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Nota
biográfica Adebayo Adedejii ha sido Vicesecretario
General de las Naciones Unidas y Secretario de la Comisión Económica para
África desde 1975 hasta 1991. Después de dejar las Naciones Unidas, creó el
African Centre for Development and Strategic Studies (ACDESS), una institución
no gubernamental de investigación orientada a producir iniciativas y políticas
para el continente africano. Email: acdess@lineone.net. Tiene a su haber
numerosas publicaciones, y su obra ha sido tratada en libros como Issues in African Development: Essays in
honour of Adebayo Adedeji at 65 (1995). Las políticas
de ajuste estructural en África Adebayo Adedeji Introducción En un memorando interno de 21 de enero de
1999, el presidente del Banco Mundial, James D. Wolfensohn, sostenía que el
Banco debería adoptar una estrategia global de desarrollo que tratara no sólo
de los asuntos macroeconómicos y financieros del desarrollo, sino también, y
del mismo modo, de los aspectos estructurales, sociales y humanos. No podemos adoptar un sistema en que lo
macroeconómico y lo financiero se ven como algo separado de los aspectos
estructurales, sociales y humanos, o viceversa... La integración de cada uno de
estos temas es un imperativo a nivel nacional y también lo es para los
protagonistas mundiales. No es posible separar estos sujetos en una Parte I
(países donantes/desarrollados), donde existe una estructura de gobierno
económico y social, ni es posible separarlos en países de una Parte II,
especialmente los Países Altamente Endeudados y de Bajos Ingresos (SILIC),
donde, debido a las frágiles estructuras, la tolerancia al riesgo es mucho
menor. Una decisión equivocada en el aspecto macroeconómico puede tener
terribles consecuencias para la dimensión estructural, social y humana. Además,
el despilfarro desenfrenado en el gasto, sin prestar atención a los recursos
limitados, y las políticas fiscales y monetarias también pueden tener
consecuencias desastrosas.1 Debido a la polémica, que data de hace
veinte años, que ha caracterizado a los PAE, esta declaración señala un cambio
de paradigma muy importante. De hecho, el Banco Mundial, ahora coincide con
otros, especialmente con la Comisión Económica para África (CEA), en que, para
establecer un proceso autosostenible de desarrollo, se requiere la simultánea
consecución de cinco objetivos interrelacionados: 1.
Un marco macroeconómico estable y no distorsionado. 2.
Un buen gobierno, incluyendo la rendición pública de cuentas y la transparencia;
un sector privado dinámico y una eficaz provisión de servicios de
infraestructura; un sistema financiero bien organizado y en buenas condiciones;
un sistema judicial y legal eficaz; formación de capacidades a través de
reformas institucionales gubernamentales y de la promoción de las
organizaciones no gubernamentales, las organizaciones populares y de la
comunidad. 3.
Superar la herencia de la baja producción agrícola a través de la
diversificación, tanto dentro como fuera del sector agrícola; moderar el rápido
crecimiento de la población e invertir el proceso de deterioro del medio
ambiente. 4.
Una acción resuelta en aras de un desarrollo humano sostenible y holístico
cuyos seis principales objetivos son la longevidad, el conocimiento, los
ingresos, la equidad de géneros y fortalecimiento de la sociedad civil, la
libertad humana y una economía social en la que el bienestar de las personas y
de la comunidad es fundamental. 5.
La búsqueda de un nuevo regionalismo que transforme la cooperación regional, desde
su ámbito limitado del comercio, en un proceso de integración económica,
política, social, cultural y de seguridad, con el fin de permitir a sus
miembros participar efectivamente en la mundialización. En otras palabras, el paradigma de
desarrollo holístico centrado en las personas y adoptado por la CEA en 19892
y por el PNUD desde 19913 contempla un desarrollo y un proceso de
transformación socialmente justo, económicamente productivo, ecológicamente
sostenible, políticamente participativo y culturalmente vivo. El Banco Mundial
ha finalmente adoptado este paradigma. La emergencia de este consenso es muy
bien acogida, aunque haya tardado un tiempo excesivamente largo. La
evolución de los PAE en tres fases El problema de los PAE ha sido que, desde
el principio, tenían una visión más bien limitada y superficial del
subdesarrollo en general y de la economía política en África en particular. Se
basaban en una “visión del modelo sencillo de ajuste estructural ideada y
dirigida por los guardianes platónicos del Banco Mundial y el FMI y debidamente
implantada por los Helotes de África como el camino rápido y seguro no sólo
para un crecimiento renovado, sino también para un desarrollo económico
sostenible”.4 Los PAE comenzaron como una combinación
desarticulada de soluciones rápidas a la crisis económica de África y del
programa de estabilización del FMI, que se había aplicado desde hacía tiempo a
las economías de mercado industrializadas con problemas de balanza de pagos.
Estos programas se centran en el equilibrio de la balanza de pagos, los
presupuestos equilibrados, la estabilidad de los precios y la eliminación de
las distorsiones pasajeras en la economía. En otras palabras, los PAE ortodoxos
aceptaron las estructuras existentes de la economía política africana e
intentaron ajustarlas a los métodos de producción predominantes. Al hacer esto,
no supieron reconocer la inelasticidad generalizada de la oferta, especialmente
la inelasticidade del factor insumos endógenos, la producción de monocultivos y
la ausencia de factores internos para generar autónomamente un proceso de
desarrollo autosostenible. Tampoco lograron reconocer la realidad de los rasgos
fundamentales de las economías de África, a saber, predominio de las
actividades comerciales y de subsistencia; interacciones viciosas de niveles de
productividad sumamente bajos, una base de producción desarticulada y estrecha
con una tecnología mal adaptada, infraestructuras básicas y sociales
deficientes, y recursos humanos no desarrollados. La fragmentación de la
economía africana, su escasa capacidad institucional, su falta de
competitividad y su dependencia excesiva de los factores externos de producción
parecen haber sido ignorados. Enfrentados a la falta de éxito de este
modelo demasiado simplista, se han agregado todo tipo de ajustes (lucha contra
la pobreza, inversiones en el factor humano, sostenibilidad del medio ambiente,
capacitación, reforma del funcionariado, etc., etc.). Con el tiempo, se
produjeron tres grandes cambios durante la segunda mitad de los años 80. En
lugar del período de intervenciones rápidas de tres a cuatro años, se introdujo
un marco temporal de tres a siete años. Así, lo que comenzó como una operación
de salvamento a corto plazo se convirtió en una operación a mediano plazo y,
hacia 1995, se acercaba peligrosamente a una operación a largo plazo, o incluso
permanente. De manera significativa, el presidente
del Banco Mundial evitó el uso del término ajuste
estructural en su comunicado del 21 de junio de 1999, citado más arriba. De
hecho, ya en 1989 el Banco Mundial escribió en la Introducción y Visión general
de un informe:5 ¿Se enfrenta África a problemas
estructurales especiales que no han sido entendidos adecuadamente? ...¿Acaso
los recientes programas de reforma (es decir, los PAE) son demasiado estrechos
y demasiado poco profundos? A lo largo de los años, muchos
funcionarios importantes del Banco Mundial han escrito el canto fúnebre de los
ajustes estructurales. Sin embargo, los PAE han sobrevivido. El
historial: Crecimiento negativo del ingreso per cápita real La tragedia del esfuerzo tras los ajustes
es que, incluso para los estrechos objetivos económicos de crecimiento del
ingreso per cápita real, el registro de los PAE en los últimos dos decenios ha
sido bastante decepcionante. Según el cuadro 1, 28 países experimentaron
una disminución media del ingreso per cápita real entre 1975 y 1985; y 25
países entre 1985 y 1994. Comparemos esto con el rendimiento entre 1960 y 1975,
cuando sólo 9 países tuvieron un crecimiento negativo del ingreso per cápita.
Para el conjunto del período 1960-1994, 15 países tuvieron un crecimiento
negativo del ingreso per cápita real. Además del impacto cumulativo de estos
dos decenios de regresión forzada, la participación del África subsahariana
(ASS), con casi el 10% de la población mundial, en el total mundial de la
producción y el comercio es de sólo 1%. En todos los sentidos, el ASS se ha
desconectado del resto del mundo. Actualmente, viven en el ASS más del 30% de
los pobres del mundo y se calcula que esta cifra aumentará a más del 40% hacia
el comienzo del nuevo milenio. En la actualidad, cerca del 60% de la población
del ASS vive en la pobreza, comparado con el 30% en los países en desarrollo en
general. ¿Se confirma con alguna realidad objetiva
el optimismo sobre las perspectivas económicas de África cultivado a lo largo
de los últimos dos o tres años,? ¿Se percibe alguna tendencia? Desde luego,
durante el actual decenio, en algunos países, las tasas de crecimiento han sido
relativamente altas durante uno o dos años, pero, como dice el proverbio, una
golondrina no hace verano. Y estas cifras sobre las tasas de crecimiento no
tienen sentido si no se sitúan en su contexto histórico. Por ejemplo, desde
1985 a 1994, Ruanda tuvo todos los años un crecimiento negativo del 11,34% de
su ingreso per cápita. Durante este período, se produjo una guerra civil
devastadora y brutal y el PIB se contrajo de manera significativa. Una tasa de
crecimiento durante un par de años comparado con el menguado PIB es un motivo
de alivio, pero no permite sacar grandes conclusiones. Es evidente que África perdió el decenio
de los 80 y ahora no ha ganado el decenio de los 90. A menos de un año para el
2000 y frente a la actual crisis económica mundial, no es realista proclamar el
éxito. Esta verdad debería influir en las políticas, en lugar de hacer creer
que el rey desnudo va ricamente ataviado. En este sentido, los propios
africanos no albergan ilusiones acerca de su condición económica, cuando el
porcentaje de la población que vive por debajo del umbral de la pobreza aumenta
día a día. Las
políticas de comercio exterior y el crecimiento interno Uno de los argumentos utilizados para
justificar los PAE en África es la participación cada vez menor del continente
en el comercio mundial y la necesidad de detener e invertir este proceso. Si el
ASS dejara de comerciar con el resto del mundo, esto apenas se notaría, con la
excepción de unos cuantos minerales estratégicos en los que África domina la
producción mundial. En general, el mundo no contraería ningún resfriado, como
lo hizo con la crisis económica y financiera de Asia. La razón es sencilla. A
pesar de que en el ASS vive alrededor del 10% de la población mundial, su
economía contribuye en sólo 1,2% al comercio mundial y en 1% al ingreso
mundial. A mediados de los años 50, el porcentaje correspondiente de la
participación del ASS en el comercio mundial era del 3,8%. Se calcula que esta disminución de dos
terceras partes de la participación del ASS en el comercio mundial durante los
últimos cuatro decenios ha originado unas pérdidas comerciales anuales de
65.000 millones de dólares, a los precios actuales. En realidad, con tan solo
mantener su participación en el mercado del período 1962-64 para los
principales productos, la participación de la región sería actualmente de más
del doble (más de 11.000 millones de dólares adicionales) de su valor actual.
Si los países africanos hubiesen llevado a cabo políticas comerciales más
abiertas y competitivas durante el período 1965-95, habrían alcanzado entre 1,3
a 2,64 puntos porcentuales adicionales de crecimiento del ingreso per cápita al
año. Afortunadamente, la reciente reactivación
del crecimiento de las economías ha generado un aumento sustancial de las
exportaciones e importaciones, tanto en volumen como en valor, mientras que el
promedio anual para el decenio de los 80 fue una tasa de crecimiento del 0,4%
en los valores de exportación y de –0,1% en volumen, la proyección del promedio
anual para el decenio actual (1990-99) del FMI es de 4,4% y 5,8%,
respectivamente. Aunque se trata de un rendimiento modesto en comparación con
los del este y el sudeste asiático, es mucho mejor que el pobre rendimiento de
la década perdida de los años 80. ¿Tendrá
esta recuperación un impacto significativo en la condición marginal del ASS en
el comercio mundial? ¿Acaso orientará a la economía por la vía de la
competitividad y del crecimiento sostenido? ¿Cuál es el papel de las políticas
comerciales en el crecimiento económico? Las pruebas empíricas más recientes
han demostrado que la marginalidad de África en el comercio mundial se debe
principalmente al menor crecimiento de la producción y a la falta de
diversificación, y no a las tasas de intercambio en relación con el PIB. Si
bien estas tasas son bajas según las normas internacionales, son lo más altas
que se podría esperar si se tienen en cuenta las características del país, como
el nivel y el tamaño del ingreso. Puesto que sus economías no han crecido al
ritmo necesario, su importancia en el comercio mundial ha disminuido. Por
consiguiente, la manera de invertir la tendencia no es tener como objetivo el
volumen de intercambio de la región en sí, sino aumentar las tasas generales de
crecimiento. Sobre la base del análisis de regresión,
utilizando datos más recientes sobre el comercio y calculando el promedio de
los volúmenes de intercambio comercial a lo largo del período 1990-1992, Dany
Rodrik6 ha llegado a la conclusión de que “el este de Asia comercia
más de lo que se espera; América Latina comercia menos; y el África
subsahariana sigue la vía de la regresión”. En otras palabras, para invertir la
condición de marginal de África en el comercio mundial se requiere una
reestructuración fundamental de la economía, así como su diversificación dentro
de (y especialmente a partir de) la dependencia de los productos básicos y de
la superación de diversas vulnerabilidades que han impedido la reconstrucción y
el progreso. Este objetivo de amplio espectro también debe incorporar la
creación de una estrategia global y sostenible de desarrollo humano que
comprenda la educación, la salud pública, las infraestructuras sociales, la
igualdad de género y el fortalecimiento de la sociedad civil, la libertad
humana y la protección y recuperación del medio ambiente. El crecimiento, la equidad y la pobreza Es necesario replantear tres hipótesis.
En primer lugar, a la larga, el crecimiento económico sostenido no es ni
suficiente ni siquiera posible sin una transformación fundamental que acabe con
las distorsiones debilitadoras de las estructuras sociales y económicas
actuales. En segundo lugar, si bien el crecimiento económico puede ser, en
principio, un medio para erradicar la pobreza al aumentar la productividad, los
ingresos las oportunidades y alternativas para los pobres, las pruebas
empíricas demuestran que, en demasiados países, el crecimiento no ha logrado
disminuir la pobreza. De hecho, ahí donde ha sido demasiado lento o donde su
estructura y calidad no se han orientado suficientemente a los pobres, ha sido
un factor de inequidad. Por lo tanto, y ésta es nuestra tercera hipótesis, es
imperativo no sólo acelerar el crecimiento, sino también hacerlo de manera que
se fomente la reducción de la pobreza. El ASS contiene algunos de los niveles
más altos del mundo en desigualdades de ingreso. Esto se puede medir con
indicadores como el coeficiente Gini, que oscila entre 0 (igualdad absoluta) y
1 (desigualdad absoluta). El cuadro 2 muestra los coeficientes Gini para
diversos países africanos. Sudáfrica, Kenia, Guinea, Lesoto, Senegal y Zimbabwe
tienen un coeficiente Gini de más del 50%. Otros como Guinea-Bissau y Zambia tienen un índice justo por debajo
del 50%. Con tanta desigualdad, la mayor parte del aumento de los ingresos
favorece a los no pobres, normalmente al 20% más rico de la población, lo que
deja al 80% restante en desventaja. Como demuestra la última columna de este
cuadro, la proporción de pobres en África es sumamente alta y, lamentablemente,
sigue aumentando. Aunque la marginalidad de África en la economía
mundial es incuestionable, el impacto en el bienestar de las personas habría
sido menos grave si la marginalidad interna no hubiera sido igual de nociva.
Esta marginalidad interna nace de la falta de desarrollo humano, democrático y
político. También es el resultado de la mala gestión de la economía y el
seguimiento de un paradigma de desarrollo que ha polarizado a los diferentes
grupos económicos y sociales y que ha llevado a la desaparición de la clase
media emergente. Por lo tanto, el ASS se enfrenta a la enorme tarea de lidiar
con su marginalidad interna, poniéndole fin y, posteriormente, invirtiéndola.
Sólo entonces podrá potenciar su competitividad en la economía internacional. Para enfrentarse a la pobreza, se
requiere una combinación de medidas de crecimiento y medidas redistributivas,
según queda expresado en el término, acuñado por el Banco Mundial, de
“crecimiento de base amplia”. En términos operativos, los cinco principales
obstáculos son: 1.
Capacidades institucionales y tecnológicas inadecuadas y escasas. 2.
Distorsiones de la política económica. 3.
El carácter no diversificado y altamente dependiente de las economías
africanas. 4.
Inestabilidad política y contiendas civiles. 5.
Deficiencias más generales en el sistema de gobierno, como la escasa capacidad
del Estado para gestionar el proceso de desarrollo, la corrupción generalizada,
el favoritismo y las malversaciones. El
problema de la deuda pendiente y los PAE No cabe duda de que el medio más
importante para forzar el cumplimiento de los PAE es el pago de la deuda. Ha
sido tan grave el peso de la deuda en los ciudadanos en los países afectados
por la deuda que su impacto destructivo es comparable al de la guerra. La única
diferencia es que son los niños y las mujeres embarazadas quienes mueren, y no
los soldados, y que en lugar de millones de heridos hay millones de personas
sin empleo. El impacto similar al de la guerra que provoca la deuda está
destrozando colegios, hospitales, y hasta el tejido mismo de la sociedad. En ninguna parte del mundo afectado por
la deuda la carga de ésta es más devastadora que en el ASS, cuyas economías son
sumamente frágiles y dependientes de las exportaciones de uno o dos productos
para obtener divisas. La demanda de estos productos ha disminuido, o al menos,
en el mejor de los casos, se ha estabilizado frente a una oferta cada vez
mayor, lo que provoca una drástica caída de los precios. Debido a la
vulnerabilidad de sus economías y, debido a su pobreza, los gobiernos de África
han tenido que aceptar medidas y condiciones muy opresivas para el alivio de la
deuda, reunidas bajo los PAE. Éstos están diseñados para permitirles, al menos,
pagar su deuda. Aunque la crisis de la deuda es principalmente un efecto
secundario del colapso del mercado de productos, los partidarios de los PAE
siempre han ignorado el problema de los productos básicos. Tampoco se presta
suficiente atención al hecho de que la renegociación del pago de la deuda es un
mero paliativo que no hace más que aplazar la crisis, y, de hecho, agrava el
problema de la deuda a mediano y largo plazo. En realidad, el nivel de deuda de
África ha aumentado espectacularmente a lo largo del último decenio, no debido
a préstamos adicionales, sino, fundamentalmente, debido a la frecuente
reprogramación de viejas deudas y a la capitalización de los pagos de la deuda
no liquidados a tipos de interés comerciales. Desafortunadamente, las diversas medidas
adoptadas para solucionar la crisis de la deuda a través del alivio de la
misma, la reducción y la condonación, han sido demasiado escasas y demasiado
tardías. Y hasta septiembre de 1996, cuando el Banco Mundial y el FMI lanzaron
la Iniciativa de la Deuda para los Países Pobres Altamente Endeudados (HIPC),
la deuda multilateral se había excluido de todas las soluciones. El resultado
de esta exclusión fue que, mientras que en 1994 sólo el 24% de la deuda total
se debía a organismos multilaterales, las obligaciones de la deuda de los 25
países africanos de bajos ingresos altamente endeudados (SILIC) con estos
organismos el mismo año era del 43% del total de su deuda. En 1980, los
porcentajes eran 8,9% y 13%, respectivamente. Por lo tanto, el problema de la deuda se
ha convertido en el principal obstáculo para el desarrollo y la competitividad
de África. Su impacto más devastador se siente a través de la deuda pendiente.
Esto desincentiva las inversiones nacionales y extranjeras al crear una
incertidumbre sobre la inflación, la estabilidad de la moneda y los futuros
impuestos. También aumenta los riesgos de las transacciones comerciales al
aumentar el costo de acceso a los créditos comerciales. Por consiguiente, el
nivel de inversión es invariablemente muy bajo en países que se enfrentan al
pago de la deuda pendiente. Y sobra agregar que el ritmo de crecimiento es bajo
y que hay escaso desarrollo. Lamentablemente, hay escasas pruebas de
que exista una solución eficaz y permanente en el horizonte. La iniciativa de
la deuda HIPC, que es el primer mecanismo de reducción de la deuda jamás
creado, y que promete abordar la crisis de la deuda actual de manera global y
concertada, ha tenido muy mal comienzo. Hace ya más de dos años que la
iniciativa se anunció como un gran cambio. Pero ese optimismo aún está por
justificarse. Al analizar cómo se ha gestionado la
crisis de la deuda de los países africanos en los años 80, surgen tres
conclusiones insoslayables. La primera es que los países acreedores están
decididos, independientemente de las consecuencias, a que se pague la deuda,
incluso aunque al hacerlo la competitividad de África quede completamente
destrozada. La segunda es que la actual megadeuda ha adquirido una
trascendencia social especial. Ya no se trata simplemente de una cuestión de
dinero, sino de las vidas y la supervivencia
de las personas. La tercera conclusión es que la deuda se ha convertido
en un instrumento político fundamental utilizado por los países y organismos
acreedores. La deuda ha disminuido la soberanía del deudor y ha puesto a los
acreedores en una posición de poder dominante abrumadora. La política, como muy
bien sabemos, es la asignación y el ejercicio del poder. Hasta que no se
resuelva el problema de la deuda en África mediante una renuncia incondicional
a la mayor parte de la misma, la competitividad de las economías africanas
seguirá en peligro. La
crisis asiática: las lecciones para África ¿Pueden los países africanos sacar
lecciones de la actual crisis asiática? La respuesta es sí, desde luego. Hay
numerosas lecciones que aprender, tanto negativas como positivas. Comencemos
con una negativa, que hace referencia a los peligros de la mundialización. ¿Con
qué rapidez debería una economía emergente integrarse en el mercado mundial de
capitales? ¿Y qué debería hacer cuando tiene problemas? La perspectiva ortodoxa
es que el libre flujo de capitales es vital en esta era de la mundialización y
que, por lo tanto, la liberalización financiera es un imperativo. Sin embargo,
hay una conciencia creciente de que los mercados, incluyendo los financieros,
no trabajan a la perfección, por lo que debemos ser cautos. Desde luego, en una
economía emergente, los controles financieros suaves, como los límites de las tasas de interés y un enfoque de
"darse prisa lentamente" al abrir el mercado bancario de un país a la
competencia extranjera, puede ser una manera fundamental de evitar la
inestabilidad en el mercado de capitales. Por el lado positivo, se podría
llamar la atención a los siguientes seis rasgos de la situación asiática. 1.
Inversiones públicas y privadas masivas en el desarrollo de recursos humanos. 2.
Alta propensión marginal a ahorrar e invertir. A comienzos de los años 90, el
promedio de los ahorros e inversiones internos brutos en el este de Asia al año
y por país era del 35% del PIB, y del 34% del PIB en el sudeste asiático,
comparado con el 10-17% al año por país en el ASS. 3.
El rol multifacético generalizado y catalítico de los gobiernos en Asia en el
desarrollo y proceso de transformación. 4.
La instalación de sistemas eficaces de administración pública, junto a la
capacidad de atraer y mantener alguno de los mejores talentos en los organismos
públicos. Esto se logra mediante unos sistemas sumamente competitivos y
transparentes de reclutamiento y promoción, y vinculando el salario con la
productividad, después de constatar que pagar salarios bajos entraña una
corrupción endémica ineficiente. Los gobiernos asiáticos pagan importantes
salarios y sueldos, importantes beneficios, seguridad social y planes de
jubilación generosos, comparado con el sector privado. 5.
Mejorar considerablemente el capital humano. Esto se logra de diferentes
maneras. Por un lado, mediante una disminución de las tasas de crecimiento
demográfico. En Asia, se produjo una disminución del 2,5% en 1965 a 1,5% en
1997, mientras que África ha mantenido una tasa de 2,6% anual. Por otro lado,
mediante un aumento en la producción per cápita de alimentos. En Asia, ésta
aumentó una tercera parte entre 1980 y 1995, mientras que en África se produjo
una disminución. Y, por otro lado, mediante un fuerte aumento de las matrículas
en educación primaria y, además, mediante el acceso a instalaciones de agua y
condiciones sanitarias para una proporción rápidamente creciente de la
población. 6.
Finalmente, resulta instructivo ver que los países asiáticos han tenido un
éxito espectacular compartiendo los frutos del crecimiento y el desarrollo, con
el resultado de que los niveles de desigualdad son menores y siguen
disminuyendo. Traducido del inglés Notas
1. Wolfensohn, James D., A Proposal for a Comprehensive Development
Framework --Memorando a la Junta Directiva, Administración y Personal del
Grupo del Banco Mundial (miméografo,
Washington DC, 21 de enero, 1999), p.7. 2. Ver African Alternative Framework to Structural Adjustment Programmes for
Socio-Economic Recovery and Transformation. Publicado por la Comisión
Económica para África de las Naciones Unidas en Addis Abeba, julio de 1989
(como documento Nº E/ECA/CM.15/6/Rev.3). 3. El Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha publicado el Informe sobre Desarrollo Humano todos los años desde 1990 (Oxford
University Press: Oxford & Nueva York). Desde sus inicios, este documento
fundamental ha hecho importantes aportes al diálogo sobre el desarrollo. 4. Green, Reginald Herbold,
"Not Farewell but Fare Forward Voyagers: Africa into the 21st
Century", En: Onimode, B.; Synge, R. (eds). Issues in African Development Essays in honour of Adebayo Adedeji at 65
(Ibadan: Heinemann, 1995) p. 299. 5. Banco Mundial, Sub-Sahara
Africa From Crisis to Sustainable Growth, A Long-Term Perspective Study (Washington
DC 1989) p.1. 6. Dan Rodrik, Trade PoIicy and
Economic Perfomance in Sub-Sahara Africa, Documento de trabajo NBER, Nº 6562
(Mayo, 1998).
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