La UNESCO y el CERN: una historia de afinidades particulares

Promover la colaboración científica, mejorar la enseñanza de las ciencias y facilitar el acceso al conocimiento científico con miras a la construcción de un mundo más justo, tales son los objetivos que persiguen la UNESCO y el CERN, dos organizaciones estrechamente vinculadas desde hace 60 años.

© CERN/Maximilien Brice - Irina Bokova, Directora General de la UNESCO, con Rolf-Dieter Heuer, Director General del CERN (a la derecha) y Sergio Bertolucci, Director de Investigaciones e Informática del CERN, el 23 de octubre de 2010.

“Las esferas de competencia de nuestras organizaciones son muy diferentes, pero compartimos un mismo espíritu”, declaró la Directora General de la UNESCO, Irina Bokova, durante su visita al CERN, el sábado 23 de octubre de 2010. “En efecto, nuestros objetivos son los mismos y nuestra colaboración debe enriquecerse con nuevas actividades concretas”, replicó Rolf-Dieter Heuer, Director de la Organización Europea de Investigaciones Nucleares, que ha conservado su sigla histórica, CERN.

La sigla se originó en 1950, cuando la idea de crear un Consejo Europeo de Investigaciones Nucleares fue aprobada en la quinta reunión de la Conferencia General de la UNESCO que se celebró en Florencia (Italia). Hace 60 años, el mundo se recuperaba de las heridas aún recientes de la Segunda Guerra Mundial. Los intelectuales, hombres de cultura y científicos europeos lo habían comprendido: la cooperación era una herramienta esencial para reconstruir la paz. Era preciso reunir en torno a un mismo proyecto a investigadores europeos procedentes de países aliados y de naciones que hubieran pertenecido al Eje.

El proyecto de Florencia entró en vigor dos años después, antes de que la convención que disponía la creación del CERN (el término Consejo se había metamorfoseado en Centro) fuera firmada por 12 países (*) en 1954 y que la primera piedra del edificio fuera colocada cerca de Ginebra (Suiza) en 1955.

En la actualidad, las instalaciones del CERN acogen en su sótano el mayor acelerador de partículas del mundo, de una circunferencia de unos 27 kilómetros: el Gran Colisionador de Hadrones (LHC). Este gigantesco instrumento contiene un total de 9.300 imanes, dos de los cuales se exponen en la sala SM18. Un espacio impresionante que la Directora General de la UNESCO visitó en compañía de Maurizio Bona, encargado de las relaciones con los organismos internacionales en la CERN.

El 30 de marzo de 2010, una noticia procedente del CERN conmovió a la opinión: el LHC había logrado realizar el primer experimento de colisión de haces de protones a una velocidad cercana a la de la luz, lo que abría nuevas perspectivas a la investigación sobre la creación del universo. Es en particular el detector ALICE el que permite volver a crear en el laboratorio las condiciones que prevalecían inmediatamente después del Big Bang. “El experimento ALICE es tan complejo como enviar un ser humano a la Luna”, explica Sergio Bertolucci, Director de Investigaciones e Informática del CERN. En el experimento participan más de 1.000 científicos procedentes de unos 30 países.

El detector de partículas ATLAS, de 46 metros de largo, 25 de ancho y 25 de altura, es el mayor de su especie que se haya construido nunca. Pesa 7.000 toneladas y permite observar partículas desconocidas. Si algún día se llega a descubrir el famoso “bosón de Higgs” (una partícula hipotética también conocida como el Santo Grial de los físicos), será gracias a ese equipo, explican Martin Aleksa y Michael Hauschild, al mostrarnos la pequeña sala de mandos del ATLAS, donde una veintena de investigadores observan el trabajo del detector en pantallas de todos los tipos y tamaños. Nuestros dos guías forman parte de la “colaboración ATLAS”, definida por el CERN como una “nación virtual” que reúne a unos 3.000 físicos (entre ellos, a un millar de estudiantes) procedentes de unos 40 países y afiliados a más de 170 universidades y laboratorios.
 
A su modo, la UNESCO también constituye una forma de “colaboración ATLAS” en los ámbitos de la educación, las ciencias, la cultura y la comunicación, al reunir en torno a un mismo objetivo humanista a miles de personas del mundo entero.

Así como el “Globo simbólico” del ingeniero danés Erik Reitzel, construido en 1995 con 10.000 varillas de aluminio, domina la sede de la UNESCO, el “Globo de la Ciencia y la Innovación” del arquitecto suizo Peter Zumthor se ha convertido, hace seis años, en un emblema de la CERN. Esta estructura de madera, de 27 metros de altura, alberga una fascinante exposición multimedia denominada “Universo de las partículas”, que permite al CERN reforzar su cometido de sensibilizar al público en general, explicó Rolf Landua, Jefe del Grupo de Educación del CERN.

Es indudable que semejante inmersión en el sonido y la luz del universo de las partículas, desde el Big Bang hasta nuestros días, confiere poesía a las leyes de la física. El Director General del CERN encuentra allí argumentos en favor de su idea de difundir en las escuelas secundarias un nuevo método de enseñanza de las ciencias. Pidió a Irina Bokova que apoyara, ante los Estados Miembros de la UNESCO, su proyecto de elaborar, a escala mundial, programas escolares de física y matemáticas más atractivos que los métodos actuales.

La Directora General de la UNESCO recordó la importancia que otorga la Organización al fortalecimiento de las competencias científicas de los países en desarrollo y la función que han de desempeñar las instituciones a las que está asociada: la Oficina Internacional de Educación de la UNESCO (OIE), en Ginebra (Suiza), el Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación (IIPE), en París (Francia), el Centro Internacional de Física Teórica (CIFT), en Trieste (Italia), y el Centro Internacional de Radiaciones de Sincrotrón para Ciencias Experimentales y Aplicadas en Oriente Medio (SESAME), en Allan (Jordania).

La más reciente de estas entidades constituye, desde el punto de vista de la cooperación científica, el equivalente del CERN para el Oriente Medio. En efecto, SESAME congrega en torno a un mismo proyecto científico a Bahrein, Chipre, Egipto, Irán, Israel, Jordania, Pakistán, la Autoridad Palestina y Turquía.

Del mismo modo que en el marco de SESAME y de otras iniciativas, como las bibliotecas virtuales en las universidades africanas o la formación de docentes, el CERN pone sus competencias científicas a disposición de la UNESCO, el Programa Internacional de Ciencias Fundamentales (PICF) de la UNESCO brinda al CERN un marco de cooperación con investigadores procedentes de países que no figuran entre sus miembros (**).

Con el fin de dar continuidad a este intercambio mutuamente provechoso, la Directora General de la UNESCO invitó a Rolf-Dieter Heuer a asociarse al último proyecto aprobado por el Consejo Ejecutivo de la Organización: la creación en Lisboa de un centro de formación doctoral para investigadores oriundos de países en desarrollo, que inicialmente beneficiará a la comunidad de habla portuguesa.

El derrotero de la cooperación futura entre la UNESCO y el CERN, que debería concretarse próximamente mediante la firma de un acuerdo, podría ser en pocas palabras “movilizar en favor de la ciencia”.

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(*) Alemania, Bélgica, Dinamarca, Francia, Grecia, Italia, Noruega, Países Bajos, Reino Unido, Suecia, Suiza y Yugoslavia.

(**) Cabe señalar que el Presidente del Consejo Científico del PICF es Herwig Shopper, ex Director General del CERN (1981-1988). En las entrevistas del 23 de octubre, impartió valiosos consejos respecto de la posible organización de conferencias sobre la innovación tecnológica y científica en África, la enseñanza de la física o también sobre la ciencia al servicio de la paz.

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