Nota biográfica

Marcelo Escolar es Director del instituto de Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Puan, 470, Capital Federal (1406) Argentina. Sus principales intereses de Investigación son: historia social de la geografía, geografía política y cultural y epistemología y sociología del conocimiento geográfico. Publicación mas reciente: Crítica do Discurso Geográfico, (1996).

Exploración, cartografía y modernización del poder estatal

Marcelo Escolar

Introducción

Los Estados Absolutistas que comienzan a desarrollarse en Europa Occidental durante el Medioevo Tardío y que se consolidarán en el Renacimiento, constituyen la base política e institucional sobre la cual se producirán los diferentes tipos de estados democrático-representativos a partir del último cuarto del siglo XVIII. En su conjunto, estos Estados se han caracterizado por la continuidad del ejercicio territorial exclusivo del poder de dominación político, expresado en una lenta construcción del monopolio de la coerción legítima, la concentración de la recaudación tributaria y la centralización burocrática de la administración pública (Alliès 1980, 23-25).

Tanto para los estados absolutistas modernos como para los estados democrático-representativos contemporáneos, el ejercicio de la soberanía política se ha aplicado a un conjunto de objetos patrimoniales y humanos discriminados por medio de una delimitación geográfica específica.

Si bien el territorio forma parte de los dos tipos de estados, esto no significa negar la existencia de otros estados de características también territoriales, no sólo en Europa Occidental sino en el resto del mundo. En realidad, los estados patrimoniales dinásticos de la modernidad no difieren sustancialmente de otros modelos antiguos o extraeuropeos. Sin embargo, los estados democráticos-representativos sí difieren de todos los demás en un aspecto básico: deben identificar un sujeto colectivo que delegue su soberanía a través del sistema de representación política, y tal operación precisa, a su vez, de un territorio que la delimite (Escolar 1995, 5).

Por tal motivo, los Estados Absolutistas Europeo Occidentales constituyen el antecedente político institucional de todos los estados contemporáneos (Escolar 1994, 44-46), en la medida en que los primeros sistemas democrático-representativos se crearon en algunos de ellos o en sus colonias y luego se fueron expandiendo en sucesivas etapas históricas, hasta incluir la casi totalidad de los estados actuales.

En este proceso, que abarcará básicamente desde comienzos del siglo XV hasta la actualidad, la modernización del poder estatal concentró sus esfuerzos en el desarrollo de métodos y técnicas destinadas a mejorar el funcionamiento del aparato burocrático-administrativo y de control del territorio y la población, pero, también, gran parte de esos esfuerzos se dirigieron a la elaboración de elementos discursivos de difusión y legitimación del poder estatal y a la producción de conocimiento sobre los distintos aspectos de la realidad social y natural interna y externa a su jurisdicción geográfica.

En consecuencia, la construcción del poder estatal en los Estados Absolutistas de Europa Occidental abarcó cinco dimensiones fundamentales: la consolidación institucional de aparatos políticos y administrativos centralizados; la organización infraestructural y burocrática de los territorios de dominación Real; la proyección y evaluación de las estrategias alternativas de expansión estatal; la instrumentación de alternativas tácticas ofensivas y defensivas de base territorial y la legitimación interna y externa de los derechos políticos del sujeto soberano. Tales dimensiones, si bien se estructuraron durante el Renacimiento y pasaron a formar parte de manera generalizada de la organización y estilo de gestión estatal durante los siglos XVII y XVIII, fueron heredadas por los estados democráticos posteriores, reproducidas en los estados absolutistas de Europa Oriental y Cercano Oriente, traspasados a los imperios coloniales e incorporados en los estados resultantes de las distintas coyunturas históricas del proceso de descolonización a partir del siglo XIX.

Una actividad simultánea de carácter intelectual y práctica debió concretizarse lentamente: por un lado, la recolección, el inventario y la clasificación de las informaciones y documentos que expresaban materialmente el descubrimiento; por el otro, la sistematización analítica, exposición literaria y representación textual y figurativa de los resultados de la exploración en aquellos escenarios geográficos descubiertos o reconocidos. En este contexto discursivo, los límites entre la realidad representada y la imaginación de los especialistas involucrados, tenía directa relación con las representaciones establecidas por la autoridades intelectuales de cada época (Harley 1992, 234) y también con la consistencia empírica de los datos aportados por la exploración, ya sea de manera directa, cuando el especialista era, además, explorador u observador, o indirecta ,cuando el especialista procesaba en su gabinete los datos aportados por la encuesta y los registros de campo.

La cartografía nunca fue una imagen especular de la realidad representada, sino un esquema visual donde el cartógrafo o sabio involucrado se proponía transmitir la realidad representada con los medios técnicos disponibles en la época, dentro del marco de problemáticas ligadas al uso de sus productos y desde las perspectivas que sintetizaban su abordaje singular del mundo como 'geografía' (Jacob 1992, 240).

Sobre esta base, resulta factible elaborar una periodización donde se articulen las diversas visiones de mundo preponderantes en cada época, las características más importantes del proceso de formación estatal y territorial y los medios técnicos para efectuar la representación en función de la información disponible.

En el período correspondiente al desarrollo y consolidación de los estados absolutistas europeos (siglos XV, XVI, XVII y XVIII), se destacarán dos subperíodos significativos desde el punto de vista de la exploración y la representación cartográfica de la realidad. En primer lugar, el Renacimiento, caracterizado por una lenta ruptura con la cosmovisión geográfica heredada de la antigüedad, el impacto social y cultural de los descubrimientos y el proceso de centralización del poder estatal. En segundo lugar, el Barroco y el Neoclasicismo durante el apogeo del Absolutismo Europeo, caracterizado por el relevamiento y la inspección del territorio metropolitano, las colonias consolidadas y el mundo como escenario posible de expansión territorial .

En el período correspondiente al desarrollo y consolidación de los estados democrático-representativos (siglo XIX), se destacarán los distintos procesos de transformación política y administrativa en los estados centrales como resultado directo de las revoluciones Francesa y Americana (paralelamente al desarrollo acelerado del capitalismo en Europa occidental y Estados Unidos), caracterizados por la promoción de la estadística descriptiva y la elaboración de exposiciones monográficas asociadas a modos estandarizados de relevamiento y representación cartográfica, ambos dirigidos al reconocimiento de las diferenciaciones existentes en el seno del escenario geográfico de las posesiones estatales y a la clasificación de los stocks de recursos humanos y naturales del mundo extraeuropeo.

Si bien la periodización expuesta intenta discriminar procesos significativos respecto a las relaciones entre cartografía, exploración y desarrollo del poder estatal antes de la institucionalización científica de los saberes geográficos a fines del siglo XIX, muchos de ellos no podrían ajustarse estrictamente a los períodos determinados y supondrán la presencia de anacronismos y situaciones precursoras que será preciso destacar a lo largo del trabajo. La historia de los modos de representación cartográfica y la expansión del conocimiento sobre la oekoumne, no puede ser leída de manera lineal, sino a través del reconocimiento de continuidades, retrocesos y fracturas en las distintas etapas de la territorialización del poder estatal.

El doble descubrimiento y la transformación de la imagen del mundo en el Renacimiento

Asociar las cosmovisiones que circulan en una época determinada con las perspectivas políticas ligadas al incremento del poder y estructuración burocrático-administrativa del estado, supone considerar las alternativas de articulación entre las imágenes del poder estatal y la imágenes del mundo real, visualizadas ambas como totalidades, a la vez naturales y geográficas.

El hallazgo, a principios del siglo XV, de autoridades antiguas que relataban y describían el mundo rompiendo con la visualización de la imagomundi cristiana occidental, funcionó como un umbral epistemológico en cuyo marco autorizado fue factible legitimar la apertura de vías de indagación y posibilidades concretas de investigación empírica.

Así, en el plano geográfico, la aparición de los textos y cartas del astrónomo y geógrafo alejandrino del siglo II a.C. Ptolomeo, posibilitó gran medida el desarrollo del conocimiento científico durante el Renacimiento (Broc 1980, 35­34). Traducidos inicialmente al latín por Jacobus Angelus en 1409 y retraducidos sucesivamente a diferentes lenguas vulgares con el agregado de documentación cartográfica durante casi doscientos años, se constituyeron en la base fundamental del escenario geográfico visualizado por occidente hasta su definitiva desautorización en 1570, luego de la publicación del Theatrum Orbis terrarum de Ortelius y del valor meramente histórico acordado por Mercator a La Geographia ptolomeaica en su atlas de 1578. En este sentido transitorio y mediador (O'Sullivan 1984, 3­4) consideramos que les cabe la responsabilidad intelectual de haber abierto, durante todo el siglo XV y la primera mitad del XVI, el camino de la exploración y el descubrimiento empírico de la verdadera figura del mundo en un contexto intelectual ceñido al respeto de la auctoritas y al control del conocimiento ejercido por la revelación judeo cristiana.

Junto a los mapamundis y cartas regionales ptolomeaicos, que incorporaban la novedad técnica de organizar el sistema de localización de la información por medio de coordenadas geográficas en latitud y longitud, se encontraban también los portolanos y cartas náuticas 1. Estos ultimos tipos de representaciones cartográficas, se habían desarrollado inicialmente durante los siglos XIV y XV en Italia y Catalunia para ser aplicados al comercio y colonización mediterránea, pasando luego a las escuelas náuticas de Portugal y posteriormente España en los siglos XV y XVI con el proposito de ser utilizados en la exploración y expansión ultramarina en las cuencas de los océanos Atlántico, Indico y finalmente Pacífico.

El temprano establecimiento en Portugal de una monarquía centralizada a principios del siglo XIV, que contaría con la estabilidad de un territorio delimitado y controlado eficazmente durante los siglos XIV y XV, creo las condiciones propicias para el desarrollo de una política sistemática de expansión asociada a la exploración oceánica sobre la base de saberes técnicos ligados a la navegación y la cartografía (Boorstin 1983, 157-158).

En el año 1420, el monarca portugués Enrique el Navegante, fundará en Sagres una escuela de pilotos, cartógrafos, matemáticos y técnicos instrumentales cuyo propósito era formar a los navegantes y exploradores que diseñarían y participarían en los Proyectos de la corona. Esta institución se transformó luego de su muerte, producida en 1460, en la Casa da Guine y posteriormente -con rango Ministerial- en la Casa da India y la Junta dos Matemáticos (Broc 1980, 192-194).

Los viajes de Cil Eanes hasta 1435 y Cadamosto alrededor de 1455 siguiendo la costa africana hasta sierra Leona, Cao en 1485 al sur de la "Zona Tórrida", Covilha en 1487 por la ruta del Mar Rojo hasta Calicut y Zanzibar y, finalmente, Díaz en 1487 y Vasco da Gama en 1497, el primero doblando el Cabo de Buena Esperanza y el segundo ocupando Calicut, se efectuarán en función de una política geográfica específica, que contó con el apoyo y con la supervisión técnica explícita de las instituciones mencionadas (Broc 1980, 193).

En el último cuarto de siglo XV, la unificación de las coronas de Aragón y Castilla bajo la hegemonía de la segunda y la finalización de la reconquista de la península Ibérica luego de la ocupación del Reino Moro de Granada, dejaron sentadas las condiciones para la incorporación del nuevo reino de España en las empresas de expansión ultramarina. Luego de consolidadas las primeras posesiones españolas en América, los antecedentes portugueses sirvieron de modelo para la creación en 1503 de la Casa de Contratación, un organismo interdisciplinario de responsabilidades científicas y económicas y El consejo de Indias, un organismo de control político y religioso que, en su conjunto, reunían las funciones de la Casa da India y la Junta dos matemáticos en Portugal (Broc 1980, 193-196).

Sobre el trasfondo de la apertura del mundo conocido que resultará de la expansión ibérica, los monarcas y responsables político-administrativos del resto de las estados absolutistas de Europa pensarán y representarán su propia geografía metropolitana, comenzando a delinear proyectos de expansión territorial en geografías reales e imaginarias. De esta manera entablarían un diálogo entre sus pretensiones institucionales y políticas y los instrumentos de legitimación, control, expansión y reconocimiento aportados por las visiones del mundo heredadas y las que se fueron constituyendo en armonía parcial y, finalmente, en oposición total con este conocimiento autorizado.

Distintos tipos de saberes académico cartográficos y técnicas topográficas y geodésicas de relevamiento y representación de la información geográfica y catastral acumulada, se fueron organizando en relación a las nuevas necesidades de organización y consolidación del poder estatal durante el Renacimiento (Alliès 1980, 51).

Todos los estados absolutistas en desarrollo precisaron progresivamente de medios cartográficos con los cuales representar sus propia geografía, tanto en el plano de la legitimación social de sus dominios y de los medios de comunicación social propagandísticos de su figura geográfica, como en el plano del inventario de sus recursos naturales, sociales y humanos y de la construcción de instituciones jurisdiccionales con las cuales viabilizar el gobierno y la administración estatal.

En el primer plano, se encuentran el conjunto de imágenes pictórico-cartográficas que adornaban palacios y edificios oficiales, así como los mapamundi, globos y cartas del territorio estatal con las cuales los monarcas expresaban su dominio efectivo. La identidad del estado y su figura geográfica, precisaban de objetos de representación masivos, donde, en un delicado umbral entre la pictografía y la cartografía, los elementos que componían el territorio del reino dieran lugar a una imagen visualizable (Jacob 1992, 410).

En los estados italianos, aún siendo los poseedores del mayor nivel de institucionalización de la entidad estatal territorial como sujeto de administración pública y fundamento del poder soberano, este tipo de representación cartográfica del territorio del Estado recién podrá encontrarse a partir de mediados del siglo XVI 2, ejemplificados magistralmente por los mapas murales estratégico-políticos del Palazzo Vechio en Florencia y los existentes en el salón de los mapas del Vaticano, pintados por Enzio Danti entre 1563-1575, en el primer caso, y Antonio Danti entre 1580 y 1583, en el segundo (Marino 1987, 5).

En el resto de los estados europeo-occidentales, la producción cartográfica de este tipo se limitó a diseños rudimentarios sobre la base de Mapamundis medievales o ptolomeaicos, en los que las figuras del territorio estatal tenían una función estrictamente decorativa o propagandística, incorporando en ciertas oportunidades funciones didácticas, conmemorativas o espirituales o, a lo sumo, completadas de manera parcial y asistemática a partir de relevamientos requeridos por los soberanos.

Este será el caso de Inglaterra hasta el encargo hecho por Eduardo VI a Sebastián Cabot en 1549 para que se ocupase de producir un gran mapa actualizado de las pretensiones reales en Europa y Norteamérica, que debería ser pintado en la Privy Gallery (Barber 1987a, 26-27, 42-43), y de Francia, hasta la ascensión al trono de Enrique II a quien Oronce Fine dedicará, en 1549 "L'sphère du Monde", sobre la base de un mapamundi anterior elaborado en 1534 para Francisco I (Buisseret 1987, 103), y también de España hasta la aparición en 1544 del mapa impreso de Giacomo Gastaldi titulado La Espana (Parker 1987, 126).

En el segundo plano, se encuentran diferentes tipos de representaciones cartográficas caracterizadas por niveles muy diversos de perfeccionamiento técnico, cuyo destino estaba íntimamente ligado a la primitiva organización de los sistemas de catastro, a la determinación de jurisdicciones de administración y gobierno y al relevamiento inventarial del territorio del estado (Alliès, 1980: 53). A cada grado de organización institucional del estado correspondieron, en cierta medida, avances respecto al mero carácter alegórico de las representaciones involucradas (Jacob 1992, 355).

A mediados del siglo XVI estarán dadas la condiciones político-institucionales y técnico-científicas para la incorporación definitiva de las representaciones cartográficas como instrumentos de proyección, gestión burocrática-administrativa y control territorial del poder estatal en los estados de Europa Occidental.

La Inglaterra de los últimos Tudor y la Francia de los últimos Vallois, recibirán el impacto del comienzo de la expansión colonial ultramarina en el comercio y la administración pública. Esto redundará directamente sobre la producción cartográfica, ya que entonces esta podrá constituirse en una empresa más accesible a fondos privados o mixtos que garanticen el financiamiento, no sólo de la impresión y edición gráfica sino además de las acciones de relevamiento, crítica documental y representación cartográfica.

Si bien en un principio la corona inglesa no pudo ofrecer un verdadero patronazgo Real por el conflicto con el Imperio Español (Barber 1987a, 58-59), contrariamente a Francia donde Catalina de Medicis sí garantizó un apoyo sostenido a las aventuras expansionistas en América (Buisseret 1987, 106), a partir de 1580 aproximadamente, la política de ambas monarquías emulará a las Ibéricas, entrando en directa competencia con ellas en el campo de la exploración y expansión ultramarina.

Precedidas por las tareas de catastro y control del agua y las obras de canalización en Venecia y, en menor medida, en Milán, Florencia y los Estados Papales (Marino 1987, 6-11), Inglaterra y Francia asistirán a una verdadera oficialización de las prácticas cartográficas.

Partiendo del gran Atlas de Saxton publicado en 1579 donde se describe el territorio británico en unidades de agregación (centenas) -que se oponen a las diócesis tradicionalmente utilizadas hasta la fecha (Barber 1987a, 65)- el Ministro de Isabel I Burghley y los principales funcionarios de la burocracia estatal, comenzarán a utilizar sistemáticamente las informaciones sobre densidad poblacional urbana, localización de grandes propiedades y comunicaciones para organizar las tareas de imposición fiscal y el cálculo de los recursos del reino (Barber 1987b, 75­81). Esta actitud se institucionalizará definitivamente con la implementación del "Great Survey" ordenado por Jaime I en 1607 destinado a producir un detallado relevamiento catastral del patrimonio territorial de la Corona. Si bien este proyecto no prosperó, las necesidades político-administrativas y fiscales que animaron su producción se cristalizaron en la Fundación del "State Paper Office" en 1610 (Barber 1987b, 83) que será la primera oficina de control técnico de la información cartográfica de los dominios reales.

Del otro lado de la Mancha, los problemas principales serán similares, orientándose fundamentalmente a la regulación del señorío de Bando a través de la construcción de una justicia jurisdiccional centralizada y la instrumentación de políticas planificadas de ordenamiento económico y fiscal (Buisseret 1987, 99). Catalina de Medicis, verdadera responsable de gran parte de las decisiones políticas de sus distintos hijos a cargo del trono de Francia en la segunda mitad del siglo XVI, encargará a Nicolas de Nicolai señor de d'Arfeuille la elaboración en 1560, de un relevamiento cartográfico general de las provincias del reino. Obviamente, las razones que la animaron a ordenar sus realización, estaban estrechamente relacionadas con la emulación del trabajo de Saxton en Inglaterra; aún así, el atlas de Nicolai nunca fue terminado quedando las partes realizadas en estado de manuscrito (Buisseret 1987, 106).

Independientemente de diferentes proyectos llevados adelante hasta la muerte de Catalina de Médicis en 1589, sólo se encontrará una firme política destinada a oficializar las actividades científicas y técnicas de tipo cartográfico a partir de la colaboración de Sully durante el reinado de Enrique IV (1589-1610). En efecto, éste impulsará la producción cartográfica con fines de planificación del equipamiento infraestructural del reino y para contribuir a la distribución de las fortificaciones defensivas y guarniciones militares en el territorio (Buisseret 1987, 112). Habrá que esperar hasta el período de Richelieu, para encontrar una verdadera política geográfica cuyo acontecimiento principal fue el encargo del Cardenal al ingeniero y cartógrafo Nicolás Sanson en 1624 para elaborar un mapa de Francia en treinta cartas (Buisseret 1987, 113). Este mapa a gran escala, incorporó por primera vez en Europa la discriminación temática de representaciones cartográficas rompiendo con la imágenes totalizadoras donde el mapa continuaba siendo, además de útil técnico, un elemento de visualización simbólica de la figura geográfica del territorio estatal (Buisseret 1987, 117).

En los dos casos descriptos hasta aquí, la voluntad de las monarquías por obtener información localizada de detalle sobre los patrimonios existentes en sus territorios, chocó con la oposición de los poderes señoriales regionales que se negaban a entregar los datos necesarios o a colaborar en la realización de las encuestas en sus dominios particulares (Barber 1987b, 80-81; Buisseret 1987, 106).

Unicamente la monarquía española, quizás por la férrea política centralizante implementada luego de la derrota de los comuneros en 1520-1522 3, logrará hacia 1577 producir un mapa completo de la península (el cual formaba parte de un atlas elaborado inicialmente por Pedro Esquivel y completado luego por Diego de Guevara a pedido de Felipe II). Este último, puede ser considerado la obra cartográfica unitaria más exacta geodésicamente y con mayor incorporación de información por unidad de superficie y cobertura geográfica de todo el período (Parker 1987, 130­131). Posteriormente a la derrota de la Armada Invencible y al comienzo de la decadencia española, sus monarcas y ministros se limitaron a pagar los servicios de especialistas extranjeros quienes, a partir de entonces, serían los encargados de producir la mayor parte de la cartografía administrativa y político jurisdiccional del Reino. Sin embargo, las monarquías ibéricas continuaron reservándose, en la medida de lo posible, el inventario y relevamiento de sus posesiones coloniales (Parker 1987, 145).

Un ejemplo interesante para contraponer a los tres anteriores, es el de la Monarquía Habsburgo Austríaca, ya que permite observar con mayor claridad la relación entre centralización del poder estatal y características adoptadas por la cartografía promocionada o directamente financiada por el estado.

A diferencia de los otros Estados Absolutistas, Austria se organiza en función de alianzas militares y dinásticas entre príncipes que daban a la estructura estatal un régimen muy parecido a las dependencias de subordinación feudales. La monarquía no podía centralizar la producción cartográfica que quedaba, entonces, en manos de los poderes regionales, logrando impulsar solamente figuras del territorio necesarias para una tardía construcción de su autoimagen como sujeto de la dominación política, donde se expresaban simultáneamente sus pretensiones de exclusión e inclusión territorial (Vann 1987, 153-154). En consecuencia, los límites geográficos eran ideológicos y no jurisdiccionales en la cartografía austríaca producida durante el fin del Renacimiento, siempre asociados al concepto de Principado y no de Estado Central (Vann 1987, 158-159).

Desde mediados del siglo XVI, el descubrimiento y la cartografía se fundirán en un proyecto que ya era viejo antes de nacer, "la cosmografía, cuya renovación es contemporánea de los grandes descubrimientos, paradójicamente se desarrolla en el momento donde el estado del mundo podía transformarla en obsoleta"(Lestringant 1993, 18). La Cosmografía Renacentista intentará sobreponer sus imágenes cada vez más estandarizadas y cada vez menos picturales y más comprometidas con el arte de situar, a la imagen de un mundo donde la idea de totalidad se transmitía didácticamente en la articulación perfecta de las diferentes dimensiones de la realidad; que como tal, podía ser figurada en representaciones cartográficas cuyo objeto no pretendía ser geográfico, sino exclusivamente la imagen de la revelación (Lestringnant. 1993, 35)

Todos los monarcas europeos en el siglo XVI incorporaron "cosmógrafos" que representasen, leyesen y describiesen gráficamente el mundo y los territorios del estado. En Francia: Thevet al servicio de Enrique II y Carlos IX, Nicolaï y Hamon en la corte de Catalina de Médicis, Tassin ingeniero­geógrafo de Enrique IV, Sanson y Tassin al servicio de Richelieu, Duchesne en la corte de Luis XIII; en Inglaterra: Cabot contratado por Enrique VII, VIII y Eduardo VI, Hakluyt, Ralph y Robert Treswell y Cristopher Saxton al servicio de Isabel I, Jhon Speed como cartógrafo de Jaime I; en España: Diego de Riveiro, cartógrafo y Cabot Piloto Mayor de Carlos V, Giacommo Gastaldi, Alonso de Santa Cruz, Pedro de Medina, Juan Bautista Lavanha, Juan López de Velazco en la corte de Felipe II y en Portugal Pedro Nunes contratado por Juan III. Esto no indica que los conocimientos aportados por la exploración oceánica y el relevamiento de las comarcas de cada estado europeo se acumulasen principalmente en las diversas obras de estos sujetos; en realidad, la difusión y el refinamiento de las técnicas de medición, proyección y dibujo cartográfico, tuvo como principales exponentes a mediados de siglo a los trabajos de Ortelius, Mércator y Gastaldi, que se articularán con la obra de cosmógrafos como Sebastián Münster (Broc 1980, 75-84) y sus continuadores (Broc 1980, 85-97), siendo los principales centros de difusión y desarrollo técnico de la impresión, inicialmente el norte de Italia, luego el sur de Alemania y los Países Renanos y, finalmente, Flandes (Broc 1980, 121-132; Jacob 1992, 87-96).

El conjunto de las técnicas desarrolladas para ajustar las representaciones planisféricas a la figura esférica de la tierra y la pretensión de un inventario geográfico exhaustivo, buscaban garantías epistemológicas y prácticas de neutralidad valorativa y de utilidad. Por lo tanto, se pensaban como instrumentos de ejecución pragmática de la política y la administración del estado y no de prescripción simbólica de la dominación real. En este sentido, la paulatina ruptura entre cosmografía renacentista y corografía y topografía podría ser considerada el aporte fundamental del descubrimiento a la modernización del poder estatal. Tal ruptura significó un cambio de escala decisivo desde donde construir institucionalmente las normas territoriales de la administración y la justicia, y la delimitación y descripción sistemática del patrimonio Real.

El relevamiento y la representación instrumental del territorio del estado correspondientes a la cartografía administrativa y científica de los siglos XVII y XVIII fueron posibles por el desarrollo, en el Renacimiento, de las técnicas cartográficas producidas a raíz del "doble descubrimiento", por un lado, y de la transformación del poder estatal eminente en jurisdicción geográfica, por el otro.

Relevamiento, inventario y descripción: la neutralización cartográfica del territorio estatal en los siglos XVII y XVIII

Durante la primera mitad del siglo XVII, el principal centro de diseño, elaboración e impresión cartográfica se trasladará al nuevo estado de las Provincias Unidas organizado a partir de la revuelta independentista de 1468-1569 en el sector norte del Flandes Español (las siete provincias secesionistas encabezadas por Holanda y Zelanda). Este nuevo estado, basado en la autonomía de la burguesía media y caracterizado por una clara política económica liberal, contará durante más de dos siglos (el lapso comprendido entre la Unión de Utrech en 1579 y la República Batava en 1795) con un gobierno descentralizado administrativamente y amplia libertad política, religiosa y comercial.

Los primeros treinta años la vida de las Provincias Unidas estuvieron signados continuamente por el enfrentamiento militar con el poder Habsburgo, lo cual no impidió que el desarrollo de la actividad mercantil, agrícolo-intensiva e industrial, la ubicase, para el fin del siglo XVI, a la cabeza de los estados europeos. Durante el período de alrededor de setenta años en el cual gozaron de la hegemonía en la economía del mundo capitalista, los holandeses construyeron un imperio ultramarino que se superpuso y amplió las posesiones portuguesas en el Atlántico Sur y el Indico, consolidando además su posición privilegiada en el comercio con el Levante y Europa Septentrional. Si bien en este primer período Inglaterra y Francia también promovieron una política expansionista más modesta en Oriente Occidente, es indudable que esto se hizo sobre la base del espacio abierto por las empresas marítimas holandesas, del "escudo naval" proporcionado por ellas.

El liberalismo económico, la tolerancia religiosa y la descentralización administrativa que caracterizaron a la sociedad y la cultura en las Provincias Unidas, dieron a las formas pictóricas y cartográficas de representación del mundo y del territorio del Estado y sus particularidades geográficas, un grado de difusión popular y de articulación entre representación visual y capacidad de transformación y control del paisaje no autoritaria, que será muy diferente a la relación estrecha que se establecerá entre cartografía, administración y gestión del territorio en los principales estados absolutistas durante la modernidad.

En el estado holandés de la primera mitad del siglo XVII, la distinción conceptual entre la representación cartográfica y la pintura descriptiva difícilmente pueda trazarse de manera precisa, ambas actividades involucraban una mirada común sobre la realidad, que no distinguía claramente entre superficie de registro de información codificada (cartografía) e ilustración figurativa de escenas locales y exóticas (Alpers 1983, 84). Lo importante en Holanda no eran los hombres sino la tierra (Alpers 1983, 88) y esta importancia de la tierra como lugar construido por la sociedad, reunía en un mismo discurso la composición pictórica y el objetivo descriptivo (Rees 1980, 62). Los recursos de representación encontraban en el isomorfismo de la escena pictórico-cartográfica la manera mas eficaz de encarar una descripción visual de la experiencia real; como si la cartografía alejase a la pintura de la creación de un paisaje imaginario. Esta particularidad estilística de ninguna manera trajo consigo una falta de rigurosidad en la utilización del conocimiento geométrico, geodésico y topográfico aplicado a la producción cartográfica, ni tampoco una pérdida de la capacidad de comunicación artística y significación estética de las obras pictóricas, sino todo lo contrario, permitió la obtención de un efecto realista donde el arte y la ciencia se fundían tras el propósito de expresar, de la forma más completa, la visualización del mundo cercano y distante, para poder dominarlo y transformarlo.

La participación colectiva de los distintos estratos de la sociedad holandesa en un marco de continuo crecimiento económico y desarrollo intelectual, dio al lenguaje visual un rol preponderante en la transmisión de la experiencia y del conocimiento sistemáticamente producidos que, como se dijo, diferirá sustancialmente del resto de los estados europeos de la época.

Por otro lado, los emprendimientos ultramarinos y su impacto sobre el capitalismo naciente en las Provincias Unidas, masificaron el uso de la cartografía, dotándola de capacidades de representación descriptiva, inventarial y analítica del mundo y de las comarcas metropolitanas, no sólo para los agentes del poder estatal sino para la mayoría de la población (Alpers 1983, 97). El más alto nivel en las técnicas de recolección de la información y de representación visual de los datos topográficos y geodésicos se asoció a una detallada y expresiva técnica pictórica de visualizar e interpretar la realidad, con la cual los burgueses, gentilhombres y el pueblo en general podían abordarla y posicionarse en ella.

Desde los grandes atlas de Mercator y Hortelius a principios de siglo hasta los de Blaeu en 1636 y 1663, pasando por el inventario de ciudades del civitates orbis terrarum de Braun y Hogemberg entre 1572 y 1617, la cartografía siguió un camino paralelo y articulado con la obra pictórica corográfica de Goltzius, Koninck, Van Goyen, Ruisdale o al tratamiento sincrético de Breugel donde las imágenes paisajísticas se sitúan en un espacio ilimitado, en el que la especie humana es una carta. La cartografía y la pintura se fundirán finalmente en panoramas urbanos vistos desde un observador aéreo como la "Vista de Amsterdam" de Micker o el "Panorama de Amsterdam, su puerto y el Ij" de Ruisdael.

La modernización del poder estatal holandés se concretizó materialmente en la literal producción de su territorio estatal e, intelectualmente, en la socialización de los recursos técnicos y estéticos con los cuales apropiarse científica y artísticamente la realidad geográfica y lograr su representación visual.

La descentralización estatal y el liberalismo trasladaron la cartografía a la esfera de la ciencia y del arte sin marcar claras diferencias entre sí (Alpers 1983, 78); la "subversión cartográfica", considerada como una ruptura del especialista con las representaciones utilitarias de aritmética política promovida por los Estados Absolutistas Modernos (Harley 1988, 303) no fue necesaria, ya que el poder estatal estaba articulado con su modernización política y social desde la sociedad civil y no exclusivamente desde la soberanía del monarca.

Distinta va a ser la situación de las otras dos potencias del período, Francia e Inglaterra; en las que, de acuerdo a una política "Mercantilista" va a desarrollarse una paulatina desmembración del proyecto cartográfico renacentista, incluyendo en la esfera científica del pensamiento ilustrado a la "Geografía" y en la esfera técnica de la administración y el gobierno del estado a los saberes cartográficos.

En ambos estados el Mercantilismo nunca fue una doctrina económica claramente individualizable ni un programa de desarrollo económico unitario en su aplicación, su conceptualización más bien debería buscarse en las distintas organizaciones institucionales que, durante los siglos XVII y XVIII, dieron un sesgo inconfundible a la hacienda pública y a la política de gobierno como herramientas de acumulación de riquezas en los estados absolutistas de Europa Occidental.

Tales organizaciones institucionales se dirigieron a la producción de un ámbito geográfico para el monopolio comercial, fue preciso entonces derrumbar las relaciones jurisdiccionales de dependencia personal y de subordinación feudovasallástica del período medieval, y este derrumbe sería orquestado de acuerdo a distintas vicisitudes históricas por un poder político centralizado que se concretizó en los aparatos burocráticos estatales .

Dos aspectos, sin embargo, deben ser resaltados: en primer lugar, la preeminencia de los procesos de unificación del ámbito geográfico bajo dominio de la Monarquía y, en segundo lugar, la implantación de un conjunto de normas administrativas, judiciales y económicas cuya base de ejecución fue la homogeneización del territorio estatal y la delimitación de jurisdicciones de competencia exclusivas subordinadas al poder central (Alliès 1980, 29-37/101-108).

Durante el Medioevo Tardío, Inglaterra había sido probablemente el estado con mayor nivel de centralización del poder político; desde esta situación inicial emergería luego del reinado de Enrique VIII con un nivel importante de concentración del poder y organización administrativa centralizada, aunque manteniendo una articulación con los poderes señoriales muy consolidados de la Gentry comercial y de los Yeoman. En este escenario institucional, se instauró un prematuro Mercantilismo correspondiente a la gestión ministerial de Cronwell en la primera mitad del siglo XVI. Este primer intento se irá transformando durante el gobierno isabelino y de los Estuardo en un liberalismo promocionado y protegido por el estado, el cual, ya a mediados del siglo XVII, entrará en competencia con el holandés, suplantándolo finalmente en el último cuarto de siglo.

Tal centralización inicial del poder monárquico inglés puede conectarse con el temprano desarrollo de una rudimentaria cartografía de representación de los territorios bajo soberanía eminente del estado feudal. Los ejemplos más representativos de ello fueron el "Gough map of England" del siglo XIII, y el primer inventario cartográfico exhaustivo de las posesiones territoriales Regias realizado por Saxton en 1574.

Paralelamente a esta tradición de usos alegóricos y gubernamentales de la cartografía, Inglaterra se caracterizó, durante la segunda mitad del siglo XVI, por la proliferación de productos de representación visual y relatos descriptivos de sus comarcas y del mundo, elaborados desde una perspectiva patriótica y naturalista (Cormarck 1991), que se plasmaron en diferentes tipos de textos impresos destinados a la exposición de los descubrimientos, descripciones corográficas regionales y tratados de astronomía, cosmografía y navegación. Estos textos hicieron su aparición sobre un trasfondo epistemológico creado por la íntima relación entre ciencia, magia y astrología que caracterizó el abordaje de la temática por autores como John Dee, Cuningham, Blundeville y Recorde, en los albores de las ciencias baconianas en la Isla (Livingstone 1992, 74-83). Un lugar destacado le cabe además a la literatura de compilación sobre viajes, cuyos principales exponentes fueron Richard Hakluit y Walter Ralegh. Dirigida a la exhortación política respecto de los derechos británicos sobre América del Norte, estos textos se constituirán en el primer antecedente de trabajos geográficos con propósitos patrióticos montados sobre un discurso expansionista colonial (Cormark 1994).

La reforma protestante moderada primero y la reacción puritana posterior, posibilitaron el desarrollo de nuevas modalidades discursivas desde una visión del mundo que privilegiaba, tanto el conocimiento empírico de la diversidad natural, cultural y social (Livingstone 1992, 88-92), como su asociación teológica con la doctrina de la predestinación. Así, en el marco de la Iglesia Reformada Alemana, autores como KecKermann y Varennius, influenciaron al británico Nathanael Carpenter, para quien la representación verbal y cartográfica de la geografía empíricamente reconstruida fue la expresión de la armonía y la perfección de la obra del creador.

La rápida formación de una clase burguesa comercial a partir del siglo XVII, el triunfo de los poderes del parlamento y con ello una distribución del poder entre los distintos estamentos de la sociedad inglesa, se cristalizó constitucionalmente luego de la revolución en la década de mil seiscientos cuarenta; esta situación le otorgó a la monarquía inglesa un carácter menos centralizador, matizado además por el efectivo límite jurídico impuesto a su poder. En este escenario, el cultivo de la geografía como saber independiente de las necesidades de estado, y asociada a ella la cartografía como herramienta científica de descripción del mundo, encontraron una base propicia para su desarrollo. En muchos aspectos, esta situación se asemejó a Holanda; mientras que, en cambio, las dos prácticas aludidas mantuvieron una existencia bastante paralela respecto de la cartografía destinada a la administración pública y a la figuración monárquica, adecuándose así a la dualidad de los poderes existentes en el reino.

En este contexto cognitivo, el desarrollo de saberes geodésicos y topográficos, junto a las técnicas de representación cartográfica, se asociaron fácilmente, durante la segunda mitad del siglo XVII y el siglo XVIII, a la construcción de una cartografía de tipo fiscal, económica, judicial y administrativa, sin precisar totalmente del patronazgo ni del control oficial Real, como mayoritariamente había sucedido y sucedería del otro lado del canal.

En el caso de Francia, por el contrario, el estado que surgirá luego de la gestiones sucesivas de Richelieu primero y Mazzarino después, tendría un carácter fuertemente centralizador, este se había estructurado por medio de la coacción directa llevada adelante en la primera mitad del siglo XVII sobre los diversos poderes territoriales establecidos y a partir de la formación de otros nuevos organizados por el poder central.

Las innumerables prerrogativas feudales y municipales, las jurisdicciones fiscales de los Intendants y la circunscripciones hereditarias de justicia de los Officiers se habían ido metamorfoseando desde el siglo XIV, resultando en una superposición de funciones y competencias apropiadas, principalmente, por la monarquía y las burocracias de Robe, y en menor medida por los poderes locales y regionales, situación que le otorgaba al mapa institucional y administrativo de Francia un aspecto policromático y hasta caótico, reflejo en gran medida de las dificultades del poder dinástico para unificar el País en torno suyo y poder ejercer el dominio efectivo sobre su territorio.

Este estado centralizado ya desprovisto casi por completo de controles legislativos, va a ser heredado por Luis XIV en 1661 y radicalizado en sus aspectos más autoritarios, como el silenciamiento de los parlaments en 1663, la instalación de guarniciones militares en las alcaldías de las Bonnes Villes, los tribunales reducidos a la obediencia y la obligación para la alta nobleza de residir en Versailles, exigencia ampliada, en muchos casos, para los titulares de los gobiernos provinciales. Por todas estas razones, el Estado francés no tardó en convertirse en el modelo de Estado Absolutista Europeo durante el período posterior.

Fue en Francia donde el Mercantilismo se constituyó orgánicamente en una doctrina de estado capaz de impulsar la reforma del patrimonio institucional y normativo de la Monarquía; imprescindible para obtener los fondos necesarios para la autonomización de su poder soberano y garantía institucional de la apropiación completa de su patrimonio territorial eminente (Escolar 1994).

El surgimiento de saberes geográficos no oficiales, como en Inglaterra durante la primera mitad del siglo XVII, tuvo un carácter mucho más periférico, ya que estaba ligado básicamente a la divulgación de conocimientos no actualizados o de carácter sumamente general y a los de tipo cartográfico­descriptivos, cuyos principales exponentes fueron los atlas de Le Clerc (con varias ediciones entre 1619 y 1632), el de Melchior Tavernier (reeditado entre 1634 y 1637), los de Tassin, Nicolás Nicolaï o Guillaume Sanson; aunque estos últimos ya más ligados al patrocinio estatal de sus autores. El "amor al mapa" corroborado en la amplia difusión de los atlas antes mencionados, además de numerosas descripciones regionales, guías de viaje e itinerarios (Revel 1989, 151), contrastará con la "Géographie du Roi" centrada en la exaltación de la expansión del poder monárquico, la naturalización del territorio y el inventario sistemático de sus recursos naturales y humanos.

Las desmesurados objetivos reformistas del Mercantilismo francés, enfrentados a una formación social que aún no había resuelto de manera satisfactoria las contradicciones entre un estado que ejercía el dominio político implacablemente pero no había consolidado las bases sociales de la centralización administrativa, difícilmente pudiera prescindir de instrumentos cartográficos descriptivos que fuesen aptos para una gestión sistemática del territorio a diferentes escalas y que, por lo tanto, no sólo sirviesen como elementos de interpretación genéricos de la figura geográfica del reino y de sus principales atributos localizados (Revel 1989, 146), sino principalmente como fundamento empírico para el cálculo de estrategias de intervención política y administrativa (Revel 1989, 152).

La ciencia francesa, ya embarcada en el paradigma baconiano, no compartirá totalmente, como su contemporánea inglesa, el impulso del capitalismo naciente y la formación de una esfera económica y política autónoma en la sociedad civil. La ciencia "Pour la Gloire du Roi", unificó en un mismo proyecto el conocimiento científico geográfico y la producción cartográfica oficial (Broc 1974, 23-24). A partir de esta estatización del conocimiento científico y tecnológico ligado a la producción cartográfica, el avance de las técnicas de mensura geodésica, las condiciones materiales de registro topográfico y los sistemas de representación gráfica de la información, sufrirán el impacto de los costos de oportunidad de proyectos, que, en la mayor parte de los casos, se encontraban estrictamente ligados a la construcción del territorio estatal y a su gestión burocrática centralizada.

A partir de 1670, Inglaterra fue suplantando progresivamente a Holanda en la hegemonía dentro de la Economía Mundo. Durante este período, existió una clara competencia interimperialista entre Londres y París por la cooptación de nuevos mercados ultramarinos y la ampliación de sus posesiones coloniales. Esto se prolongó hasta la victoria de Inglaterra en la guerra de los siete años (1756-1763) que culminó con la ocupación británica de Quebec y las posesiones francesas en la India y Asia Sud Occidental.

Desde mediados del siglo XVIII, el conocimiento y la exploración de los nuevos mundos no se centraría exclusivamente en el relevamiento de su figura cartográfica y una descripción ecléctica de sus existencias naturales y humanas -como en general había sucedido durante el Renacimiento-, sino en la sistematización inventarial, clasificación e interpretación científica de los datos aportados por el descubrimiento, situación que involucraría definitivamente a la ciencia empírica en la exploración, explotación económica y apropiación política de la diversidad del mundo. Los viajes de Cook entre 1768 y 1780, Bougainville en 1766, la Pérouse entre 1785 y 1788 y un vasto número de empresas similares de porte menor que en el lapso de medio siglo ampliaron en alrededor de un veinticinco porciento la superficie conocida de la tierra, fueron sustentadas económicamente tanto por las potencias dominantes del período (Inglaterra y Francia) y, en menor medida, por Rusia, Escocia y España. El carácter distintivo de estas nuevas empresas exploratorias fue la interrelación entre propósitos imperialistas y científicos, y eso llevó a que el dominio de la naturaleza y el dominio territorial se unieran en la política colonial del siglo XVIII, transformando a los sistemas de registro de la información (verbales, estadísticas y gráficas) en herramientas neutras de recolección, inventario y representación (Berthon; Robinson, 1991).

Entre 1713 y 1716 se institucionaliza en Francia la administración de Ponts et Chaussées y en 1747 se fundará la Ecole des ingénieurs des Ponts et Chaussées sobre la base de los trabajos realizados en tiempos de Enrique IV por los cuerpos militares de los Ingénieurs du Roi y Marechaux des Logis, uno de cuyos principales exponentes será Sebastien le Preste Vauban (1633­1707). Esta institución tendrá a su cargo, a partir de la fecha, la planificación, proyección, construcción y supervisión de las obras viales y de canalización imprescindibles para el mejoramiento de la circulación en el reino, produciendo abundante cartografía topográfica de detalle en relación directa con las obras realizadas. A partir de mediados del siglo XVII se produjeron encuestas y trabajos de interpretación estadísticos como los encomendados por Turgot en 1634 y 1664 y el primer censo de población realizado con motivo de la introducción del impuesto por capitación en 1694, siguiendo la propuesta de Vauban en La Dîme Royale (Revel 1989, 125). En relación probablemente con la información ya elaborada, se vio florecer además un género descriptivo compuesto por monografías regionales con apoyatura estadística (Broc 1975, 419). Ambas modalidades, la estadística y la "regional", constituyeron estrategias para representar cuantitativa y cualitativamente la diversidad geográfica del reino, a fin de poder contar con útiles descriptivos de "aritmética política" con los cuales orientar las distintas acciones de gobierno y administración pública (Revel 1989, 125). Este conjunto de actividades técnicas e intelectuales no se hubieran sostenido sin una agresiva política de normatización y homogeneización fiscal, aduanera y judicial del territorio (Alliès 1980, 164-165) que desde la época de Enrique IV será encarada por Sully, Richelieu, Mazzarino y, ya con mayor profundidad, Colbert y los diferentes ministros de los soberanos borbones hasta Turgot.

En Inglaterra, en cambio, una política más descentralizada y menos estatista en el campo de las obras públicas y la gestión del territorio tuvo su correlato en la concesión de las Turnpike Roads, rutas de peaje a cargo de Trust privados bajo el control de los County. Los trabajos de estadística social comenzarán a desarrollarse con ímpetu a mediados del siglo XVII a partir de los ensayos de William Petty sobre aritmética política publicados entre 1676 y 1787 y un conjunto de actividades oficiales cartográficas y de supervisión local como las del general William Roy y el Duque de Richmond, que sentarán las bases durante el siglo XVIII para la fundación del Ordenance Survey en 1791. En realidad, a lo largo del siglo XVII, los trabajos ingleses de descripción estadística estarán más asociados con las obras de tipo corográfico o más generales de historia natural, que ampliamente podrían ser encuadrados en la teología natural y el Geopietismo (Livingstone 1992, 105-115).

En su conjunto, la exploración externa y el reconocimiento interno, llevados adelante por lo estados absolutistas inglés y francés, promovieron la actividad científico-técnica y, a la inversa, el progreso de esta actividad posibilitó la aceleración de la expansión ultramarina la consolidación de los estados territoriales modernos.

Tanto en Inglaterra como en Francia, se fundaron instituciones de promoción científica con patrocinio estatal; en el primer caso, fue la Royal Society y, en el segundo caso, la Academie des Sciences, el Jardin du Roi, el Observatoire Royal y la Academie des Inscriptions (Broc 1974, 15-22; Livingstone 1992, 125-126). De ellas partieron, en la mayor parte de los casos, las iniciativas para la realización de los principales proyectos de relevamiento, sistematización e inventario de los datos aportados por la exploración ultramarina y la mayor parte de los orientados al relevamiento del territorio estatal.

Los saberes incorporados a estas instituciones pugnaban por una ruptura cognitiva entre la ciencia para el estado y la ciencia para el conocimiento per se. Tal tensión entre propósitos prácticos e intereses intelectuales se evidenció también en el marco de los medios de representación cartográfica del período. Paulatinamente, se iría escindiendo una disciplina cartográfica estrictamente neutral y abstracta, cuya individualización se relacionaba, desde el punto de vista epistemológico, con el argumento de que el conocimiento del espacio sería el "resultado de un trabajo científico donde las aplicaciones no estarían dirigidas automáticamente hacia fines políticos" (Alliès 1980, 59) y, desde un punto de vista metodológico, por el mayor nivel de complejidad teórica e instrumental de las técnicas geodésicas, topográficas y cartográficas utilizadas (Harvey 1980).

Un ejemplo ilustrativo de este estado de cosas podría ser la trabajosa elaboración del mapa de Francia durante casi cien años. En 1663, el ministro de finanzas de Luis XIV, Turgot, encargará a la Académie des Ciences de París con el apoyo del Observatoire, la elaboración de un mapa del reino a gran escala, lo más preciso y exhaustivo posible, con el cual poder planificar y gestionar su política de desarrollo centralizada (Alliés 1980, 58).

Luego de obtenido un protocolo metodológico de triangulación con el cual determinar geométricamente las posiciones en latitud y longitud, comenzarán los trabajos de cálculo de las coordenadas astronómicas de puntos acotados en todo el territorio francés a cargo sucesivamente de la dinastía de los Cassini hasta la Revolución. Los primeros datos parciales científicamente producidos, hicieron aparecer alrededor de 1681 la figura real de Francia, deslegitimando el mapa tradicional del geógrafo Real Nicolás de Sanson elaborado en 1679. Recién setenta años después del pedido de Colbert, se obtuvo en 1745 una Description géometrique de la France compuesta por 18 cartas, ampliada en 1755 con Carte Génerale et Particulière de France y finalmente terminada con la publicación de las 180 hojas de la Carte de Cassini o Carta de l'Académie en 1789. donde se consignaban más de 3000 puntos de triangulación en el terreno.

La principal paradoja de esta empresa desmesurada para la época consistió en que la primera carta de un estado construida sobre mediciones geodésicas exactas, no contaría con la posibilidad de incorporarle información topográfica y temática con el mismo grado de precisión y abundancia (Revel 1989, 154); con ello, el objetivo original de su creación quedó absolutamente desdibujado.

En Inglaterra, por el contrario, los trabajos de construcción de una carta del Reino se debieron fundamentalmente a la actividad de William Roy, quien se encargó de llevar adelante las primeras representaciones cartográficas con base geodésica moderna de las Higlands, luego de la derrota de la rebelión escocesa en 1745 y, posteriormente, con el apoyo de la Royal Society, una elaborada triangulación de Inglaterra e Irlanda basada en 218 estaciones de medición. A partir de estos trabajos, se fundará en 1791 el Odenance Survey, institución que encarará la tarea de producir el mapa de Gran Bretaña basado en mediciones astronómicas exactas y que contará con la colaboración científica de los Cassini, siendo la primera institución oficial de Europa en reunir las mediciones geodésicas con el relevamiento topográfico de forma sistemática y con cierto grado de continuidad.

Holanda abrió, durante el siglo XVII, el camino de la cartografía y la ilustración, relacionándolas con la producción y la gestión del territorio, desde una perspectiva donde ciencia y arte se identificaban adecuándose a las condiciones de descentralización y masificación de las actividades de relevamiento inventarial y representación gráfica del territorio metropolitano y las colonias. En Francia, la cartografía y las actividades inventariales y descriptivas estadísticas y monográficas sirvieron mayoritariamente durante los siglos XVII y XVIII para los propósitos de unificación de un estado segmentado en distintas unidades territoriales preexistentes y para la homogeneización institucional de prácticas burocráticas y competencias jurisdiccionales administrativas. En el caso de Inglaterra, las actividades de representación cartográfica habrían servido a la organización de los métodos de control y organización fiscal acordados entre la sociedad civil y el estado dinástico, pero sobre la base de un territorio unificado y una estructura administrativa mucho más desconcentrada burocráticamente.

Para fines del siglo XVIII, entonces, estarían dadas las condiciones para la autonomización disciplinaria del conocimiento cartográfico y la transformación político institucional del territorio como sujeto y objeto de la soberanía estatal. La disociación entre representación del mundo y representación abstracta de la figura geográfica del Globo había concluido.

Representación política y representación estatal: la cartografía científica y la naturalización del territorio durante el siglo XIX

A partir de la Revoluciones Francesa y Americana, la despatrimonialización del poder dinástico en beneficio del estado y el desarrollo de la sociedad civil de manera autónoma, dieron un nuevo contenido simbólico, cultural, político y social al territorio. Para ello, hubo que pasar de la figuración patrimonial monárquica renacentista a la representación científica del mapa del estado durante la Ilustración y este proceso, como se advirtió en los dos capítulos anteriores, fue fabricando disciplinariamente a la cartografía como técnica de relevamiento, proyección y representación, mientras que la distanciaba de otro conjunto de saberes de factura geográfica y estadística organizados como discursos descriptivos, sistematizaciones inventariales e interpretaciones regionales.

La cartografía científica del siglo XVIII, sólidamente neutralizada en sus técnicas de relevamiento geodésicas y topográficas, se constituyó en el elemento social e interestatalmente legítimo para la normatización de los límites territoriales del estado. Pero, además, esta verdadera domesticación de la geografía material, la convertiría en el locus institucionalizado del poder soberano, autonomizando la esfera estatal de los derechos patrimoniales de la monarquía.En consecuencia, cuando la Revolución subvierta las bases ideológicas del derecho divino de los reyes como derecho natural y defina a la sociedad del estado como el resultado de un contrato constitucional entre sus miembros, la ciudadanía se transformará en la depositaria de la soberanía política y, la norma territorial que geográficamente la delimitaba, obtendrá un status abstracto definitivo.(Escolar 1985). Por una lado, entonces, se oficializará el conocimiento cartográfico como saber instrumental y, por el otro, se irán sentando las bases cognitivas y sociales para la institucionalización de la disciplina geográfica que acaecerá a fines del siglo XIX.

La construcción de la ciudadanía planteaba a los teóricos políticos y sociales revolucionarios serias dificultades para poder justificar el carácter universal del nuevo orden impuesto por la Burguesía francesa sin aceptar, de manera implícita o directamente doctrinaria, la herencia territorial del Anciènne Régime (Escolar 1994).

Fue necesario pasar de un territorio de dominación de carácter semi-patrimonial a un territorio de representación que delimitase jurídicamente al sujeto colectivo que delegaba la soberanía en el gobierno del estado (Escolar 1995); y en este tránsito de usos coercitivos e ideológicos a usos políticos y sociales del territorio, la estructura burocrática del estado sufrió modificaciones sustanciales respecto a su rol institucional. Esto de debió a que dejaría de ser exclusivamente un aparato de centralización cuyo objetivo era servir a la consolidación de la monarquía, para convertirse en una esfera pública, no exenta de contradicciones y de luchas internas, en la cual se expresaría el gobierno del pueblo a través de la administración y gestión de los recursos naturales y humanos del territorio sujeto a la soberanía popular (Alliès 1980, 182-183).

La destrucción del sistema provincial y la instauración de una división administrativa departamental en 1789, perseguía explícitamente el objetivo de desmantelar los particularismos atávicos sobre los que se había erguido la Monarquía Francesa (Revel 1989, 129) y trasladar al terreno del escenario geográfico del estado los principios de igualdad y fraternidad.

A partir del golpe de Termidor, se desarrolló un período de doce años caracterizado por la producción de información departamental organizada de manera descentralizada, que tuvo como punto de partida la circular a los administradores departamentales del primer ministro del Interior del Directorio, Bénézech, en 1795. Esta intensa actividad de relevamiento e interpretación estadístico-descriptivo no fructificó en la producción de una cartografía temática local. El conocimiento cartográfico del territorio permanecería en el marco del discurso geodésico y topográfico ligado a la construcción del mapa de Francia, actividad que continuaría la línea de trabajo emprendida por la dinastía de los Cassinni desde la época de Colbert (Revel 1989, 154).

La principal iniciativa fue la elaboración de una estadística general y particular de Francia realizada de manera incompleta por Chaptal entre 1801 y 1804, de cuyos resultados surgió una masa de información organizada departamentalmente que sería un caldo de cultivo para reinventar otra vez los cuadros provinciales en el nuevo formato departamental (Revel 1989, 131).

El advenimiento del imperio napoleónico retrotraerá la situación a la última época monárquica y la información estadística territorial volverá a ser secreto de estado. Dos tipos de actividades se desarrollarán con ímpetu durante el período napoleónico; por un lado, los relevamientos estadístico-cartográficos elaborados por los ingenieros militares y, por el otro, las obras descriptivas de lugares, países y regiones producidas por civiles -más o menos caracterizables como "geógrafos"- interesados en las existencias y potencialidades de los territorios conquistados por el Imperio.

En su conjunto, ambas actividades se plasmaron en la primera institucionalización de un gran sistema de información geográfica (Godleweska 1994), cuya pertinencia cognitiva y política se sustentaba en una idea de modernización como expresión del ascenso de la racionalidad en el control técnico de la sociedad y la gestión de gobierno y, en este sentido, el imperialismo se asoció a la idea de difusión del progreso legitimado en los derechos de conquista de la civilización y, en particular, de la Civilización Francesa (Godleweska 1994, 53).

La derrota del proyecto napoléonico sumió a Francia en un estado de introspección respecto a sus pretensiones universalizantes. La Restauración primero y la Monarquía de julio después, restringieron la reflexión sobre el territorio y, por ende, la sociedad, en el nivel de los útiles necesarios para la selección de los distintos modelos de organización social y económica del estado; ya que urgía conocer las desigualdades del terreno para poder proyectar las transformaciones imaginadas (Chartier 1980, 29). Duphin encarará la tarea durante la década de 1820, manteniendo aún una división departamental, aunque estrictamente funcional a los fines descriptivos (Chartier 1978). Con Angeville y Guerry en la década de 1830, la encuesta dejó paso al inventario ajustado a la interpretación posterior de un objeto único que era el territorio francés. El relevamiento se volvió mas abstracto, ya que fueron evacuadas las diferencias geográficas naturales que se constituían de hecho en entidades metodológicamente independientes a su diseño estadístico. Las unidades locales de recolección y agregación de la información fueron concebidas como áreas continuas según los protocolos de zonificaciones convencionales, para construir de esta forma, un espacio neutro de indagación estadística (Chartier 1980, 29-30).

La figura científica del territorio del estado ya estaba garantizada por la cartografía elaborada sobre sólidas bases geométricas. A partir de ella, era factible reconstruir las diferencias dentro del Reino y poder proyectar las acciones necesarias para su transformación planificada. Se instalaba, entonces, la idea de catálogo geográfico sobre un espacio neutro y homogéneo, desde el cual poder construir la codificación de la realidad social y controlarla, ya que "un poder eficaz supone una superficie lisa donde ejercerse, sin que se pierda en cada instante en el diseño barroco de las diferencias" (Chartier 1980, 30).

Del otro lado del Atlántico, las trece colonias británicas emancipadas en 1776 se constituirían en el primer estado democrático de la modernidad, siendo un importante antecedente de la Revolución Francesa, aunque con diferencias notables en lo tocante a su proceso de formación territorial y al régimen político que prevalecerá en cada caso.

La democracia americana se había organizado primero sobre una base confederada en 1782, para transformarse, luego de un amplio debate parlamentario y constitucional, en un estado federal en 1795. Mientras que la francesa, había sido desde un primer momento unitaria, aún considerando los escarceos federales girondinos en la última década del siglo XVIII.

Francia contaba con un largo proceso de formación territorial que había comenzado a gestarse en épocas de los primeros Capeto y que se consolidaría en los siglos XVII y XVIII. Durante el mismo período también, se habían desarrollado, institucional y territorialmente, otros estados contiguos a ella, de manera tal que en el momento de la Revolución su territorio ya estaba en gran parte producido por el absolutismo y sus límites no podían modificarse sin comprometer inmediatamente a otros estados vecinos.

Nada de esto sucedía en los Estados Unidos, aún aceptando que las trece colonias estaban rodeadas por dependencias coloniales francesas y británicas; de hecho estas últimas no representaban ni remotamente territorios organizados y efectivamente ocupados como los europeos y, hasta cierto punto, los suyos y los de Quebec, sino jurisdicciones más o menos delimitadas de ejercicio de la soberanía imperial británica o francesa. La franja costera que ocupaban los estados de la Unión en el este del América del Norte, funcionaría durante todo el siglo XIX, como una plataforma desde donde orientar la expansión hacia los extensos territorios desconocidos ubicados hacia el oeste (Goetzmann 1986, 76­79), dentro de un imaginario territorial continental que se elaboraría rápidamente en las décadas posteriores al fin de la guerra de independencia.

Por este motivo, el discurso civilizatorio y progresista que había alentado la experiencia imperialista de la Grand Nation francesa -amparado en la creencia de la superioridad de sus instituciones políticas y de su cultura y ciencia nacional- no encontraría el mismo direccionamiento ideológico que en la Unión; aquí el discurso estaría destinado hacia la civilización del propio territorio heredado jurisdiccionalmente y del vasto territorio contiguo a descubrir, explorar y ocupar (Goetzmann 1986, 115).

La idea de libertad acuñada en una sociedad individualista y democrática se empapaba de imágenes de territorios vírgenes donde la industriosidad y el esfuerzo de la ciudadanía americana podría transformarlos dominando su naturaleza salvaje. La espectacularidad del paisaje se reflejaba en el futuro premonitorio de la nación (Zelinsky 1988, 218).

Un imaginario patriótico se aunó, desde un primer momento, con la expansión territorial del estado. Ambos se sostenían en rasgos similares: la idea de desarrollar una ciencia americana para cumplir satisfactoriamente con el destino manifiesto de la nación ­discurso característico de la obra del presidente Jefferson y de los exploradores Lewis y Clark entre los años 1779-1830 (Livingstone 1992, 142-149)- y el providencialismo teológico-natural inscripto en la alegoría 'de la grandeza geográfica anunciando la grandeza del estado' de los trabajos de Guyot y Maury (Livingstone 1992, 149­155). En ningún caso europeo se conjugaron tan estrechamente como en Estados Unidos, la exploración de territorios no metropolitanos, el inventario y descripción del territorio del estado y los símbolos de autoidentificación de la nacionalidad.

La neutralización del territorio que se había concretado durante el proceso de modernización estatal, no sólo se limitó a la institucionalización científica alcanzada por el conocimiento cartográfico, sino a la producción de su imagen real en los relevamientos geodésicos y topográficos que se llevarían a cabo en Europa durante el siglo XIX.

De manera análoga a Francia, Inglaterra había emprendido acciones destinadas a adquirir el mapa estatal utilizando sistemas de triangulación astronómica. Este mapa y la cartografía general del reino que iría aumentando la escala de representación a lo largo de todo el siglo, quedaría a cargo del Royal Survey a partir de 1791. En el resto de los estados europeos, también se fundaron organismos similares, orientados según los mismos propósitos. 4

En el siglo XVI, se habían llevado a cabo distintos relevamientos topográficos con los cuales producir mapas nacionales de diferente escala y precisión en la información localizada. En el Sacro Imperio, bajo la influencia de la escuela corográfica alemana, se efectuó un gran inventario de Sajonia entre 1550 y 1600 a escala 1:26.000 y otro de Bavaria entre 1554 y 1563 (considerado el mejor de su época) compuesto por cuarenta pliegos representados a escala 1:50.000. En el siglo posterior, Dinamarca produciría en 1652 un mapa catastral en treinta y siete hojas junto con cartografía de descripción temática regional anexa y Suecia, un mapa más modesto en 1626, formado por seis hojas grabadas. Mientras tanto, Rusia recién produciría su primer mapa del sector europeo Imperial en 1720 y Austria, únicamente relevamientos parciales de factura bastante primitiva entre 1768 y 1790.

En términos generales, se observa cierto grado de correlación entre la profundidad del proceso de centralización política y modernización estatal de los distintos poderes dinásticos europeos, acorde al avance que, en cada caso, tenía la delimitación de sus territorios soberanos.

Concomitantemente con las empresas de relevamiento geográfico desarrolladas en Inglaterra, Dinamarca, Suecia y Rusia organizaron reparticiones con responsabilidad en la producción de cartografía oficial. Desde 1742, la Real Academia de Ciencias Danesa impulsó la elaboración de un relevamiento geodésico que culminaría con la realización de la primera triangulación del Reino publicada en 1776; esta actividad precederá la fundación, en 1808, del Danish General Staff. En Suecia, la primera triangulación fue preparada en 1747, quedando a cargo del Bureau of Land Surveying, organismo que en 1805 se transformó en el Swedish Field Survey Corps. Rusia también contará, a partir de 1739, con un Departamento Geográfico dependiente de la Academia de Ciencias, cuyas responsabilidades serán trasladadas en 1763 al General Staff, encargado de elaborar en 1816 la primera triangulación del territorio de Vilna y, treinta años después, aunque a distintas escalas según fuesen zonas europeas o asiáticas, una tarea del mismo tipo pero que incluyó a todo el territorio del Imperio. Más tardíamente, Austria desarrollará distintos emprendimientos regionales de relevamiento topográfico y triangulación trigonométrica entre 1760 y 1860, reflejando el bajo nivel de centralización política de ese estado. Finalmente, con posterioridad a la Unificación Alemana en 1870, se organizará el German State Survey, organismo que mejorará y estandarizará las diversas empresas de relevamiento y triangulación emprendidas por la mayor parte de los principados alemanes a lo largo del siglo XVIII.

Un tratamiento separado merece la naturalización del territorio en los estados democrático-representativos. Dejando de lado las vicisitudes de oficialización de la representación cartográfica y de la institucionalización de los útiles de relevamiento y encuesta territorial en Francia después de la Revolución, Estados Unidos va a destacarse por la radicalización geométrica de las prácticas de división político-administrativa y la generalización de la producción y uso de documentación cartográfica en las distintas reparticiones del estado.

La primera expansión hacia el oeste, desde los Apalaches hasta la cuenca del Mississippi-Missouri, en las últimas décadas del siglo XVIII y la primera del XIX, proporcionó el primer laboratorio para el trazado de fronteras lineales que se expresaría con mucha mayor profundidad en el segundo período de expansión hacia el lejano oeste y la costa del Pacífico, una vez finalizada la guerra de secesión en la década del 1880. En ambas oportunidades, el territorio fue tratado geométricamente, adecuando los distritos estatales y los condados creados al tipo de parcelas rectangulares que masivamente prevalecían en todo el ámbito geográfico de los Estados Unidos

No existiendo en América la urgencia europea de construir representaciones cartográficas geodésicamente precisas y epistemológicamente legítimas, con las cuales institucionalizar y controlar las fronteras del estado, durante el período 1776­1818, la mayoría de los trabajos realizados fueron esporádicos y conjugaron la exploración con el levantamiento de campo, la descripción y la clasificación de los contenidos paisajísticos sistemáticamente reconocidos; elaborándose además algunas cadenas de triangulación a pequeña escala, destinadas a posibilitar la localización cartográfica aproximada de los límites rectilíneos correspondientes a los nuevos estados incorporados a la Unión.

Hasta la década de 1880, los trabajos de relevamiento geográfico se distribuyeron en distintos organismos que los impulsaron y patrocinaron esporádicamente. Primero el relevamiento costero del Departamento del Tesoro en 1807, que en 1847 daría lugar a un presupuesto estable otorgado por el Congreso para actualizar permanentemente la cartografía costera con métodos de triangulación trigonométrica. Años después, en 1845, se organizaría definitivamente la Oficina Censal de la Unión (U.S. Census Office) que desarrollaría una tarea regular de producción y compilación de cartografía estadística federal . También en 1813 se creará el cuerpo de Ingenieros Topógrafos en dependencias del ejército que, a partir de 1863, mantendrá una activa política de levantamiento hidrológico, triangulación trigonométrica y determinación astronómica de límites políticos. Esta oficina quedó definitivamente institucionalizada en 1879 dentro del Departamento de Guerra. Por último, también en el año 1879, fue fundado el Geological Survey que tendría a su cargo los primeros intentos de planificación territorial durante la expansión hacia el "lejano Oeste" y que finalmente se encargará de gran parte de la labor cartográfica demandada por el Departamento de Guerra y el General Staff.

La diversidad de instituciones involucradas en el trabajo de relevamiento topográfico, medición geodésica y representación cartográfica en Estados Unidos revela el impacto de una estructura estatal que relaciona directamente el gobierno con la representación política ciudadana y en la cual la administración constituye organismos públicos ligados explícitamente a la modernización y el progreso material de los habitantes del Estado.

En la segunda mitad del siglo XIX, la mayor parte de los estados centrales, incluyendo Estados Unidos, habían sentado las bases de sus instituciones cartográficas. En este período, la expansión del capitalismo hasta la crisis de 1880, transformaría profundamente la estructura social de los países desarrollados modificando sus pautas de consumo y producción, las relaciones laborales y el peso relativo entre las sociedades agrarias y urbanas Se marcaría así un clímax de reestructuración del territorio y, con ello, de la administración destinada a controlarlo, gestionarlo y proyectarlo.

Pero estos mismos territorios social y políticamente organizados que ya habían sido reconocidos y representados metódicamente, comenzarían, como plataformas de estado, a reproducirse con una virulencia nunca vista quizás desde el Renacimiento, hasta construir un mundo colonial global que abarcará la casi totalidad del planeta, crudamente isomorfo al occidental por definición autoritaria.

Los discursos que clasificaban e interpretaban descripciones de series estadísticas, monografías, relatos de viajes, informes de campo, representaciones pictóricas y representaciones cartográficas, e infinidad de otros objetos intelectuales ya estandarizados en ciertos patrones técnicos, gozarían de una amplia legitimidad que les permitiría pasar a una etapa de institucionalización independiente.

En efecto, la exploración y la representación se transformaron en dos figuras asociadas en el descubrimiento y la codificación de la diversidad geográfica sobre bases teóricas y experimentales bien cimentadas por la ciencia positiva.

A partir de la década de 1870 aproximadamente, la educación masiva se aproximó lentamente a la reificación de imágenes del territorio metropolitano y de ultramar para formar la identidad colectiva de los ciudadanos de las naciones estado y los habitantes de los territorios coloniales. Naciones e imperios se transformaron en sujetos cartografiables reales y, por segunda vez en cien años (aunque a una escala mayor), los límites administrativos producidos por Europa en el resto del mundo se solidificarán políticamente hasta funcionar como instrumentos de discriminación étnica de las numerosas nacionalidades estatales que aparecerían en las sucesivas coyunturas de descolonización durante el siglo XX (Escolar 1996).

Las sociedades geográficas -organismos de promoción temática y fomento corporativo- permeadas de fines económicos, políticos y científicos, constituirán el locus privilegiado de la socialización del conocimiento geográfico y de su utilización práctica y transmisión intelectual (Capel 1981) Por otro lado, los sistemas escolares crearán los espacios curriculares desde donde transmitir pautadamente las imágenes, informaciones y argumentos para la comprensión del carácter natural de las entidades territoriales estatales y de la lógica no arbritaria del dominio colonial; ambos amparados en los datos objetivos de la gografía humana y la geografía física finiseculares (Escolar, 1996).

Conclusión

En los orígenes del proceso de construcción de los estados modernos, el conocimiento del territorio fue un saber asociado a la capacidad de dominio patrimonial de la monarquía sobre sus posesiones jurisdiccionales y eminentes. La autonomización de un sector social que conformaría la burocracia del estado y la centralización del poder dinástico desde el siglo XV, trajo consigo la búsqueda de formas de representación del territorio donde la administración pudiese prever, calcular y operacionalizar el ejercicio de sus funciones y competencias.

La exploración, en consecuencia, no fue sólo una empresa de conquista dirigida a la expansión ultramarina de los estados europeo-occidentales durante el Renacimiento, fue también un reconocimiento de sus territorios en Europa.

Representar, describir e interpretar el mundo, no eran acciones separadas entre sí; la realidad geográfica del planeta se descubría y se dominaba rompiendo con las imágenes legadas por la antigüedad e incorporando las figuras que la imaginación y el relevamiento empírico aportaban masivamente. Pictografía, técnicas cartográficas y ciencia conformaban un único campo intelectual ligado a la elaboración sistemática de los escenarios internos y externos donde el poder central de la monarquía planearía y ejercería su soberanía territorial efectiva.

Sin embargo, la tecnología de representación cartográfica nunca pudo conseguir el ideal renacentista de una imagen completa. Una imagen que incluyese toda la información disponible y que sirviese para todos los propósitos. Por esta razón, el contenido de las cartas comenzó a ser separado de la exactitud del trazado y de su referencialidad real. Representar sería durante el siglo XVII y XVIII controlar y tener capacidad para manejarse en el terreno.

La centralización coercitiva en los estados absolutistas definió un universo de información necesaria que no podía quedar sujeto a la arbitrariedad de la pictografía cartográfica renacentista. Conocer la figura de la tierra fue, desde entonces, un proceso científico que neutralizó los usos ideológicos explícitos y las prácticas figurativas en la actividad cartográfica.

Cuando sobrevino la revolución, el territorio ya estaba producido e institucionalizado por el estado absolutista. Hasta cierto punto había cobrado autonomía política como jurisdicción administrativa y de gobierno, abriendo así el camino para una idea abstracta y no personalizada del poder y la entidad estatal. La representación ciudadana se constituyó en el mecanismo para la delegación del poder soberano de la ciudadanía circunscripta a un territorio. La carta nacional, es decir, la figura neutral del cuerpo de la patria, comenzaría a funcionar desde entonces como una herramienta de naturalización del sujeto político nacional estatal.

Cuando la cartografía y la estructura burocrática estatal ya se habían consolidado como instituciones oficiales, científica la primera y administrativa la segunda, el reconocimiento y la exploración se transformaron en una práctica de localización de información discriminada temáticamente. En consecuencia, 'cartografiar', ya nunca más fue inventar la geografía y producir el territorio. La neutralización de la representación cartográfica y la naturalización de la configuración geográfica del estado, posibilitarían, a partir de las últimas décadas del siglo XIX, que la geografía se institucionalizara como disciplina científica autónoma.

Notas

1. Cartogramas aptos para la navegación siguiendo los derroteros de costa y orientaciones de rumbos geográficos.

2. De los diezmil mapas existentes en el archivo de Venecia, solo el 1,5 porciento están fechados alrededor de 1565 y de ellos solo el uno porciento son anteriores a 1560, mientras que la Magistratura encargada del control y gestión de los canales precederá trescientos años a la utilización de cartografía para la toma de decisiones económicas y judiciales (Marino 1987, 7 y 9).

3. Resultado de la victoria de Carlos V sobre la rebelión de las comunidades de Castilla frente a la política centralizadora del Emperador y en defensa de los privilegios de los Burgos castellanos.

4. Los siguientes datos, correspondientes a diferentes ejemplos de Estados Europeos y los Estados Unidos, fueron extraídos de: Harvey 1980.

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