Mensaje del Director General de la UNESCO, Sr. Koïchiro Matsuura,
con motivo del Día Mundial del Agua 2006
En 1993, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó al 22 de marzo "Día
Mundial del Agua" con el fin de celebrar en todo el planeta este recurso esencial. El tema escogido
para el Día Mundial del Agua en 2006, "Agua y cultura", tiene un significado especial para la
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), que
coordinará las actividades en torno a esta celebración.
El tema "Agua y cultura" está en estrecha sintonía con el enfoque de la UNESCO acerca de la
gestión de los recursos hídricos y las decisiones políticas que la sustentan. Para alcanzar soluciones
sostenibles que contribuyan a la equidad, la paz y el desarrollo, la gestión y administración del agua
han de tomar debidamente en cuenta la diversidad cultural y biológica. Por este motivo, la
UNESCO considera que la dimensión cultural del agua merece un examen más profundo, que nos
permita comprender mejor sus múltiples ramificaciones.
En nuestra época, las estrategias de gestión de los recursos hídricos se han basado por lo
general en la técnica, y ello de modo casi exclusivo, en un esfuerzo por solucionar los urgentes
problemas mundiales relativos al agua. En la actualidad, según el Segundo Informe sobre el
Desarrollo de los Recursos Hídricos en el Mundo, 1.100 millones de personas carecen de acceso
seguro al agua potable y hay 2.600 millones sin acceso al saneamiento básico. Las catástrofes
relacionadas con el agua, tales como inundaciones o sequías, son más mortíferas que cualquier otro
desastre natural y las enfermedades transmitidas por el agua siguen matando a miles de niños cada
día. Sin embargo, la tecnología por sí sola no va a proporcionarnos soluciones viables.
Aunque la ciencia y la tecnología son fundamentales para comprender el ciclo del agua y
aprovecharlo, ambas se desarrollan adaptándose a entornos ambientales específicos y en respuesta a
las necesidades y las ambiciones de los pueblos, que a su vez están moduladas por factores sociales
y culturales. El agua, de hecho, desempeña poderosas funciones culturales. Puesto que el agua
concierne a todos los aspectos de la existencia humana, cada comunidad ha creado estructuras
sociales, normas y prácticas para su uso, basadas en una cosmovisión y un código ético propios.
La consecuencia es que el agua ha adquirido múltiples dimensiones culturales y de valor social.
La gestión del agua es pues una tarea que entraña dimensiones tanto culturales como técnicas y que
refleja la relación que los individuos y las comunidades establecen con la naturaleza. Desde la
época prehistórica hasta el presente, la relación del hombre con los recursos hídricos ha ejercido
considerable influencia sobre la viabilidad de las sociedades.
A causa de su crecimiento y desarrollo, la humanidad incide cada vez más en el ciclo
hidrológico, alterando su calidad y distribución. Pero el volumen de agua dulce que contiene el
planeta Tierra, que ha de compartirse entre todas las formas de vida, sigue siendo idéntico. Esta
situación le impone al ser humano la responsabilidad de crear sistemas de gestión del agua dotados
de una sólida base ética.
Para lograrlo, es preciso entender la compleja interacción entre las sociedades, el agua y el
medio ambiente. Esa interacción hunde sus raíces en procesos sociales y culturales. En realidad, es
preciso considerar la gestión del agua como un proceso cultural. Este enfoque da forma y
fundamento a numerosas iniciativas y prioridades de la UNESCO, en particular las encaminadas a
aumentar los conocimientos sobre el agua y los ecosistemas asociados, a promover la diversidad
cultural y el reconocimiento del valor del patrimonio material e inmaterial de la humanidad, a fomentar la ética de la ciencia y la tecnología, y a contribuir a la prevención y la solución de los
conflictos relacionados con los recursos hídricos.
Hay una conciencia cada vez más amplia de que, para comprender y conservar ciertos
recursos naturales como el agua, es preciso entender a las culturas que modulan los sistemas
naturales al interactuar con ellos. En este aspecto, está imponiéndose paulatinamente la necesidad
de reconocer y valorar los conocimientos tradicionales. Al adoptar la Declaración Universal de la
UNESCO sobre la Diversidad Cultural (2001), la comunidad internacional demostró su
compromiso de reconocer "la contribución de los conocimientos tradicionales, en particular por lo
que respecta a la protección del medio ambiente y a la gestión de los recursos naturales, y favorecer
las sinergias entre la ciencia moderna y los conocimientos locales" (Orientación número 14 del Plan
de Acción de la Declaración).
Los conocimientos tradicionales nos advierten de que el agua no es una mercancía más. Desde
los orígenes de la humanidad, el agua nos ha inspirado, al vivificarnos en el orden espiritual,
material, intelectual y emocional. El intercambio y la aplicación de los ricos contenidos de nuestros
sistemas de conocimiento, comprendidos los de las sociedades indígenas y tradicionales, así como
las lecciones aprendidas en el curso de nuestra interacción histórica con el agua, podrían ser
importantes contribuciones al empeño de procurar soluciones para las tareas que hoy nos plantean
los recursos hídricos.
El nexo entre cultura y naturaleza es la clave para llegar a comprender la persistencia,
creatividad y capacidad de adaptación, tanto de los sistemas sociales como de los ecológicos. En
esta perspectiva, el uso sostenible del agua -y, por ende, el futuro sostenible- dependen de la
relación armoniosa entre el agua y la cultura. Por lo tanto, resulta fundamental que la gestión de los
recursos hídricos y las decisiones políticas al respecto tomen seriamente en cuenta a las tradiciones
culturales, las prácticas indígenas y los valores de la sociedad.
Mr. Koïchiro Matsuura

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