Nota biográfica

Patrick Watt es investigador y trabaja en el Finance and Social Policy Team of the Policy Department, Oxfam, 274 Banbury Poad, Oxford OX2 7DZ, UK. Sus principales intereses giran en torno a la educación básica, el trabajo de los niños y los aspectos financieros del desarrollo, especialmente en África del Sur. Su próxima publicación lleva por título Equity, Social Investment and Poverty Eradication, 1999.

Los presupuestos para la educación primaria en el siglo XXI

Patrick Watt

Introducción

En todo el mundo en desarrollo, medio siglo después de que la educación básica gratuita se recogiera como derecho fundamental en la Declaración de las Naciones Unidas, decenas de millones de niños carecen de la posibilidad de acceder a ella. Se cumplen ahora diez años desde que los gobiernos del mundo se comprometieron en Jomtien a implantar la educación para todos en el año 2000. Pese a algunos discretos logros, este objetivo dista mucho de cumplirse y el decenio de la educación para todos sigue siendo un fracaso colectivo.

El establecimiento de objetivos educativos sin acompañarlos de los correspondientes medios económicos ha dado lugar a algunos progresos en el déficit mundial de la educación. 125 millones de niños en edad de recibir la enseñanza primaria no se matriculan nunca en una escuela y más de 150 millones de niños no logran terminar el ciclo primario, lo que aumenta la pobreza y la falta de oportunidades sociales y económicas. Millones de niños que sí asisten a la escuela reciben una enseñanza de baja calidad y el horario y el curso escolar es tan corto que es muy poco lo que aprenden.

Esta falta de escolaridad y de aprendizaje ha ido rebajando los índices de alfabetización de adultos y el analfabetismo de la población adulta se ha ido incrementando suavemente durante el decenio de la Educación Para Todos. Teniendo en cuenta lo importante que es la educación para interrumpir la cadena de pobreza entre generaciones, para reducir las desigualdades en los ingresos y contribuir a la creación de riqueza, la situación actual de la educación en los países más pobres del mundo se puede definir con propiedad como una situación crítica.

El fracaso de Jomtien se va a repetir en los actuales compromisos de Copenhage para el 2015 a menos que se emprenda una acción colectiva para garantizar que los ministerios de educación con escasos recursos de los países más pobres del mundo tengan a su disposición los recursos técnicos y financieros suficientes. A menos que se aprendan las lecciones del Decenio de Educación Para Todos y mejore de forma apreciable la calidad de la educación básica y las posibilidades de acceso a la misma, será imposible el crecimiento económico y la equidad en las regiones más pobres del mundo. El fracaso en el logro de la Universalización de la Enseñanza Primaria para el año 2015 va a hacer improbable que se cumpla el objetivo de la Cumbre Social de reducir a la mitad la incidencia de la pobreza absoluta.

Pero hay una serie de tendencias dispares en la financiación del desarrollo que se opone al cumplimiento de los compromisos relativos a la educación adoptados en Copenhage. Los problemas para la movilización de recursos están siendo especialmente difíciles allí  donde se necesitan con más urgencia recursos adicionales para la educación, en África subsahariana. Según las tendencias actuales, para el año 2015 la región contará con 70% del número total de niños sin escolarizar. La mayoría de los gobiernos de África afrontan de manera permanente limitaciones en la capacidad de aumentar ingresos como consecuencia de la recesión de la economía formal, la erosión de los impuestos comerciales debida a la liberalización del comercio y de las inversiones y la volatilidad y el retroceso de los ingresos por las exportaciones de productos básicos.

Mientras tanto, la financiación externa es cada vez más escasa para los países más pobres y menos desarrollados. La Ayuda al Desarrollo de Ultramar ha disminudo sustancialmente en el decenio de la educación para todos, contrarrestando el aumento correspondiente del dinero que los donantes han invertido en educación.

El aumento correspondiente, no obstante, ha sido modesto. La iniciativa 20:20, adoptada en la Cumbre Social de 1995, que obliga a los gobiernos a dedicar el 20% de sus presupuestos a los servicios sociales básicos – y a los donantes, el 20% de sus presupuestos de ayuda – sobre la base de que esto basta para alcanzar el objetivo de la cobertura universal, no ha sido implantada con la suficiente amplitud. En la actualidad, sólo el 10% de los fondos de los donantes está siendo dedicado a los servicios básicos (PNUD 1997).

Es más, estas tendencias se están desarrollando en un contexto en el que se están disparando los costes de una educación de baja calidad y del desarrollo de unas capacidades insuficentes e inadecuadas. En un mundo de globalización caracterizado cada vez más por empresas de elevados conocimientos, la capacidad de adquirir, adaptar y crear productos basados en el conocimiento es un elemento crucial en la pobreza y la desigualdad.

1. La crisis de la educación y el fracaso de Jomtien

Las bases de Jomtien

En 1990, los organismos de las Naciones Unidas acordaron celebrar la Conferencia Mundial de la Educación para Todos: satisfacer las necesidades de enseñanza básica en Jomtien, Tailandia. Tuvo lugar en un contexto de crisis en la educación mundial. La recesión del decenio de 1980 en África subsahariana y en América Latina produjo un descenso sustancial en los ingresos familiares y una recesión de la economía informal. En ambas regiones disminuyó la inversión per cápita en la enseñanza primaria. En África esto ocurrió en el contexto de un gasto per cápita ya bajo y de un rápido crecimiento de la población en edad de escuela primaria y las consecuencias fueron especialmente graves. El índice global de escolarización (GER) cayó en un 10% en el decenio, pasando de 78% a 68%, lo que anulaba muchas de las ventajas de la post-independencia de las regiones.

En América Latina aumentó el índice global de escolarización, pero la inversión per cápita descendió en una cuarta parte y la baja calidad de la enseñanza y el abandono escolar siguen siendo serios obstáculos para obtener buenos resultados educativos. La economía de Asia Meridional creció durante el mismo período y el índice global de escolarización aumentó en un 13%. Pero al menos una cuarta parte de la población en edad de enseñanza primaria siguió sin escolarizar y las diferencias de escolarización entre los sexos siguieron siendo las más altas del mundo, con una escolarización femenina de sólo tres cuartas partes de la escolarización masculina. En efecto, Asia Oriental era la única región en desarrollo en la cual las tendencias de matriculación de alumnos, la permanencia de éstos en las aulas y la alfabetización eran positivas y uniformes en toda la región, aunque hubiera marcadas diferencias nacionales.

Tendencias de 1990 a 1995

¿Hasta qué punto ha logrado el Decenio de la Educación Para Todos estos objetivos? Aunque el proceso de revisión que termina en abril del 2000 ofrecerá un panorama más completo, los datos de revisión a medio plazo y planes y estudios nacionales conjuntos más recientes revelan con toda claridad que el decenio de la Educación Para Todos va a fracasar en su objetivo de universalización de la enseñanza primaria.

Es cierto que el decenio de EPT ha tenido algunos éxitos modestos. Muy especialmente, el descenso de escolarización que se produjo en el decenio de 1980 ha invertido su tendencia, aunque cuando se analiza por regiones el progreso es desigual. Dieciséis países de África subsahariana han experimentado un descenso en la escolarización durante la primera mitad del decenio y, con la posible excepción de Mozambique, es de esperar que estos países terminen el decenio EPT con unos índices brutos de escoalrización más bajos de los que tenían al empezar (cuadro 1).

Los avances en la igualdad entre los sexos han sido también excepcionalmente lentos. En 1995, dos tercios de los niños sin escolarizar en primaria y dos terceras partes de los analfabetos adultos del mundo eran mujeres. En la primera mitad del decenio, las desigualdades entre los sexos en la escolarización global se redujeron a 1,9%, pasando de 13,9% a 12%. Sin embargo, en los Países Menos Adelantados (PMA), ha tenido lugar una inversión del progreso espectacular que se había producido en el decenio de 1980. Mientras en 1990 en los PMA la diferencia en el índice de escolarización global se mantuvo en el 15%, en 1995 se había elevado al 17%. El aumento de las desigualdades entre los sexos tuvo dos causas: en muchos países de África subsahariana la escolarización disminuyó más rápidamente en las muchachas que en los muchachos, mientras que en otros países, entre ellos Pakistán, la escolarización femenina no había aumentado al mismo ritmo que la masculina.

En la alfabetización, también los avances han sido muy desiguales. Aunque la cifra absoluta de adultos analfabetos creció en cuatro millones entre 1990 y 1995 hasta llegar a 872 millones, ha habido un descenso significativo en la incidencia del analfabetismo entre adultos desde 1990. Como consecuencia de ello, en el año 2000 habrá 300 millones menos de adultos analfabetos de los que habría habido si la incidencia de la alfabetización hubiera permanecido constante. Pero, y esto es muy importante, el objetivo de reducción a la mitad del analfabetismo para el año 2000 no se ha cumplido y el progreso ha sido desigual, con Asia Meridional y África subsahariana registrando aumentos en el número absoluto de adultos analfabetos y lográndose la mayoría de la reducción en Asia Oriental.

El avance es demasiado lento

En 1995, había 125 millones de niños en edad de primaria sin escolarizar. África subsahariana y Asia Meridional tenían la mayoría de este déficit, con 45 y 56 millones respectivamente de niños con edades comprendidas entre 6 y 11 años sin escolarizar. Si se mantienen las tendencias de la primera mitad del decenio, esta situación se invertirá  y Asia Meridional tendrá menos de 30 millones de niños de edades comprendidas entre 6 y 11 años sin escolarizar en el año 2005. Asia Meridional ha experimentado una marcada reducción del crecimiento de la población en el decenio de 1990. Junto con el aumento de la renta y de la inversión per cápita en educación, la cifra de niños sin escolarizar descendió entre 1990 y 1995 en 22 puntos. Pero la mayor parte de esta reducción se ha producido en Bangladesh y en India, mientras que en Pakistán y Nepal el avance ha sido lento y en algunos casos inexistente. Mientras que en 1995 a Pakistán le correspondía sólo 27% del déficit de escolarización primaria de la región, la expectativa es que en el 2005 le corresponda el 40%.

Sin embargo, lo que es realmente crucial, el índice de progreso durante la primera mitad del decenio de la Educación Para Todos es insuficiente para alcanzar el objetivo de Jomtien de la universalización de la enseñanza primaria incluso en la fecha del 2015 fijada en la Cumbre Mundial para el Desarrollo Social de 1995. Aunque proyectar el índice de progreso entre 1990 y 1995 al 2015 es sólo indicativo y como tal debe tomarse, no por eso deja de ser preocupante. Setenta y cinco millones de niños van a seguir sin escolarizar en la fecha adoptada como objetivo en Copenhague a no ser que el progreso en el próximo decenio sea mucho más rápido de lo que ha sido en éste.

África subsahariana tiene una proporción cada vez mayor del déficit global de enseñanza primaria. En el 2015, se espera que aproximadamente el 70 % de los niños en edad de escuela primaria sin escolarizar sean de África subsahariana, aunque en esa fecha la región cuente sólo con el 15% de la población infantil con edades entre 6 y 11 años. Por eso se necesita una acción internacional concertada para superar los obstáculos de esa región para el desarrollo económico y humano. En África subsahariana, los problemas de abandono de estudios, calidad y eficiencia siguen impidiendo los progresos educativos y necesitan urgentemente una solución si se quiere elevar la demanda de educación básica. Pero la cobertura del sistema educativo es también un obstáculo fundamental para la universalización de la enseñanza primaria hasta un grado que no existe en otras regiones. Disponer de la cantidad adecuada de plazas escolares y de maestros competentes es una condición necesaria pero no suficiente para la universalización. Sin nuevas inversiones masivas en los sistemas educativos de África subsahariana, la marginación económica y social de la región continuará avanzando rápidamente. África subsahariana es el único caso entre las regiones en desarrollo en que se espera que entre 1995 y 2015 se produzca un aumento de nueve millones en el número de niños sin escolarizar.

Las causas del fracaso

Factores externos y factores económicos

¿Por qué ha fracasado Jomtien en obtener los resultados prometidos en 1990? En primer lugar, las condiciones en muchos de los países más pobres del mundo no eran propicias para cumplir los objetivos. La persisitencia de altos niveles de pobreza en la mayoría de los países en desarrollo eran un impedimento clave, intensificado por la pandemia del VIH-SIDA, el volumen de la población en edad de escuela primaria en la mayoría de los países con más déficit en educación de África, el crecimiento económico negativo, el descenso de oportunidades de aumentar los ingresos para los que acaban la escuela y la extensión de la guerra civil y de la violencia.

En segundo lugar, los países más afectados por la crisis de educación no han visto que   se pongan recursos adicionales reales y sustanciales a disposición del sector de la educación primaria. El resultado ha sido un gran deterioro en cuanto a calidad y cobertura. Por lo tanto, las mejoras en número de matriculaciones y en terminación de estudios han sido lentas y desiguales en su distribución y han dado lugar al resultado insatisfactorio señalado anteriormente.

Aunque Jomtien hizo unos análisis financieros de los costes de la universalización de la enseñanza primaria, en la práctica no hubo una conexión clara entre los objetivos y las necesidades de financiación. El fracaso en la movilización de los recursos necesarios para alcanzar los objetivos educativos internacionales se hizo patente desde el principio del decenio de Educación Para Todos y refleja la falta de voluntad política que lo sustenta. A fin de cuentas, los costes adicionales de la UEP son relativamente modestos incluso después de ajustar los costos de calidad. Aunque las estimaciones varían mucho, el UNICEF ha citado la cifra global de 8 $ billones al año como coste creíble de la UEP para el año 2015 (UNICEF 1999). La investigación realizada por Oxfam estima que despueés de ajustar la calidad, la UEP tendría en África subsahariana un coste adicional de 3,6 $ billones al año durante un período de diez años (Watkins 1999).

Tendencias en la inversión desde Jomtien

Aunque la inversión pública en educación como porcentaje de PIB ha crecido en general desde Jomtien (cuadro 2), esto no siempre se ha traducido en un aumento de la inversión real por alumno. Este ha sido el caso de África subsahariana, donde el aumento de población en edad de escuela primaria y el escaso rendimiento económico de la región han contrarrestado el aumento de la proporción de PNB destinado a la educación. Es más, los aumentos regionales en las inversiones en educación en general muchas veces no se han reflejado en el aumento de la inversión en el nivel de primaria.

Los datos nacionales relativos a la inversión en términos de porcentaje de PIB en enseñanza primaria suelen ser difíciles de conseguir. No obstante, de los veinticinco países con índices globales de escolarización más bajos, los nueve de los que tenemos datos, gastan todos menos del 2% del PIB en educación primaria. La experiencia de los países con más baja renta en los que la UEP se ha hecho realidad indica que, para llevar a cabo la generalización de la enseñanza primaria, la inversión mínima necesaria es el 3% del PIB (Colclough y Lewin, 1993). Parece razonable deducir que se hubiera podido lograr mucho más en el último decenio si los gobiernos hubieran asignado una mayor proporción de la inversión en educación en general al sector de la enseñanza primaria. Si a esto se unen disposiciones eficientes y reformas de las estructuras de costes, incluso los países más pobres pueden hacer progresos considerables hacia la UEP, como han demostrado Malawi y Uganda (Colclough y Al Samarrai, 1998).

Pero la falta de recursos adicionales reales para la educación primaria tras Jomtien refleja también la presión fiscal que han sufrido los gobiernos de los países en desarrollo durante el último decenio. La movilización de recursos se ha hecho cada vez más difícil al mismo tiempo que la globalización plantea nuevas demandas al sector público, demandas que no tienen nada que ver con la educación (Grunberg, 1998). Una consecuencia especialmente nefasta de estas tendencias ha sido la creciente dependencia por parte de los gobiernos de la financiación comunitaria y familiar de la educación pese al compromiso aceptado por los gobiernos de suministrar la educación primaria universal y gratuita. Esta respuesta a la crisis ha supuesto una pesada carga para los pobres y ha ocasionado graves costes en la equidad.

Una base de ingresos deteriorada

Problemas para la movilización de recursos

Incluso aunque las finanzas públicas se distribuyan con más eficiencia y equidad, y se adopten medidas eficientes en los sistemas de enseñanza primaria, los países con menor índice de escolarización necesitan recursos suplementarios que se pueden obtener de dos formas: aumentando la base de ingresos u obteniendo la ayuda de nuevos donantes. Por su naturaleza, la inversión en educación necesita aumentar de acuerdo con el crecimiento de la población y de la renta. Por eso los gobiernos necesitan contar de antemano con una fuente de ingresos.

Pero los países con bajo índice de escolarización tienen muy poca capacidad de aumentar los ingresos y los procedimientos para hacerlo son muy poco estables. La base para el impuesto sobre la renta es muy débil en las economías predominantemente rurales y no asalariadas y los impuestos sobre el consumo suelen ser muy regresivos. El auge del sector informal en la mayoría de los países en desarrollo y las dificultades de cobrar impuestos a pequeña escala, en empresas familiares, en la economía gris y negra han aumentado los problemas para aumentar los ingresos y los impuestos sobre el beneficio. Esto ha ocasionado que se favorezcan otros tipos de impuestos, en particular los impuestos sobre el comercio. Pero muchas de estas fuentes de ingresos se están deteriorando actualmente como consecuencia de la globalización.

Los impuestos sobre el comercio

Los sistemas de impuestos surgieron en un contexto en el que los movimientos de capital y de productos que atraviesan las fronteras eran mucho más limitados que hoy. Pero en una economía mundial integrada se produce una cantidad cada vez mayor de transacciones internacionales, y las empresas tienen cada vez más la posibilidad de trasladar operaciones de un país a otro, lo que ha dado lugar  muchas veces a una gran competencia por los impuestos, pues los gobiernos rebajaban los impuestos y ofrecen exenciones fiscales para atraer a los inversores extranjeros.

A los efectos de la competencia por los impuestos se ha venido a añadir la creciente facilidad con la cual las empresas pueden evadir impuestos por completo. Cuando los productos se componen de varios elementos procedentes de distintos países, la cuenta de impuestos se puede reducir con frecuencia masivamente por medio de la alteración de los precios, es decir, pagando precios inflados por los elementos fabricados por empresas filiales que declaran sus beneficios en países con bajos impuestos. Aunque muchos países desarrollados están trabajando para limitar la alteración de precios, la mayoría de los países en desarrollo carecen de la capacidad institucional para imponer a las empresas este tipo de exigencias.

Los impuestos sobre el comercio han sido durante mucho tiempo un procedimiento importante de aumentar ingresos para los países en desarrollo pues son relativamente fáciles de implantar y sus costes administrativos son bajos. El Banco Mundial ha estimado que los costes administrativos de la recaudación de los impuestos del comercio están entre 1 y 3% de los ingresos por recaudación, frente a 5% para los impuestos sobre el valor añadido y 10% para los impuestos sobre la renta. Por esta razón, en estos países, el impuesto sobre el comercio internacional supone una proporción mucho mayor del total de ingresos que en las economías desarrolladas. Mientras que para los Estados Unidos de América los impuestos sobre el comercio representan un 1,4% del total de ingresos y para Japón un 1,2%, para los diecisiete países de África subsahariana de los que tenemos datos, los impuestos del comercio representan un promedio de 28% del total de ingresos (IMF, 1996).

Aunque los impuestos del comercio pueden ser regresivos y afectar a los pequeños productores de frutos de exportación, o aumentar los costos de las nuevas tecnologías y provocar pérdidas de eficiencia, la rápida liberalización del comercio sin tener un procedimiento alternativo de recaudar ingresos puede ocasionar pérdidas significativas de ingresos. Una posibilidad en este panorama es acumular un mayor déficit con el riesgo de aumentar la deuda externa y los intereses. Una estrategia evidente alternativa o complementaria es aumentar el gasto de acuerdo con la renta. Como la educación es el apartado con menos presupuesto del gobierno tiende a ser reducido antes que otras áreas de gasto público. Y como la inversión en educación primaria es una de las áreas menos contenciosas políticamente dentro de la inversión en educación, normalmente es la primera en ser recortada y la última en beneficiarse del aumento de presupuesto.

La liberalización del comercio ha tenido lugar por conducto de la Ronda del Mar del Plata, por su situación de acreedor de programas de ajuste estructural y por iniciativas unilaterales pensadas para alcanzar mayor eficiencia. Los partidarios aducen que esta mayor eficiencia compensa cualquier costo porque impulsa el crecimiento económico y repone los ingresos del gobierno. Pero la liberalización del comercio no ha tenido un efecto tan claramente positivo sobre el crecimiento y la renta como habían anticipado algunos ponentes, ni ha resuelto el problema inmediato de cómo solucionar la súbita pérdida de ingresos en un sector público que ya contaba con pocos recursos.

El descenso de ingresos por exportación de productos

La liberalización no sólo ha deteriorado la base de ingresos de muchos países en desarrollo por la abolición de impuestos ineficientes; también y simultáneamente ha dado lugar a estrategias de promoción de exportaciones destinadas a ganar cuota de mercado en los mercados del Norte cada vez más abiertos a las exportaciones. Pero la gran dependencia por parte de las pequeñas economías latinoamericanas, africanas y asiáticas de un número limitado de exportaciones de productos básicos caracterizadas por demandas muy poco flexibles y precios volátiles en continuo descenso, ha puesto a muchos países con bajo índice de escolarización en serias dificultades para planear la financiación de la educación a largo plazo. En 1998, el derrumbe de los precios del cobre de Zambia, el efecto combinado de una mayor producción en las minas de Chile más eficientes, junto con la pérdida de los mercados de exportación claves de Tailandia y Japón después de la crisis financiera asiática, supuso el equivalente a 10% del PIB en un año en el que la inversión en el sector de la enseñanza primaria per cápita registró una caída partiendo de unos índices que ya eran excepcionalmente bajos (UNCTAD, 1998).

La caída de la ayuda externa

Tendencias de la ayuda a la educación

A partir de 1990, la concesión de ayuda destinada a los países en desarrollo, incluida la ayuda a la educación, ha experimentado un descenso brusco. En un momento en el que muchos gobiernos de los países en desarrollo afrontan problemas sin precedentes en la recaudación de ingresos, la ayuda de los donantes al sector de la educación no ha mejorado. Pese a las declaraciones de Jomtien, Beijing y Copenhague, no se ha producido un aumento significativo en la ayuda a la educación básica desde 1990, pese al correspondiente cambio en el sector (Bennell con Furlong, 1998).

Como se dijo en Copenhague, sigue habiendo un enorme vacío financiero en la enseñanza primaria. Aunque los miembros del Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD) dedicaron a la educación 10,7% de la inversión entre 1992 y 1996, la ayuda total a la educación ha descendido, igual que la ayuda en general, bruscamente de un tercio a un quinto de un porcentaje de PNB de los países miembros del CAD. Aunque la parte de ayuda general a la educación destinada a ‘la educación básica’ aumentó pasando de 6% en 1990 a 19% en 1995, lo que suponía llegar a 1,1 billones $ en 1995, esto es menos que el 15 % de la financiación necesario para lograr la UEP. Se podría conseguir mucho más garantizando que se gasta más ayuda en el país que la recibe. Aunque son inevitables algunos costos administrativos en el país donante, 60 a 80 % de los compromisos bilaterales se siguen gastando en el país donante.

Más aún, es esencial que la ayuda a la educación sirva para complementar las inversiones del gobierno que la recibe en lugar de sustituir a las inversiones nacionales, como ha sucedido a menudo en los países en los que ha aumentado la ayuda externa a la educación desde Jomtien (CAD 1998). Esto requerirá nuevos acuerdos entre los gobiernos donantes y destinatarios y una acción más coordinada entre los actores del Norte y del Sur si se quiere lograr la UEP. Se impone una estrategia global que ponga en relación los objetivos educativos internacionales con la movilización de recursos por parte de los gobiernos donantes y destinatarios.

Los costos de la deuda

La crisis de la educación está relacionada con un déficit general de fondos para el desarrollo de los países más pobres. La resolución de la crisis de la educación exige una salida rápida y duradera de la pesada e insostenible deuda externa. Dieciocho de los veinticinco países con más bajos índices de escolarización se definen como Países Pobres Muy Endeudados (HIPC) y es frecuente en los HIPC africanos que gasten en el pago de la deuda cantidades cuatro o cinco veces superiores a la inversión en educación.

Aunque la mayor parte del pago de la deuda es cubierta por flujos donantes, el equivalente al 50% de la ayuda concedida a África subdahariana se devuelve en forma de pagos a los acreedores. Es necesaria una reforma básica de la estructura de los HIPC y la creación de incentivos para ofrecer una liberación más rápida de la deuda a los planes destinados a cumplir los objetivos internacionales de desarrollo y así las obligaciones de la deuda se puedan convertir en oportunidades educativas en algunos de los países más afectados por la crisis de la educación. Una estrategia de este tipo tendría la ventaja adicional de reducir la dependencia con respecto a la ayuda.

Programa para la reforma

El déficit de los recursos para el desarrollo ha anulado los esfuerzos para lograr el objetivo de la Educación Para Todos reafirmado en Copenhague. Si se quiere lograr el objetivo de la UPE para el año 2015, se necesitan nuevas estrategias para la movilización de recursos. Los problemas que afrontan los gobiernos de los países en desarrollo para aumentar sus ingresos son enormes y se necesita ayuda técnica y ayuda de otros donantes que posibiliten una planificación para cumplir los objetivos internacionales.

La globalización exige regularización, de manera que el comercio y el régimen de inversiones sean coherentes con las necesidades de desarrollo humano. Es necesario favorecer un trato especial y diferente, como es la ayuda para la diversificación de las bases de exportación, para los países de bajos ingresos muy dependientes de determinadas mercancías. La rápida liberalización del comercio hace necesaria una secuenciación y administración cuidadosa de manera que se puedan planificar las implicaciones presupuestarias para la inversión social prioritaria de reducción de aranceles. Se necesita llegar a un nuevo acuerdo multilateral sobre los impuestos que podría ser incorporado a la comisión de la Organización Mundial del Comercio. Un acuerdo de este tipo podría ayudar a resolver algunos problemas para generar ingresos de los gobiernos de los países en desarrollo, coordinando los esfuerzos internacionales para acabar con los paraísos fiscales, combatiendo las alteraciones de precios  y desarrollando fórmulas para repartir las obligaciones fiscales de las empresas multinacionales. Además de tratar de mejorar la recaudación de impuestos en muchos países de baja renta por medio de un acuerdo multilateral sobre los impuestos, es preciso generar recursos suplementarios reales de nuevas fuentes si se quieren cumplir los compromisos adoptados en Copenhague. Aquí se sugieren tres.

Impuestos internacionales

La facilidad cada vez mayor para evadir impuestos en las transacciones internacionales y el efecto regresivo que esto tiene, favorecen la tesis de crear impuestos sobre transacciones internacionales que puedan suponer una fuente válida de ingresos para el desarrollo para algunos de los países con recursos más limitados. Un impuesto sobre las transacciones financieras a corto plazo en los mercados de  pago al contado -el impuesto Tobin – sería muy progresista e incluso en un índice muy marginal tiene la capacidad de movilizar finanzas de desarrollo muy importantes. El Bank for International Settlements estimaba que el movimiento diario en estos mercados era de 1,85 trillones $. Las estimaciones sobre los posibles ingresos procedentes de un impuesto de transacción van de 50 a 125 billones $, dependiendo básicamente de en qué nivel se introduzca el impuesto (Ul Haq et al. 1996).

Los ingresos aumentarían especialmente para los países donantes con mercados financieros significativos como es el caso de USA y el Reino Unido. Incluso una pequeña parte de estos ingresos podrían suponer una contribución significativa para un plan global de acción para la educación, construido sobre las iniciativas existentes de las Naciones Unidas y que relacionara directamente las necesidades financieras con los objetivos de la Cumbre Social. Igualmente, un pequeño impuesto uniforme sobre los viajes aéreos internacionales sería muy progresista y podría generar ingresos sustanciales con pequeños costes administrativos sin afectar a la competitividad relativa de las compañías de transportes.

Ayuda a la enseñanza primaria

Se necesita urgentemente incrementar la ayuda si se quiere que los paìses más pobres que están en lo peor de la crisis mundial de la educación, tengan alguna perspectiva de cumplir el objetivo de la UEP para el año 2015. Aunque no se sabe el coste exacto de la UEP, el billón $ dedicado por los miembros del CAD en 1996 es claramente insuficiente. Sobre la base de que se necesita una cantidad adicional de 8 billones $ al año durante diez años, la ayuda de los donantes a la enseñanza primaria tiene que aumentar al menos al cuádruple, dadas las extremas limitaciones de los ingresos internos en la mayoría de los países con bajos índices de escolarización.

La cantidad de 4 billones $ suplementarios es fácilmente asumible, pues representa un incremento de 8% en la ODA de 1997 por parte de los países miembros del CAD o un 0,01% del PNB de la OCDE (CAD, 1998). Aunque una reasignación dentro de los presupuestos de ayuda existentes podría generar una pequeña parte de esta cantidad, hay una necesidad imperiosa de aumentar la ayuda general de los donantes a los países más pobres. Esta cantidad representa menos de la mitad de los recursos de ayuda perdidos desde 1992 como consecuencia de haber reducido los donantes el porcentaje  de PNB dedicado a la ayuda al desarrollo, y en el caso de África subsahariana, el aumento propuesto de 2 billones $ en la ayuda a la educación básica supone menos de la disminución registrada entre 1994 y 1997.

Entre las prioridades multilaterales, la más urgente es mejorar el índice de inversiones. El Banco Mundial y la Comisión Europea tienen motivos para revisar sus logros post-Jomtien en la educación básica. Unos proyectos excesivamente complejos y una escasa capacidad de implantación son causas de la insuficiente inversión, especialmente en África subsahariana. Otro problema para todos los actores de la educación es la manera de garantizar que los incrementos en la ayuda a la educación se conviertan en verdaderos recursos suplementarios. La ayuda a la educación en particular hace que los gobiernos tiendan a reducir sus propias obligaciones hacia ese sector y empleen el dinero para otras cosas, como el pago de impuestos, o para otros sectores (Feyzioglu et al., 1998).

Son precisos nuevos acuerdos entre los gobiernos destinatarios y donantes para asegurar que el incremento de la ayuda a la educación se traduzca realmente en fondos adicionales para la misma. Para ello es imprescindible partir de la identificación de los intereses comunes y de la planificación cooperativa, y no de condicionalidades que se multiplican. Un plan de acción global para la educación con la movilización de donantes y de recursos de los países en desarrollo para alcanzar los objetivos internacionales de educación, podría constituir un fórum en el cual se podría llevar a cabo la identificación de las prioridades comunes.

Ayuda a la deuda

Es necesaria una amplia estrategia de liberación de la deuda que esté en estrecha relación con las estrategias de reducción de la pobreza. Los países del África subsahariana que han experimentado las mayores inversiones de tendencias en la escolarización y alfabetización en el pasado decenio – Tanzania, donde el analfabetismo entre adultos está aumentando a razón de 2% al año, y Zambia, donde entre 1990 y 1996 se produjo un descenso en el índice global de escolarización de un 16%– están invirtiendo cinco veces más en el pago de la deuda que en la enseñanza primaria. La iniciativa HIPC existente está contribuyendo muy poco a la resolución de la carga fiscal de la deuda, pues en la mayoría de los casos, solamente está tapando el agujero entre el pago real y el proyectado.

Se precisan varias reformas fundamentales de la iniciativa HIPC si se quiere contribuir a solucionar el problema de la financiación de la enseñanza primaria. La introducción en la estructura HIPC de una Ventana al Desarrollo Humano que ofrezca incentivos en forma de liberación más profunda de la deuda a los gobiernos que estén dispuestos a dedicar reservas presupuestarias adicionales a la enseñanza primaria y a otras inversiones para la reducción de la pobreza, podría movilizar una cantidad significativa de recursos en algunos de los países más pobres y con menor índice de escolarización. También se necesita un indicador de sostenibilidad fiscal que exprese la presión fiscal del pago de la deuda y proteja las inversiones en servicios básicos.

La liberación de la deuda dentro de la estructura actual no sólo es insuficiente para ayudar a solucionar el problema de la falta de recursos para la enseñanza primaria, sino que además es muy lenta. Se necesita acortar los tiempos desde ahora, habida cuenta de las necesidades inmediatas de recursos de los HIPC. También es preciso sustituir el Enhanced Structural Adjustement Facility (ESAF) por un programa que dé prioridad al desarrollo de los países pobres. Como puso de manifiesto la Evaluación Externa del ESAF, éste ha ignorado con frecuencia las necesidades de los grupos más vulnerables y ha contribuido a aumentar el empobrecimiento de los sectores más pobres de la población en muchos HIPC.

Traducido del inglés

Referencias

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