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  Gestión de las Transformaciones Sociales - MOST

Documentos de debate - No. 31

ASPECTOS CULTURALES DE LAS
MIGRACIONES EN EL MERCOSUR

Fernando Calderón G. y Alicia Szmukler B. (1)

    Introducción
  1. El contexto: globalización y multiculturalismo
  2. ¿Es posible leer los acuerdos económico-comerciales desde una perspectiva cultural?
  3. Las migraciones: fenómeno intersticial entre la globalización modernizadora y el multiculturalismo
    Bibliografía consultada
    Notas

INTRODUCCIÓN

La relación entre globalización, multiculturalismo y modernidad es compleja, cambia constantemente y constituye el contexto en el que se producen procesos de agregación de mercados que si bien poseen una base cultural, se sostienen casi exclusivamente en intereses económico-comerciales. Tal es el caso del MERCOSUR. ¿Cuál es el sentido cultural del hecho económico? ¿Cuál es la relación entre comercio y cultura? ¿Será posible entender la globalización no sólo como una cultura de expansión de mercados y de agregación de intereses, sino también como la oportunidad para repensar el multiculturalismo desde una óptica que valorice la tolerancia y la convivencia inter-cultural y que favorezca una participación más equitativa de las distintas culturas en los procesos de modernización al tiempo que permita la defensa de sus propias identidades? ¿Qué posibilidades tiene el multiculturalismo de resignificar los procesos de modernización entre y en nuestras sociedades latinoamericanas, dándoles carácter sustantivo a los mismos?

Un tema de especial interés, porque se relaciona tanto con los procesos de globalización mencionados como con el multiculturalismo, es el de las migraciones. Da la impresión de que la migración es uno de los aspectos intersticiales entre lo económico y lo cultural que puede permitir leer en clave de modernidad y multiculturalismo la cuestión de sentido que suponen los procesos de integración comercial. Este texto intentará, desde la perspectiva aludida, analizar los aspectos culturales de las migraciones en el MERCOSUR.

Así, en primer lugar, se destacarán las principales tendencias de los procesos de globalización, especialmente en el plano cultural, enfatizándose los fenómenos de desterritorialización y de reterritorialización y la comprensión del papel del multiculturalismo en función de lograr una sociedad más justa y equitativa. En segundo lugar, y en el contexto de los procesos mencionados, se formularán preguntas y esbozarán ideas en torno al significado cultural de acuerdos económico-comerciales como el MERCOSUR. Un tercer tema es el de las migraciones; para ejemplificarlo trataremos el caso de los migrantes bolivianos en Argentina. Finalmente, se planteará una suerte de conclusiones preliminares que puedan dar lugar a una línea de investigaciones empíricas en la temática.
 


1. EL CONTEXTO: GLOBALIZACIÓN Y MULTICULTURALISMO

Los actuales procesos de globalización económica, tecnológica, política y cultural se producen en situaciones de desigualdad entre las distintas regiones del mundo e incluso al interior de los propios países y se dan en el marco de una tensión entre el desarrollo de una modernización técnica, orientada a la formación de sociedades informacionales, y el desgaste de un proyecto de modernidad cultural, hoy fuertemente cuestionado, basado en valores de progreso humano, igualdad y liberación.

Los procesos de globalización cultural se evidencian, por un lado, en la extensión de la industria y el mercado culturales que permitieron la llegada de más personas a bienes simbólicos pero, por el otro, en una tendencia a la homogeneización y, al mismo tiempo, a la segmentación de los gustos, haciéndose notoria la preeminencia de una cultura de consumo, a pesar de que, también como parte de los procesos de globalización informacionales, hoy se reconoce la existencia de múltiples culturas que, sin embargo, compiten de manera desigual, pues su reconocimiento no significa su aceptación. Por otra parte, los procesos de globalización mencionados tienen efectos de desterritorialización y reterritorialización culturales, es decir, por un lado, producen cambios culturales en las sociedades periféricas por la transmisión simbólica de la industria cultural internacionalizada, descontextualizando lo cotidianamente vivido, y, por otro, producen nuevos mercados para los migrantes que necesitan el contacto con su tierra.

Los actuales procesos de globalización tecnológica y económica están configurando un nuevo tipo de sociedad, denominada por Castells sociedad informacional, basada en el desarrollo de las tecnologías de la información, en los cambios en la productividad del capital y en las nuevas condiciones de trabajo como consecuencia de lo anterior. Estas transformaciones han impulsado el paso de una economía y sociedad mundiales a otras globales que, a diferencia de las primeras, se caracterizan por la simultaneidad y la extensión a través del mundo. Esto no significa que los procesos económicos y tecnológicos que impulsan las sociedades desarrolladas lleguen a todos los espacios y a todos los individuos; sin embargo, afectan de manera directa o indirecta al conjunto de la humanidad (2).

Si bien existe una contemporaneidad inédita de hechos económicos, políticos y científicos gracias a la revolución en las comunicaciones e informaciones y a la nueva organización económica y laboral que se desprende de ésta, no todos los países y/o regiones la viven de manera igualitaria. En efecto, no todos los países, regiones e individuos están en las mismas condiciones de competitividad para enfrentar tanto los cambios a nivel de la productividad del capital (caracterizada ahora por la mayor inversión en ciencia y tecnología así como en la industria de punta, la descentralización de la producción industrial, la configuración de nuevas y poderosas alianzas empresariales y los cambios en las pautas de consumo), como los concernientes a las nuevas condiciones laborales (caracterizadas por el aumento del desempleo, la distribución regresiva del ingreso, el crecimiento de la economía informal y el surgimiento de nuevas ocupaciones que permitan manejar las nuevas tecnologías) (3).

Se trata de un nuevo modelo de desarrollo orientado por el rol de las tecnologías de la información y la comunicación y las consecuencias económicas, sociales y políticas que se desprenden de la nueva situación. El problema es que son muchos los que quedan fuera de este modelo, aunque las comunicaciones tiendan a integrarnos simbólicamente a todos en la globalización.

Así, estos procesos enfrentan al menos dos límites duros: uno es el carácter inequitativo del acceso a los mercados globalizados por parte de los distintos países según sea su posición de fuerza en el contexto mundial; el otro, son los obstáculos de carácter político impuestos por los estados nacionales. Habría una tensión entre el impulso económico globalizador informacional y la cultura política-institucional históricamente arraigada de los estados nacionales, que son los que impondrían límites políticos a la economía informacional. Un ejemplo de esos límites son las restricciones del mercado laboral para los migrantes a través de fuertes políticas de control de la población trabajadora.

La nueva configuración de la economía global plantea cambios también en la división del trabajo construida en torno a cuatro diferentes posiciones en la economía global/informacional: los productores de alta calificación, basados en el trabajo informacional; los productores de grandes volúmenes, basados en el bajo costo del trabajo; los productores de materia prima, basados en recursos naturales; y los productores prescindibles, reducidos al trabajo devaluado. La ubicación diferenciada de estos diversos tipos de trabajo también determina la fluidez de los mercados, pues la generación de ingresos dependerá de la capacidad de crear valor incorporado en cada segmento de la economía global. (Castells, 1996:147. Traducción de los autores.)

El tema es que estos cuatro tipos de trabajo no están delimitados por fronteras nacionales sino que están, en distintas proporciones, en todos los países, lo cual aumenta también las distancias internas.

Estas ideas remiten a la desigual situación que enfrentan los diversos países y regiones, e incluso internamente, para acceder a una posición favorable en el mundo y economías globalizadas en que vivimos. La capacidad de los países de alcanzar dicha posición depende de su competitividad, y ésta, a su vez, no sólo de su capacidad económica, sino también tecnológica y política.

En el plano cultural, la globalización parece reproducir la inequidad y las diferencias sociales entre regiones, países y zonas de un mismo país, estimulando la generación y/o la mantención de estereotipos culturales y de imágenes del otro que acentúan las desigualdades a partir de una mirada discriminadora.

Las inequidades evidenciadas en el plano de la globalización económico-tecnológica, en términos de acceso a mercados y a tecnología para la producción, también se darían en el plano de la tecnología de la comunicación, pues si bien uno de los aspectos de la globalización cultural es la posibilidad de acercarnos a través de los medios masivos de comunicación a las distintas y distantes culturas, en general se refuerza una imagen de las mismas que las muestra como atrasadas, inestables, inciertas, bárbaras; en síntesis, diferentes, reprobables y rechazables.

Desde otra perspectiva, uno de los efectos de la globalización ha sido que nos ha enfrentado a los otros y, en este sentido, la nueva comunicación planetaria habría derribado fronteras. Sin embargo, planteamos aquí que la globalización cultural también debería comprenderse en el marco de una tensión: por un lado, las posibilidades de expansión cultural y conocimiento inter-cultural que favorecerían la apuesta multiculturalista en términos de tolerancia y respeto al otro; por otro lado, la desigualdad entre las culturas para mostrarse en ese contexto globalizado y derrumbar estigmas y estereotipos fomentados por culturas hegémonicas.

El derribamiento de fronteras puede traducirse en lo que se ha llamado procesos de desterritorialización, referidos a la aceptación de pautas de consumo cultural de bienes simbólicos que tienden a ser homogéneos por parte de las culturas periféricas que adoptan gustos, de manera segmentada, extendidos a partir de las culturas dominantes, es decir, principalmente de los patrones culturales norteamericanos para el caso de América Latina. La desterritorialización no es un fenómeno absolutamente nuevo, pues surge con la modernidad, cuando el individuo sale de su medio local a través de la adopción de tecnologías y formas de consumo que se han universalizado y que, incluso, constituyen parte de un imaginario colectivo (4). Así, la desterritorialización borra, para muchos grupos sociales y en ciertos ámbitos, los límites de lo nacional, modificando la noción de espacio vinculada al ámbito físico.

La idea de la desterritorialización se relaciona, de alguna manera, con la de desarraigo, en tanto muchos de los referentes simbólicos de amplios grupos poblacionales no poseen raíces culturales específicas, situadas localmente. Esta tendencia, además, se vincularía con la idea de que la globalización en el plano cultural tiende a homogeneizar los gustos de acuerdo con una cultura de consumo que sería dominante. Sin embargo, la globalización también segmenta los gustos y las apropiaciones simbólicas ya que los distintos grupos sociales tienden a identificarse con ciertos imaginarios que se asocian a su propia condición socio-económica y sus posibilidades de consumo de bienes y servicios que no pueden ser homogéneos para todos. Es decir, la globalización en este plano no evita las distancias y, por el contrario, contribuye a generar mercados de prestigios a nivel simbólico y cuya base es económica.

Por otra parte, cabe preguntarse si la generación de redes, como parte de los procesos de integración y como fenómeno propio de la sociedad informacional, acelera, atenua o crea un fenómeno distinto respecto de la fragmentación de culturas. Tal fragmentación, según la hipótesis planteada por Samuel Huntington (1996), puede en el futuro generar conflictos entre las distintas civilizaciones, conflictos que reemplazarían los ideólogicos, propios del período de la Guerra Fría. La tensión hoy se daría entre una tendencia a la globalización en el plano económico-comercial y una tendencia a la segmentación en el plano cultural-civilizatorio, es decir, una tendencia al tribalismo. Tal segmentación constituiría una fuente fundamental de conflictos en tanto las diferencias culturales, contrariamente a las económicas o ideológicas, no son intercambiables y, además, precisamente los fundamentos culturales son los que proveen una imagen sobre la política, la economía, la ideología.

Mientras se produce esta tendencia a aferrarse a la civilización originaria o a la que cada país o pueblo pertenece, los procesos globalizadores en el campo cultural muestran una tendencia generalizada de los individuos, sin importar sus orígenes culturales, a apropiarse de símbolos e imaginarios globalizados; sin embargo, no se trataría de una apropiación enajenada sino más bien a partir de la propia cultura a través de la combinación de aquellos símbolos e imaginarios con símbolos e imaginarios locales, resguardando así su sentido de pertenencia y dando un significado complejo y distinto a los imaginarios pretendidamente homogeneizantes. En este sentido, Achúgar y Bustamante (1996:134) sostienen

La existencia de tradiciones o herencias culturales que pueden combinar la hamburguesa de MacDonald con el mate uruguayo, la camiseta Benetton con la zapatilla criolla de los gauchos, el personaje del comic con las movilizaciones sociales en el norte argentino parece indicar un sustrato o una herencia cultural mucho más fuerte de lo que la versión demonizada del efecto globalizador parece creer.

Este fenómeno puede vincularse al de la reterritorialización, referido a la necesidad de reapropiarse de un imaginario local y/o nacional por parte, sobre todo, de población migrante -expulsada de sus lugares de origen por las condiciones laborales y económicas (consecuencia en parte de los propios procesos de reestructuración por efectos de la globalización), los conflictos políticos o inter-étnicos- que precisa restablecer un contacto con su tierra para no perder raíces, sentir que sigue perteneciendo a su comunidad a pesar de su lejanía física y poder enfrentarse desde allí a un mundo, el de las sociedades receptoras, que la mayoría de las veces se presenta como hostil. Los migrantes tienden a reproducir aspectos de su cultura de origen para no perder su identidad en la relación con otros que suelen discriminarlos (5). Empero, al hacerlo en contextos socio-culturales distintos, en realidad lo que sucede es que están reinventando su identidad y con ello ampliando mucho más sus culturas de origen.

Por otra parte, el resurgimiento de nacionalismos y comunitarismos estaría planteando una oposición a la orientación señalada de la desterritorialización, en tanto se revalorizaría una vuelta a la comunidad local a partir de un rechazo al otro frente a la tendencia globalizadora.

Cabe mencionar aquí otro de los efectos desatados por la globalización comunicacional: el multiculturalismo. Hoy es posible conocer diferentes culturas, fenómenos políticos y sociales gracias a los medios de comunicación masiva de manera simultánea a los acontecimientos. Sin embargo, esta posibilidad de ampliar nuestros horizontes ante el reconocimiento de los otros no implica que todas las culturas tengan un acceso igualitario a los medios para darse a conocer ya que, como fue mencionado, los medios dan una imagen de las diferentes culturas teñida de interpretaciones que pasan por las propias visiones de quienes las dan, por tanto, esa imagen que vemos de las diversas culturas pasan por filtros que restan objetividad sesgando las visiones y muchas veces refuerzan estereotipos que contribuyen a generar discriminación.

Ahora bien, el tema del multiculturalismo es complejo porque vivimos en un mundo inequitativo que el fenómeno de la globalización no puede resolver por si mismo. El multiculturalismo no sólo se expresa en la posibilidad de conocer diversas culturas a través de los medios masivos, sino sobre todo en la pregunta por las chances que tienen esas distintas culturas de convivir en un mundo desigual. Dos aspectos sobresalen e interesan en relación con este fenómeno. En primer lugar, como se mencionó más arriba, el resurgimiento de fuertes sentimientos comunitaristas y nacionalistas que, tras afianzar la identidad como pertenencia a una comunidad, generan un rechazo absoluto a todo aquéllo que sea considerado externo y, por lo mismo, amenzador de esa identidad cerrada. En segundo lugar, la población migrante que va llevando sobre sus espaldas su identidad cultural pero que desea y necesita integrarse a la nueva sociedad, a la que, además, enfrenta a partir de sus diferencias culturales. Ese enfrentamiento, cuando además se une a situaciones económicas inestables en las sociedades receptoras, puede traducirse en una mayor xenofobia y rechazo del otro, obstaculizando la convivencia en sociedades multiculturales (6).

A estas consecuencias paradójicas de la globalización hay que añadir los procesos de diferenciación social y funcional que complejizan las propias relaciones interculturales (7). Con diferenciación social nos referimos a los niveles crecientes de inequidad de la estructura económica y social con el consecuente aumento en los niveles de pobreza y marginalidad. Este panorama hace que un porcentaje de la población opte por migrar (migración que adopta diversas direcciones, siendo la más importante la del campo a la ciudad), sea porque su lugar de origen la expulsa o porque los medios masivos de comunicación han generado en ella expectativas que podrían ser satisfechas en otros lugares de asentamiento. Asimismo, la diferenciación social se refiere a las distancias crecientes entre clases, regiones, culturas y de género y a la alta fragmentación de los actores sociales históricos, creando una gran dificultad al sistema de partidos que no alcanza a responder y procesar la complejidad de los cambios producidos por este proceso de diferenciación. Esta incapacidad de respuesta repercute en una tendencia al debilitamiento de la participación ciudadana y del propio sistema de representación y de toma de decisiones. Por otra parte, si bien surgen nuevos actores y movimientos sociales, parecen no ser capaces de articular sus propuestas y demandas, las cuales en muchos casos -sobre todo en el de los actores sociales clásicos- tienen carácter más reactivo que proactivo.

Con diferenciación funcional nos referimos a la independencia que cada vez más adquieren las distintas esferas de la sociedad (la economía, la política, la justicia, etc.), que han ido separándose de una racionalidad única que pueda articularlas en un proyecto de sociedad basado en una ética común democrática. Esta creciente distancia refuerza una visión tecnocrática en cada uno de los ámbitos, que queda sujeta a los quehaceres técnicos de cada uno de ellos, pero sin vincularse a un proyecto de sociedad más global. En términos habermasianos, se privilegia una racionalidad técnica-instrumental sobre una racionalidad sustantiva de valores.

Estos procesos diferenciadores que atraviesan nuestras sociedades repercuten en las relaciones multiculturales, reforzándose una tendencia en la cual las culturas más débiles y subordinadas, menos reconocidas como iguales y con menor presencia política o capacidad institucional para ejercer presión, son también las más discriminadas. Tal es el caso, por ejemplo, de los bolivianos en Buenos Aires o en Sao Paulo, como se verá más adelante.

Pero además, esa discriminación que implica un desconocimiento o un falso reconocimiento, en términos de Taylor, actúa sobre la propia imagen, devaluándola y provocando su rechazo. El reconocimiento del otro moldea nuestra propia identidad; también su no-reconocimiento o su falso reconocimiento lo hace. En este sentido, el falso reconocimiento puede provocar una auto-imagen distorsionada que lleve a la negación de la propia identidad (8).

Los procesos de diferenciación afectan el multiculturalismo porque el otro aparece como amenazador cuando las estructuras económicas y sociales aumentan su inequidad y el papel del Estado se debilita, generando altos niveles de inseguridad e inestabilidad y frustración en la población.

En este contexo, la pregunta sería ¿cómo convivir en un mundo multicultural, globalizado, altamente diferenciado y desigual? Para Touraine la solución no se presenta ni a través de una asimilación que pretenda borrar los orígenes culturales ni en un aislamiento de los grupos comunitarios en la sociedad donde viven (por ejemplo, en el caso de etnias que viven dentro de la nación) o a la que llegan. De lo que se trataría es de combinar la participación en la racionalidad instrumental con la defensa activa de una identidad cultural. Esta combinación no puede operarse sino al nivel de las conductas personales, incluso si ella debe alimentar el diálogo intercomunitario. La cultura de origen, una vez descomunitarizada, sostiene una identidad personal sometida a fuertes presiones en el momento en que el inmigrante se involucra en la participación en una sociedad, una economía y también en un sistema de enseñanza muy distante de aquéllos que estaban asociados a su cultura originaria. Sin esta interiorización de valores, no puede haber sociedad multicultural, pues ella combina la unidad de una organización social con la pluralidad de pertenencias y referencias culturales. Es así que es necesario interpretar la idea: vivamos y trabajemos juntos reconociendo nuestras diferencias culturales. Esta concepción de la integración puede y debe ser aplicada a todos y no solamente a las minorías. (Touraine, 1996:236. Traducción de los autores.).

Así, el problema del multiculturalismo queda contextualizado en el marco más amplio del proyecto de la modernidad, en tanto acceso equitativo a una racionalidad instrumental cuya propuesta (la propuesta de este acceso igualitario) constituiría un rasgo del proyecto moderno orientado por valores de igualdad y posibilidades de desarrollo humano para todos. Ese acceso a la racionalidad instrumental (es decir, a la ciencia, la tecnología, la información y la comunicación) debería darse a partir de las propias identidades, sin abandonarlas en función de una racionalidad occidental. Y esta alternativa debería valorarse al momento de analizar en qué mundo globalizado pretendemos vivir.

Por otra parte, el tema de la ciudadanía resulta fundamental para determinar niveles de equidad y de igualdad que, en tanto valores fundantes del régimen democrático y principios de carácter universal, permitirían, al menos en un nivel de aspiraciones posibles de la población, disminuir o incluso evitar los niveles de inseguridad y frustración mencionados más arriba al contar con perspectivas de realización futura. Esto no significa que la igualdad deba entenderse como la distribución igual de todos los bienes entre todos los miembros de la comunidad, según sostiene Walzer (1997:32). Más bien, se trataría de crear, a través de una participación ciudadana que decida cómo distribuir los bienes sociales, una igualdad compleja, entendiéndose ésta como la distribución de los bienes sociales en virtud de razones diferentes, por agentes diferentes, a personas diferentes, de manera que ningún grupo, que ninguna persona, fuese dominante de una esfera a otra. Esto significa también, que la poseción de un bien (dinero, poder o reputación familiar) no podría arrastrar a los demás. Las personas poco favorecidas en una esfera de distribución podrían estarlo mejor en otra. El resultado de esto es una extensión horizontal y social de la versión aristotélica del "gobernante y gobernado a su vez". Nadie gobernaría ni sería gobernado de manera permanente y en todas partes. Nadie estaría radicalmente excluido. (Walzer, 1997:32)

En este sentido, la cuestión del multiculturalismo se inserta en una lógica más compleja porque intervienen en ella el tema de la equidad y la igualdad no solamente referida a la aceptación de culturas diversas sino fundamentalmente a que esa aceptación se realice en la práctica a través del ejercicio de derechos ciudadanos para todos los habitantes de un país, incluidos los migrantes.

Cuando el multiculturalismo se vincula al problema de la situación de los migrantes, parece necesario asumir una responsabilidad internacional ya que precisamente esa población que sale de sus lugares de origen lo hace generalmente escapando de situaciones de pobreza ligadas a una distribución de la riqueza que sigue una tendencia cada vez más regresiva, viendo en otros países y regiones posibilidades de progreso, expectativas que, a su vez, son generadas en gran medida por los medios de comunicación masiva (9). Por tanto, la responsabilidad de los gobiernos y de los agentes económicos internacionales no radica solamente en su papel en esa distribución que genera injusticia social, sino en la necesidad de crear un ambiente de seguridades mínimas para los migrantes pobres donde puedan vivir dignamente (10).

La comprensión del multiculturalismo no puede separarse del hecho que las sociedades poseen divisiones jerárquicas dadas principalmente por las diferencias económicas, aunque también generacionales, sexuales, educativas, etc. Es en ese contexto que se produce la comunicación entre las distintas culturas y por tanto el fenómeno inter-cultural se mezcla con otros de distinto carácter que entrañan situaciones de poder (11).

Así, los fenómenos de globalización, modernización tecnológica, diferenciación social y funcional y multiculturalismo, establecen entre si una relación compleja que, creemos, debería comprenderse en referencia a los valores modernos de tolerancia, equidad e integración, para darles un sentido más allá de las conveniencias o dificultades que enfrenta el mercado globalizado. En este sentido, se vinculan con la democracia que, sin embargo, no ha podido evaluar la integración y los efectos de la globalización, así como tampoco ha podido enfrentar los procesos de diferenciación social y funcional, procesos cuya dinámica es más veloz que la capacidad de respuesta del régimen democrático. Un valor básico e intrínseco de la democracia es la búsqueda de igualdad, como ya se ha mencionado, y es por ello que debería ser capaz de evaluar los procesos antedichos. En tal sentido, un camino es el de la ampliación de la ciudadanía y del acercamiento y la tolerancia en la vida cotidiana; el otro, ligado al anterior, es el del papel que adoptará el Estado frente a estos procesos que, por si mismos, parecen conducirnos a una mayor desigualdad.

Ahora bien, es pertinente introducir aquí la polémica entre la aceptación de la igualdad humana como principio universal y la posibilidad de reconocimiento de las culturas particulares. Este problema, tratado por Taylor, no tiene fácil resolución dentro de la óptica liberal, como el autor sostiene, sobre todo en la propuesta procesal del liberalismo que rechaza cualquier carácter sustantivo y colectivo que una comunidad pretenda darse en relación con sus fines, pues si se aceptaran fines colectivos se resquebrajarían, según esta óptica, los derechos de quienes no comparten dichos fines (12). Esta idea liberal encuentra una oposición en la postura antes mencionada de Walzer, entre otros autores, y de Taylor, quien, desde otra perspectiva, sostiene que la defensa de ciertos derechos universales (como por ejemplo el derecho a la vida) es básica; las diferencias culturales no pueden determinar si esos derechos deben defenderse o no; pero lo que no puede hacerse es desconocer la importancia de las distintas culturas para definir su propia supervivencia, sobre todo cuando los modelos liberales se fundamentan, como en general lo hacen, en juicios de valor en torno a las metas que debe darse una sociedad, cualquiera sea. Así, si bien existen principios universales que es preciso defender, también debe reconocerse el derecho de las diversas culturas de participar en las decisiones concernientes a su propio estilo de vida, sobre todo teniendo en cuenta que el multiculturalismo es un fenómeno que se produce al interior de los Estados nacionales y no sólo en el encuentro entre ciudadanos de diferentes países.

Ahora, ¿cómo hacer prevalecer los valores de equidad, igualdad e integración, propios de la democracia, en el contexto internacional cuando dentro de las fronteras nacionales están en cuestión? La responsabilidad de los gobiernos de promover un acceso equitativo a los diferentes mercados y un intercambio cultural a través de fomentar el conocimiento entre las distintas culturas es clave; en todo caso, las inequidades mencionadas parecen tener solamente un atisbo de solución en el plano de la política.


2. ¿ES POSIBLE LEER LOS ACUERDOS ECONÓMICO-COMERCIALES DESDE UNA PERSPECTIVA CULTURAL?

La formación de mercados regionales constituye en primer lugar una respuesta desde los distintos países de la región para poder enfrentar los efectos desfavorables que la globalización tiene sobre ellos, preservando al menos el mercado constituído por los países miembros de los acuerdos. Con la integración de los diversos mercados nacionales se intenta lograr ventajas económicas para los países y sus industrias a través de la ampliación de sus mercados (generando economías de escala) que promueve un aumento en las expectativas de inversión nacional y extranjera, mayores posibilidades de incorporación de nueva tecnología y un creciente flujo recíproco de personas, capital, información y tecnología entre empresas y países (13).

Este tipo de acuerdos, dentro de los cuales se incluye el MERCOSUR, tiende a eliminar las barreras proteccionistas y los aranceles a los bienes y servicios que se producen en los países miembros, privilegiando éstos frente a los mismos bienes y servicios producidos por países que no suscriben los acuerdos, respondiendo los pactos más a una lógica económica que histórico-cultural (14).

En este marco, uno de los problemas planteados es el de la desigualdad entre los países que firman acuerdos de este tenor. Existe una asimetría que quizás es más visible en el caso de tratados entre países desarrollados y países en vías de desarrollo, como el NAFTA (firmado por Estados Unidos, Canadá y México), pero que también se produce entre países más desarrollados y menos desarrollados pero todos pertenencientes al llamado Tercer Mundo. En tal sentido, por ejemplo, cómo asegurar la igualdad de oportunidades para todos los países en cuanto al acceso a los beneficios posibles de la integración económico-comercial, partiendo de posiciones asimétricas en el plano económico?

Las asimetrías en el campo económico también parecen traducirse en desigualdades en los planos social y cultural, y contribuirían a reforzar la discriminación y la xenofobia, sobre todo cuando la situación laboral en los países en cuestión genera inestabilidad e inseguridad a los trabajadores nacionales. La inestabilidad laboral y los altos niveles de desocupación que atraviesan algunos países de la región contribuyen a reforzar un rechazo frente a extranjeros que, aunque sus países sean parte de acuerdos regionales, se perciben como amenazadores de fuentes de trabajo, si bien diversos estudios empíricos (15) han demostrado que en la práctica los extranjeros no amenazan efectivamente los empleos de los nacionales.

Por otra parte, al tratarse de acuerdos de integración comercial, el aspecto de la integración cultural parece ser relegado a un segundo plano. Así, si bien es cierto que, por ejemplo, a diferencia del NAFTA, los países miembros del MERCOSUR poseen afinidades culturales fuertes, creemos que se trata en primer lugar de una alianza económico-comercial que sí puede lograr un mayor acercamiento cultural, pero que en principio sólo está pensada para fortalecer la integración económica. Esto no significa desconocer los esfuerzos orientados a lograr una mayor integración y aceptación cultural; empero, parecen ser aún insuficientes; incluso, el mismo tratado no hace ninguna referencia explícita a aspectos culturales de la integración (16). Al referirnos a la importancia de dichos aspectos, no pretendemos postular la existencia de una cultura básicamente homogénea de los países que integran el acuerdo, sino, por el contrario, la capacidad de reconocer a quienes son diferentes culturalmente en un plano de igualdad, problema que no se da únicamente entre distintos países sino, como ya fue mencionado, al interior de los mismos.

Ahora bien, no sólo la integración económica entre distintos países tiene consecuencias sobre la aceptación cultural, sino que la cultura actúa fuertemente sobre los procesos de integración económica. Un ejemplo de cómo la cultura incide en las posibilidades de entendimiento entre los distintos países que plasman acuerdos comerciales, es el de las relaciones entre Japón y Estados Unidos. En este caso la diversidad de culturas ha acarreado múltiples dificultades que han obstaculizado las propias relaciones económicas, y, así, para que el acuerdo fructifique, pareciera necesario que los países sean capaces de comprender mínimamente sus culturas y aceptar sus diferencias. En todo caso, buena parte de las tensiones entre ambos países se ha originado en trabas culturales que han impedido una comunicación más fluída, viéndose así las relaciones comerciales fuertemente condicionadas por la cultura. En tal sentido, parece necesario un diálogo intercultural que fomente un mejor conocimiento de las diferencias y que a la vez permita tratar los problemas más preocupantes para las distintas partes que integran el acuerdo (17). Asimismo, lo dicho indicaría -al menos en un nivel hipotético- que cuanto más cercanas culturalmente sean las sociedades que suscriben acuerdos regionales, mayores posibilidades de éxito tienen éstos.

Pero, ¿cómo pueden las distintas culturas pelear para hacer prevalecer sus diferentes ópticas en un contexto internacional que tiende a globalizarse y homogeneizarse en el plano económico? La responsabilidad de los gobiernos (sobre todo de los países ricos) de promover un acceso equitativo a los diferentes mercados y un intercambio cultural a través de fomentar el conocimiento entre las distintas culturas parece ser central. Esta es una opción que, apareciendo como meramente política, resultaría indispensable para que las propias relaciones económico-comerciales no fracasen en un mundo en el que, más allá de la globalización, las culturas siguen teniendo y defendiendo sus particularidades.

Por otra parte, si se busca no sólo lograr desarrollo económico sino alcanzarlo en el marco de la democracia, es decir, darle a ese desarrollo un contenido sustantivo (relacionado con el proyecto de la modernidad cultural), no parece ser posible la referencia al mercado como la base que regulará relaciones democráticas entre los países que se unen a través de tratados comerciales regionales (18). ¿Cuál es el sentido cultural de dichos acuerdos y cuáles sus consecuencias políticas? ¿Qué valores los sustentan? ¿Se trata meramente de fortalecer mercados en el mundo globalizado o de fortalecerlos para asegurar mayor equidad? Estos cuestionamientos surgen a raíz de una crisis de los modelos de desarrollo, quedando éste en manos del mercado que, sin embargo, no puede regular las relaciones interculturales. Hoy prevalece una visión economicista del desarrollo que no parece poder hacerse cargo de las inequidades propias del mismo, una vez que el modelo cepalino fracasó en su apuesta a un desarrollo económico que, a partir de ciertos niveles, comenzaría a evidenciar sus frutos de equidad cuando los beneficios del mismo chorrearan hacia los sectores más vulnerables. Quién se hará cargo hoy de las inequidades de un modelo de desarrollo sin valores sustantivos y cuyo futuro está puesto en las manos del mercado? Quizás un ejemplo extremo de las distintas visiones del desarrollo (si bien no planteadas explícitamente) y de la fuerza de la identidad cultural asociada a altos niveles de desigualdad social lo constituye el movimiento zapatista en México, que apareció en escena el mismo día en que entraba en vigencia el NAFTA, dejando claro su rechazo a un modelo de desarrollo acorde con el de los países del llamado Primer Mundo (19). Por otra parte, se sostiene que acuerdos meramente económicos no tendrían la capacidad de prolongarse en el tiempo, pues los intereses económicos tienden a segmentar y dividir; por tanto para que exista una verdadera integración deben fortalecerse los lazos y la comunicación interculturales (20).

En este sentido, ¿qué posibilidades tienen nuestras sociedades de resignificar los procesos de modernización (uno de cuyos efectos son los acuerdos comerciales) dándoles valores de democracia, equidad, tolerancia, respeto por las otras culturas, libertad? En otras palabras, ¿cómo pueden nuestras sociedades dar carácter sustantivo y laico a dichos procesos? Y sobre todo, qué posibilidades tienen de hacer esto en un contexto en el cual la globalización económica, que actúa sobre la lógica del reparto, produce una integración de carácter instrumental, ligada al mercado y la industria cultural? Una lógica de este tipo tiende a ver los acuerdos regionales como instrumentales al desarrollo económico de cada país en un contexto que se muestra adverso a la insersión igualitaria en el mercado mundial. Por su parte, la industria cultural tiende a homogeneizar los gustos, con el contra-efecto de ampliar el consumo de bienes simbólicos; asimismo, los medios masivos proyectan imágenes muchas veces estereotipadas de los otros, lo cual obstaculizaría una convivencia inter-cultural más fecunda.

Sin embargo, el mercado cultural y la globalización vía medios provocan una relectura desde lo local que, por un lado, refuerza dicho espacio, en tanto la globalización no puede confundirse con homogeneización, pues la interpretación de fenómenos globalizados recae sobre imaginarios particulares signados por la orientación que cada cultura es capaz de darles. Y son las particularidades culturales las que permiten interpretaciones diferenciadas, pues precisamente la diferencia y la cualidad de contraste es lo que caracteriza el concepto de cultura (21). Incluso aquí es preciso destacar que hoy el concepto de localidad ha cambiado, pues no está tan atado a un territorio sino que es algo movible, menos espacial y más relacional (22). Por otro lado, la globalización vía medios permite una mayor conciencia y respeto del multiculturalismo, que debe entenderse como la forma en que las diferencias culturales tienden a tomar en la era de los medios masivos, las migraciones y la globalización. (Appadurai, 1996:16). Los procesos de desterritorialización y reterritorialización deben comprenderse entonces dentro de este nuevo contexto.

En fin, la hipótesis que queremos plantear en este trabajo es que la globalización no solamente debe entenderse como la expansión de una cultura de mercado, o, en definitiva, de una cultura de agregación de intereses, sino también como una oportunidad para repensar el tema del multiculturalismo asociado con la modernidad. En América Latina este planteamiento implica no sólo repensar la relación entre las diversas culturas que se da con la interacción entre los distintos países, sino además la que se da al interior de cada país.

Las investigaciones en este tema son débiles y poco integradas, si bien se han realizado múltiples estudios de casos que analizan la inserción o las características de las distintas migraciones en diversos países de la región y el contacto intercultural (23).

En tal sentido, qué es lo que cuestionan los migrantes en las sociedades en cambio y que viven procesos de integración económica a nivel regional? Varias ideas aparecen como posibles respuestas que habrá que investigar a futuro; entre ellas, que los migrantes parecen poner en cuestión la calidad del multiculturalismo -precisamente en momentos en que lo múltiple y lo diverso parece constituir una bandera de tolerancia y pluralismo-, de la democracia -que evidencia sus límites para reconocer derechos de ciudadanía a los migrantes- y, como consecuencia de ello, del imaginario de una sociedad respecto a temas de empleo, de acceso a servicios y bienes, de integración cultural. Por otra parte, las migraciones producen conciencia de la diferencia, de la inestabilidad, de la precariedad, de la incertidumbre, de la desigualdad, de la pobreza; ponen en evidencia el desarraigo de los propios migrantes y dejan instalados los problemas de la discriminación racial y la xenofobia nacionalista. Por tanto, la presencia masiva de migrantes parece plantear una tensión entre, por un lado, un deseo de fortalecimiento ciudadano y de tolerancia y pluralismo y, por otro, la discriminación y el rechazo frente a quienes son considerados distintos.


3. LAS MIGRACIONES: FENÓMENO INTERSTICIAL ENTRE LA GLOBALIZACIÓN MODERNIZADORA Y EL MULTICULTURALISMO

La tensión recién mencionada, planteada por la presencia de los migrantes, deja al descubierto los obstáculos a la construcción de ciudadanía que eleve la calidad de la democracia y promueva una mayor igualdad. Esa tensión se pone de manifiesto, por ejemplo, en los problemas que tienen los migrantes para encontrar un empleo digno y en las consecuencias de buscar trabajo en términos de discriminación, en tanto los nacionales levantan barreras contra ellos a través de sentimientos xenófobos, y por tanto autoritarios, ante la sensación de que están siendo invadidos (24). Este rechazo promueve un retraimiento cultural y por lo tanto una débil integración, pues al no ser aceptados por la sociedad que los recibe tenderían a retraerse sobre su propia cultura. Otro efecto en relación al problema del empleo del migrante es la conflictividad generada al interior de los propios grupos subalternos, es decir, cuando al rechazo por ser diferente se le une el rechazo por pertenecer al mismo sector socio-económico. A estos fenómenos pueden sumárseles la pérdida de la condición ciudadana del migrante, la reducción de sus derechos, la estigmatización, una preferencia a migrantes provenientes de ciertos países en relación con otros y las identificaciones simplificadoras de las cuales son objeto y que generan una incomprensión de su identidad (25).

La aceptación del migrante como ciudadano con los mismos derechos y obligaciones que los naturales de un país es un problema de justicia. En general, los Estados han sido siempre menos rígidos con los migrantes que con las personas extranjeras que pretenden obtener la nacionalización. El problema, planteado por Walzer, es que si un Estado, como representante de los ciudadanos miembros de la Nación, acepta la entrada de migrantes debe otorgarles los mismos derechos que tienen los nacionales; si esto no ocurre es precisamente porque los inmigrantes, estando en condiciones de inferioridad en cuanto a la ciudadanía, sirven al país al que llegan, es decir, sirven a sus ciudadanos.

Por ello la admisión territorial es un asunto delicado. Los miembros deben estar dispuestos a aceptar a los hombres y mujeres que admitan como a sus iguales en un mundo de obligaciones compartidas; los inmigrantes deben estar dispuestos a compartir las obligaciones. La situación, sin embargo, puede organizarse de manera distinta. A menudo, los Estados llevan un control riguroso de la naturalización; en cuanto a la inmigración, son más flexibles. Los inmigrantes se convierten en residentes extranjeros, y en nada más, salvo dispensa especial. Por qué son admitidos? Porque liberan a los ciudadanos de tareas arduas y desagradables. En ese caso, el Estado es como una familia con sirvientes viviendo en ella. (Walzer, 1993:64)

Por otra parte, si el problema cultural pasa a ser el más conflictivo, como sostiene Huntington, una de las cuestiones más graves que enfrentan los procesos de integración es la calidad de la vinculación, en términos de ciudadanía, de los migrantes en dichos procesos, ya que los obstáculos culturales podrían exacerbar sentimientos de pertenencia que provocarían aislamiento o retraimiento cultural perjudicando una integración más plena, que tendría consecuencias incluso en el plano económico-comercial.

Precisamente porque los conflictos interculturales son cada vez más relevantes en la organización del poder y el orden de los Estados, pareciera que los procesos de integración, para que sean exitosos, deberían tomar en cuenta la calidad de la trama de relaciones que los migrantes puedan tener en el país al cual emigran, sobre todo entre los países que suscriben convenios económicos, pues mientras mayor sea la condición ciudadana que tengan los migrantes es de suponer que menos problemático será el proceso de integración y, por tanto, menor el nivel de discriminación y las expresiones de rechazo.

Nuevamente el tema central es a partir de qué valores (democráticos o instrumentales) se acepta la participación de los migrantes en las economías y sociedades nacionales, pues a pesar de que la gran mayoría de ellos no cumple con los requisitos legales de permanencia, realiza trabajos a un costo menor que los nacionales (lo que implica una discriminación que puede sostenerse precisamente por su condición de ilegalidad y de pre-ciudadanía) y que muchas veces los propios nacionales rechazan. En la medida en que los valores democráticos de equidad e igualdad prevalezcan sobre los valores técnico-instrumentales del mercado, probablemente habrá una mayor aceptación del otro, una mayor tolerancia al migrante y un mayor respeto por el multiculturalismo.

La presencia del migrante, del extranjero, parece provocar, en la sociedad receptora, un sentimiento de inseguridad y de amenaza que reforzaría otro de cohesión social frente al que aparece como distinto (26). Empero, también para el migrante atravesar la frontera tiene altos costos porque, en primer lugar, él es el rechazado por un otro que se siente invadido y porque, en segundo lugar, está viviendo además un proceso de desarraigo, abandonando lo que le es familiar y cercano por algo desconocido y hostil y donde, por lo general, carece de derechos ciudadanos. Este sentimiento de desarraigo, propio de la modernidad de acuerdo a Ortiz (1996:67) en tanto la movilidad constituye uno de sus rasgos, se vincula a los procesos de desterritorialización y reterritorialización mencionados anteriormente. Al abrirse las fronteras, los espacios y las culturas de referencia parecen desdibujarse dando lugar a la existencia de coincidencias o nuevas referencias ampliamente compartidas por su carácter global, poniendo en cuestión el tema de las raíces identitarias. Sin embargo, este fenómeno (llamado de desterritorialización) tiene su contraparte en que la vivencia de esas nuevas referencias globales se produce a partir de las propias identidades culturales; por tanto, existiría una apropiación diferenciada de las mismas, vinculada a los ámbitos locales. En tal sentido, el sentimiento del desarraigo sería vivido de manera compleja: por un lado, las referencias globales contribuyen a tener referentes que al no ser locales nos permiten reconocernos en los diferentes espacios como compartiendo una cultura global; por el otro, la necesidad de recurrir a referentes que nos identifiquen con una cultura específica, la propia, hace que los extranjeros, los migrantes, los desarraigados, tiendan a recrear sus costumbres fuera del marco local y a dar significado al nuevo entorno a partir de su especificidad cultural (proceso que ha sido llamado de reterritorialización) -porque, además, de esta forma también van delimitando ciertos espacios simbólicos en la sociedad a la que llegan- y a la vez se apropien de los símbolos globalizados a partir de la pertenencia a una cultura particular y a un determinado estrato socio-económico.

Así, la globalización sufre una lectura desde la particularidad local vía los medios, estando hoy lo local no atado al territorio sino especialmente a un sentimiento de pertenencia y a referencias a una comunidad que sí está situada espacialmente. En tal sentido, la producción de lo local puede ser espacial pero también virtual, y esta producción virtual está ligada tanto a los procesos migratorios como a los medios masivos de comunicación. Las tecnologías de información mass-mediática permiten hoy la reconstrucción de lo local no vinculado al espacio físico y así reterritorializarse imaginariamente en la diáspora (27).

De este modo, es posible apreciar la complejidad del multiculturalismo que, a partir de la migración, posee tanto efectos de desterritorialización como de reterritorialización virtual y simbólica. Sin embargo, este doble proceso genera un nuevo problema: no sólo se reproduce una cultura local en otros espacios territoriales, sino que se amplía el multiculturalismo, pues se crea un otro distinto tanto de su cultura originaria como de la nueva cultura a la que intenta insertarse, y dentro de la cual posee un carácter pre-ciudadano, porque no se trata de que los migrantes rechacen la integración a la sociedad receptora aferrándose a su cultura, sino que desde ella -por ser su ámbito de referencia y pertenencia específico y por tanto de seguridad- pretenden ingresar a la nueva. La pelea se daría entonces por el reconocimiento, primero en el plano cultural, y luego en el de los derechos ciudadanos (28).

La calidad de las redes sociales de los migrantes en los países receptores constituye un factor fundamental en tanto ayudan a su instalación y a conseguir empleo; sin embargo, por otra parte, suelen manifestar relaciones de poder que sirven de base para la explotación de los nuevos migrantes. Los empleos que los bolivianos suelen obtener gracias a estas redes son por lo general más precarios y de muy bajos ingresos, pero igualmente constituyen la alternativa para sobrevivir en el nuevo espacio. Existen, empero, otras variables que inciden en la obtención de un empleo; por ejemplo, cuanto mayor es el nivel educativo de los migrantes, más posibilidades tienen de acceder a empleos mejor pagos; sin embargo, la relación entre empleo y nivel educativo se ve afectada por la situación de legalidad o ilegalidad del migrante e incluso por los niveles de desocupación de la sociedad receptora; y en este sentido, las redes de solidaridad de los migrantes se refuerzan como ámbito clave para la ayuda.

Por su parte, la aceptación de relaciones de explotación puede comprenderse en el marco de las necesidades de los migrantes de obtener un empleo que les permita sobrevivir y generar ingresos, que además suelen ser más altos que los que pueden encontrarse en los países de origen. Pero además las relaciones de explotación se dan entre inmigrantes legales e inmigrantes ilegales, como es el caso de los bolivianos que trabajan para coreanos en São Paulo en el rubro de la confección y que suelen ser fuertemente explotados, o el de los mismos bolivianos que van a trabajar a Mendoza para la época de cosecha. Estas relaciones de explotación se basan en la conveniencia económica para coreanos, en un caso, y mendocinos, en otro, que implica contratar mano de obra boliviana porque es menos costosa que la brasileña o la argentina; por otro lado, los bolivianos logran también un dinero que probablemente no lo consigan en su país (29).

Hay que aclarar, empero, que los migrantes no son una categoría unívoca. Existen situaciones y ciclos diversos que se vinculan con el lugar de origen y el de llegada así como con las formas en las que se movilizan. Una hipótesis probable es que estos diferentes tipos de migrantes se asocien con: a) el mercado laboral y las posibilidades de empleo, es decir, con las situaciones específicas por las que estén atravesando tanto los lugares de origen como los de llegada; b) la calidad de las redes familiares en los lugares de llegada, en tanto medios que contribuyen a obtener empleo y a brindar un cierto espacio de futura pertenencia; c) las características socio-culturales del lugar de origen; por ejemplo, si la cultura vernacular es muy fuerte y los procesos de secularización son débiles, las redes familiares con las que se cuenta en el lugar de llegada son frágiles o recientes y sus integrantes trabajan en un mercado laboral poco remunerado y precario, probablemente las posibilidades de reconocimiento e integración de los nuevos migrantes son bajas, siendo exluidos y marginados (un ejemplo sería el de los bolivianos de la zona de Tarabuco que trabajaban como albañiles cuando estalló la bomba en la Asociación Mutual Israelita Argentina -AMIA-, en Buenos Aires); mientras que si los procesos de secularización son fuertes, se cuenta con redes familiares sólidas y se ocupan puestos medianamente bien remunerados y estables, las posibilidades de reconocimiento e integración son altas (un ejemplo serían los migrantes bolivianos a la Argentina que tienen título profesional o van a estudiar a la universidad).

Las redes sociales de los migrantes bolivianos no solamente constituyen un arma central para obtener un empleo; también cubren necesidades sociales de los migrantes que enfrentan una sociedad que, por lo general, los discrimina. El migrante intenta paliar su situación de fragilidad manteniendo una relación fuerte con la comunidad de bolivianos, a través del contacto con los centros de residentes, los campeonatos de futbol, la participación en las fiestas religiosas que se reproducen en la sociedad receptora. Sin embargo, estos espacios de reconstrucción y/o recuperación de la identidad tienen carácter ambiguo porque, por un lado, recrean distancias socio-culturales y económicas entre los migrantes y, por otro, al tiempo que facilitan el proceso de integración a la nueva sociedad sirven para mantener los vínculos con la comunidad de origen (30).

Es interesante observar, como lo plantea Grimson (1996), que la alta fragmentación de la identidad y el elevado nivel de regionalismo en Bolivia se suaviza ante el problema de la discriminación por parte de los argentinos, especialmente en Buenos Aires, donde además de ser vistos como otros (morenos, cabecitas negras) son asociados a villeros, reforzando una imagen negativa. Como respuesta defensiva ante el rechazo, los bolivianos dejan de lado sus particularismos y recuperan una identidad nacional que en la propia Bolivia es altamente segmentada y posee una débil conciencia. En la recuperación de esta identidad nacional en el exterior parecen jugar un rol clave las radios bolivianas creadas por los propios migrantes y residentes.

A diferencia de lo que ocurre en Buenos Aires, donde los bolivianos son reconocidos como tales y no por su identidad regional (siendo llamados despectivamente bolitas), en São Paulo, de acuerdo al estudio de da Silva (1996), los bolivianos parecen reproducir el regionalismo sólo hasta que deben enfrentarse con otros en tanto brasileños

Sin embargo, como en São Paulo los bolivianos no viven la misma situación enfrentada por los bolivianos en Argentina, las distintas identidades regionales tienden a manifestarse de manera más marcada y hasta conflictiva, y acaban demarcando los intereses y las diferencias socio-culturales de cada grupo dentro de la comunidad boliviana. (Da Silva, 1996:6. Traducción de los autores.)

Pero en São Paulo como en Buenos Aires, al no promoverse un intercambio cultural que permita un mayor conocimiento de los bolivianos, de su cultura, historia y situación actual, la imagen que se tiene de ellos está empañada por las noticias que dan los medios de comunicación y que, generalmente, tienden a reforzar una imagen negativa cuando asocian a los bolivianos al narcotráfico, la pobreza, la ilegalidad, etc.

En tal sentido, la formación de opinión que generan los medios provoca un conocimiento distrosionado sobre los migrantes que, por falta de una mayor interacción con los habitantes locales, conforma una falsa identidad, en el sentido ya mencionado de Taylor, que repercute sobre los propios migrantes en cuanto a la imagen que ellos construyen de sí mismos. Así, los medios pueden actuar como aceleradores de procesos de integración por un lado, pero también como distorsionadores y, en tal sentido, obstaculizan una integración más plena. Dos hechos recientes ejemplifican esta idea en torno al papel de los medios en tanto aceleradores u obstaculizadores de la integración. Uno, la destitución de un comisario en Ituzaingó, Provincia de Buenos Aires, cuando un migrante boliviano relató a autoridades judiciales haber sido detenido sin motivo por miembros de esta comisaría y haber sido maltratado física y psicológicamente, quedando en libertad bajo amenaza de muerte si relataba lo sucedido. Dos, el tratamiento que noticiosos argentinos dieron al problema sucitado cuando a fines de enero de 1998 un grupo de turistas argentinos quedó atrapado entre dos comunidades que estaban disputando entre sí en la frontera entre Potosí y Oruro; al referirse al hecho, desgraciado por cierto, los periodistas subrayaban con los términos que emplearon (refiriéndose a las comunidades como tribus y a sus jefes como caciques) la barbarie en la que viviría Bolivia y el peligro que entrañaría este país para los visitantes. Ambos hechos, reforzando el planteamiento de Appadurai, vistos en Bolivia por bolivianos y argentinos a través de canales de cable y en la Argentina a través de las emisoras locales.

Empero, la imagen negativa dada a los migrantes sería anulada cuando se establecen lazos de solidaridad por el reconocimiento de una identidad étnica común, aunque la nacionalidad sea distinta. Tal sería el caso de bolivianos y argentinos guaraníes, estudiado por Hirsch (1996), quien plantea la porosidad de las fronteras y la elasticidad de las identidades. Los guaraníes bolivianos han mantenido con más fuerza su identidad, lo cual genera en los guaraníes argentinos una cierta nostalgia y un reconocimiento de su propia identidad en ellos; los argentinos se han visto más favorecidos económicamente por la infraestructura a la que tienen acceso, generando en los bolivianos un deseo de mejorar también económicamente. Lo interesante es que, a pesar de tener un origen común sobre el cual se establecen fuertes redes solidarias, unos tienen lo que los otros desean y viceversa.

Finalmente, la difícil inserción de los migrantes bolivianos, tanto a nivel económico y legal como psicológico y socio-cultural, que por el solo hecho de tener que salir de su espacio familiar en la mayoría de los casos por motivos económicos conlleva un sentimiento de desarraigo e inestabilidad, debe enfrentarse con el rechazo de la sociedad receptora que los discrimina por ser distintos (cuando no hay una identidad étnica común, como en el caso de Buenos Aires) y por sentirse amenazados en momentos en que la Argentina vive un alto nivel de desocupación (31). Por tanto, a la estigmatización de la identidad se suma la discriminación económica.

Para terminar, el MERCOSUR crea nuevas posibilidades institucionales y nuevos problemas hasta ahora no planteados. Un ejemplo de ello son estos mismos textos debatidos en un seminario y proyectados en un programa de investigación. El problema que nosotros queremos dejar planteado como núcleo de una futura investigación es si estos acuerdos generan mayores posibilidades de reconocimiento ciudadano de los migrantes en el contexto democrático que viven nuestros países, y así mayor aceptación y reconocimiento del multiculturalismo, o si, por el contrario, refuerzan el rechazo hacia el otro al estar gobernados por una lógica instrumental de mercado. Una u otra orientación, creemos, determinará el rumbo de la democracia y la ciudadanía en nuestros países. Pero este es un tema que requiere de una investigación más profunda.


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Notas

1. Este artículo fue preparado en el ámbito del proyecto MOST "Mercosur : espacios de interacción, espacios de integración". Para informaciones más detalladas, consultar la Secretaría de MOST o la página www.unesco.org/most .

2. Castells, 1996.

3. Calderón y dos Santos, 1995:120.

4. Esto significa una radicalización del desarraigo de las cosas y los hombres. Basta mirar el ambiente que nos rodea: está poblado por objetos característicos de una civilización que se desterritorializó. Luz eléctrica, ómnibus, aviones, televisores, computadoras, supermercados, shoppings, calles, avenidas, aeropuertos, expresan la materialización de la técnica como determinante ecológico. Estamos penetrados por la modernidad-mundo, ella nos acompaña en "todos" los lugares. (...) Hoy nos encontramos con una singularidad de costumbres. (...) Los diversos grupos sociales comparten incluso un imaginario colectivo común, compuesto por signos comerciales, imágenes de cine y televisión, posters de artistas, cantantes de música pop, etc." (Ortiz, 1996:38)

5. Para un análisis de los fenómenos de desterritorialización y reterritorialización, véase Appadurai, 1990 y 1996.

6. Cabe mencionar, que el multiculturalismo no se refiere únicamente al encuentro de culturas de diferentes países, pues un mismo país suele albergar distintas identidades; por tanto, el conflicto que puede surgir de ese encuentro también plantea problemas al interior de las propias naciones.

7. Para un análisis de los procesos de diferenciación en América Latina, véase Calderón y Lechner, 1996.

8. Véase al respecto el ensayo de Charles Taylor, 1992:43.

9. En este sentido, podría decirse que existen dos tipos de actitudes en quienes buscan una alternativa fuera de sus lugares de origen: una actitud pasiva relacionada con la expulsión, es decir, los individuos dejan sus comunidades porque no tienen otra alternativa para sobrevivir, y una actitud activa relacionada con la búsqueda de satisfacción de expectativas, las cuales son generadas por los medios de comunicación y por las propias redes de migrantes que desde otros países, regiones o ciudades, incentivan la migración de nuevos contingentes.

10. En este sentido, Kymlicka (1996:141) agrega: "Permitir que los inmigrantes procedentes de países pobres recreen su cultura societal puede ser una forma de compensar nuestro fracaso en proporcionarles una oportunidad justa y una vida digna en su propio país".

11. Cf. Touraine (1996:215), quien se pregunta: "¿Es posible hablar de turcos en Alemania, de algerianos o marroquíes en Francia, de jamaiquinos en Gran Bretaña, solamente en términos culturales?" (Traducción de los autores.)

12. Véase Taylor, 1992:85-91.

13. CEPAL, 1994:10.

14. Desde una visión que destaca la fuerte impronta económica que tienen estos acuerdos, Getino (1997:302) sostiene: "Ideología de la competencia individualista y cultura del consumo se erigen en los principales pivotes de este tipo de proyectos. Y en la medida que el principal objetivo de las grandes empresas locales o multinacionales no es el bien común de quienes conforman un proyecto de Nación, sino la disputa de una franja mayor de poder sobre el mundo, la integración crece en el campo empresarial pero sólo con la misma intensidad con que lo hace la desintegración del Estado y de la comunidad, tanto institucional como social y territorialmente".

15. Para el caso de los migrantes bolivianos a la Argentina, véase, entre otros, los trabajos de Telles, 1995; Maguid, 1995 y 1997; Montoya y Perticara, 1995, Lattes, 1996.

16. La idea de que el MERCOSUR se fundamenta principalmente en aspectos culturales comunes a los distintos países que lo integran, relativizada en este texto, puede verse en Recondo (Comp.), 1997:39. El propio Recondo, sin embargo, destaca la impronta economicista que rige este acuerdo. Por su parte, los esfuerzos realizados en el sentido de lograr un mayor acercamiento cultural pueden evidenciarse por ejemplo en la realización de la Primera Bienal de Arte del MERCOSUR (realizada en la ciudad de Porto Alegre, Brasil, en octubre-noviembre de 1997) o en las reuniones especializadas en cultura que aprobaron la constitución de comisiones para abordar algunos problemas como los concernientes a industrias culturales, patrimonio, legislaciones, capacitación cultural, redes de información, etc. Sin embargo, son escasos los esfuerzos en el plano de la educación orientados a adecuar los programas de historia para estudiantes de colegio que tiendan a conformar una mayor conciencia ciudadana en cuanto al tema de la integración; aunque, por otra parte, han habido avances en cuanto al reconocimiento de títulos escolares.

17. Cf. Postel-Vinay, 1990. Según Huntington (1996:118), que da importancia fundamental a la fuerza de la pertenencia a una civilización determinada como fundamento de los futuros conflictos entre naciones, las diferencias culturales entre Japón y Estados Unidos "exacerban el conflicto económico. Los de cada lado acusan de racismo al otro, pero, por lo menos del lado americano, la antipatía no es racial, sino cultural. Los valores fundamentales, las actitudes mentales, las pautas de comportamiento de las dos sociedades difícilmente pueden ser más diferentes. Los problemas económicos entre Estados Unidos y Europa no son menos graves que entre Estados Unidos y Japón, pero no tienen la misma prominencia política e intensidad emotiva porque las diferencias entre la cultura americana y la europea son mucho menores que las que hay entre la civilización americana y la civilización japonesa."

18. Para una perspectiva en este sentido sobre la Comunidad Europea véase Morin, 1990.

19. "La actitud del zapatismo en México, que se lanzó a la acción en Chiapas el mismo día que entraba en vigencia el Tratado de Libre Comercio, traduce un rechazo expreso al sueño de ingresar al Primer Mundo, el que no aceptaría integrar aunque se le brindara una posibilidad cierta de acceder a él, por la sencilla razón de que esos indígenas y mestizos pobres se sienten partícipes de otra visión del universo, de otros valores, y tal ingreso implicaría una renuncia cobarde a los mismos, acaso la mayor de las capitulaciones, como lo es travestirse para halagar a los modelos que siempre los oprimieron". (Colombres, 1997:126)

20. Véase Recondo, 1997.

21. Véase al respecto Appadurai, 1996:12.

22. Para la producción del ámbito local en un mundo globalizado, véase Appadurai, 1996.

23. Cf. CLACSO, 1989.

24. Sin embargo, como lo demuestran diversos estudios sobre el caso de los migrantes bolivianos a la Argentina, citados en nota 14, los migrantes tienden a ocupar puestos de trabajo que los nacionales rechazan y que suelen ser poco calificados; en todo caso, se ha demostrado que no inciden en la demanda de mano de obra como para afectar a la población económicamente activa nacional.

25. "La inmigración norteafricana a Francia produce hostilidad entre los franceses y, al mismo tiempo, un aumento de la receptividad hacia la inmigración de ‘buenos’ polacos católicos europeos. Los estadounidenses reaccionan mucho más negativamente hacia las inversiones japonesas que hacia las inversiones, más cuantiosas, de Canadá y de los países europeos. De la misma forma, como ha senalado Donald Horowitz, ‘un ibo puede ser un ibo owerri o un ibo onitsha en la antigua región oriental de Nigeria. En Lagos, es sencillamente un ibo. En Londres, es un nigeriano. En Nueva York, es un africano’." (Huntington, 1996:110)

26. A través de la colocación o fijación ceremonial de los marcos o los límites, un espacio determinado del suelo es apropiado por determinado grupo, de manera que si un extranjero penetra en este espacio reservado, comete un sacrilegio, del mismo modo que si un profano penetra en un bosque sagrado o en un templo". (Van Gennep, citado por Ortiz, 1996:29)

27. Véase Appadurai, 1996.

28. Por ejemplo, el boliviano que se va a Buenos Aires deja de ser reconocido amplimente como tal por los bolivianos que viven en Bolivia, porque el que se va cambia, y además en la Argentina no posee derechos ciudadanos. Sin embargo, tampoco es argentino, pues intenta mantener su cultura al tiempo que desde ella pretende integrarse al nuevo medio (que generalmente desvaloriza su cultura) y tampoco pusee derechos ciudadanos en el nuevo país de residencia.

29. Véase García, 1996.

30. Para Bologna y López G. (1997:9), las instituciones de los bolivianos "constituyen un espacio de adaptación y contribuyen al mismo tiempo a la formación y sostenimiento de una trama de relaciones sociales que favorece simultáneamente la integración conservando los vínculos con el lugar de origen, cumpliendo así un rol ambivalente que, al tiempo que mantiene lazos, evita el fracaso de la migración".

31. Históricamente la migración limítrofe en la Argentina no ha representado un peligro para los trabajadores nacionales pues esta migración en general ha ocupado empleos que los nacionales rechazaban por ser mal pagos e inestables. Si bien el aumento del desempleo puede estar cambiando esta situación, se ha comprobado que los migrantes no tienen ningún peso en los altos niveles de desocupación (Maguid, 1997), acusación que suele reforzar un sentimiento xenófobo.


Los autores

Alicia Szmukler B., Sociologa argentina. Trabajo en el Consejo latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), con sede en Buenos Aires, y actualmente reside en La Paz, Bolivia, siendo catedrática de la Universidad Católica Boliviana e investigadora en temas de sociología de la cultura.

Fernando Calderón G., Sociologo boliviano. Ha sido profesor en las universidades de Austin, Texas, de Chicago y de la Universidad Mayor de San Andres en la Paz, Bolivia. Fue Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), investigador de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y actualmente se desempena como Asesor en Desarrollo Humano del programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Bolivia.


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