Nota biográfica

Adebayo Adedejii ha sido Vicesecretario General de las Naciones Unidas y Secretario de la Comisión Económica para África desde 1975 hasta 1991. Después de dejar las Naciones Unidas, creó el African Centre for Development and Strategic Studies (ACDESS), una institución no gubernamental de investigación orientada a producir iniciativas y políticas para el continente africano. Email: acdess@lineone.net. Tiene a su haber numerosas publicaciones, y su obra ha sido tratada en libros como Issues in African Development: Essays in honour of Adebayo Adedeji at 65 (1995).

Las políticas de ajuste estructural en África

Adebayo Adedeji

Introducción

En un memorando interno de 21 de enero de 1999, el presidente del Banco Mundial, James D. Wolfensohn, sostenía que el Banco debería adoptar una estrategia global de desarrollo que tratara no sólo de los asuntos macroeconómicos y financieros del desarrollo, sino también, y del mismo modo, de los aspectos estructurales, sociales y humanos.

No podemos adoptar un sistema en que lo macroeconómico y lo financiero se ven como algo separado de los aspectos estructurales, sociales y humanos, o viceversa... La integración de cada uno de estos temas es un imperativo a nivel nacional y también lo es para los protagonistas mundiales. No es posible separar estos sujetos en una Parte I (países donantes/desarrollados), donde existe una estructura de gobierno económico y social, ni es posible separarlos en países de una Parte II, especialmente los Países Altamente Endeudados y de Bajos Ingresos (SILIC), donde, debido a las frágiles estructuras, la tolerancia al riesgo es mucho menor. Una decisión equivocada en el aspecto macroeconómico puede tener terribles consecuencias para la dimensión estructural, social y humana. Además, el despilfarro desenfrenado en el gasto, sin prestar atención a los recursos limitados, y las políticas fiscales y monetarias también pueden tener consecuencias desastrosas.1

Debido a la polémica, que data de hace veinte años, que ha caracterizado a los PAE, esta declaración señala un cambio de paradigma muy importante. De hecho, el Banco Mundial, ahora coincide con otros, especialmente con la Comisión Económica para África (CEA), en que, para establecer un proceso autosostenible de desarrollo, se requiere la simultánea consecución de cinco objetivos interrelacionados:

1. Un marco macroeconómico estable y no distorsionado.

2. Un buen gobierno, incluyendo la rendición pública de cuentas y la transparencia; un sector privado dinámico y una eficaz provisión de servicios de infraestructura; un sistema financiero bien organizado y en buenas condiciones; un sistema judicial y legal eficaz; formación de capacidades a través de reformas institucionales gubernamentales y de la promoción de las organizaciones no gubernamentales, las organizaciones populares y de la comunidad.

3. Superar la herencia de la baja producción agrícola a través de la diversificación, tanto dentro como fuera del sector agrícola; moderar el rápido crecimiento de la población e invertir el proceso de deterioro del medio ambiente.

4. Una acción resuelta en aras de un desarrollo humano sostenible y holístico cuyos seis principales objetivos son la longevidad, el conocimiento, los ingresos, la equidad de géneros y fortalecimiento de la sociedad civil, la libertad humana y una economía social en la que el bienestar de las personas y de la comunidad es fundamental.

5. La búsqueda de un nuevo regionalismo que transforme la cooperación regional, desde su ámbito limitado del comercio, en un proceso de integración económica, política, social, cultural y de seguridad, con el fin de permitir a sus miembros participar efectivamente en la mundialización.

En otras palabras, el paradigma de desarrollo holístico centrado en las personas y adoptado por la CEA en 19892 y por el PNUD desde 19913 contempla un desarrollo y un proceso de transformación socialmente justo, económicamente productivo, ecológicamente sostenible, políticamente participativo y culturalmente vivo. El Banco Mundial ha finalmente adoptado este paradigma. La emergencia de este consenso es muy bien acogida, aunque haya tardado un tiempo excesivamente largo.

La evolución de los PAE en tres fases

El problema de los PAE ha sido que, desde el principio, tenían una visión más bien limitada y superficial del subdesarrollo en general y de la economía política en África en particular. Se basaban en una “visión del modelo sencillo de ajuste estructural ideada y dirigida por los guardianes platónicos del Banco Mundial y el FMI y debidamente implantada por los Helotes de África como el camino rápido y seguro no sólo para un crecimiento renovado, sino también para un desarrollo económico sostenible”.4

Los PAE comenzaron como una combinación desarticulada de soluciones rápidas a la crisis económica de África y del programa de estabilización del FMI, que se había aplicado desde hacía tiempo a las economías de mercado industrializadas con problemas de balanza de pagos. Estos programas se centran en el equilibrio de la balanza de pagos, los presupuestos equilibrados, la estabilidad de los precios y la eliminación de las distorsiones pasajeras en la economía.

En otras palabras, los PAE ortodoxos aceptaron las estructuras existentes de la economía política africana e intentaron ajustarlas a los métodos de producción predominantes. Al hacer esto, no supieron reconocer la inelasticidad generalizada de la oferta, especialmente la inelasticidade del factor insumos endógenos, la producción de monocultivos y la ausencia de factores internos para generar autónomamente un proceso de desarrollo autosostenible. Tampoco lograron reconocer la realidad de los rasgos fundamentales de las economías de África, a saber, predominio de las actividades comerciales y de subsistencia; interacciones viciosas de niveles de productividad sumamente bajos, una base de producción desarticulada y estrecha con una tecnología mal adaptada, infraestructuras básicas y sociales deficientes, y recursos humanos no desarrollados. La fragmentación de la economía africana, su escasa capacidad institucional, su falta de competitividad y su dependencia excesiva de los factores externos de producción parecen haber sido ignorados.

Enfrentados a la falta de éxito de este modelo demasiado simplista, se han agregado todo tipo de ajustes (lucha contra la pobreza, inversiones en el factor humano, sostenibilidad del medio ambiente, capacitación, reforma del funcionariado, etc., etc.). Con el tiempo, se produjeron tres grandes cambios durante la segunda mitad de los años 80. En lugar del período de intervenciones rápidas de tres a cuatro años, se introdujo un marco temporal de tres a siete años. Así, lo que comenzó como una operación de salvamento a corto plazo se convirtió en una operación a mediano plazo y, hacia 1995, se acercaba peligrosamente a una operación a largo plazo, o incluso permanente.

De manera significativa, el presidente del Banco Mundial evitó el uso del término ajuste estructural en su comunicado del 21 de junio de 1999, citado más arriba. De hecho, ya en 1989 el Banco Mundial escribió en la Introducción y Visión general de un informe:5

¿Se enfrenta África a problemas estructurales especiales que no han sido entendidos adecuadamente? ...¿Acaso los recientes programas de reforma (es decir, los PAE) son demasiado estrechos y demasiado poco profundos?

A lo largo de los años, muchos funcionarios importantes del Banco Mundial han escrito el canto fúnebre de los ajustes estructurales. Sin embargo, los PAE han sobrevivido.

El historial: Crecimiento negativo del ingreso per cápita real

La tragedia del esfuerzo tras los ajustes es que, incluso para los estrechos objetivos económicos de crecimiento del ingreso per cápita real, el registro de los PAE en los últimos dos decenios ha sido bastante decepcionante. Según el cuadro 1, 28 países experimentaron una disminución media del ingreso per cápita real entre 1975 y 1985; y 25 países entre 1985 y 1994. Comparemos esto con el rendimiento entre 1960 y 1975, cuando sólo 9 países tuvieron un crecimiento negativo del ingreso per cápita. Para el conjunto del período 1960-1994, 15 países tuvieron un crecimiento negativo del ingreso per cápita real. Además del impacto cumulativo de estos dos decenios de regresión forzada, la participación del África subsahariana (ASS), con casi el 10% de la población mundial, en el total mundial de la producción y el comercio es de sólo 1%. En todos los sentidos, el ASS se ha desconectado del resto del mundo. Actualmente, viven en el ASS más del 30% de los pobres del mundo y se calcula que esta cifra aumentará a más del 40% hacia el comienzo del nuevo milenio. En la actualidad, cerca del 60% de la población del ASS vive en la pobreza, comparado con el 30% en los países en desarrollo en general.

¿Se confirma con alguna realidad objetiva el optimismo sobre las perspectivas económicas de África cultivado a lo largo de los últimos dos o tres años,? ¿Se percibe alguna tendencia? Desde luego, durante el actual decenio, en algunos países, las tasas de crecimiento han sido relativamente altas durante uno o dos años, pero, como dice el proverbio, una golondrina no hace verano. Y estas cifras sobre las tasas de crecimiento no tienen sentido si no se sitúan en su contexto histórico. Por ejemplo, desde 1985 a 1994, Ruanda tuvo todos los años un crecimiento negativo del 11,34% de su ingreso per cápita. Durante este período, se produjo una guerra civil devastadora y brutal y el PIB se contrajo de manera significativa. Una tasa de crecimiento durante un par de años comparado con el menguado PIB es un motivo de alivio, pero no permite sacar grandes conclusiones.

Es evidente que África perdió el decenio de los 80 y ahora no ha ganado el decenio de los 90. A menos de un año para el 2000 y frente a la actual crisis económica mundial, no es realista proclamar el éxito. Esta verdad debería influir en las políticas, en lugar de hacer creer que el rey desnudo va ricamente ataviado. En este sentido, los propios africanos no albergan ilusiones acerca de su condición económica, cuando el porcentaje de la población que vive por debajo del umbral de la pobreza aumenta día a día.

Las políticas de comercio exterior y el crecimiento interno

Uno de los argumentos utilizados para justificar los PAE en África es la participación cada vez menor del continente en el comercio mundial y la necesidad de detener e invertir este proceso. Si el ASS dejara de comerciar con el resto del mundo, esto apenas se notaría, con la excepción de unos cuantos minerales estratégicos en los que África domina la producción mundial. En general, el mundo no contraería ningún resfriado, como lo hizo con la crisis económica y financiera de Asia. La razón es sencilla. A pesar de que en el ASS vive alrededor del 10% de la población mundial, su economía contribuye en sólo 1,2% al comercio mundial y en 1% al ingreso mundial. A mediados de los años 50, el porcentaje correspondiente de la participación del ASS en el comercio mundial era del 3,8%.

Se calcula que esta disminución de dos terceras partes de la participación del ASS en el comercio mundial durante los últimos cuatro decenios ha originado unas pérdidas comerciales anuales de 65.000 millones de dólares, a los precios actuales. En realidad, con tan solo mantener su participación en el mercado del período 1962-64 para los principales productos, la participación de la región sería actualmente de más del doble (más de 11.000 millones de dólares adicionales) de su valor actual. Si los países africanos hubiesen llevado a cabo políticas comerciales más abiertas y competitivas durante el período 1965-95, habrían alcanzado entre 1,3 a 2,64 puntos porcentuales adicionales de crecimiento del ingreso per cápita al año.

Afortunadamente, la reciente reactivación del crecimiento de las economías ha generado un aumento sustancial de las exportaciones e importaciones, tanto en volumen como en valor, mientras que el promedio anual para el decenio de los 80 fue una tasa de crecimiento del 0,4% en los valores de exportación y de –0,1% en volumen, la proyección del promedio anual para el decenio actual (1990-99) del FMI es de 4,4% y 5,8%, respectivamente. Aunque se trata de un rendimiento modesto en comparación con los del este y el sudeste asiático, es mucho mejor que el pobre rendimiento de la década perdida de los años 80.

¿Tendrá esta recuperación un impacto significativo en la condición marginal del ASS en el comercio mundial? ¿Acaso orientará a la economía por la vía de la competitividad y del crecimiento sostenido? ¿Cuál es el papel de las políticas comerciales en el crecimiento económico? Las pruebas empíricas más recientes han demostrado que la marginalidad de África en el comercio mundial se debe principalmente al menor crecimiento de la producción y a la falta de diversificación, y no a las tasas de intercambio en relación con el PIB. Si bien estas tasas son bajas según las normas internacionales, son lo más altas que se podría esperar si se tienen en cuenta las características del país, como el nivel y el tamaño del ingreso. Puesto que sus economías no han crecido al ritmo necesario, su importancia en el comercio mundial ha disminuido. Por consiguiente, la manera de invertir la tendencia no es tener como objetivo el volumen de intercambio de la región en sí, sino aumentar las tasas generales de crecimiento.

Sobre la base del análisis de regresión, utilizando datos más recientes sobre el comercio y calculando el promedio de los volúmenes de intercambio comercial a lo largo del período 1990-1992, Dany Rodrik6 ha llegado a la conclusión de que “el este de Asia comercia más de lo que se espera; América Latina comercia menos; y el África subsahariana sigue la vía de la regresión”.

En otras palabras, para invertir la condición de marginal de África en el comercio mundial se requiere una reestructuración fundamental de la economía, así como su diversificación dentro de (y especialmente a partir de) la dependencia de los productos básicos y de la superación de diversas vulnerabilidades que han impedido la reconstrucción y el progreso. Este objetivo de amplio espectro también debe incorporar la creación de una estrategia global y sostenible de desarrollo humano que comprenda la educación, la salud pública, las infraestructuras sociales, la igualdad de género y el fortalecimiento de la sociedad civil, la libertad humana y la protección y recuperación del medio ambiente.

 El crecimiento, la equidad y la pobreza

Es necesario replantear tres hipótesis. En primer lugar, a la larga, el crecimiento económico sostenido no es ni suficiente ni siquiera posible sin una transformación fundamental que acabe con las distorsiones debilitadoras de las estructuras sociales y económicas actuales. En segundo lugar, si bien el crecimiento económico puede ser, en principio, un medio para erradicar la pobreza al aumentar la productividad, los ingresos las oportunidades y alternativas para los pobres, las pruebas empíricas demuestran que, en demasiados países, el crecimiento no ha logrado disminuir la pobreza. De hecho, ahí donde ha sido demasiado lento o donde su estructura y calidad no se han orientado suficientemente a los pobres, ha sido un factor de inequidad. Por lo tanto, y ésta es nuestra tercera hipótesis, es imperativo no sólo acelerar el crecimiento, sino también hacerlo de manera que se fomente la reducción de la pobreza.

El ASS contiene algunos de los niveles más altos del mundo en desigualdades de ingreso. Esto se puede medir con indicadores como el coeficiente Gini, que oscila entre 0 (igualdad absoluta) y 1 (desigualdad absoluta). El cuadro 2 muestra los coeficientes Gini para diversos países africanos. Sudáfrica, Kenia, Guinea, Lesoto, Senegal y Zimbabwe tienen un coeficiente Gini de más del 50%. Otros como Guinea-Bissau  y Zambia tienen un índice justo por debajo del 50%. Con tanta desigualdad, la mayor parte del aumento de los ingresos favorece a los no pobres, normalmente al 20% más rico de la población, lo que deja al 80% restante en desventaja. Como demuestra la última columna de este cuadro, la proporción de pobres en África es sumamente alta y, lamentablemente, sigue aumentando.

Aunque la marginalidad de África en la economía mundial es incuestionable, el impacto en el bienestar de las personas habría sido menos grave si la marginalidad interna no hubiera sido igual de nociva. Esta marginalidad interna nace de la falta de desarrollo humano, democrático y político. También es el resultado de la mala gestión de la economía y el seguimiento de un paradigma de desarrollo que ha polarizado a los diferentes grupos económicos y sociales y que ha llevado a la desaparición de la clase media emergente. Por lo tanto, el ASS se enfrenta a la enorme tarea de lidiar con su marginalidad interna, poniéndole fin y, posteriormente, invirtiéndola. Sólo entonces podrá potenciar su competitividad en la economía internacional.

Para enfrentarse a la pobreza, se requiere una combinación de medidas de crecimiento y medidas redistributivas, según queda expresado en el término, acuñado por el Banco Mundial, de “crecimiento de base amplia”. En términos operativos, los cinco principales obstáculos son:

1. Capacidades institucionales y tecnológicas inadecuadas y escasas.

2. Distorsiones de la política económica.

3. El carácter no diversificado y altamente dependiente de las economías africanas.

4. Inestabilidad política y contiendas civiles.

5. Deficiencias más generales en el sistema de gobierno, como la escasa capacidad del Estado para gestionar el proceso de desarrollo, la corrupción generalizada, el favoritismo y las malversaciones.

El problema de la deuda pendiente y los PAE

No cabe duda de que el medio más importante para forzar el cumplimiento de los PAE es el pago de la deuda. Ha sido tan grave el peso de la deuda en los ciudadanos en los países afectados por la deuda que su impacto destructivo es comparable al de la guerra. La única diferencia es que son los niños y las mujeres embarazadas quienes mueren, y no los soldados, y que en lugar de millones de heridos hay millones de personas sin empleo. El impacto similar al de la guerra que provoca la deuda está destrozando colegios, hospitales, y hasta el tejido mismo de la sociedad.

En ninguna parte del mundo afectado por la deuda la carga de ésta es más devastadora que en el ASS, cuyas economías son sumamente frágiles y dependientes de las exportaciones de uno o dos productos para obtener divisas. La demanda de estos productos ha disminuido, o al menos, en el mejor de los casos, se ha estabilizado frente a una oferta cada vez mayor, lo que provoca una drástica caída de los precios. Debido a la vulnerabilidad de sus economías y, debido a su pobreza, los gobiernos de África han tenido que aceptar medidas y condiciones muy opresivas para el alivio de la deuda, reunidas bajo los PAE. Éstos están diseñados para permitirles, al menos, pagar su deuda. Aunque la crisis de la deuda es principalmente un efecto secundario del colapso del mercado de productos, los partidarios de los PAE siempre han ignorado el problema de los productos básicos. Tampoco se presta suficiente atención al hecho de que la renegociación del pago de la deuda es un mero paliativo que no hace más que aplazar la crisis, y, de hecho, agrava el problema de la deuda a mediano y largo plazo. En realidad, el nivel de deuda de África ha aumentado espectacularmente a lo largo del último decenio, no debido a préstamos adicionales, sino, fundamentalmente, debido a la frecuente reprogramación de viejas deudas y a la capitalización de los pagos de la deuda no liquidados a tipos de interés comerciales.

Desafortunadamente, las diversas medidas adoptadas para solucionar la crisis de la deuda a través del alivio de la misma, la reducción y la condonación, han sido demasiado escasas y demasiado tardías. Y hasta septiembre de 1996, cuando el Banco Mundial y el FMI lanzaron la Iniciativa de la Deuda para los Países Pobres Altamente Endeudados (HIPC), la deuda multilateral se había excluido de todas las soluciones. El resultado de esta exclusión fue que, mientras que en 1994 sólo el 24% de la deuda total se debía a organismos multilaterales, las obligaciones de la deuda de los 25 países africanos de bajos ingresos altamente endeudados (SILIC) con estos organismos el mismo año era del 43% del total de su deuda. En 1980, los porcentajes eran 8,9% y 13%, respectivamente.

Por lo tanto, el problema de la deuda se ha convertido en el principal obstáculo para el desarrollo y la competitividad de África. Su impacto más devastador se siente a través de la deuda pendiente. Esto desincentiva las inversiones nacionales y extranjeras al crear una incertidumbre sobre la inflación, la estabilidad de la moneda y los futuros impuestos. También aumenta los riesgos de las transacciones comerciales al aumentar el costo de acceso a los créditos comerciales. Por consiguiente, el nivel de inversión es invariablemente muy bajo en países que se enfrentan al pago de la deuda pendiente. Y sobra agregar que el ritmo de crecimiento es bajo y que hay escaso desarrollo.

Lamentablemente, hay escasas pruebas de que exista una solución eficaz y permanente en el horizonte. La iniciativa de la deuda HIPC, que es el primer mecanismo de reducción de la deuda jamás creado, y que promete abordar la crisis de la deuda actual de manera global y concertada, ha tenido muy mal comienzo. Hace ya más de dos años que la iniciativa se anunció como un gran cambio. Pero ese optimismo aún está por justificarse.

Al analizar cómo se ha gestionado la crisis de la deuda de los países africanos en los años 80, surgen tres conclusiones insoslayables. La primera es que los países acreedores están decididos, independientemente de las consecuencias, a que se pague la deuda, incluso aunque al hacerlo la competitividad de África quede completamente destrozada. La segunda es que la actual megadeuda ha adquirido una trascendencia social especial. Ya no se trata simplemente de una cuestión de dinero, sino de las vidas y la supervivencia  de las personas. La tercera conclusión es que la deuda se ha convertido en un instrumento político fundamental utilizado por los países y organismos acreedores. La deuda ha disminuido la soberanía del deudor y ha puesto a los acreedores en una posición de poder dominante abrumadora. La política, como muy bien sabemos, es la asignación y el ejercicio del poder. Hasta que no se resuelva el problema de la deuda en África mediante una renuncia incondicional a la mayor parte de la misma, la competitividad de las economías africanas seguirá en peligro.

La crisis asiática: las lecciones para África

¿Pueden los países africanos sacar lecciones de la actual crisis asiática? La respuesta es sí, desde luego. Hay numerosas lecciones que aprender, tanto negativas como positivas. Comencemos con una negativa, que hace referencia a los peligros de la mundialización. ¿Con qué rapidez debería una economía emergente integrarse en el mercado mundial de capitales? ¿Y qué debería hacer cuando tiene problemas? La perspectiva ortodoxa es que el libre flujo de capitales es vital en esta era de la mundialización y que, por lo tanto, la liberalización financiera es un imperativo. Sin embargo, hay una conciencia creciente de que los mercados, incluyendo los financieros, no trabajan a la perfección, por lo que debemos ser cautos. Desde luego, en una economía emergente, los controles financieros suaves, como los límites  de las tasas de interés y un enfoque de "darse prisa lentamente" al abrir el mercado bancario de un país a la competencia extranjera, puede ser una manera fundamental de evitar la inestabilidad en el mercado de capitales. Por el lado positivo, se podría llamar la atención a los siguientes seis rasgos de la situación asiática.

1. Inversiones públicas y privadas masivas en el desarrollo de recursos humanos.

2. Alta propensión marginal a ahorrar e invertir. A comienzos de los años 90, el promedio de los ahorros e inversiones internos brutos en el este de Asia al año y por país era del 35% del PIB, y del 34% del PIB en el sudeste asiático, comparado con el 10-17% al año por país en el ASS.

3. El rol multifacético generalizado y catalítico de los gobiernos en Asia en el desarrollo y proceso de transformación.

4. La instalación de sistemas eficaces de administración pública, junto a la capacidad de atraer y mantener alguno de los mejores talentos en los organismos públicos. Esto se logra mediante unos sistemas sumamente competitivos y transparentes de reclutamiento y promoción, y vinculando el salario con la productividad, después de constatar que pagar salarios bajos entraña una corrupción endémica ineficiente. Los gobiernos asiáticos pagan importantes salarios y sueldos, importantes beneficios, seguridad social y planes de jubilación generosos, comparado con el sector privado.

5. Mejorar considerablemente el capital humano. Esto se logra de diferentes maneras. Por un lado, mediante una disminución de las tasas de crecimiento demográfico. En Asia, se produjo una disminución del 2,5% en 1965 a 1,5% en 1997, mientras que África ha mantenido una tasa de 2,6% anual. Por otro lado, mediante un aumento en la producción per cápita de alimentos. En Asia, ésta aumentó una tercera parte entre 1980 y 1995, mientras que en África se produjo una disminución. Y, por otro lado, mediante un fuerte aumento de las matrículas en educación primaria y, además, mediante el acceso a instalaciones de agua y condiciones sanitarias para una proporción rápidamente creciente de la población.

6. Finalmente, resulta instructivo ver que los países asiáticos han tenido un éxito espectacular compartiendo los frutos del crecimiento y el desarrollo, con el resultado de que los niveles de desigualdad son menores y siguen disminuyendo.

Traducido del inglés

Notas

1. Wolfensohn, James D., A Proposal for a Comprehensive Development Framework --Memorando a la Junta Directiva, Administración y Personal del Grupo del  Banco Mundial (miméografo, Washington DC, 21 de enero, 1999), p.7.

2. Ver African Alternative Framework to Structural Adjustment Programmes for Socio-Economic Recovery and Transformation. Publicado por la Comisión Económica para África de las Naciones Unidas en Addis Abeba, julio de 1989 (como documento Nº E/ECA/CM.15/6/Rev.3).

3. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha publicado el Informe sobre Desarrollo Humano todos los años desde 1990 (Oxford University Press: Oxford & Nueva York). Desde sus inicios, este documento fundamental ha hecho importantes aportes al diálogo sobre el desarrollo.

4. Green, Reginald Herbold, "Not Farewell but Fare Forward Voyagers: Africa into the 21st Century", En: Onimode, B.; Synge, R. (eds). Issues in African Development Essays in honour of Adebayo Adedeji at 65 (Ibadan: Heinemann, 1995) p. 299.

5. Banco Mundial, Sub-Sahara Africa From Crisis to Sustainable Growth, A Long-Term Perspective Study (Washington DC 1989) p.1.

6. Dan Rodrik, Trade PoIicy and Economic Perfomance in Sub-Sahara Africa, Documento de trabajo NBER, Nº 6562 (Mayo, 1998).