Día Mundial de la Lucha contra el Sida

Una vida contra el sida

A principios de los años 1990, mientras los sudafricanos celebraban la liberación de Nelson Mandela, Prudence Mabele descubría su seropositividad. Dos años más tarde, se convirtió en una de las primeras mujeres de su país en asumir públicamente su enfermedad. Una decisión valiente motivada por el deseo de combatir los estigmas ligados al virus del sida.

Encuentro de Linda Nordling con PRUDENCE MABELE

Ya hace veinte años que Prudence Nobantu Mabele recibió una noticia que la conmocionó profundamente y que cambiaría su vida: su seropositividad.. En aquella época, el sida era una enfermedad asociada a los homosexuales o a las prostitutas, no a simples estudiantes. “Intenté comprender cómo había contraído la enfermedad”, recuerda. “Llevaba una vida común y corriente: iba a misa los domingos, veía a mis amigos los sábados y, a veces, salíamos juntos de fiesta. Para mí era inexplicable.”

Criada por su abuela entre mujeres con carácter, Prudence creció en la periferia de Johannesburgo en los años 1970. Completó sus estudios a pesar de que el sistema educativo vigente estaba viciado por el apartheid. En 1990, llegó a Ciudad del Cabo para realizar estudios superiores. Los rumores sobre su “situación” no tardaron en difundirse por el campus, lo que le complicó las cosas. Profesores y estudiantes hablaban de ella a sus espaldas. Fue convocada ante el consejo de disciplina de estudiantes y comprendió que querían expulsarla de la universidad. La obligaron a que consultara a un psicólogo que redactó un informe destinado a la dirección de la universidad. “Todo lo que le había contado constaba en el informe, sin respetar la cláusula de confidencialidad”, recuerda.

Prudence abandonó la universidad en signo de protesta y consultó a un abogado, que también terminó por desentenderse de su caso. “Le expliqué mi situación y le comuniqué mi voluntad de entablar una demanda contra la universidad, pero no le interesaba.”

Reconquistar el respecto

Sintiéndose sola y desanimada, contactó un centro local de información y prevención del sida en Ciudad del Cabo. “Se alegraron mucho de conocerme porque necesitaban a alguien capaz de asumir su situación y de combatir los prejuicios sobre los portadores del VIH.” Prudence tomó conciencia de que participar en esa lucha sería un medio de reconquistar poder y respeto.

Se reunió con el equipo médico para comprobar cómo se trataba a los pacientes seropositivos en el hospital. “En aquel entonces, cuando uno llegaba al hospital, era considerado como un moribundo”, afirma. “Los médicos anunciaban la seropositividad a los pacientes sin ningún miramiento, y esperaban de brazos cruzados a que reaparecieran con otras enfermedades. Era legítimo que se protegieran pero había muchas cosas totalmente innecesarias”.

Una visita al “servicio de cancerología” situado cerca del Cabo, donde agonizaban hombres blancos homosexuales, le permitió comprender la gravedad de la enfermedad y provocó en ella una gran indignación. “Francamente, no se trataba de cáncer, esos hombres estaban muriendo de sida”, asegura. Ese espectáculo la horrorizó. ¿Era eso lo que le esperaba? Sin embargo, uno de los pacientes le aseguró que aún había esperanza. “Me pidió que me fuera y que viviera mi vida.”

A partir de esa visita su vida tomó otro rumbo. Prudence comenzó a enviar cartas a los hospitales del Cabo para reunirse con otras personas infectadas por el VIH, lo que le permitió entrar en contacto con mujeres que, como ella, vivían con el virus.

En 1995, Prudence participó en la fundación de la Asociación Nacional de Personas que Viven con VIH/Sida. El mismo año, Sudáfrica acogió una gran conferencia internacional sobre la pandemia. A medida que la notoriedad de Prudence crecía, su reputación iba cambiando. “Toda Sudáfrica me señalaba con el dedo diciendo: ésta es la mujer que tiene sida.”

Una estructura reservada a las mujeres

Prudence sabía que el sida iba a matar a un gran número de mujeres negras y pobres. Sudáfrica registraba entonces –y sigue registrando- una de las tasas de violación más altas del mundo y, a menudo, las mujeres sudafricanas no tienen derecho a decidir sobre sus propios cuerpos. Aunque el preservativo impide la transmisión, las mujeres no suelen tener la posibilidad de imponer su uso.

En 1996, Prudence creó la Red de Mujeres Seropositivas. “Quería darles poder a las mujeres negras”, dice. Por primera vez, los problemas a los que se enfrentaban las mujeres seropositivas pasaron a un primer plano.

Al principio, nada fue fácil. Por falta de financiación, Prudence tuvo que poner dinero de su bolsillo para costear la Red. Además, las perspectivas para los sudafricanos seropositivos seguían siendo siniestras. “Muchos morían porque no había tratamiento. No había nada. Para sobrevivir sólo contaban con sus propias fuerzas.”

Hoy en día, un diagnóstico de seropositividad ya no equivale a una condena a muerte. Uno de los mensajes que la Red intenta difundir entre las mujeres seropositivas es que existen soluciones alternativas. “Les digo que es el momento de cambiar de vida”, comenta Prudence.

Muchas mujeres que han trabajado en la Red pudieron más tarde realizar importantes proyectos. Una de ellas llegó a la Red pensando que su vida estaba terminada. Hoy, posee un doctorado. Otra, una profesora que había sido violada y que había contraído el VIH, trabaja actualmente para las Naciones Unidas. Una tercera llegó a la Red sin cualificación alguna y ahora está empleada en un banco.

Una disminución de la vigilancia

Prudence lamenta, no obstante, que un número demasiado elevado de personas continúe contrayendo el virus. “La cultura es el principal culpable”, afirma. “La actitud de los hombres hacia los derechos y la sexualidad de las mujeres tiene que cambiar. Pero las mujeres deben participar en ese proceso. A veces dicen cosas que me sorprenden, por ejemplo: “Mi novio no quiere que utilice un preservativo”. En esos casos, me pregunto: “¿Esta mujer no podría encontrar otro hombre?”

“La generalización de los tratamientos antivirales ha conducido también a relajar la vigilancia”, prosigue. “La gente subestima los tratamientos pensando que son inofensivos. Ahora bien, no es tan simple. El uso prolongado de estos medicamentos, que hay que tomar según un protocolo muy preciso, entraña efectos secundarios múltiples. Cada persona tiene que hacer todo lo posible para evitar la contaminación.”

En su tiempo libre, Prudence ejerce de sangoma, curandero tradicional sudafricano. “Esto me permite vivir con los pies en la tierra”, afirma. No obstante, siempre envía a las pacientes a las clínicas especializadas en la lucha contra el sida. “Los oriento y les hablo de la Red”. Paralelamente, Prudence continúa sumando nuevas actividades a su currículo. El año pasado, estudió administración y dirección de empresas en la Escuela de Comercio de Witwatersrand.

A pesar de los obstáculos que ha encontrado en su camino, Prudence se considera una persona feliz. Siente gratitud hacia su familia por su apoyo incondicional. Su abuela de 92 años es pobre pero goza de buena salud. Prudence no está casada pero comparte su vida con un hombre que soporta bien su apretada agenda. ¿El secreto de la felicidad? “No tomarse las cosas demasiado en serio”, responde. “Miro hacia atrás y me río de mí misma porque no soy perfecta. La vida es bella y nunca debería ser aburrida.”

Linda Nordling es una periodista sueca que reside en Sudáfrica.

 

Prudence Nobantu Mabele es una de las primeras mujeres sudafricanas que reveló su seropositividad. Fundadora y directora de la Red de Mujeres Seropositivas, forma parte de la Red de Especialistas Africanas en Salud y Derechos Sexuales y Reproductivos de la mujer en África. Trabaja también para el Consejo Nacional del Sida en Sudáfrica, que asiste al gobierno en cuestiones relativas al VIH y al sida.

Principio de la página