirmaciones cuando se sienten en libertad de expresar sus sentimiento más profundos. El hecho de que en muchos casos no posean un vocabulario muy amplio no constituye un obstáculo para esa expresión personal que es tan importante.

               Los oficiales también pueden trabajar en equipos para tratar de corregir conductas indeseables. Hay cada vez más programas dedicados a combatir el uso indebido de drogas y de alcohol y los delitos de violencia sexual, y a enseñar técnicas para controlar la ira. Esos programas suelen ser administrados (en el Reino Unido) por equipos interdisciplinarios, integrados por oficiales penitenciarios, maestros, oficiales probatorios, sicólogos y representantes de organizaciones comunitarias.

              F. Conclusión: instauración de un sentido de comunidad

               Los maestros y oficiales de prisiones no pueden mejorar las condiciones de vida que los reclusos han dejado y a las cuales regresarán. No pueden corregir las perturbaciones de la infancia, ni crear empleo, ni proporcionar vivienda, ni persuadir a la gente a abandonar la droga, ni reconstituir familias deshechas.

               Tampoco se puede confiar en que los reclusos mantengan un comportamiento razonable y lógico una vez que ha asumido responsabilidad personal por sus actos en la prisión. Ni los delincuentes, ni las personas que no son delincuentes, se comportan en todo momento de manera lógica y razonable. Un recluso que golpea a su mujer se queja cuando ella deja de enviarle dinero y amenaza con golpearla de nuevo si no lo hace: eso no es razonable. Una mujer que ha sido golpeada por un hombre que además la despoja de su dinero sigue diciéndole que lo ama: eso no es lógico. Pero tampoco lo es seguir fumando cuando se sabe que
               con ello se hace daño al propio cuerpo; ni conducir con exceso de velocidad, cuando se sabe que uno puede causar daños a otros o puede ser multado. No hay que esperar que el comportamiento razonable se imponga en todos los casos.

               Sin embargo, la mayoría de los delincuentes saben qué constituye una conducta aceptable y qué no lo es. La comisión de un delito no supone necesariamente que el delincuente no sea consciente de su falta. Lo que ocurre es que lo deseado se impone a lo debido. Eso es, esencialmente, lo que hay que modificar.

               Para vivir en armonía es preciso que cada individuo comprenda y reconozca que no podrá lograr un verdadero bienestar si no lo logran los demás. Eso implica que cada persona debe establecer un equilibrio entre las fuerzas racionales y emocionales que impulsan sus acciones y debe elegir opciones que no causen daño a otros. Cuando se adopta esa actitud ética -que existe ahora en algunas prisiones-, mejora el diálogo entre los funcionarios, entre el personal y los reclusos, y entre los reclusos mismos, y se crea una identidad de grupo. Los reclusos y el personal penitenciario pueden trabajar juntos en ciertas esferas importantes, como las de asegurar el respeto de los bienes personales, cooperar con las organizaciones locales, corregir la conducta antisocial o mejorar la alimentación. Vale la pena dedicar tiempo y esfuerzo a la tarea de crear una comunidad de ese tipo donde todos puedan prosperar, salvo unos pocos a los que quizás no se podrá llegar.

               En último término, aún si se aúnan los esfuerzos de todo el personal penitenciario, dadas las presiones a que se ven sometidos los reclusos al obtener la libertad, es poco probable que todos opten por emplear conocimientos adquiridos para desenvolverse en la vida sin recurrir al delito. Sin embargo, lo que es más importante es que ciertas medidas surten efecto para algunos de ellos: no todos los ex convictos reinciden. Es difícil determinar si ello depende directamente de la experiencia de reclusión, pero no hay duda de que muchos delincuentes al adquirir madurez sicológica, "superan" el delito; ese es otro argumento a favor de que los establecimientos penitenciarios ofrezcan al recluso la posibilidad efectiva de lograr un mayor grado de madurez.

               Un objetivo que sin duda se puede lograr es que los reclusos prosperen mientras están aún bajo custodia. La prisión es un mundo aparte, donde hay menos inequidad, en un nivel básico, que en el mundo fuera de los muros: todos tienen lecho y alimento, y un ingreso y una forma de vida semejantes. El hecho de que sea un lugar transitorio tanto para el personal de prisiones como para los reclusos, no le resta importancia, ni hace menos necesario que la vida transcurra normalmente en él. Aunque no sea la vida "real", los reclusos la viven "realmente". Si la vida en las prisiones puede organizarse de modo que los reclusos prosperen en ese medio y ayuden a otros a prosperar, se logrará una situación que, lamentablemente, quizás no encontrarán en ningún otro lugar.

               A esos efectos, se propone que se evalúen y amplíen los conocimientos y aptitudes del personal penitenciario para promover un sentido de comunidad dentro de las prisiones. Con su colaboración, y la de los maestros y otros especialistas, se podrá llegar a todos los reclusos para ayudarlos a dar sentido a su mundo y a elegir con mayor acierto entre las opciones que se les ofrecen. Algunos reclusos tal vez no desearán o no podrán aplicar las enseñanzas adquiridas en la prisión al regresar a sus hogares, pero sin duda éstas ayudarán a la mayoría de ellos a convertirse en miembros prósperos de una comunidad penitenciaria positiva. Desde luego, tanto los planificadores como los reclusos aspiran a lograr mucho más, pero lo que se propone aquí es una meta válida y viable que permita elevar la moral y aumentar la competencia del personal y que proporcione a los reclusos mejores elementos para comenzar la próxima etapa decisiva de su vida. 



              *1 La autora ha sido docente y encargada de los programas de educación en varios establecimientos penitenciarios del Reino Unido, últimamente como subdirectora de prisiones 

              © United Nations and UNESCO-Institute for Education
               
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                A. El establecimiento penitenciario como lugar de aprendizaje
                B. Educación para todos
                C. Educación integral de la persona
                D. Relación entre los funcionarios de prisiones y los reclusos
                E. La función educativa de los oficiales penitenciarios
                F. Conclusión: instauración de un sentido de comunidad