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Gestión de las Transformaciones Sociales - MOST

Documentos de debate – n° 58



Centro y regiones en México ante la
gobernabilidad democrática local.
por
Jaime Preciado Coronado

- COMENTARIOS Y REACCIONES -

Comentario de Santiago Castro:

"El escrito de Jaime hace una importante reflexión sobre el proceso de descentralización que se está llevando a cabo actualmente en México. Un recuento de los numerosos obstáculos y desafíos que enfrenta la gobernabilidad democrática en este país, nos ofrece un interesante diagnóstico de la viabilidad del proceso emprendido por el actual presidente Fox.

Sin embargo, aunque en al principio contextualiza este proceso en un marco de circunstancias bastante amplias y que implican variadas tendencias sociales (“multiplicidad y complejidad de los problemas”, “participación ciudadana post-electoral”, redes interdependientes”, “interés de la denominada sociedad civil”, etc.), su análisis parece restringirse a una perspectiva político-institucional. Así, de entrada se define la “gobernabilidad” (base del análisis, puesto que indicador de la viabilidad del proceso) como “una doble capacidad para explicar exitosamente un proyecto de gobierno y para procesar institucionalmente los conflictos derivados de ello”. Lo cual se distingue claramente de la “gobernancia” (a la que se refiere por ejemplo el discussion paper n° 53), la cual nos refiere a una concepción más amplia, no limitada a lo político-institucional, sino abierta también a procesos político-sociales y asociativos en general. De esta manera, la contextualización anunciada al principio, el marco bastante amplio de tendencias sociales, no se manifiesta claramente.

Es así que, en una primera parte del escrito, el análisis sólo permite encontrar los arreglos institucionales necesarios para hacer frente al vacío de legitimidad que amenaza la democracia mexicana y el proyecto de gobernabilidad foxista, pero no se ve cómo los movimientos sociales y los actores no-gubernamentales podrían eventualmente jugar un papel positivo en tal transición. Sólo en una segunda parte (“Los actores de la descentralización y la gobernabilidad democrática en México”), se intenta integrar la actividad de dichos actores sociales no-gubernamentales, mostrando aspectos de los procesos de ciudadanía y participación de la sociedad civil que contribuyen a la pluralidad política, a la descentralización y democratización del poder, y favorecen la gobernabilidad ya que legitiman la acción gubernamental. Pero, al establecer este lazo entre la actividad de la sociedad civil y la gobernabilidad institucional, no se trata en ningún momento de la capacidad que la sociedad civil está creando ella misma para solucionar sus problemas y aumentar a partir de sí misma la democratización social, ni tampoco de su potencial en el establecimiento de relaciones sociales directas que estimulan la participación y el diálogo democrático permitiendo además que al asociarse, los ciudadanos puedan ejercer una presión significativa con sus demandas de redición de cuentas. Es decir que de nuevo, en esta segunda parte, el análisis se restringe a la capacidad del poder político-institucional para gobernar a partir de la legitimidad que otorga la participación ciudadana (“gobernabilidad”), pero no se considera el potencial intrínseco a la sociedad civil, o lo que algunos autores denominan la “gobernancia” democrática.

De esta manera, no parece reconocerse que a partir de la sociedad civil pueda generarse una alternativa de desarrollo democrático (lo cual se puede debatir a partir de posiciones opuestas como la que se encuentra claramente expuesta por ejemplo en el discussion paper n° 53) sino que la gobernabilidad democrática sólo podría encauzarse desde el poder público (la organización de la sociedad civil sólo ayudaría a este proceso en la medida en que legitima el poder institucional). Tan es así que se afirma que “el inicio de la construcción de la sociedad civil, (...) se encuentra en intereses privados”, con lo cual ni siquiera parece reconocerse que la dinámica de la sociedad civil pueda presentarse a partir de lógicas alternativas no-egoístas, desconociendo justamente que muchas asociaciones ciudadanas y ONGs se distinguen de otras entidades privadas (sobretodo aquellas que adoptan la lógica del mercado) por ser “sin fines de lucro”. Al desconocer que muchas organizaciones de la sociedad civil se ubican en lo que algunos autores denominan un “Tercer Sector” (no-gubernamentales pero tampoco privadas), se ignora su capacidad mediadora entre el Estado y el mercado, entre los ciudadanos y las instituciones públicas, capacidad que puede generar justamente articulaciones democráticas alternativas. De esta manera, poner los intereses privados al inicio de las organizaciones civiles, es desconocer la cooperación entre los ciudadanos que existe en los movimientos sociales, es desconocer la capacidad existente en la sociedad civil para establecer lazos horizontales (que por lo tanto no vienen de arriba, del poder institucional) y relaciones recíprocas que son fundamentales en la conciencia de lo público y en el funcionamiento democrático.

Por otra parte, como ya anotamos, al inicio del texto se contextualiza el proceso de descentralización asociada con la gobernabilidad democrática, en un marco de tendencias sociales que desarrollan las condiciones de este proceso. A primera vista el lector podría entonces pensar que se intentará hacer un análisis que relacione este proceso con las tendencias sociales que le están ligadas. Sin embargo, se puede tener la impresión que en vez de establecer una relación constante lo que se hace es una división en dos partes. Así, la primera parte del escrito enumera los obstáculos que se oponen a las instituciones mexicanas en su proceso de descentralización mientras que la segunda parte trata de los actores de la sociedad civil y sus interacciones. Es así que, en vez de un análisis conjunto, se puede tener la impresión de dos partes sobrepuestas. En este sentido hace falta desarrollar la relación entre ambos fenómenos desde la primera parte.

Por ejemplo, no se dice nada de las reformas que dan prioridad al desarrollo de las micofinanzas, las cuales no sólo son claves en el programa de lucha contra la pobreza del actual presidente, sino que además constituyen un lazo directo entre la gobernabilidad institucional (ya que se aumentan las capacidades de acción política gubernamental puesto que los organismos microfinancieros están ligados al Estado y aumentan su legitimidad) y la “gubernanza” de la sociedad civil (ya que por ejemplo los más pobres podrán realizar proyectos individuales o colectivos, sin ánimo de lucro o movidos por intereses privados, que antes no eran posibles ya que excluidos de del acceso a los recursos mínimos) .

En el mismo sentido, cuando se nombra la “procuración y administración de justicia” como uno de los principales retos de la gobernabilidad en México, por qué limitarse a citar el descrédito que las instituciones gubernamentales (especialmente el poder local) deberán ellas mismas enfrentar por sus conductas delictivas, y no sacar mayores conclusiones del papel que pueden jugar por ejemplo las ONGs de derechos humanos, justicia y verdad, en la defensa, a partir de la sociedad civil misma, de éste bien público tan necesario para el buen funcionamiento de la democracia. Si la gobernabilidad en el proceso de descentralización es la problemática central, por qué no ampliar en ese momento de la primera parte el análisis de aquella actividad social que la favorece, incluso si ésta no emana de las instituciones federales?

Acaso no se reconocen los elementos que favorecen la gobernabilidad pero que no emanan del poder político-institucional? Para responder a esta última pregunta habrá que referirse a la segunda parte donde el autor promete al fin hacer el lazo entre la sociedad civil mexicana y el aparato político institucional. Pero de nuevo se puede tener la sensación que queda faltando un análisis y una conclusión general que concreticen el enlace en un análisis de conjunto ya que en esta parte sólo se hace un recuento de diferentes experiencias de la interacción de la vida pública y civil, para luego afirmar que la influencia de la sociedad civil contribuyó a impulsar el cambio pero “no era ni es suficiente para consolidar la democracia. Por lo que el fortalecimiento del sistema político fue y sigue siendo necesario.” Casi como si esta segunda parte estuviera por añadidura ya que desde la primera parte era claro que la solución a los problemas de gobernabilidad democrática en México se da en la reforma del Estado. No se niega que el fortalecimiento del sistema político sea necesario (la primera parte lo deja bastante claro), pero si hubiera quedado igualmente claro cómo las tendencias sociales dominantes del proceso de transformación que se anunciaron en la introducción inciden en la gobernabilidad democrática y cómo la relación entre cambios institucionales y cambios sociales en México podrían aumentar (aunque todavía no logren consolidar) la gobernabilidad democrática en México, entonces se vería el enlace de conjunto que permitiría concluir si el fortalecimiento de la sociedad civil no es necesario al igual que lo es el fortalecimiento del sistema político."

 

Reacción de Jaime Preciado, autór del documento del debate:

"Es cierto el hincapié institucional que señalan sobre el documento. Sin embargo, no pretendimos con eso desvirtuar el papel de la Sociedad Civil en el proceso de descentralización. Es necesario reconocer que existe una relación positiva de reciprocidad en las interacciones entre el aparato institucional y la Sociedad Civil, y que de hecho, los procesos político-sociales que estamos viviendo tienen como motor impulsor a esta última. En realidad, los nuevos espacios de participación ciudadana han sido fruto de una labor constante de sus organizaciones, que han hecho patente la necesidad del gobierno de adaptarse a una nueva sociedad más crítica, exigente, demandante y con una inusitada capacidad de acción y movilización.
Cuando hacemos referencia a “el avance democrático (de la región latinoamericana en general, y de México en particular) de los últimos años, que comienza a impulsar con voces más firmes el debate sobre la democracia local y la participación ciudadana post-electoral” y “el aumento de las capacidades locales (gobierno, comunidades e individuos) para resolver sus problemas y el interés de la denominada sociedad civil por convertirse en sujeto activo de su propio desarrollo”, como “tendencias dominantes que vienen desarrollando las condiciones de este proceso”, es a eso justamente que nos referimos, así como al entendido de un proyecto de gobierno fundamentado en el consenso, la participación y la corresponsabilidad ciudadana, que es el mote de la definición democrática de la gobernabilidad.
Entiendo que el no encontrar un apartado dentro del paper dedicado a desarrollar estos puntos parece minimizar su consideración, pero nada más lejos de nuestra pretensión. Lo que pasa es que la acción de las redes ciudadanas en México presenta una importante tendencia de desarrollo, cuyos principales obstáculos pueden provenir precisamente de las limitaciones institucionales (recordemos sus etapas incipientes, obstaculizadas por la represión y el recelo). Los retos de la sociedad civil, tanto como los del aparato institucional son los de la reforma del sistema político, y sobre todo los de la reforma del sistema de partidos, su escasa representatividad popular, y por ende, los problemas de legitimidad que supone. No es una mera obsesión el hincapié en la necesidad de legitimidad del aparato institucional, sin que con esto se quiera reducir el papel de la sociedad civil al de “legitimadora” de la acción gubernamental.
Para nadie es un secreto que existe una nueva conciencia de civilidad que ha representado un impulso creciente a los temas de participación ciudadana post-electoral, que las nuevas tecnologías de telecomunicaciones y los medios masivos han jugado un papel central en la capacidad de convocatoria, movilización y presión de los sectores sociales demandantes, además de que han representado espacios innovadores para la propuesta y la participación. Pero la dificultad está en que si bien existe un marcado interés por parte de la rama ejecutiva y de algunas dependencias de la administración pública de incorporar a las redes sociales a un proyecto participativo o de respaldo social (señalábamos la creación de la Coordinación Presidencial para la Alianza Ciudadana, o la inclusión en puestos clave de miembros de importante trayectoria en los frentes cívicos, así como la apertura de comisiones consultivas para la sociedad civil en diversas dependencias y las invitaciones a numerosos foros de consulta). Del otro lado, una buena parte de las decisiones importantes del poder público no son permeadas por la presión social (por ejemplo, la dolorosa miscelánea fiscal o el aumento de salarios y exenciones a burócratas), pero no porque esta no exista o no se manifieste de manera efectiva, sino porque en el diseño de nuestro sistema político, no existen instrumentos efectivos de rendición de cuentas y en cambio hay una crisis de representatividad de intereses en algunos poderes (los legisladores atienden a la lógica partidista y no social).
La falta de coordinación política entre poderes es un factor decisivo que mina la gobernabilidad. Por ejemplo, el énfasis del ejecutivo en el impulso de la microeconomía (los microcréditos para los nuevos “changarros”, el Banco Nacional de Servicios Financieros (BANSEFI), los proyectos de desarrollo comunitario en localidades expulsoras de mano de obra como el “dólar por dólar”), que como bien señalan, podría aportar un gran capital de legitimidad al gobierno, dado que está vinculado con programas gubernamentales de impacto social, en la realidad compite con las medidas carentes de base social que el legislativo aprobó en la miscelánea fiscal y que minan la legitimidad del conjunto gubernamental y no sólo de la rama legislativa. Lo urgente desde esta perspectiva es reformar el sistema político, claro que esta reforma habrá de ser -y de hecho ya está siendo- impulsada desde la sociedad civil, pero el énfasis en señalar los problemas institucionales es el interés de identificar los mismos retos de la gobernabilidad democrática, que son los de la sociedad civil.
Como señalamos en el paper, “la alternancia en el gobierno federal mexicano ha fortalecido la separación y diferenciación entre el Ejecutivo y el Legislativo; así como una mayor independencia del Poder Judicial”... “Desafortunadamente, aún no se ha logrado la cooperación deseada para sacar adelante los asuntos más trascendentes de la agenda nacional, pero la demanda y presión de las organizaciones ciudadanas, expresadas sobre todo a través de los espacios de opinión pública generados en los medios masivos de comunicación, apuntan hacia la cooperación entre los actores políticos”. Aunque de momento, “tales llamados no tienen una respuesta positiva en los actores políticos”.
Nosotros no desestimamos la capacidad propia de las organizaciones de la sociedad civil para solucionar sus problemas, de hecho lo apuntamos al inicio del paper como una de las tendencias conductoras del proceso de descentralización. Tampoco dejamos de reconocer que la dinámica de la sociedad civil puede y de hecho se presenta a partir de lógicas alternativas no egoístas. Cuando apuntamos que “el inicio de la construcción de la sociedad civil, (...) se encuentra en intereses privados”, nos referimos a que a diferencia de las relaciones sociales tradicionales, las redes de organizaciones civiles tienen su origen no en la interacción espontánea y natural de los lazos familiares o laborales sino en la búsqueda individual de sociedades con intereses afines. Como afirma Castells (2001) se trata de una nueva sociabilidad, donde “lo más interesante es la idea de que son comunidades personales, comunidades de personas basadas en los intereses individuales y en las afinidades y valores de las personas”. De allí que apuntamos que la mayor parte de las mismas se encuentran sectorizadas o regionalizadas y no desarrollan un programa aglutinador de envergadura nacional. Lo que sí se está dando de forma creciente es el mutuo reconocimiento entre organizaciones con intereses particulares (lo que señalan de las relaciones horizontales), lo que está dando origen a foros más plurales que abordan las mismas problemáticas desde énfasis distintos.
Finalmente, tampoco desconocemos la capacidad mediadora de estas organizaciones entre el Estado y el mercado. Por un lado, reconocemos que el desarrollo de la sociedad civil está vinculado con el desgaste y la ineficiencia tanto del aparato institucional como del mercado, pues su labor principal se concentra en aquellos rubros donde la acción del Estado y los beneficios del mercado no llegan. Mientras que por el otro, el denominado “Tercer Sector” ofrece ventajas sobre ambas instancias: una mayor transparencia en el manejo de los recursos, que incentiva la captación; una mayor efectividad, dado que los recursos se aplican en la búsqueda de resultados y no se diluyen en las derramas burocráticas; una mejor distribución de los beneficios de la acción, dado que sus móviles no responden a fines políticos ni de beneficio económico. Esto ha dado pie desde la década de los noventa a un fenómeno de coparticipación a través de proyectos de coinversión entre el gobierno y algunas organizaciones civiles. Lo interesante es ver en qué medida las experiencias de estas organizaciones pueden ser exportadas hacia las diferentes escalas de los gobiernos tanto locales como federal para hacer eficientes sus propias políticas a través de la descentralización.
Reconocemos una serie de omisiones que dan pie a realizar inferencias como las que se apuntan, pero éstas se desprenden principalmente de la dificultad para abarcar en un paper todos los referentes de un tema tan vasto. Sin embargo, la oportunidad de apuntar reacciones al paper permite ampliar un poco más la visión que se pretende ofrecer.
Castells, Manuel (2001), “Internet y la sociedad red”, conferencia inaugural del programa de doctorado sobre sociedad de la información y del conocimiento en Universitat Oberta de Catalunya (OUC)."

Las ideas y opiniones expresadas en esta publicación son las del autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de la UNESCO.

 


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