31.05.2013 - ODG

Unidos por la integridad del deporte

El deporte es mucho más que un pasatiempo de masas. En menos de una generación, las grandes competiciones mundiales han sentado las bases de una nueva economía en la que los atletas son verdaderas estrellas, mimados por las marcas y por el público. La globalización del “sport business” viene acompañada por un aumento del dopaje, de la corrupción o de las apuestas trucadas, que amenazan al deporte moderno a una escala inédita. Estamos en una nueva era deportiva que requiere políticas públicas adaptadas a la medida del fenómeno, para preservar la integridad del deporte y su potencial para la sociedad.

El desarrollo del fraude deportivo a gran escala muestra que es urgente actuar y al mismo tiempo la obsolescencia de los medios actuales. El último informe de Europol revelaba en febrero de 2013 el desmantelamiento de una red de corrupción sospechosa de haber amañado 380 partidos de fútbol. Además, el fraude en el deporte ya no consiste en individuos que hacen trampas: de la mano del auge de las apuestas por Internet, obedece a las reglas del crimen organizado a escala mundial. Al contrario de lo que se piensa, el deporte profesional es sólo la parte visible del iceberg: la manipulación de partidos hace estragos también en el deporte amateur, donde también el dopaje y la violencia amenazan los principios sagrados del juego limpio.

Esta situación plantea un desafío ético, pero también económico y social: el dinero desviado no se utilizará para desarrollar insfraestructuras, ni para equipar a los jugadores, ni para formar entrenadores ni para llevar a cabo políticas de educación y de inclusión social por el deporte.

Por eso, la UNESCO y el gobierno alemán reúnen en Berlín, del 28 al 30 de mayo, a un centenar de gobiernos en la 5ª Conferencia Mundial de Ministros del Deporte (MINEPS V), una ocasión única para construir políticas deportivas más fuertes, más integradoras y mejor adaptadas a los desafíos del deporte moderno.

La tarea es inmensa, pero hay por lo menos tres niveles en los que podemos actuar:

En primer lugar, la lucha contra el fraude deportivo, que debe reconocerse como un problema político que los Estados deben atajar. Los avances logrados desde hace diez años en la lucha contra el dopaje así lo prueban: los únicos progresos significativos se alcanzan cuando los gobiernos se dotan de medios adaptados y cooperan a nivel internacional. El modelo creado para luchar contra el dopaje ha dado sus frutos: un mecanismo innovador, que asocia a la agencia mundial antidopaje (que fija la lista de sustancias prohibidas) y la Convención internacional de la UNESCO contra el dopaje en el deporte (que integra estas recomendaciones en el derecho internacional). Falta todavía acelerar su aplicación a nivel nacional, un esfuerzo que supone una cooperación mucho más estrecha entre las diversas instancias deportivas, las federaciones, la industria farmacéutica, los sitios de apuestas y las redes amateurs.

Esto nos lleva al segundo gran desafío: acompañar a los Estados en la elaboración de políticas deportivas nacionales coherentes, que reúnan en torno a una misma mesa a todos los actores del deporte –y no sólo a los círculos deportivos profesionales– y en la que cada uno pueda exponer sus ideas. A menudo las políticas del deporte están a cargo de instancias diferentes o de ministerios distintos (interior, educación, sanidad, deporte y juventud…) que toman las decisiones sin concertarse, en detrimento del desarrollo del deporte.

El tercer eje de trabajo tiene que ver con la educación: no puede haber una política deportiva duradera si no hay una educación física y deportiva inclusiva y de calidad al alcance de todos. La clave es la inversión pública, no solamente para las grandes competiciones deportivas, sino también para apoyar las iniciativas locales de acceso al deporte, para formar a un número suficiente de entrenadores y concebir programas deportivos adaptados que hagan del deporte un motor de cohesión social y de ordenación territorial.

La UNESCO ofrece una plataforma de concertación y de intercambio de buenas prácticas para estudiar esta problemática y traducir en hechos las declaraciones de intenciones. Una ambición desde luego inmensa, porque el deporte es vector de valores múltiples: el  juego limpio y el respeto a los demás y a uno mismo, o, por el contrario, el dinero fácil, la victoria ante todo y la mercantilización de los cuerpos. Los actores del deporte deben definir juntos los valores que quieren ver ganar, sin ingenuidad ni fatalismo. Este proceso no se dará espontáneamente ni mediante la autorregulación: precisa de voluntad política, de medios adaptados y de la convicción común de que invertir en deporte es invertir en la sociedad.




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