Conservación in situ como primera opción (Norma 1)

La primera frase de la Norma 1, “La conservación in situ será considerada la opción prioritaria para proteger el patrimonio cultural subacuático”, es el alma de la Norma. El valor que se le confiere a la conservación in situ en la Convención y en su Anexo se basa en el reconocimiento de la importancia que tiene la interacción entre el yacimiento, su historia y su contexto.

Es la frase más significativa del Anexo y a buen seguro que la más discutida y la peor entendida de todas, especialmente en el ámbito de la exploración subacuática. Alimentan el malentendido aquellos que no toleran ninguna regulación que menoscabe sus intereses y defienden que la arqueología consiste en encontrar cosas, con lo que sería absurdo exigir que las cosas se queden donde están.

Es cierto que la arqueología, como cualquier otra ciencia, consiste en la búsqueda del conocimiento, y que alcanzar este conocimiento pasa por encontrar ciertos objetos. Esta imagen generalizada, evidente simplificación del proceso de investigación científica del que forma parte la arqueología, no es falsa per se. Sin embargo, encontrar cosas “sobre el terreno” no es una iniciativa aislada, y este hecho es fundamental para la organización de la investigación arqueológica. 


La conservación in situ es la primera opción, pues:

  • el yacimiento de un suceso histórico es parte de su autenticidad,
  • el contexto determina la importancia
  • el patrimonio es finito, y
  • muchos yacimientos no pueden preservarse
     

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Autorización de actividades

 La segunda parte de la Norma 1 establece que “las actividades dirigidas al patrimonio cultural subacuático se autorizarán...” y recalca dos puntos esenciales. Por un lado, implica que la entidad encargada de autorizar las actividades debe tener tan presente la opción prioritaria como la entidad que las lleve a cabo. Pero sobre todo recalca que cualquier actividad prevista debe contar con la autorización de las autoridades competentes establecidas según el Artículo 22 de la Convención.

Esta alusión, bien clara, sitúa las actividades dirigidas a yacimientos arqueológicos subacuáticos en la esfera del dominio público. Las decisiones relativas a cualquier actividad dirigida al patrimonio son de dominio público, puesto que el patrimonio posee un valor excepcional para la humanidad, y corresponde a las autoridades competentes examinar y sopesar estas decisiones. Las autoridades competentes garantizan de este modo que cualquier actividad se lleva a cabo únicamente cuando constituye una contribución significativa a la protección, el conocimiento o el realce del patrimonio cultural subacuático, y exigen que la actividad propuesta cumpla los requisitos de calidad pertinentes. El papel de las autoridades competentes cobra aún más importancia cuando entre las actividades propuestas se incluye la excavación del yacimiento.

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Propósito de las Actividades

La existencia de muchos yacimientos se desconoce o se ha desconocido durante mucho tiempo por la sencilla razón de que están o estaban cubiertos de tierra, agua o ambos. Obviamente, el patrimonio recién descubierto sólo puede valorarse y estudiarse mediante la investigación y la exploración arqueológica. La arqueología es una ciencia que avanza mediante un proceso constante de ensayo y error, como muchos otros campos de investigación. La parte final de la Norma 1 estipula que las actividades “podrán autorizarse cuando constituyan una contribución significativa a la protección, el conocimiento o el realce de ese patrimonio.” Hoy se acepta que la excavación debe evitarse a menos que responda a una buena razón, pero este principio crucial no era tan evidente cuando la arqueología inició su andadura hace un siglo o dos.

La excavación no es sólo la actividad característica de un arqueólogo en la imaginería popular, es también la más radical que puede llevar a cabo cuando se dirige al patrimonio cultural. Si se considera detenidamente y se integra en un contexto más amplio de investigación y temas de estudio, la excavación puede ser un proceso muy creativo y servir para conocer mejor las sociedades de otro tiempo y elucidar ciertos aspectos del pasado. Pero es también una actividad destructiva. Al tiempo que documenta y relaciona los testimonios que va desenterrando, destruye la coherencia y el contexto del yacimiento. Por un lado hace más accesible el patrimonio de un yacimiento y por el otro compromete en mayor o menor medida su autenticidad, la cualidad del yacimiento que más se aprecia a la hora de visitarlo, admirarlo, identificarse con él o vincularlo al pasado que representa. La excavación no puede prescindir de la investigación. En las excavaciones científicas también se pasan por alto testimonios cuya importancia escapa a la atención del excavador. Así pues, la excavación debe integrarse en un contexto general de temas de investigación con los que el equipo esté absolutamente familiarizado. Una excavación hecha a la ligera no se puede deshacer, ni pueden corregirse sus conclusiones cuando los testimonios originales han sido destruidos.

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Lecciones Prácticas

Hay que aprender de las lecciones del pasado. La recuperación de restos sumergidos de gran valor, como los del Vasa o los del Mary Rose, ha servido para avivar el interés y fomentar la apreciación del patrimonio cultural subacuático. Proyectos como estos parecen indicar que en última instancia esta clase de rescates sería la apropiada para la arqueología subacuática, al tiempo que ponen de relieve los problemas asociados a la falta de recursos: las inversiones que han precisado estos proyectos no se pueden realizar todos los días. En todo caso, no es ésta la única razón por las que los proyectos de rescate no son necesariamente la mejor opción. La adecuación de una u otra opción depende en gran medida de las circunstancias específicas de cada yacimiento. Así pues, se acepta que en principio es recomendable adoptar un planteamiento prudente y dar prioridad a la conservación in situ, que es preferible a la recuperación de objetos y a la excavación total o parcial del yacimiento.  

Es imposible conservar todos los yacimientos en su estado actual. El problema no reside únicamente en la escasez de fondos, la falta de recursos de las instituciones que velan por el patrimonio o la ausencia de arqueólogos cualificados: en el propio yacimiento existen procesos naturales y hay cambios en su entorno que pueden afectarlo y son inevitables. Puesto que no es posible conservar y gestionar todos los sitios arqueológicos, hay que tomar decisiones pragmáticas fundamentadas en una evaluación global previa que determine el valor arqueológico, histórico y artístico o estético de cada yacimiento. Las elecciones razonables, que tienen en cuenta la finitud de los bienes patrimoniales y la importancia de la autenticidad y el contexto, permiten conservar muchos yacimientos intactos para las generaciones venideras y las futuras hornadas de investigadores. En este sentido, hay que recalcar la importancia de la labor de inventariado del patrimonio.

Las lecciones aprendidas sugieren:

  • Promover la conservación in situ cuando y donde se pueda.
  • Promover los proyectos de arqueología preventiva.
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Alternativas

La Norma 1 estipula que la conservación in situ debe considerarse como primera opción y que al autorizar cualquier actividad se dará también prioridad a esta opción. Sin embargo, que sea la opción “prioritaria” no implica que sea la “única” o la “preferible”. En determinadas circunstancias, la excavación total o parcial del yacimiento puede ser necesaria y preferible por diversas razones. Estas razones pueden ser de orden externo, como en el caso de proyectos de desarrollo planificados en zonas que albergan yacimientos arqueológicos. Si se conocen bien, los yacimientos pueden considerarse a veces lo bastante valiosos para justificar su conservación in situ en procesos de ordenación territorial, pero es poco probable que así sea cuando la existencia o la importancia del yacimiento se desconoce o sólo se intuye vagamente hasta que la obra se encuentra en una fase avanzada. Al igual que sucede con el patrimonio terrestre, los proyectos de arqueología preventiva asociados a obras marítimas o costeras son a la vez un desafío y una fuente inagotable de oportunidades para la investigación. Ciertas cuestiones fundamentales para la investigación pueden resolverse sin perturbar yacimientos que, de hecho, pueden preservarse in situ. Las limitaciones de tiempo asociadas a los proyectos arqueológicos preventivos exigen una planificación de la investigación ajustada y concisa. El coste de atenuación del impacto de las obras, incluida la investigación, suele incluirse en el coste total del proyecto, del que se considera una parte esencial. En muchos países (entre ellos los Estados Partes de la Convención Europea sobre la Protección del Patrimonio Arqueológico adoptada por el Consejo de Europa en 1992), todo esto está regulado por la ley. Pero aunque no lo esté, los costes implícitos de un proyecto de desarrollo para el conjunto de la sociedad deben justificarse durante su realización. Las obras marítimas y costeras suelen ser proyectos de gran envergadura y exigen decisiones políticas explícitas, que deben tener en cuenta los intereses de la sociedad y velar por su patrimonio.

Otra razón de orden externo que justifica la excavación es la de velar por su supervivencia en un entorno inestable cuya estabilización supondría un coste excesivo que hace inviable su conservación in situ.

A pesar de todas estas razones, la conservación in situ es siempre la primera opción, y así debe considerarla tanto el impulsor de un proyecto como el organismo que lo autoriza. Como es natural, los impulsores suelen abogar por la excavación y hacen gala de gran creatividad a la hora de encontrar y plantear justificaciones, exagerando a veces la magnitud de los riesgos a los que se expondría el yacimiento de conservarse in situ. A juicio del impulsor, casi siempre es aconsejable excavar un yacimiento. Por eso las razones de orden externo deben complementarse siempre con razones más sustantivas para excavar, como las que apunta la Norma 1. Según las circunstancias, puede haber razones de peso y urgencia para preferir la excavación total o parcial de un yacimiento a su conservación in situ.

Las razones aducidas para excavar deben ser convincentes. En general, serán más de una y de diverso orden. En casos excepcionales bastará con que la excavación aporte conocimiento. 
 

La Norma 1 menciona explícitamente tres razones que pueden justificar la autorización de actividades dirigidas al patrimonio cultural subacuático:

• que constituyan una contribución significativa a la protección del patrimonio,
• que constituyan una contribución significativa a su conocimiento, o
• que constituyan una contribución significativa a su realce.

Estas tres razones suelen estar entrelazadas, pero en determinadas circunstancias una sola de ellas puede bastar para emprender una actividad dirigida al patrimonio.

La historia de la arqueología subacuática brinda más de un ejemplo en que el interés por el patrimonio cultural subacuático de cierto tipo, periodo o región en concreto, surgió a raíz de una excavación ejemplar. Algunas de ellas fueron actividades bien planificadas; otras recordaban bochornosamente a las prácticas de los albores de la arqueología. La característica que todas tenían en común, en cualquier caso, era que la conservación in situ a largo plazo del yacimiento era la última prioridad del impulsor del proyecto, aunque en los casos más afortunados éstos se iniciaron con el objetivo de la conservación a largo plazo en mente y se llevaron a cabo “de una manera compatible con su protección”, por citar la Norma 1. Lo irónico del caso es que el interés actual por el patrimonio cultural subacuático tal vez no sería el mismo de no haber sido por estas excavaciones iniciales que lo suscitaron y, en algunos casos, fueron de hecho ejemplares. En zonas menos exploradas y para otros tipos de patrimonio puede argumentarse con razón que las investigaciones destructivas ejemplares o las excavaciones modélicas pueden servir para concienciar al público y elaborar políticas bien planteadas, aunque con la tecnología actual los resultados requeridos pueden lograrse muy a menudo mediante técnicas de exploración inocuas.

En casos excepcionales, un excelente plan de investigación que trate de responder a cuestiones científicas pertinentes puede ser justificación suficiente para sacrificar un yacimiento estable y excavar. Aun así, la excavación nunca es la opción prioritaria y debe cumplir los requisitos más estrictos de un proyecto de arqueología moderno.

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