22.10.2010 - ODG

Un nuevo humanismo para el siglo XXI

© UNESCO/ Michel Ravassard – Irina Bokova, Directora General de la UNESCO

por Irina Bokova, Directora General de la UNESCO

 

→ Este texto es una primera contribución a la reflexión de la UNESCO sobre un nuevo humanismo. Su contenido es la adaptación de un discurso que la Directora General de la UNESCO pronunció en Milán (Italia), el 7 de octubre de 2010.

La UNESCO tuvo su origen en una idea sencilla: “puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. 

En el preámbulo de la Constitución de la UNESCO se reafirma claramente el marco humanista de toda idea y acción en pro de la paz. No solamente la paz es muy beneficiosa para los seres humanos, sino que éstos son los principales responsables de ella. Son ellos, en última instancia, sus garantes, por la índole de sus intenciones y la fuerza de su voluntad. Es en este ámbito donde tenemos que intervenir, predisponiendo a las mentes para la paz mediante el entendimiento mutuo y la cooperación internacional en las esferas de la educación, la ciencia, la cultura y la comunicación.

Sesenta y cinco años después de la creación de la UNESCO, esta idea fundacional es más pertinente que nunca. Ahora bien, su aplicación debe ajustarse a las nuevas exigencias de la época. La mundialización ha acelerado el mestizaje de pueblos y culturas. El rápido desarrollo de la tecnología de la información ha multiplicado las posibilidades de acercamiento e interacción social, pero también ha exacerbado los malentendidos y las manifestaciones de descontento. El cambio climático y el agotamiento de los recursos naturales han contribuido a enconar las posturas.

Este nuevo contexto exige que se reexaminen las condiciones necesarias para el entendimiento mutuo y la consolidación de la paz. Las transformaciones mundiales requieren la elaboración de un nuevo humanismo que no sea únicamente teórico sino práctico, que no se centre tan sólo en la búsqueda de valores -lo que también debe ser- sino que se oriente hacia la ejecución de programas específicos con resultados concretos.

Ser humanista hoy en día significa adaptar la fuerza de un mensaje antiguo a los perfiles del mundo moderno. Por definición, esta labor es un esfuerzo permanente que no tiene fin. El filósofo italiano Giovanni Pico Della Mirándola (1463-1494) expresó esta idea a la temprana edad de 24 años, cuando elaboró el concepto central del humanismo en su célebre Discurso sobre la dignidad del hombre, que escribió en Florencia en 1486:

“Dios padre (…) tomó al hombre (….) y poniéndolo en el centro del mundo, le habló de esta manera: ‘(…) no te he creado ni celeste ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el propósito de que tú mismo, como juez supremo y artífice de ti mismo, te dieses la forma y te plasmases en la obra que eligieras”. Para citar un solo ejemplo, el genio de Leonardo da Vinci (1452-1519) es una ilustración cabal de la infinita capacidad humana. Inventor, arquitecto, pintor e ingeniero civil, Leonardo se interesó por todo, desde la medicina hasta la biología. Los apuntes de sus cuadernos reflejan su insaciable curiosidad: un interés por los diversos movimientos del agua, unas reflexiones sobre la atmósfera, unas observaciones de la naturaleza y de los gestos y cambios de humor de sus contemporáneos. Renovó la tradición del retrato en Lombardía, revolucionó la pintura y, a lo largo de su vida, nunca dejó de tender puentes entre distintas disciplinas, productos a la vez iguales y diversos de la infinita creatividad de la mente humana. A través de sus viajes por Italia y Francia, mediante sus obras inmortales –La Gioconda, La Última Cena- permanecerá en la memoria universal como un modelo de lo que los seres humanos pueden alcanzar merced al trabajo y la imaginación.

Una exigencia colectiva

Esta labor de “construcción de sí mismo” es una exigencia colectiva y en ella radica la importancia de otro aspecto fundamental del mensaje humanista, que hace hincapié en la ineludible dimensión colectiva de toda vida humana consumada. Las personas sólo pueden realizarse plenamente siendo miembros de una comunidad. Los humanistas postulan la existencia de una comunidad de seres humanos que vincula a los individuos entre sí. Los malentendidos y desacuerdos superficiales pueden generar conflictos, pero lo que nos une es más fuerte que lo que nos separa. En conjunto, las culturas del mundo entero conforman una sola civilización humana.

Ahora más que nunca debemos esforzarnos por hacer realidad esta comunidad ideal. Las crisis mundiales plantean problemas que ningún país por sí solo puede resolver. Las sociedades están hoy interconectadas y no pueden actuar aisladamente. Cada uno de nosotros tiene el deber de reforzar ese vínculo de humanidad, de construir un ámbito común del que nadie quede excluido, cualesquiera que sean su continente, su origen, su edad o su sexo.

Ahora nos corresponde a nosotros redescubrir qué es lo que mejor puede unir a la humanidad. Y descubrirlo de nuevo, porque los humanistas siempre comprendieron que el terreno para una comunidad dinámica y floreciente es la cultura, con todas las manifestaciones del espíritu.

Más allá de nuestra diversidad, compartimos una cultura humana común. Mediante la comunicación, el aprendizaje de las lenguas, el diálogo y la cooperación científica, somos capaces de trascender nuestros límites, podemos ampliar nuestros conocimientos, descubrir otras costumbres y penetrar en la ciudad ideal del espíritu, conscientes de la humanidad que nos une.

Siempre tendremos necesidad de renovar el contacto con las fuentes de este humanismo, de redescubrir el significado profundo de la cultura y reconocer que para realizar plenamente una vida individual es necesario que exista una comunidad formada por todos los seres humanos. La Constitución de la UNESCO es coherente con esta idea: la paz y la prosperidad no pueden fundarse exclusivamente en acuerdos políticos y económicos. No puede haber paz duradera y prosperidad mundial sin la solidaridad intelectual y moral de la humanidad.

Lo que postularon para las ciudades y los Estados los humanistas de todos los tiempos y países, nosotros debemos lograrlo ahora a escala mundial. Debemos construir una comunidad humana universal y duradera, basándonos en los valores fundamentales de la humanidad, primordialmente los recursos del espíritu. Este es el reto del nuevo humanismo, en el que la UNESCO debe desempeñar una función rectora.

La construcción de una comunidad humana mundial

Hoy en día, ser humanista significa tender puentes entre el Norte, el Sur, el Este y el Oeste y reforzar a la comunidad humana para afrontar conjuntamente nuestros problemas. Significa garantizar el acceso a una educación de calidad para todos, de manera que cada quien pueda intervenir en el diálogo universal. Significa fomentar las redes de cooperación científica, crear centros de investigación y difundir la tecnología de la información con miras a acelerar el intercambio de ideas. Significa utilizar la cultura, en toda su diversidad de expresiones, como una herramienta para el acercamiento y la forja de una visión compartida.

Un ser humano plenamente realizado es aquél que reconoce la coexistencia y la igualdad con todos los demás, por más lejos que estén, y que se esfuerza por hallar una manera de convivir con ellos. Este nuevo humanismo requiere que todo ser humano sea capaz de participar auténticamente en nuestro destino común, incluso el más marginado de nosotros. Exige velar por que cada niño asista a la escuela y reciba una educación de calidad, comprendidas todas las niñas. Exige que logremos la igualdad entre hombres y mujeres, y que ambos sexos tengan el mismo acceso al conocimiento y el poder. Este nuevo humanismo significa también una mejor gestión de nuestro entorno natural, mediante la comprensión y la previsión de los efectos del cambio climático para millones de personas afectadas por la sequía, la desertización y la elevación del nivel del mar. Entraña la protección de la diversidad biológica junto con la diversidad cultural. Significa la prestación de ayuda a los pueblos, próximos o lejanos, que han sido víctimas de desastres naturales, como en Haití y Pakistán.

Un nuevo humanismo debe además orientarnos para apoyar el desarrollo de los países más pobres. La educación, la comunicación, la cultura y las ciencias son disciplinas estrechamente interconectadas, que en conjunto proponen una respuesta general y sostenible a los problemas que afronta la humanidad.

En una declaración de la UNESCO, publicada en 1953, se insistía ya en la función desempeñada por la comprensión mutua y el diálogo intercultural: “El problema de la comprensión internacional es un problema de las relaciones entre las culturas. De esas relaciones debe surgir una nueva comunidad mundial basada en el entendimiento y el respeto mutuo. Esa comunidad debe cobrar la forma de un nuevo humanismo, en el que la universalidad se logre mediante el reconocimiento de los valores comunes que encierra la diversidad de las culturas” *.

En el siglo XXI, la mundialización ya no es cuestión de “contactos” sino de “intercambios”. La comunidad humana mundial ha llegado a ser más consciente de sí misma. Ha establecido vínculos más estrechos; el tiempo y el espacio se han encogido. Los pueblos están cada vez más en contacto unos con otros, las culturas se entrelazan y las identidades se mezclan. Todos los países son agentes de un mismo proceso de mundialización en el que todos deben poder participar. En este contexto, la construcción de una comunidad humana exige sin duda algo más que el fomento de la tolerancia mutua, el respeto o el entendimiento, como tendrían que hacerlo sociedades alejadas unas de otras. Sin duda necesitamos buscar una cooperación más profunda y una reconciliación más enérgica mediante proyectos comunes –proyectos que podrían considerarse el preámbulo de nuestro entendimiento mutuo.

La historia, incluso la historia reciente, pone de manifiesto que es más fácil proclamar la existencia de una comunidad que construirla. Continentes enteros han sido excluidos de hecho de la comunidad a la que aspiramos, como ha ocurrido, en particular, en el caso de África. Las divisiones pueden manifestarse dentro de una misma cultura y las desigualdades pueden acentuarse en una misma sociedad. Debemos empeñarnos en lograr una nueva solidaridad, en reincorporar a todos los países a la comunidad universal. Este proyecto tal vez parezca utópico, pero la historia reciente también ha mostrado la fuerza dinámica del deseo de unidad. Yo pertenezco a una generación que vivió en una Europa dividida, separada en dos por un muro, y que supo extraer las enseñanzas del pasado para unificar el continente. En 2000, la Declaración del Milenio de las Naciones Unidas en la que se fijaron los Objetivos de Desarrollo del Milenio constituyó un hito esencial en la reafirmación de la voluntad común de todos los Estados. Bajo el impulso de la UNESCO, la reciente Cumbre sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio que tuvo lugar en Nueva York en septiembre de 2010 reconoció la función central de la cultura y la educación para lograr esos objetivos, reducir la pobreza y alcanzar el desarrollo sostenible. Debemos aprovechar esta oportunidad y no rendirnos al escepticismo. Debemos recordar el mensaje de Pico della Mirándola y creer en el potencial que encierra una humanidad libre. El ser humano libre puede ser algo más que un juguete de las circunstancias.

Proyectos concretos

Día a día comprobamos la influencia de la UNESCO y sus proyectos en la creación del espacio común al que aspiramos. Por su valor universal, los sitios del Patrimonio Mundial son instrumentos de entendimiento mutuo, estabilidad y desarrollo. Proporcionan un marco para la cooperación, la investigación científica y la conservación. La colaboración entre arquitectos, entre historiadores y con especialistas de todo el mundo es una solución segura para que mujeres y hombres de diferentes culturas y de opiniones distintas trabajen juntos en proyectos comunes e inspiren con su ejemplo otros acercamientos. La reconstrucción del Puente de Mostar bajo la dirección de la UNESCO en Bosnia y Herzegovina para restaurar el diálogo entre ex beligerantes, la reinstalación del obelisco de Axum que se restituyó a Etiopía en 2005, la preservación de la ciudad vieja de Jerusalén – todos estos proyectos encabezados por la UNESCO representan modalidades para acercar a los seres humanos. En las esferas de las ciencias, los medios de comunicación y la educación, los ejemplos son innumerables.

Nuestro proyecto es ambicioso y, para realizarlo, necesitaremos todas las fuerzas del espíritu humano. En el pasado, los humanistas promovían el uso de lenguas llamadas “vulgares” para contrarrestar la utilización uniforme del latín. Hoy en día, también nosotros estamos aprendiendo a sacar partido de nuestra diversidad. Las convenciones de la UNESCO de 2003 y 2005 sobre la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial y sobre la diversidad de las expresiones culturales son dos de las herramientas de que disponemos con ese fin. Cada cultura aporta una clave para comprender el mundo. Ninguna debe perderse. Sería un error pensar que la uniformidad facilita la comprensión: sencillamente, oculta las diferencias. Ya hemos despilfarrado los recursos naturales, no derrochemos los del intelecto. La educación, la ciencia, la cultura y la comunicación son los pilares de la construcción de una comunidad humana unida, y los cimientos de un desarrollo sostenible. No hay inversión más sabia que la que consiste en convertirlos en elementos fundamentales del desarrollo. Este es el desafío del siglo venidero, y la condición de la consolidación de la paz.

Irina Bokova

* Declaración final del Comité de Expertos convocado por la UNESCO sobre las relaciones entre las culturas y su contribución al entendimiento internacional, 1953.




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