Planificación de emergencia (Norma 19)

Durante un proyecto arqueológico pueden haber numerosos incidentes y una buena planificación pasa por elaborar planes de actuación en caso de emergencia. Los planes de emergencia (también conocidos como “planes de seguridad” o “planes B”) son estrategias concebidas de antemano para hacer frente a cualquier incidencia y reaccionar con rapidez en caso de peligro, accidente o cualquier otra emergencia. Estos planes son imprescindibles para garantizar que un proyecto sobrevive a un percance serio y se recupera en el mínimo tiempo posible y al menor coste. Se componen de distintas estrategias y de un plan para tomar medidas adecuadas y lidiar con cualquier desviación del plan original, basado en suposiciones hechas al inicio del proyecto.

En realidad, los proyectos arqueológicos que incluyen la excavación se basan siempre en una serie de suposiciones previas. Al fin y al cabo, su objeto es la exploración de aquello que no se conoce. Aun así, como sucede en cualquier otra ciencia, las operaciones se pueden planificar para que sean controlables, siempre y cuando se proceda paso a paso y se contemple desde el principio una amplia gama de posibilidades. Un hallazgo puede componerse de materiales que requieran los cuidados de un especialista; la documentación puede ser más complicada si las características son difíciles de interpretar; el yacimiento puede estar enterrado a mayor profundidad de la que se había previsto... Estos imponderables son habituales en cualquier actividad arqueológica, de todos modos, y si una parte resulta ser más larga y complicada de lo previsto inicialmente, puede que otra lo sea menos. Además, el plan del proyecto puede priorizar ciertas actividades y considerar otras opcionales.
 

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Contigencias


Las actividades arqueológicas realizadas sobre el agua o bajo el agua se distinguen porque dependen enormemente del buen funcionamiento de los equipos y las condiciones ambientales. El estado de la mar, las condiciones meteorológicas, las mareas, los cambios en la corriente y las arenas movedizas son factores determinantes para la buena marcha de un proyecto. Como es lógico, el grado de visibilidad subacuática será también un factor de peso para la documentación visual o fotográfica. Hasta cierto punto, todos estos factores pueden preverse. En el estudio preliminar se detallarán las condiciones meteorológicas que pueden esperarse en la época del año en cuestión. Ciertas actividades del proyecto requerirán el buen estado de la mar, aunque a todas les beneficiará. Si las condiciones son variables, el plan –y, lo que es más importante, el equipo– debe ser flexible para sacar el máximo partido a los periodos en que las condiciones son favorables.

Cuando el tiempo empeore ya podrá recuperarse de este esfuerzo adicional. Si las condiciones son más estables no hace falta dar el máximo y es posible relajarse. En lo que hace el equipamiento, las precauciones nunca son excesivas. Es esencial disponer de equipos de seguridad que puedan ponerse en marcha con rapidez si falla un compresor, una bomba, un generador o un motor fueraborda. Aun así, habrá siempre algún eslabón más débil en la cadena y los contratiempos pueden encadenarse y llegar a ser una grave amenaza para el proyecto. Al margen de la reacción ante emergencias puramente arqueológicas y las disposiciones logísticas para garantizar que los equipos llegan antes de necesitarlos y los operadores especializados están disponibles cuando se les necesita, hay otros aspectos que deben formar parte de la evaluación de riesgos de una solicitud de financiación.

Se deben contemplar, entre otras posibilidades:

  • Las condiciones meteorológicas extremas;
  • Las incidencias de orden jurídico (revocación de permisos, contratos sin firmar, etc.);
  • Las averías de equipos costosos o del barco de investigación;
  • Los accidentes (situaciones de emergencia del personal, etc.); y
  • Los problemas de financiación (interrupción repentina de la financiación, retrasos en el cobro de los subsidios previstos, etc.)

Para toda actividad arqueológica debe elaborarse un perfil de riesgo basado en la evaluación de los factores de riesgo externos o internos, que incluya disposiciones de emergencia y cursos de acción alternativos. Por otra parte, se debe sopesar la posibilidad de contratar un seguro que, según el caso, puede cubrir el proyecto entero o ciertos riesgos particulares (aunque se haya planificado ya el modo de evitarlos o afrontarlos). Entre estos peligros están los accidentes de buceo, que pueden ser muy graves.

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Interrupción de la financiación

Los planes de emergencia deben abarcar cualquier contingencia. En este sentido, merecen especial atención los recortes imprevistos de la financiación. La Norma 19 alude a esta posibilidad y se centra en las consecuencias que puede tener dicha interrupción para el patrimonio cultural subacuático. Si el proyecto es de carácter no destructivo, las consecuencias pueden ser menores. Pero aunque ése sea el caso, es preciso garantizar que la documentación se conserva, pues será esencial para los estudios preliminares sobre la futura gestión y disfrute del patrimonio en cuestión. Si, por otro lado, el proyecto incluye actividades destructivas como la excavación, la interrupción de la financiación pueden tener consecuencias nefastas, entre las que no se puede descartar la destrucción total del yacimiento o un aumento de su vulnerabilidad a la degradación y la erosión, efectos que no se podrán compensar con ningún resultado o creación de información. Por consiguiente, el plan del proyecto debe incluir un plan de emergencia para garantizar que si se interrumpe la financiación el proyecto pueda finalizarse adecuadamente y la documentación de apoyo se conserve como es debido.

  • Plan escalonado

Un medio importantísimo para asegurar que el yacimiento no se expone a un peligro excesivo es elaborar un plan escalonado. Aunque a largo plazo el riesgo que corre el proyecto sea el mismo, es recomendable dividirlo desde el principio en distintas secciones. Las actividades deben distribuirse en diversas fases y asignar a cada una un presupuesto y una fuente de financiación (por ejemplo: Fase 1: exploración; Fase 2: planificación; Fase 3: intervención y cuidados iniciales de conservación; Fase 4: conservación y preparación de informes; Fase 5: documentación y labores de archivo). Este plan escalonado permite revisar el proyecto a la luz de los nuevos datos que se vayan obteniendo. También puede ayudar a tomar decisiones sobre el futuro del yacimiento. También es posible considerar cada fase del plan general como un proyecto independiente. Ningún proyecto arqueológico debe comenzar antes de garantizar y recibir los fondos necesarios para llevarlo a cabo en su totalidad. Debe elaborarse un calendario con plazos precisos para ingresar los fondos y comenzar cada una de las secciones del proyecto. La estricta observancia de este calendario garantiza que ninguna fase corre el riesgo de interrumpirse de forma repentina. Si falta financiación para una fase posterior, la labor arqueológica sólo se interrumpirá al terminar la fase actual y el proyecto podrá dejarse en suspenso sin que peligre el patrimonio.

Conviene buscar fondos de distintas fuentes para reducir el riesgo de interrupción de la financiación y evitar cualquier perjuicio derivado de ella. A largo plazo, las fuentes de financiación múltiples son un buen modo de garantizar la finalización del proyecto en su concepción inicial y en todas sus fases y limitar las consecuencias de cualquier contratiempo.

Mientras se planea la financiación del proyecto deben identificarse fuentes de financiación alternativas de emergencia, que deben ir actualizarse a lo largo del proyecto. Algunos países cuentan con procedimientos especiales y subvenciones gubernamentales en caso de emergencia.

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