04.10.2012 - Natural Sciences Sector

Las lecciones que nos brindan las sequias del pasado

CC, Wikimedia Commons. Escena agrícola de la tumba de Nakht, 18a dinastía, Tebas

Un proyecto interdisciplinario involucrando a la comunidad de las ciencias de la Tierra y a biólogos, arqueólogos, historiadores, meteorólogos y astrofísicos dio un paso hacia el pasado para entender la velocidad a la que los ecosistemas y las civilizaciones eran capaces de recuperarse de sucesos catastróficos. Trabajando al unísono, juntaron las piezas de los eventos que pusieron de rodillas a los faraones, y como Egipto salió adelante.

Hace 11 300 años, el Sahara estaba lleno de lagos, jirafas, hipopótamos, leones, elefantes, cebras, gacelas, bovinos y caballos retozando en las praderas que se beneficiaban verdaderamente de una pluviosidad diez veces más abundante que la actual.

Hace 9 000 años, poblaciones de pastores ya habían colonizado una buena parte del Sahara. Ellos prosperaron durante todavía unos 3 000 años hasta que un deslizamiento de la zona de los monzones hacia las latitudes más bajas desvió las lluvias potenciales hacia fuera del continente, provocando catastróficas sequías. Las poblaciones se refugiaron en el Sahel, región de altiplanos, y en el valle del Nilo, donde dieron origen a numerosas culturas africanas, como la del Egipto de los faraones.

Las que se asentaron en el valle del Nilo tuvieron que abandonar el pastoreo nómada debido a la escasez de lluvias estivales. Adoptaron entonces un modo de vida agrícola. Las pequeñas comunidades sedentarias se unieron hasta formar importantes grupos sociales. Hace aproximadamente 5 200 años, el primer faraón logró unificar el Alto y el Bajo Egipto en un solo estado con Menfis como capital.

Un largo período de prosperidad iba a continuar, caracterizado por las crecidas del Nilo que producían abundantes cosechas de cereales. Fortalecidos por esta prosperidad, los faraones sucesivos lanzaron programas ambiciosos de construcción de pirámides con el fin de ofrecerse tumbas dignas de su rango. Los faraones afirmaban su autoridad sobre la población al reivindicar el poder de interceder ante los dioses para que el Nilo inunde la llanura cada año. La estrategia funcionaba perfectamente hasta 4 200 años antes de nuestra era, cuando las cosechas resultaron insuficientes durante seis largas décadas. Provocada por un descenso de la pluviosidad al nivel de las fuentes etíopes del Nilo durante un ciclo prolongado de El Niño, esta sequía fue tan larga y ruda que se podía atravesar el Nilo a pie enjuto. Ante la impotencia del faraón para impedir la hambruna generalizada, los gobernadores de las regiones se ampararon del poder.

Fueron necesarios 100 años a Egipto para reunificar y poner fin a ese siglo de caos político y social conocido como el Primer Período Intermediario. El retorno a la estabilidad anunciaba el advenimiento del Imperio Medio. Esta vez, los faraones estaban decididos a no repetir los mismos errores. Para evitar el fin de sus imprevisibles predecesores, invertirían masivamente en la irrigación y el almacenamiento del grano.

Esta investigación se realizó en 2003-2007en el marco de un proyecto Programa Internacional de Ciencias de la Tierra (PICG) sobre el papel de las catástrofes ambientales del Holoceno en la historia de la humanidad. La investigación interdisciplinaria de las catástrofes geológicas tiene interés para las civilizaciones y los ecosistemas futuros. Es necesario estudiar el pasado y, al hacerlo, las ciencias de la Tierra pueden aportar información con una alta definición temporal (a escala social), además de determinar los indicadores fundamentales de los futuros cambios. El objetivo era examinar la velocidad a la que los ecosistemas y las civilizaciones eran capaces de recuperarse de sucesos catastróficos. Los estudios multidisciplinarios ya han dejado claros los efectos de cambios rápidos y catastróficos sobre sociedades anteriores, y este proyecto era una buena ocasión para evaluar la vulnerabilidad de las sociedades modernas hacia futuras catástrofes ambientales.

Suzanne Leroy

Articulo publicado en Un Mundo de Ciencia, Vol. 10, n°3 - julio - septiembre 2012




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