28.05.2009 -

Entrevista con Radhika Coomaraswamy, Especial del Secretario General para la cuestión de los niños y los conflictos armados

UNESCO

La Sra. Coomaraswamy habló con EduInfo en Nueva York acerca de los ataques contra las escuelas y otras graves violaciones cometidas contra los niños.

Abogada de carrera y defensora de los derechos humanos internacionalmente reconocida, la Sra. Coomaraswamy fue Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de Sri Lanka, Directora del Centro Internacional para Estudios Éticos de ese país y Relatora Especial sobre la violencia contra la mujer. Es autora de numerosas publicaciones sobre derecho constitucional, estudios étnicos y la condición jurídica y social de la mujer, y ha sido galardonada en diversas ocasiones.

Los ataques armados contra las escuelas figuran entre las peores violaciones examinadas en el informe anual del Secretario General, que se publicó el mes pasado. ¿Estamos ante una escalada de esos ataques?

Nuestro informe examina seis graves violaciones del derecho humanitario internacional, una de las cuales son los ataques contra escuelas y hospitales. El aumento del número de hechos de violencia contra centros escolares, docentes y niñas que asisten a clases es una novedad alarmante. Nos preocupan muchos los bombardeos de escuelas, el hecho de que se tome como objetivos a los planteles, los docentes y los estudiantes, así como el uso de los centros de enseñanza para desarrollar actividades militares. Esos ataques son otras tantas violaciones del derecho humanitario internacional y quienes los perpetran deben responder de sus actos.

En lo relativo a las graves violaciones cometidas contra los niños en situaciones de conflicto armado, ¿se percibe algún cambio?

El derecho humanitario es nítido y existe un marco de referencia para enfrentarse a esos delitos. La aprobación en 2005 de la Resolución 1612 por el Consejo de Seguridad creó un mecanismo de seguimiento y presentación de informes sobre el uso de niños soldados y otras violaciones que se cometen contra los menores durante los conflictos armados. Se ha logrado algún progreso en relación con los niños-soldados y este año seis partes interesadas fueron retiradas de la “lista de la vergüenza” establecida por las Naciones Unidas. Pero en el informe todavía puede verse una situación penosa compuesta por graves violaciones cometidas contra los menores en el mundo entero. El Consejo de Seguridad tendrá ahora que tomar medidas contra quienes han burlado reiteradamente sus resoluciones y siguen reclutando y utilizando a los niños.

En el debate temático sobre la educación en situaciones de emergencia, que la Asamblea General de las Naciones Unidas celebró en Nueva York el pasado mes de marzo, se les pidió a los Estados que aumentaran la protección que brindan a la educación en casos de conflicto armado y que considerasen los ataques contra las escuelas como crímenes de guerra, lo que todavía no es el caso. Podríamos recabar una resolución de la Asamblea General que condenase específicamente esos ataques contra las escuelas, en vez de agruparlos con “otros objetivos civiles”.

¿Cómo interpreta Ud. esos ataques contra las escuelas?

En algún momento tenemos que afrontar el problema esencial de que ciertas personas creen que las niñas no deberían asistir a la escuela, no deberían recibir clases de ciencia, y que la educación secular que el gobierno proporciona es perniciosa. Debemos diseñar estrategias que nos permitan afrontar esos prejuicios fundamentales. Es una tarea ingente, que no puede abordarse únicamente en el ámbito de las Naciones Unidas. También hay que lograr que la mayoría de las personas que residen en los sitios donde se ataca a las escuelas sigan creyendo en la educación y la promuevan.

Cuando estuve en Afganistán hablé con Aisha, una niña de diez años. La casa de sus padres había sido dañada durante un bombardeo aéreo, varios de sus parientes habían muerto, y su escuela fue objeto de ataques en los que fallecieron algunos de sus maestros. Pero Aisha me dijo que estaba decidida a volver a la escuela y así lo hizo. Me contó que la escuela le transmitía una sensación de valor, fuerza y seguridad. En la provincia septentrional de Kivu, en la República Democrática del Congo, conocí a una niña de 12 años que se había incorporado a la milicia Mai Mai, porque sus padres no podían seguir pagando la escuela y porque creía que el hecho de portar un arma evitaría que la violaran. Pero, al igual que ocurre con otros miles de niños en el Congo, sus jefes terminaron por abusar de ella y la violaron. En fecha reciente, las milicias Mai Mai se incorporaron al proceso de paz y Adila recuperó la libertad. Ahora está en un centro de tránsito de una ONG y acaba de reincorporarse a la escuela. Sus ojos brillaban cuando me contaba su proyecto de llegar a ser maestra de escuela.

La educación aún no se considera una prioridad principal en muchas crisis humanitarias. ¿Cómo argumenta Ud. su punto de vista al respecto?

La actitud básica es que, confrontados a una crisis humanitaria, la respuesta inmediata concierne al suministro de alimentos, alojamiento, servicios sanitarios y, si es posible, asistencia médica. Pero los programas de emergencia deberían incluir también la educación de los niños, porque es un derecho fundamental y porque es de gran ayuda en esas situaciones. Los niños necesitan seguridad y actividades rutinarias. Esas prestaciones pueden evitar que los grupos armados los recluten. Es sabido que los campos de refugiados y desplazados constituyen uno de los terrenos más propicios para el reclutamiento, porque los niños vagabundean y no tienen nada que hacer. Algunos niños que fueron soldados han relatado cómo el regreso a la escuela les ayudó a recuperar la confianza y el sentido de humanidad. Es importante fomentar la idea de que las escuelas son zonas de paz y que todas las partes en conflicto deben respetarlas, a fin de que los niños se sientan seguros.

¿Cómo explica Ud. el hecho de que la educación, en tanto que segmento de la ayuda humanitaria, reciba tan escasa financiación?

Creo que es porque los donantes ven la ayuda de emergencia como una cosa y el desarrollo como otra diferente, y la educación suele considerarse parte de la segunda. Por este motivo los niños suelen quedarse sin ninguna de las dos, cuando en realidad necesitan de ambas. Por ejemplo, los niños soldados necesitan que se les brinde seguimiento durante la fase que va de la reconstrucción al desarrollo. Estamos cabildeando para que la educación llegue a ser parte integral de la planificación y la respuesta en materia de programas de emergencia.

¿De qué manera contribuye la educación a eliminar la intolerancia y no a perpetuarla?

Debemos velar por que la educación contribuya a pacificar las sociedades. En los países devastados por conflictos tribales y étnicos, la educación puede generar muchos obstáculos a la paz. Los planes de estudio pueden transmitir el odio al prójimo mediante la preservación de ciertos mitos. Por eso la enseñanza en situaciones de emergencia debe ser de calidad, con el fin de contribuir a generar comportamientos pacíficos. Es esencial que se fomenten los procesos de reforma de los planes de estudio en la fase de reconstrucción que sigue al conflicto. Las Naciones Unidas deben de prestar mucha atención a este aspecto cuando financien los programas. Hay casos en que la educación impartida en situaciones de post conflicto constituye ahora un modelo. Por ejemplo, en Liberia y Sierra Leona se han logrado muchos aciertos en materia de fomento de la paz mediante la enseñanza; el proceso de reconciliación de Sudáfrica es otro caso ejemplar.

Niños y los conflictos armados

 




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