Nota biográfica

Yves Mény es profesor de Ciencia Política en el Instituto de Estudios Políticos (París). En la actualidad es director del Centro Robert Schuman del Instituto Europeo Universitario, (Florencia) CP 2330 Ferrovia, Italia. Sus estudios tratan sobre la reforma de la administración, sobre cuestiones regionales, política comparada sobre el sistema político francés. Su última obra es: La corruption de la République (1992), Democratie et corruption en Europe (editor junto con Della Porta), (1995). El editor desea agradecer al Profesor Mény su valiosa ayuda como consejero editorial de este número de RICS.

Corrupción "fin de siglo": Cambio, crisis y transformación de los valores

La corrupción y su análisis: ambigüedades, problemas, divergencias

Desde hace al menos un decenio y de manera más clara en estos últimos años, el problema de la corrupción ocupa un lugar primordial en los temas políticos. Todos los observadores coinciden en esta afirmación y las discrepancias eventuales sólo se producen en torno a matices o aspectos secundarios. De todas formas, esta unanimidad sobre la gravedad del problema como cuestión política apenas va más allá de este acuerdo mínimo. En todos los demás aspectos, hay múltiples discrepancias debidas a la dificultad de aprehender la cuestión pero también a la multiplicidad de sus formas de expresión y a la diversidad de los actores que intervienen en el debate. Un rápido examen de estas discrepancias de análisis y de juicios nos acercará a la complejidad del problema.

El análisis de las causas de la corrupción va en direcciones radicalmente opuestas, dependiendo de los paradigmas o las preferencias ideológicos. La escuela neoliberal (que ha hecho una gran aportación al análisis del fenómeno) considera la corrupción como una de las manifestaciones de los mercados negros originados por el exceso de intervencionismo estatal. Cuanto más interviene el Estado, más reglamenta y más fomenta la invasión de las burocracias, más riesgos hay de que se den procedimientos y mercados paralelos, origen de comportamientos delictivos. Por el contrario, los que no están convencidos de la perversidad intrínseca del Estado o de los méritos evidentes del mercado, insisten en otro aspecto: el debilitamiento de la ética pública, la deslegitimación del Estado como encarnación del interés general, la disolución de los valores colectivos por la búsqueda del beneficio y la defensa de intereses egoístas y privados. [Cartier-Bresson, 1993; Rose-Ackerman, 1978].

La novedad del fenómeno constituye también otra fuente de discusiones. A los que pretenden que la corrupción nunca había causado tantos estragos como hoy, tanto en la esfera pública como en las relaciones privadas, contestan otras voces que la corrupción es tan vieja como el mundo, que es inherente a toda acción humana y que no hay por qué dramatizar la situación. Para los primeros, el período actual se distingue por el hecho de que la corrupción se ha generalizado, alcanzando cada vez más ambientes, y esto supone un retroceso respecto a los progresos realizados, sobre todo en las democracias, para erradicar el virus. Para los segundos, que no niegan la existencia de la corrupción, el alcance de los ataques a la moral o a la ética pública o privada, se ha exagerado considerablemente por parte de los medios de comunicación. Algunos hechos se han inflado o amplificado, otros sólo salen a la luz en razón del interés pasajero por el problema, igual que ocurre con las infracciones del código de circulación. Éstas parece ser que se mantienen más o menos estables pero cuando se produce un accidente espectacular o cuando el gobierno decide aplicar una política de represión o de prevención, se hacen más llamativas y problemáticas. Según esta versión de las cosas, lo que es nuevo no es tanto el fenómeno de la corrupción como la explotación que se hace de ella. Más que la infracción en sí misma, es el escándalo y su explotación política lo que se discute. [Sánchez, 1995].

La extensión de la corrupción constituye un tercer aspecto sobre el que tampoco hay acuerdo. Destaquemos a este respecto que la discusión sobre este punto es prácticamente insoluble habida cuenta de la naturaleza misma del objeto en cuestión. La corrupción es, en síntesis, una transacción clandestina [Claeys y Frognier, 1995], salvo allí donde por ser ya sistemática, disfruta de un estatus casi oficial, de un "acuerdo" no escrito pero conocido y aceptado por todos. Este carácter secreto se aviene mal con los intentos de medirla que se han llevado a cabo aquí y allá, ya sea por los laberintos de las persecuciones y de las condenas penales, ya sea a través de la prensa [Cazzola, 1988].

Toda comparación de un período a otro, de un país a otro, parece pues, imposible, tan diferentes y variables son los parámetros de la represión [Della Porta y Mény, 1995]. Para volver al ejemplo del código de la circulación, está claro que el primer resultado de una política de mayor severidad respecto al exceso de velocidad es hacer subir las estadísticas. En situaciones iguales, la cantidad de infracciones dependerá considerablemente de la manga ancha o del rigor en la definición de las mismas y en la aplicación de las reglas.

Por consiguiente, la extensión real o imaginaria de la corrupción es tanto una cuestión de percepción y de sensibilidad como de medida objetiva del fenómeno. Ante esta falta de seguridad, la discusión prácticamente no tiene salida: los optimistas insisten en el carácter coyuntural del fenómeno, sacando a relucir el gusto de los periodistas por el sensacionalismo y el exceso de celo de los jueces, a los que se suele tachar de radicales, sectarios y hasta de frustrados. Por el contrario, los pesimistas se declaran convencidos de que los hechos que salen a la luz no son sino la parte visible del iceberg. Sobre todo insisten en el hecho de que numerosos "affaires" sólo se han descubierto por azar o por circunstancias imprevistas: una esposa abandonada que denuncia a su marido, un contable minucioso que lleva una contabilidad paralela muy precisa, etc. La corrupción que se conoce y se divulga no es más que una ínfima parte de la realidad.

Los mismos desacuerdos sobre la medición de la corrupción aparecen cuando se intenta una comparación internacional, o incluso una comparación de actitudes dentro de una misma sociedad, pero entre grupos sociales diferentes. Como muestran las aportaciones de este número de la revista, la sensibilidad de la opinión pública con respecto a la corrupción varía considerablemente de un país o de una cultura a otra. No sólo entre Europa y Norteamérica, entre África y Asia, sino dentro de conjuntos relativamente homogéneos como Europa occidental (sobre todo, entre países de cultura latina y católica, y países nórdicos y protestantes). Variaciones de la misma amplitud se dan dentro de los sistemas políticos entre la opinión at large y las minorías sociales. Mientras que éstas últimas generalmente tienden a minimizar la extensión de la corrupción (con frecuencia después de haberla ignorado o negado), las opiniones públicas tienen una marcada propensión durante estos últimos años a exagerar su extensión. Los sondeos en Italia, Francia o Japón principalmente (pero no solamente), atestiguan que la gran mayoría de las personas entrevistadas (a veces más de 80%) están convencidas de que "todos los políticos son corruptos". Por supuesto, cualquiera que sea la realidad de la corrupción, no hay nada que permita sostener seriamente semejante creencia.

Los desacuerdos anteriores se mantienen e incluso se agrandan cuando se trata de dar una definición de corrupción. ¿Qué es la corrupción? ¿Es solamente el delito tipificado como tal por las leyes penales de cada sistema político o hay que dar una definición más amplia, basada en una observación más realista del fenómeno? Dicho de otra manera, ¿es preferible una definición más jurídica o una aproximación más sociológica?

La definición jurídica tiene la ventaja de la seguridad y de la certeza: es corrupción lo que el código penal define como tal, o lo que prohíben los códigos de deontología profesional. Al fijar lo permitido y lo prohibido, la ley traza en principio unas fronteras claras que permiten al hombre público o privado, al ciudadano y al funcionario, determinar sin demasiadas dudas ni vacilaciones la línea de conducta debida. A falta de ética individual o colectiva, se impone la regla como árbitro de las decisiones. O, como decía Camus: "cuando no se tienen principios, hacen falta reglas". Esta aproximación positivista y jurídica plantea, no obstante, dos problemas. El primero, estrictamente jurídico, el segundo de naturaleza ética. En el plano jurídico primeramente, la mayoría de los juristas coinciden en destacar las limitaciones de esta aproximación tradicional. Primero, porque las prácticas corruptas rara vez se limitan al campo definido por las leyes penales. En torno al delito de corrupción propiamente dicho, se incorporan otros delitos en conexión que constituyen un conjunto artificialmente segmentado por las calificaciones jurídicas. Delitos tales como la malversación o la ingerencia, muy a menudo forman parte de la corrupción sin ser considerados stricto sensu como tales. La fluidez y la complejidad de las prácticas desviadas hacen imposible que se puedan reducir a las etiquetas del derecho penal, y los primeros en señalar lo obsoleto del derecho han sido los jueces encargados de reprimir la corrupción, en particular la operación de Mani Pulite en Italia. Igualmente, la oposición tradicional entre corruptor y corrupto, base de numerosas disposiciones penales, no responde ya a la imagen sobre la cual estaba basada, la de un corruptor (procedente del cuerpo social) tratando de persuadir a un funcionario público (el corrompido) de violar los deberes de su cargo a cambio de ventajas personales. La observación reciente muestra que lo más frecuente es la relación inversa: el ofrecimiento de corrupción ya no parte del supuesto "corruptor" sino del que los códigos consideran como el actor pasivo, el corrompido, es decir, el político o el funcionario. Es cada vez más frecuente que sea el agente público el que está en situación de corruptor. [Della Porta, 1992; Mény, 1992].

La aproximación estrictamente jurídica tiene otro defecto: tiende a dejar a un lado los principios y los valores éticos que constituyen el origen de las disposiciones represivas. La corrrupción no es un delito banal comparable a una infracción al código de la circulación o a una estafa. Constituye una violación de los deberes del cargo y una negación de los valores que se supone que sustenta un sistema político-administrativo democrático basado en el estado de derecho: la distinción de los intereses privados de los públicos, la igualdad de trato a los ciudadanos, la transparencia de las transacciones, etc... Si sólo se hace hincapié en la estricta definición penal de la corrupción, se corre el riesgo de perder de vista el fundamento y la razón de ser de estos dispositivos represivos. Un ejemplo de esta desviación ha sido la actitud de los partidos políticos en muchos países (sobre todo en el sur de Europa, España, Francia, Italia, Grecia) que han pretendido que no había corrupción en realidad puesto que las prácticas penalmente reprensibles se justificaban por la necesidad de ayudar a los partidos, indispensables a su vez para el buen funcionamiento de la democracia. Así pues, existe la corrupción personal (detestable) y la corrupción por el bien del partido (es decir, legítima). Esta actitud, bastante difundida (que se apoya tácitamente en el principio de "el fin justifica los medios") demuestra que en este tema el aspecto ético no se puede pasar por alto y que la definición jurídica sólo da una visión parcial, edulcorada y a veces errónea de la naturaleza del problema.

El análisis sociológico de los comportamientos puede hacernos avanzar en la comprensión del problema: ¿qué actitud adoptan los ciudadanos y más concretamente las minorías con respecto a la corrupción? La tipología establecida por Heidenheimer (corrupción blanca, corrupción gris, corrupción negra) permite hacer más explícito el carácter subjetivo y volátil de la definición de la corrupción [Heidenheimer et alii, 1989]. La corrupción blanca se emplea para referirse a prácticas que no son reconocidas como corruptas ni por la opinión pública ni por las minorías. En otras palabras, la corrupción está tan completamente integrada en una cultura que ya ni siquiera se percibe el problema. En esta visión culturalista, lo que aquí es corrupción (por ejemplo en los Estados Unidos) no lo es en otro sitio (por ejemplo en Francia). Este relativismo cultural (espacial, temporal, de clase) puede permitir que una situación no parezca corrupta en comparación con otra: el Watergate constituyó un escándalo mayor cuya onda expansiva se propagó durante muchos años en los Estados Unidos, mientras que otras prácticas de la misma naturaleza (los micrófonos de los 'fontaneros' del Canard enchaîné) ni siquiera afectaron a la carrera del entonces ministro del Interior. La corrupción negra tiene el mismo consenso, pero al revés: todos, minorías y ciudadanos, están de acuerdo en estigmatizar ciertas prácticas. El desacuerdo aparece en la opción gris: lo que unos definen como corrupción, otros no lo consideran como tal. Es en este desajuste donde hay riesgo de que aparezca el escándalo, en el choque entre las percepciones de unos y las prácticas de otros, como ha ocurrido por ejemplo en el asunto de la financiación de los partidos políticos. La opinión pública se ha conmovido por las prácticas poco ortodoxas de los partidos, mientras éstos últimos trataban de justificarse invocando las necesidades de la vida democrática. En resumen, hasta la crisis de los años 1985-90, pocos dirigentes políticos habían intentado de verdad sanear unas costumbres que tenían la excusa, para ellos, de ser comunes a todos y, por lo tanto, exentas de culpa.

De manera general, la definición de la corrupción (con acuerdo o sin él) depende a la vez de ciertos efectos de umbral (cuantitativos o simbólicos) y de influencia en el sistema. La opinión pública no dará demasiada importancia al desliz de un empleado, pero, a igual corrupción monetaria, se escandalizará por el comportamiento de un alto cargo o de un político. Tolerará una corrupción anecdótica pero reaccionará violentamente si no es así, ante el carácter sistemático y planificado de la corrupción. Esta volatilidad de la definición explica que en algunos aspectos, la toma de conciencia de la opinión pública y la conmoción suscitada por la corrupción, dependen de otros elementos coadyuvantes totalmente diferentes: los actores políticos en juego, la naturaleza de los hechos incriminados, la función de la prensa o de los jueces, por ejemplo. La financiación ilegal de los partidos, de hecho, era un secreto a voces para la mayoría de los observadores del sistema político francés. Sólo se ha convertido en un gran escándalo debido a ciertas condiciones: la revelación al gran público de unos hechos que no sospechaba, el auge del periodismo de investigación, unos jueces más independientes y quizá, por encima de todo, el contraste flagrante entre la retórica moralizante del P.S. y de su líder por un lado, y las prácticas ocultas del partido por otro.

Partiendo de estos hechos, podemos intentar definir la corrupción como un intercambio clandestino entre dos mercados, el mercado político y/o administrativo y el mercado económico y social. Este intercambio se realiza a escondidas pues viola las normas públicas, jurídicas y éticas, y sacrifica el interés general a los intereses privados (personales, corporativistas, partidistas, etc...). Por último, esta transacción que permite a unos actores privados tener acceso a los recursos públicos (contratos, financiaciones, decisiones) de manera privilegiada y torcida (por falta de transparencia y de competencia) proporciona a los actores públicos corruptos unos beneficios materiales, presentes o futuros para ellos mismos o para la organización a la que pertenecen.

La corrupción que aquí nos interesa es pues la que se da en el punto de unión de lo público y de lo privado y especialmente en los sectores en los que el gestor público no está sometido a unas reglas totalmente obligatorias. La corrupción en un estado de derecho democrático tiene pocas posibilidades de producirse allí donde el funcionario u hombre público lo único que puede hacer es responder positivamente al ciudadano si reúne los requisitos necesarios: la expedición de un pasaporte, el pago de las prestaciones sociales, están sometidos a reglas estrictas que no dejan márgenes de apreciación al funcionario. Por el contrario, la pequeña y gran corrupción pueden abrirse camino allí donde el decisor dispone de un cierto poder discrecional: apreciar una invalidez física que da lugar al cobro de una pensión, elegir el "mejor" contrato, decidir la concesión de créditos de inversión, son decisiones que no pueden estar encerradas en procedimientos casi automáticos y dejan una capacidad de maniobra apreciable a los funcionarios o a los políticos, sobre todo si las reglas de procedimiento que se supone que garantizan el due process of law no se aplican de acuerdo con la letra o con el espíritu de las mismas.

Como se ve, independientemente del juicio moral que cada ciudadano pueda tener sobre la cuestión en función de su ética personal, son muchos los desacuerdos sobre la evaluación del fenómeno de la corrupción y las observaciones que acabamos de hacer aquí distan mucho de ser exhaustivas... Los desacuerdos son todavía más enérgicos cuando se aborda la cuestión de los remedios o soluciones. Llegado este punto es preferible abordar el tema del aumento repentino de la corrupción que ha alcanzado a la mayor parte de los países a lo largo de los dos últimos decenios.

Nuevas ofertas, nuevas demandas de corrupción

Las interpretaciones de las causas de la corrupción no sólo dan lugar a discrepancias. Cada una de ellas da solamente satisfacciones parciales pues apenas uno cree haber encontrado una explicación razonable cuando aparecen múltiples excepciones que ponen en duda su alcance general. ¿Cómo hacer para verlo más claro? Sin pretender dar una respuesta indiscutible y definitiva al problema, podemos partir de las premisas siguientes:

La corrupción es un fenómeno general, universal, tanto en su aspecto espacial como temporal. No obstante, se pueden observar grandes variaciones tanto espaciales como temporales a pesar de lo insuficiente de las mediciones y de su carácter aproximativo: está reconocido que la Gran Bretaña del s. XX es mucho menos corrupta que hace un siglo o que los países escandinavos tienen menos problemas de este tipo que el sur de Europa (a falta de estudios cuantitativos casi imposibles de realizar teniendo en cuenta el objeto, se sabe que la sensibilidad de la opinión pública respecto a la corrupción es muy diferente, como lo demuestran algunos "affaires" recientes en Suecia, en Francia, en Italia o en España):

El fenómeno de la corrupción ya no es, como en el pasado, un problema principalmente nacional, inherente a un sistema político. Su aspecto internacional es cada vez más acusado.

Las categorías fundamentales utilizadas para estudiar la corrupción parecen cada vez menos válidas, aunque conserven su valor heurístico: la oposición entre sistemas democráticos y autocráticos o la distinción ente países desarrollados o países en desarrollo, que fue durante mucho tiempo una de las claves más importantes de interpretación, sólo permiten una burda aproximación al problema.

Las formas y modos de corrupción se han sofisticado considerablemente hasta el punto de hacerla casi invisible, o al menos, difícilmente detectable.

Sobre la base de estas premisas, estamos en mejor disposición para estudiar el contexto en el cual se ha desarrollado y amplificado la corrupción a lo largo de estos últimos decenios, tanto en los regímenes democráticos como en los autocráticos, en los países ricos como en los países pobres.

El estallido del fenómeno

Aunque no exista un patrón de medida que permita apreciar con precisión la extensión de la corrupción, la mayoría de los observadores coinciden en señalar el nuevo auge que ha cobrado el fenómeno en los dos últimos decenios. Por supuesto, las razones suelen ser diferentes de un sistema político a otro, pero es posible encontrar unas constantes, sobre todo de tipo contextual.

En los países occidentales donde el Estado y la democracia están en principio mejor consolidados, la corrupción no ha sido menos persistente tomando formas concretas en cada cultura: casi-sistemática en Italia, marginal en la Europa nórdica.

En la mayoría de los países, la corrupción parecía más una cuestión de culpas individuales que una perversión generalizada del medio político-administrativo. Las cosas han empezado a cambiar debido a las crecientes necesidades de los partidos políticos y de su incapacidad para cubrir por vías regulares el incremento de los gastos de sus organizaciones y el coste vertiginoso de las campañas electorales. En efecto, los partidos políticos hasta los años 60 no disponían más que de las aportaciones de sus militantes (en tiempo y en cotizaciones) y de donaciones más o menos generosas de hombres de negocios o de organizaciones profesionales y sindicales. Pero, a partir de los años 70, los recursos tradicionales decrecen (crisis de militantes) mientras que la "americanización" de las campañas electorales multiplica por diez sus gastos. Atrapados entre estas dos evoluciones contradictorias, los partidos, casi en todas partes, emprendieron ciertas prácticas irregulares en el mejor de los casos y contra el derecho penal en el peor. Una primera oleada de reformas tras algunos escándalos sonados (escándalo Flick en Alemania, escándalo de la campaña electoral de Nixon, dimisión del vicepresidente americano Spiro Agnew, escándalo Lockheed en Italia, Japón, Países Bajos, etc.) hizo pensar que se había encontrado el remedio milagroso, gracias a la financiación pública de los partidos y/o de las campañas electorales, junto con un control sobre el origen y el uso de los fondos. Desgraciadamente, hubo que constatar que, de manera general, esta nueva afluencia de dinero no hizo más que estimular los apetitos y las necesidades, suscitando nuevas formas de corrupción o de manipulación de las reglas (multiplicación de los Political Action Committees en los Estados Unidos o de partidos-fantasma en Francia).

En los antiguos regímenes socialistas, en los países en desarrollo, pero también en numerosas sociedades occidentales, la corrupción ha aparecido como el antídoto funcional contra una reglamentación y una burocratización excesivas. Jean Cartier-Bresson (1993) resume así la postura de los economistas neoliberales sobre esta cuestión: "El mercado --escribe refiriéndose a sus puntos de vista-- se cobra siempre sus derechos contra la intervención estatal y da lugar a la aparición de los mercados negros que ostentan una cierta legitimidad autoritaria. En estas condiciones, y con los gobiernos dominados por grupos más preocupados de su propio bienestar que del bienestar colectivo, se instaura un inevitable mercado negro de los derechos de propiedad pública. Su objeto es la apropiación de las rentas de situación por parte de los cazadores de rentas. Sólo la vuelta a unos principios intocables de competición política y de libre competencia económica y social, puede hacer que disminuyan los fenómenos de corrupción". La corrupción, aunque detestable en principio, aparece también como una válvula de seguridad, "el aceite de los engranajes", el instrumento capaz de desbloquear a una sociedad bloqueada. Este análisis no carece de pertinencia ni de argumentos teóricos, ni tampoco de material empírico. Sin embargo, tiene el inconveniente de subestimar el efecto destructor de la corrupción en el cuerpo social. La corrupción permanece y crece aunque las razones que la hubieran "justificado" hayan desaparecido (ej. los antiguos países socialistas donde prospera la corrupción pese al hundimiento de los regímenes autoritarios e intervencionistas).

Al argumento neoliberal se opone la opinión de los que ven en la deslegitimación del Estado (por buenas o malas razones), la causa principal del auge de la corrupción. Los ataques virulentos contra el intervencionismo estatal, contra el Welfare State, contra los burócratas, habrían contribuido a confundir las líneas divisorias entre interés colectivo e interés personal, entre esfera pública y esfera privada. Como contrapunto, la valoración excesiva del mercado, del beneficio, de cualidades como la eficacia y la competitividad (en detrimento de la igualdad) habrían permitido no solamente desvalorizar el Estado como concepto abstracto sino más prosaicamente poner en duda la pertinencia y la validez de sus intervenciones al igual que el estatus de sus agentes. Allí donde la ética pública estaba sostenida por una serie de tradiciones o de reglas interiorizadas (espíritu de cuerpo, defensa del interés general, primacía de lo público sobre lo privado) la deslegitimación de estos valores ha tenido la consecuencia de disminuir de alguna forma el "coste moral" de la corrupción.

Este debilitamiento de los valores de la esfera pública y del coste moral de la corrupción dan lugar a que se forme un círculo vicioso: la corrupción se extiende y su difusión contribuye a su aceptación social. Además, la corrupción por arriba hace más aceptable la corrupción por abajo y viceversa. La corrupción se convierte en un metasistema cuyas implicaciones afectan a toda la vida social hasta que sus costes y sus efectos perniciosos provocan la reacción de una parte de las minorías (prensa, jueces) o de la población (populismo) contra las minorías en el poder.

La extensión de la corrupción en los años 80-90 se comprende por las oportunidades sin precedentes que este período ofrece con respecto a otros momentos de la historia. Efectivamente, hay un contexto de crisis, es decir, un contexto en el que se ponen en tela de juicio y caen algunas situaciones ya establecidas y, al mismo tiempo, emergen nuevas reglas, valores o principios de acción.

Este momento en concreto se caracteriza primero por un cambio ideológico importante: la prevalencia de la idea de mercado sobre la idea de Estado. Partiendo de los Estados Unidos, la ola neoliberal ha conquistado a continuación a Gran Bretaña, América del Sur, Asia, y después a Europa continental e incluso a África, pese a los problemas específicos de este continente, más afectado por el subdesarrollo.

La apología del mercado se ha visto confirmada por los éxitos económicos de Japón y de los nuevos tigres asiáticos y reforzada a contrario por el hundimiento de los países socialistas o por las crecientes dificultades de los gobiernos socialdemócratas al afrontar sus costosas políticas de inspiración keynesiana. En todas partes, con el impulso de los neoliberales o bajo la férula del Banco Mundial, del FMI, incluso de la OCDE, unas vigorosas políticas de desregulación y de privatización han desmantelado el dominio jurídico, económico y financiero del Estado. En todas partes se han impuesto nuevas reglas de juego, han aparecido nuevos actores. Las viejas coaliciones de intereses han sido puestas en tela de juicio por el efecto de ideas nuevas y de obligaciones externas cada vez más apremiantes en relación con la constitución de bloques regionales o con la liberalización del comercio mundial.

El problema ahora no es tanto discutir si estas políticas constituyen a largo plazo el mejor remedio contra la corrupción, introduciendo más competencia y reduciendo las rentas creadas por la intervención estatal o si por el contrario, no son más que una caja de Pandora abierta por imprudentes turiferarios del mercado, cegados por su antiestatalismo. Conformémonos con constatar que la crisis de los antiguos modelos y la introducción de drásticos cambios en la manera de pensar y de actuar han dado lugar a considerables oportunidades de corrupción en este momento de transición en el que las convenciones del pasado no son ya válidas ni legítimas mientras que las nuevas reglas de juego todavía no están establecidas o son mal aceptadas o mal integradas. Las políticas neoliberales no constituyen la panacea y no significan el fin de la corrupción. Hay que cumplir otras condiciones - que no proceden de la esfera del mercado-- para hacer cesar o impedir la corrupción.

La corrupción reciente se parece mucho a la que se manifestó en el pasado. Es su inserción en una estructura particularmente propicia (la transición de la economía dirigida o socializada a una economía de mercado) junto con la inadecuación o el desconocimiento de las nuevas reglas (la libertad de los actores económicos a menudo se confunde con la del zorro en el gallinero) y con el desgaste de los valores tradicionales, lo que ha permitido que cobre una dimensión rara vez alcanzada tanto por su extensión universal como por la importancia de los intereses en juego. No obstante, al menos un factor nuevo parece determinante en la transformación del problema: la internacionalización de los intercambios económicos paralela a la de los mecanismos de la corrupción.

La internacionalización

La corrupción es una forma de intercambio paralelo y oculto que se infiltra en los mecanismos de mercado o en los procesos públicos de distribución de derechos o recursos. La corrupción puede extenderse allí donde las operaciones, en lugar de estar reglamentadas y ser transparentes, se convierten en transacciones ocultas que tienden a procurar a los beneficiarios unas ventajas que no podrían obtener en libre competencia o con la aplicación rigurosa de las normas establecidas. Esto es justamente lo que ocurre en muchas transacciones internacionales. Los cauces que favorecen la corrupción son múltiples: reglamentos proteccionistas que el exportador trata de evitar: necesidad de obtener permisos, autorizaciones, licencias etc. que las autoridades políticas o administrativas están en posición de valorar económicamente; obligación de contratar por intermediación de corredores cuya finalidad muy a menudo se reduce a obtener la gratificación obligatoria; obligación para un Estado beneficiario de préstamos, de emplear esos créditos en el país acreedor; intervención de las autoridades públicas en la negociación y conclusión de contratos, especialmente cuando el proveedor y el cliente son elementos del sector público de sus respectivos Estados. La larga y tumultuosa historia de las relaciones entre África y las antiguas potencias coloniales da fe de la antigüedad y la persistencia de estos malos hábitos. Pero el problema no está en la herencia de África. Desde luego, su situación de dependencia económica, militar y a veces, política, ha hecho posible el desarrollo de algunas prácticas escandalosas. Pero en otras partes del mundo menos dependientes del mundo occidental, la corrupción ha corrido parejas con la expansión de los intercambios. El Partido Comunista chino anunciaba recientemente la expulsión de 500.000 miembros o dirigentes acusados de corrupción. Y el procesamiento de los ex- presidentes de Corea del Sur, Roh Tal Woo y Chun Doo-Hwan, ha destapado un considerable tráfico en cada transacción económica importante: trenes de alta velocidad, armamento, grandes obras, cualquier pretexto era bueno para sacar ganancias sustanciosas en beneficio del líder y de las minorías en el poder.

Las relaciones de corrupción a nivel internacional son especialmente complejas en la medida en que mezclan intereses privados legítimos (los de la empresa) o menos honorables (los de los intermediarios) con los intereses de socios político-administrativos que pueden actuar en nombre de los intereses públicos considerados legítimos (apoyo a la exportación, defensa de intereses nacionales) o bien como partes directamente interesadas en el intercambio delictivo.

Estas prácticas desviadas a menudo han recibido las bendiciones de las más altas autoridades del Estado, en nombre del interés general: por ejemplo, en Francia, en la época en la que el control de los cambios era obligatorio, el Ministerio de Finanzas autorizaba la exportación de divisas a Suiza (o a otros paraísos fiscales equivalentes) para hacer frente a las comisiones ilegales que las empresas tenían que pagar. No solamente se violaba la ley con total impunidad sino con la bendición de la administración fiscal. Por otra parte, esta violación de las reglas de la deontología y del mercado no es algo específicamente francés. Sólo los Estados Unidos han sancionado las prácticas de la gratificación a la exportación a consecuencia del escándalo Lockheed en 1977. Se puede dudar de la eficacia de esta política en razón de las múltiples posibilidades de evasión y de la dificultad de aportar pruebas de estas prácticas ilegales. La remuneración oficial de los "brokers" o la utilización de empresas locales subcontratadas para hacer el "dirty job" son algunos ejemplos de las prácticas más extendidas para alcanzar los objetivos propuestos sin echarse encima el peso de la ley.

Es innegable que la multiplicación de los intercambios internacionales contribuye a la prosperidad mundial y al fuerte crecimiento de los países en desarrollo. Pero esta evolución positiva se sitúa en un contexto político y comercial doblemente insatisfactorio. Por un lado, estos intercambios económicos dan lugar, cada vez más, a una verdadera guerra económica en la que los argumentos de venta no responden más que en parte a las reglas del mercado: intercambios de contratos a cambio de protección militar o política, comisiones, corrupción de los directvos de las empresas, de la administración o de las minorías políticas. Además, por un efecto de boomerang, los corruptores occidentales se convierten a su vez en corruptos al aceptar donaciones o aportaciones para sus campañas electorales o incluso permitiendo que los que se han beneficiado con sus prebendas, les paguen. La corrupción no es un camino de sentido único, de la empresa occidental corruptora hacia los países compradores corruptos. Con frecuencia, con demasiada frecuencia, la corrupción se practica en el seno de una compleja red en la que el intercambio corrupto es multidireccional y sistemático.

Por otra parte, a diferencia de la situación que prevalece en la mayoría de los Estados --por lo menos en el plano jurídico --el intercambio corrupto internacional se desarrolla en un universo en el que el Estado de Derecho es más una loable aspiración que una realidad. Sólo se puede reprimir la corrupción por medio de las legislaciones nacionales. Aparte de que siempre es difícil probar el delito, es iluso esperar una gran eficacia de la represión cuando a veces los dirigentes de más alto nivel están ellos mismos en la primera fila de los actores de la corrupción. Pese a las tentativas de algunas organizaciones internacionales (Consejo de Europa, OCDE) que, ante la extensión del problema, se han alarmado y han hecho recomendaciones para eliminar esa plaga, no se ha realizado ningún progreso sustancial. Hay que esperar -pero no es más que otro buen deseo- que la nueva Organización Mundial del Comercio (OMC) se lance a fondo contra una de las distorsiones más notables de las reglas de la competencia, sin nombrar siquiera el ataque que supone contra la ética privada y pública.

La internacionalización de los intercambios comerciales va acompañada por la internacionalización de los flujos monetarios y por la multiplicación de los bancos en los que el secreto de las operaciones y el anonimato de las transacciones y de los titulares de las cuentas constituyen la regla de oro y la ventaja comparativa más evidente. Suiza, refugio tradicional de operaciones discretas, ha tenido que hacer algunas concesiones menores presionada por los Estados Unidos, comprometidos en la lucha contra el tráfico de drogas y el blanqueo de dinero; pero los pequeños cambios que se han producido en la Confederación se han compensado o anulado por la multiplicación de bancos off-shore y por el enmarañamiento de innumerables transacciones cruzadas. La opacidad que reina en este ámbito sólo ha sido ligeramente atenuada por algunas investigaciones, sobre todo en Francia (a partir del asunto de la financiación del Partido Republicano) y en Italia donde la operación Mani Pulite ha sacado a la luz algunos mecanismos extremadamente sofisticados de la circulación del dinero de la corrupción. Estas investigaciones han permitido comprobar lo que se barruntaba, es decir, que Suiza o Hong-Kong, Liechtenstein o las islas Caimán, Jersey o Luxemburgo, no son sólo inocentes lugares destinados a proteger la seguridad y el secreto de las transacciones económicas legítimas. Pero dejando a un lado esta satisfacción bastante platónica, los progresos realizados son muy pobres: una vez pasada la indignación de las opiniones públicas contra los dictadores, además de sanguinarios corruptos, un tupido velo de silencio vuelve a caer sobre las dudosas operaciones de la corrupción nacional e internacional. Este fenómeno es tanto más inquietante por cuanto las diversas mafias internacionales de la droga, de la corrupción y del crimen organizado a menudo se valen de protecciones nacionales del más alto nivel (en el caso de la corrupción, de la clase política y de la policía), beneficiándose además de las nuevas oportunidades que ofrece la mundialización de los flujos monetarios y del secreto de las operaciones bancarias. En algunos países de los Balcanes o de América Latina, se ha citado con frecuencia y a veces se ha demostrado, el pacto de las mafias y de un sector de las minorías político-administrativas, dando un aspecto radicalmente nuevo al problema ya que la urgencia no era ya tanto instaurar la democracia -que ha perdido todo su sentido en este contexto mafioso y corrupto -- como la de restaurar un mínimo de organización estatal para al menos restablecer las condiciones previas a toda construcción democrática, es decir, la seguridad, la legalidad y la separación de las esferas pública y privada

La corrupción invisible

Estos nuevos aspectos de la Internacional de la corrupción permiten sacar a la luz la creciente sofisticación de los métodos empleados. Como ya se ha señalado varias veces, la corrupción es un intercambio clandestino. Básicamente, esta afirmación sigue siendo verdadera -salvo cuando la corrupción es un hecho tan integrado en las costumbres que ni siquiera hay necesidad de tomar la precaución de disimular el intercambio. No obstante, parece cada vez más evidente que el pacto de la corrupción es lo único que sigue siendo clandestino, y todos los demás elementos del trato pueden convivir tranquilamente en los contornos de la legalidad y de la respetabilidad. Los ejemplos de esta corrupción "in the sunshine" son múltiples y los asuntos descubiertos en Francia, en Italia, en España, por citar sólo tres democracias del sur de Europa, han demostrado de sobra que la corrupción podía tener oficinas abiertas al público. La corrupción se realiza por medio de los intermediarios, de los corredores, de las empresas de ingeniería técnica, financiera o bancaria en el punto de encuentro del corruptor y del corrupto. La intervención del órgano de intermediación es oficial, lo mismo que su remuneración. Sólo la prestación es ficticia o excesivamente valorada, pues el tráfico de influencias se ha convertido en una anodina prestación de servicios. Lo mismo ocurre con esos políticos (que aparecen en escena) o con esos otros que son las manos derechas de aquellos (entre bastidores) que reciben grandes remuneraciones, bien como consultores, bien como asalariados o dirigentes ficticios de filiales de grandes grupos económicos. La corrupción más extendida es también la menos visible porque toma el aspecto de relaciones económicas o sociales habituales. Se acabaron la gratificación o la comisión, el bakchich, la tangente o la bustarella: todo tiene la apariencia de la legalidad o de la normalidad, excepto -repitámoslo - el pacto clandestino, tácito, no escrito. La regularidad formal de los procedimientos borra hasta el sentimiento de culpabilidad de los principales interesados que, a veces, se sienten injustamente perseguidos y alcanzados en su vida privada. Esto demuestra cómo la multiplicación de disposiciones represivas, de vigilancia de los procedimientos, no constituyen más que un intento parcial e insuficiente. Ninguna sanción penal puede resolver el problema de la corrupción si ésta no se concibe antes como una falta a las reglas de la ética pública. El respeto a las normas de buena conducta en la gestión pública exige algo más que la renuncia a cometer crímenes o delitos. En un estado de derecho democrático, se imponen unas normas prudentes, independientemente de toda sanción penal, que se pueden resumir en una sencilla regla: evitar el conflicto de intereses cualquiera que sea su manifestación pues la represión de la corrupción no es más que la expresión más manifiesta y extrema de esta regla básica de los sistemas democráticos: separación de los poderes y de los dispositivos de "checks and Balances".

Conclusión

Prácticamente en todo el mundo, la corrupción no es sólo una costumbre detestable: se ha convertido en un problema político. Es tentador -sobre todo para los políticos -no ver en esta reciente toma de conciencia más que una especie de complot mediático-judicial, denunciando el encarnizamiento abusivo del que serían víctimas las minorías político-administrativas. Desde luego, la prensa y los jueces han sido actores decisivos en el proceso de información y de toma de conciencia del problema por parte de la opinión pública. Además, ¿cómo podría ser de otra manera? Los medios de comunicación son indispensables para la formación de una opinión colectiva, especialmente sobre una cuestión tan secreta y clandestina por definición. En cuanto a los pseudo- "perseguidores" judiciales denunciados por las personas incriminadas, es mejor sonreír: estas protestas dan fe sobre todo de los hábitos de impunidad adquiridos por las minorías en el poder en muchos países.

Creemos que la explicación a la importancia que se le ha dado al problema de la corrupción en estos últimos años hay que buscarla en otra parte.

El aumento de las prácticas corruptas y de su carácter cada vez menos oculto (por no decir casi oficial a veces) es lo primero que ha contribuido a la toma de conciencia: lo que al principio sólo sabían unos círculos de "iniciados" muy restringidos (por ejemplo, los dirigentes de los partidos y algunos responsables de grandes empresas), acaba siendo un secreto a voces cuando la corrupción se extiende, se difunde e incide cada vez más en los sectores económicos. Cuando la ética pública es flexible, cuando la opinión pública tiene en general un concepto negativo de la política, la corrupción se tolera porque se considera una consecuencia inevitable del ejercicio del poder. Este punto de vista pesimista (Gaetano Mosca [1977] escribía que " todos encuentran su interés personal en traicionar los intereses públicos que les han sido encomendados") está extendido sobre todo en los países del sur de Europa en los que la visión maquiavélica de la política es muy corriente. Además, esta tolerancia está reforzada por la distribución generalizada de prebendas, de pequeños beneficios y de políticas clientelistas: aunque no todos se aprovechen de la corrupción, se establece un silencio cómplice en torno a las desviaciones de un régimen "positivo en resumen". Pero se produce la ruptura de este círculo vicioso cuando estalla un gran escándalo y/o cuando este sistema corrupto cae en la trampa de unas demandas crecientes, recursos insuficientes y contradicciones internas cada vez más acusadas. En este sentido, Italia constituye un ejemplo llamativo de esta evolución: después de decenios de tácita complicidad de las minorías y de una gran parte de la opinión pública, el sistema corrupto se ha hundido, víctima de su imprudencia y de su arrogancia por un lado, y de su coste económico y financiero por otro.

Asimismo, la denuncia de la corrupción se da con más vigor en momentos de crisis políticas y económicas. La alternancia o la posibilidad de ésta en época de elecciones reñidas constituye unas condiciones particularmente favorables para el estallido de escándalos en los que los partidos de oposición (o ligados al poder recientemente) están dispuestos a explotar las debilidades del adversario, excepto, claro está, si ellos mismos están metidos plenamente en el sistema de corrupción. Las crisis económicas, al romper las connivencias y las solidaridades, producen el mismo efecto, deslegitimando a las minorías políticas o económicas en el poder y permitiendo por último poner fin a las protecciones abusivas de las que se beneficiaban (ej. los recientes escándalos en Mexico, en el Japón, en Corea, en España, en Italia).

Esta desestabilización de las minorías en el poder suele beneficiar a los partidos de la oposición. Pero habida cuenta de las redes de connivencia que van mucho más allá de los titulares de los cargos oficiales, es frecuente que el conjunto de los dirigentes sean víctimas del oprobio popular. Entonces se denuncia a la "clase política" dando a entender con esta expresión que constituye un grupo privilegiado y aparte, una nomenklatura ávida de sus privilegios, frente a las virtudes populares y nacionales.

Este discurso anti-minorías es cada vez más frecuente en los sistemas democráticos. No solo a causa de la corrupción sino porque los escándalos lo alimentan y refuerzan. El populismo caracterizado por su actitud de protesta (anti-impuestos, anti-inmigrantes, anti-Welfare, anti-minorías) va cobrando tanta más influencia por cuanto las minorías han perdido la legitimidad que justificaba su poder y a veces sus privilegios.

Traducido del francés

Referencias

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