Colección de Lenguas Indigenas

Patrimonio documental propuesto por México y recomendado para su inclusión en el Registro de la Memoria del Mundo en 2007.

El patrimonio aquí propuesto es un conjunto de 166 volúmenes que contienen 128 títulos, conservado en la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco "Juan José Arreola" en Guadalajara (México). Los libros están escritos en lenguas indígenas o contienen estudios de esas lenguas, y se hicieron con fines de evangelización durante el período colonial y el siglo XIX. Esta llamada Colección de Lenguas Indígenas debe su existencia a una serie de circunstancias históricas que confluyeron principalmente en lo que hoy conocemos como México. Sus volúmenes contienen información inestimable sobre cuatro siglos de aculturación religiosa, e ilustran las modificaciones sufridas por lenguas que se hablaron en una región de las Américas que se extendía más allá de las fronteras actuales de la República Mexicana. Son ilustrativos, además, del desarrollo de la historiografía lingüística y la lingüística histórica.
La propia existencia de libros escritos en lenguas amerindias en los primeros tiempos de la colonia en México es algo cuya importancia sería imposible exagerar. En su desarrollo cultural, las antiguas lenguas americanas cultivaron tradiciones orales que a menudo se completaban con escritura pictográfica. Con el comienzo del contacto con Europa, esas tradiciones empezaron a ponerse por escrito utilizando el alfabeto latino, que fue adaptado para poder representar las lenguas vernáculas mesoamericanas. De ese modo sería viable registrar el habla de los grupos autóctonos y reproducirla a distancia, junto con elementos de gramática y la mayoría de los elementos fonéticos. Es precisamente este aspecto lo que pone de relieve la naturaleza única de este material, ya que, como es bien sabido, muy pocas de las situaciones de contacto entre el Occidente y las culturas de otras latitudes en la época colonial dieron como resultado registros de las lenguas nativas. E incluso allí donde éstos se produjeron, el estudio especializado de esos materiales no surgió hasta mucho tiempo después, como había de suceder en las colonias de Norteamérica, Australia y África. De hecho, en la mayoría de esos escenarios habría que esperar al nacimiento de la etnología y la lingüística modernas en el siglo XIX para encontrar un interés por el análisis sistemático de las lenguas de pueblos indígenas.
En el caso de la colonización española, el marco jurídico trazado para legitimar la permanencia de los españoles en aquellas tierras obligaba a la Corona a justificar esa presencia entre los pueblos indígenas enarbolando la causa de la evangelización. Desde el primer momento, esa iniciativa de aculturación religiosa se encomendó a las Órdenes Mendicantes –franciscanos, dominicos, agustinos–; algo más tarde participaron también en ella los jesuitas y el clero secular. Presente en la religión cristiana desde los tiempos apostólicos, el dominio de lenguas era para los misioneros una faceta indispensable de la predicación.
Las tres primeras órdenes arriba mencionadas habían estado implicadas en experiencias de evangelización desde el siglo XIII, y como consecuencia habían forjado una serie de estrategias para la cristianización que incluían la predicación en lengua vernácula, a fin de asegurar la recta comprensión del mensaje religioso por los conversos recientes. Fue así como una necesidad de comunicación para transmitir un credo religioso condujo al estudio sistemático y el registro de una pluralidad de lenguas que desde entonces la lingüística moderna ha clasificado en no menos de 18 familias diferentes.
En aquel momento de excepción, la cultura conquistadora poseía ya una serie de herramientas conceptuales que la ayudaron a aprender la estructura de las lenguas mesoamericanas: en Europa el humanismo había empezado preconizando el estudio y la recuperación de la estructura del latín, que a juicio de los humanistas había sido adulterado en el período medieval. Esa perspectiva, combinada con la experiencia de traducir las lenguas clásicas, llevó a acuñar una serie de procedimientos y reflexiones no sólo sobre la estructura de aquellas lenguas, sino también sobre el lenguaje en general y sus especificidades expresivas. Poco a poco se empezó a aplicar esas ideas al estudio de las lenguas europeas derivadas del latín vulgar. Tanto la italiana como la castellana habían sido sometidas a esos análisis, la primera por Dante y Lorenzo Valla, la segunda por Antonio de Nebrija y más tarde por Juan de Valdés. De hecho Nebrija elaboró una gramática de la lengua castellana, pero sería su gramática latina la que sirviera de modelo para el estudio de las lenguas indígenas americanas.
Las circunstancias mencionadas espolearon la elaboración de una serie de Artes o Gramáticas de las lenguas del Nuevo Mundo, junto con otros textos en dichas lenguas vernáculas: vocabularios, manuales de confesor, catecismos o sermonarios. La temprana llegada de la imprenta a la Nueva España, ya en 1539, propició la publicación de tales materiales en letras de molde y contribuyó a fijar y divulgar los estudios realizados por los misioneros. Así, la fecha temprana y el carácter sistemático del contenido de estos libros prestan a esta particular colección un doble valor histórico-cultural. En primer lugar, tiene un gran valor desde la perspectiva bibliográfica debido a las particularidades del papel, la composición y la tipografía empleados en aquellas primeras impresiones, y porque la publicación de textos en lenguas indígenas vino a ser un género especialmente popular para las primeras imprentas de América del Norte. En segundo lugar, la colección posee un enorme valor lingüístico, ya que conserva tanto registros auténticos de las lenguas indígenas, algunas de las cuales han desaparecido para siempre, como las herramientas conceptuales que se utilizaron para estudiarlas. Respecto a las lenguas que todavía se usan en la actualidad, aunque su número de hablantes sea cada día más reducido, estas gramáticas tempranas conservan registros de las formas que presentaban en el momento del contacto con los españoles, tal como las captaron los misioneros. Puesto que las lenguas, entendidas como seres "vivos" y dinámicos, cambian a lo largo del tiempo, estas artes, vocabularios y catecismos preservan un momento específico en la historia de cada uno de esos idiomas. Un ejemplo particularmente elocuente es el del náhuatl, la lengua más hablada en la Mesoamérica prehispánica. En este caso la variante registrada por aquellos primeros autores monásticos se cataloga ahora como el antepasado "clásico" de sus manifestaciones contemporáneas.

  • Año de presentación: 2007
  • Año de inscripción: 2007
  • País: México
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